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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Como católicos alegrémonos de ser Iglesia, de ser parte del pueblo que peregrina, de acampar en es te mundo hostil bajo la Palabra de Dios, de ser el pueblo que carga la bendición de Dios.
Homilía v031015a, predicada en 20241216, con 7 min. y 41 seg. 
Transcripción:
La primera lectura de hoy está tomada del libro de los Números, es una lectura un poco extraña porque se trata de un mensaje que lo da una especie de brujo perteneciente a un pueblo pagano. Y, sin embargo, es un mensaje que habla de la belleza de Israel, de la belleza del pueblo de Dios. Algo muy hermoso, muy hermoso, pero muy extraño. Y yo le pido al Espíritu Santo que me ayude, que me ilumine, para que podamos descubrir qué es lo que nos trae este texto.
Ese hombre que era una especie de encantador, una especie de brujo del pueblo pagano, se llamaba Balaam y como él era un brujo, lo contrataron para que maldijera al pueblo de Dios. Y esa maldición Dios la transforma en una bendición, es decir, este hombre fue contratado por los enemigos de Israel para que maldijera a Israel. Ustedes saben que, en esos tiempos, había mucha superstición y se contaba mucho con los maleficios y las maldiciones y ese tipo de cosas. Eso existe, no le vamos a dar la máxima importancia, pero hay que reconocer que eso existe.
En todo caso, este hombre resulta que lo contratan para eso, pero cuando él contempla al pueblo de Dios, cuando él contempla el pueblo de Israel, la voz fuerte que él siente en su corazón y que finalmente sale por su boca, no es una palabra de maldición, sino una palabra de bendición. Podríamos decir que se da una victoria, una extraña victoria de Dios, en el sentido de que este hombre se ve como obligado por el poder de Dios, obligado a bendecir. Qué cosa tan bella y tan impresionante, es decir, le conmueve la belleza del pueblo de Dios, una belleza que no es material, sino que es espiritual. Le conmueve esa belleza y conmovido por la belleza de la bendición de Dios, él mismo se ve obligado a bendecir.
Es aquí donde yo quiero hacer una pequeña reflexión, la belleza del pueblo de Dios, la belleza del pueblo que Dios ha ungido, la belleza del pueblo que Dios ha escogido. ¿Por qué esto es tan importante? Porque nosotros sabemos que en el Antiguo Testamento, ese pueblo de Dios se identificaba completamente con el pueblo de Israel, del cual quedó un remanente que fue la tribu de Judá, es decir, el judaísmo, eso en el Antiguo Testamento. Pero ustedes y yo, hermanos, pertenecemos al nuevo pueblo de Dios, es decir, al Israel de Dios, como lo llama San Pablo. Nosotros somos ese pueblo que acampa en esta tierra, así como Israel acampaba en el desierto. Y nosotros, ustedes y yo, somos los portadores de esa bendición de Dios.
Aquellos israelitas en el desierto no eran perfectos, claro que no eran perfectos. Aquellos israelitas en el desierto habían tenido tantas rebeldías, tanta arrogancia, tanta desobediencia, y sin embargo seguían siendo los portadores de la bendición de Dios. Algo espiritual, algo bello irradiaba Israel, algo tan grande, que venció al corazón de este pagano llamado Balaam y le obligó a dar palabras de alabanza a Dios y de bendición para el mismo Israel. Entonces, yo quisiera que mientras vamos haciendo este camino del Adviento, nosotros reconociéramos la bendición de Dios en su pueblo. Porque, así como los israelitas fueron tantas veces desobedientes y arrogantes, rebeldes, pecadores, así también el nuevo Israel, la Iglesia, la Santa Iglesia de Dios, pues evidentemente tiene también esa entraña, esa composición humana. Es decir, nosotros que somos pecadores, pero la bendición está aquí.
Es decir, te voy a invitar a que nosotros hoy nos alegremos de ser Iglesia, te voy a invitar a que nosotros hoy nos alegremos de ser parte del pueblo que peregrina, nos alegremos de ser ese pueblo que va acampando en el desierto, porque el desierto es este mundo tantas veces hostil a la Palabra de Dios, tantas veces hostil al llamado del Señor. Nosotros somos ese pueblo, nosotros somos ese bendito pueblo de Dios, y ese pueblo de Dios carga la bendición. A veces, a veces nos llenamos como de un pesimismo, como de un complejo, ay como que nos avergonzamos de ser católicos, nos avergonzamos de la Iglesia, nos avergonzamos de nuestra fe, tratando como de escondernos, como de que no se nos note.
Levanta la cabeza, levanta la cabeza, eres de los bendecidos, levanta la cabeza, eres de los ungidos. No levantar la cabeza con arrogancia. No, no, no levantar la cabeza con presunción ni para despreciar a nadie, sino levantar la cabeza como el que levanta la lámpara que no puede quedar escondida bajo el celemín. Levanta la cabeza, alégrate de ser parte de ese pueblo que acampa en el desierto. Que tú y yo, y que todos somos pecadores, lo sabemos, pero que es más grande la bendición de Dios, también lo sabemos. Y por esa inmensa bendición de Dios, nosotros alabamos al Señor, glorificamos al Señor, levantamos la cabeza, portamos la luz y proclamamos con gozo que Dios nos ha amado, que Dios es amor y que su salvación está cerca. No más complejos, no más, no más católicos acomplejados, no más. Ese es el mensaje, no más. Con humildad, pero con verdad, proclamamos la victoria de Dios. Amén.

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