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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Quedarnos con Juan el Bautista sin Cristo, absolutiza la culpa; quedarnos con Cristo sin tomar en cuenta el mensaje de Juan el Bautista, trivializa el pecado.

Homilía v031014a, predicada en 20211213, con 5 min. y 52 seg.

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Transcripción:

Hemos comentado varias veces que Juan Bautista es uno de los tres guías que tenemos durante el Adviento, y eso se nota muy bien en las palabras de Cristo para el Evangelio de hoy.

Efectivamente, el texto del Evangelio tomado del capítulo número veintiuno de San Mateo nos presenta un diálogo polémico entre Cristo y algunas autoridades judías. Ellos quieren saber quién le ha dado autoridad a Jesús. Y Jesús les responde con una pregunta: «El bautismo de Juan, ¿de dónde venía? ¿De dónde venía el bautismo de Juan?»

Es decir, ellos le preguntan a Cristo: «¿De dónde te viene autoridad?» Y Jesús responde preguntando: «¿De dónde venía el bautismo de Juan?».

Esa pregunta los pone en una situación muy incómoda porque, como nos dimos cuenta en el texto, ellos se dan cuenta que, si dicen que el bautismo de Juan venía de la autoridad de Dios, o según la usanza judía, si decimos que viene del cielo, entonces nos va a replicar: «¿Por qué no le hicieron caso?». Y si decimos que venía de los hombres, pues entonces nos echamos a la gente encima, porque todo el mundo tenía a Juan como un profeta.

Observemos que ellos mismos admiten que, si dicen que el bautismo de Juan viene de Dios, la réplica de Cristo iba a ser: «¿Por qué no le hicieron caso?». O sea, ellos eran conscientes de que no le habían hecho caso a Juan.

Mientras que la mayoría del pueblo tenía a Juan por un profeta, y mientras que la mayoría del pueblo acogió la predicación de Juan como venida de Dios, ellos no. Ellos rechazaron el mensaje de Juan. Ellos rechazaron a la persona y a la predicación de Juan el Bautista.

Y, básicamente, lo que les está diciendo Cristo es: «Si ustedes no recibieron la predicación de Juan, si ustedes no acogieron a Juan, ustedes tampoco pueden saber. Tampoco pueden entender quién soy yo».

Esto me llama mucho la atención, porque vincula profundamente a la persona de Cristo con la persona de Juan, el precursor, y el ministerio de Cristo con el ministerio de Juan. Hay un vínculo profundo, hasta el punto que, si no entendiste a Juan, no vas a entender a Cristo.

¿Qué es la predicación de Juan sin la predicación de Cristo? Es denuncia del pecado, y eso está bien. Pero, si nos quedamos solo en la denuncia del pecado, ¿qué estamos diciendo? Pues que el ser humano es un desastre, que es terrible nuestra respuesta ante Dios. ¿Y eso a dónde nos puede llevar? ¿O a la desesperación o al cinismo?

Juan sin Cristo se convierte en solo denuncia. Y esa sola denuncia, finalmente, lo que significa es desesperación o cinismo.

La otra posibilidad es Cristo sin Juan. Es decir, si nosotros tomamos el mensaje de la misericordia de Cristo, de la compasión de Cristo, de la redención de Cristo, pero sin la cuota de arrepentimiento, sin la cuota de claridad sobre el pecado que trae Juan, entonces esa misericordia de Cristo se convierte como en un pretexto para trivializar el pecado.

O sea que Juan, sin Cristo, absolutiza la culpa. Cristo sin Juan trivializa el pecado.

Hay una unión muy profunda, más de lo que creemos, entre el Precursor y el Mesías. Si nosotros pretendemos anunciar a Cristo sin el mensaje de Juan, es decir, sin la cuota de arrepentimiento, insisto, que nos predica Juan, en el fondo lo que estamos haciendo es trivializar el pecado, y eso es lo que Cristo le dice a esta gente.

Ustedes no pueden entender quién soy yo, ni qué es lo que yo estoy haciendo, si no han pasado por el curso previo, y el curso previo se llama Juan el Bautista.

Esto le da un toque de profundidad, de trascendencia, de seriedad, de seriedad al Evangelio. Ese es el verdadero Adviento. Ese es el Adviento bien vivido.

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