Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

No somos los ?aduaneros? de Dios ni para decir quién se condena ni quién se salva. El camino para acoger el poder que se manifiesta en Cristo es el arrepentimiento.

Homilía v031013a, predicada en 20201214, con 4 min. y 45 seg.

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Transcripción:

Vemos en el Evangelio de hoy, mis hermanos, que los sumos sacerdotes preguntan a Cristo: ¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?

Esa pregunta indica que ellos veían en Cristo un poder, una fuerza, pero por otro lado no reconocían ese poder, es decir, no entendían de dónde podía venir. A ver, ellos como sumos sacerdotes, se consideraban de algún modo la autoridad. Pero en Cristo aparece otra autoridad. Y la pregunta de los sumos sacerdotes es: ¿Cómo así que hay una autoridad aparte de nosotros?

Ellos se consideraban y, en cierto sentido, sí que lo eran, representantes del Dios de la Alianza. De hecho, el papel de un sacerdote es exactamente ese. Es algo así como hacer presente al pueblo ante Dios con todas sus necesidades, y hacer presente a Dios ante el pueblo con toda su bondad. Ese es el papel. Esa es la hermosa vocación del sacerdote.

Pero ya te das cuenta: estos sacerdotes se consideraban la aduana de Dios y sienten en Cristo un contrabandista. Este, este por donde se entró, o, como se dice en mi país, este por donde se coló, por donde se metió. Se nos entró aquí un poder que nosotros no reconocemos.

Dos lecciones importantes podemos tomar de lo que sucedió en esta escena entre los sumos sacerdotes y Cristo. En primer lugar, cuidado con creernos los aduaneros de Dios. Cuidado con creer que Dios solamente obra en el espacio de lo que nosotros entendemos, en el espacio de lo que nosotros sabemos, en el espacio de los que están matriculados. Dios es más grande. Esto hay que recordarlo, lo cual no significa que nosotros digamos: mira, da lo mismo ser cristiano, no ser cristiano, aceptar a Cristo, rechazar a Cristo. ¡Claro que no!

Cada uno tendrá que dar cuenta de sus obras, de sus palabras, de sus pensamientos, del uso del tiempo. Cada uno tendrá que dar cuenta ante Dios. Nosotros no somos nadie para decir que los demás se van a condenar, y tampoco somos nadie para decir que los demás se van a salvar, porque en el fondo no importa ser cristianos o católicos. Algo así como decir: todos son cristianos, aunque no lo sepan. Serán cristianos anónimos, aunque no lo sepan.

Es tanta presunción decir que todos los demás se van a condenar, como es presunción decir que todos los demás se van a salvar. Eso no nos corresponde a nosotros.

Entonces, la primera lección es: no nos creamos los porteros. No nos creamos los aduaneros. La aduana de Dios. Por favor. No, eso no.

Segundo, nos trae también una gran lección la respuesta que les da Cristo, porque Cristo les habla del bautismo de Juan y con eso les está recordando: mira, para entender de dónde viene mi poder, que es el poder de la misericordia transformante y salvadora de Dios, hay que entender primero de dónde viene el arrepentimiento. Es decir, el que no entienda el mensaje del arrepentimiento no entiende el mensaje de la misericordia.

Dos lecciones preciosas entonces para hoy: Primera, no somos los aduaneros de Dios, ni para decir que los demás se condenan, ni para decir que los demás se salvan. Segundo, el camino para acoger el poder que se manifiesta en Cristo, ese camino, sin duda alguna, es el camino que nos mostró Juan: el camino de un buen arrepentimiento.

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