
Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El Adviento puede verse como un modo de abrir puertas a Jesús. Hoy se subrayan las posibilidades de la belleza y la necesidad del arrepentimiento.
Homilía v031008a, predicada en 20101213, con 6 min. y 55 seg. 
Transcripción:
Una de las maneras de mirar el Adviento es como una serie de caminos y puertas que nuestra Madre, la Iglesia, nos abre para que entremos al misterio de Jesucristo. Y las puertas son muchas. Creo que en estos días podemos recordar con facilidad las necesidades humanas. Cada una de ellas es una puerta para Jesucristo. Por eso, cuando el profeta Isaías anunciaba un gran banquete y luego Cristo ofrece ese gran banquete en la multiplicación de los panes, estamos entendiendo que nuestra hambre más profunda en realidad es una puerta para llegar al Señor. O también la enfermedad. Nuestras dolencias, limitaciones y enfermedades son otras tantas puertas a través de las cuales podemos descubrir a un Dios compasivo y cercano, un Dios que no solo nos ha creado, sino que quiere restaurarnos. El perdón de los pecados, la búsqueda de la justicia, la liberación de las tinieblas son también puertas. ¿Cuáles serían entonces las puertas que aparecen en las lecturas de hoy? Según esta interpretación del Adviento, pues en el libro de los Números hay una puerta que era la fascinación, especialmente del final de su vida en el teólogo von Balthasar: la belleza, el poder de la belleza. Esa historia de Balaam es suficientemente misteriosa en sí misma, porque este personaje era un personaje sombrío del cual hay como esos dos pasajes contradictorios en la Biblia, este del capítulo 24 del Libro de los Números, y luego en el Nuevo Testamento, donde se le condena como príncipe de brujos, príncipe de ocultistas. El hecho concreto es que Balaam ha sido contratado para que, en su calidad de brujo, le eche una poderosa maldición al pueblo de Israel. Le han pagado para que eche esa maldición. Y Balaam entonces se sitúa en un lugar estratégico donde puede dominar con su mirada y puede dominar con su palabra al pueblo que tiene que maldecir. Pero llegado el momento de maldecir, Balaam queda como bajo el poder de algo que es más fuerte que todos sus encantamientos, que todas sus artes y, sobre todo, más fuerte que el dinero que le han pagado. Y eso que es más fuerte es el esplendor del pueblo de Israel en medio de su infinita sencillez. Estas tiendas humildes de los hebreos acampando en el desierto despiertan ecos extraños en él. En este hombre. En este brujo, Balaán. Y él se siente incapaz de maldecir. Es decir, la belleza logra derrotar no solamente las artes maléficas, sino incluso el soborno que él ha recibido. Este poder de la belleza es de los temas teológicos que tenemos pendientes y que asoma por muchas partes. Asoma en la liturgia, asoma en la mariología, asoma en la búsqueda de la bienaventuranza, asoma en la conversión. Se puede decir que, hasta cierto punto, el pecado perdería todo su poder si no se valiera de la belleza, pero también la gracia perdería su capacidad de atracción si no nos llevara a un estado, a una situación de contemplación, de alegría, de hermosura. Entonces ahí hay una puerta también. Yo creo que nosotros, que estamos en este compromiso del estudio y muchas veces estamos obligados, constreñidos por una cantidad de circunstancias: que el Ministerio de Educación, los resultados, la economía, el Magisterio de la Iglesia, el currículum, la transformación del currículum. Nosotros, que estamos bajo todas esas presiones, a veces podemos tener oprimido el corazón hasta el punto de dejar de apreciar la belleza. Pero la belleza tiene que conservar su poder en nosotros. Recordemos que David, cuando tuvo ese primer encuentro con el profeta Samuel, causó impacto en Samuel. En primer lugar, por la hermosura. Y luego eso lo canta el salmo: Eres el más bello de los hombres. En tus labios se derrama la gracia. Y luego encontramos también en Jesucristo esa imagen impactante del capítulo primero del Apocalipsis, que con la gloria de su Pascua, con el poder de su resurrección, es capaz de hacer que sus enemigos y que incluso el vidente caigan por tierra. Entonces ahí está una puerta: la hermosura, la belleza. Que no se nos termine el Adviento sin disfrutar en el encanto delicioso de una melodía, de un icono, de un rato de oración, de un lugar especial, de un santuario. Sin dejar de apreciar ese poder que tiene la gloria y la belleza de Dios en nuestra vida. En el Evangelio, el mensaje es un poco más sencillo. Tal vez una puerta para el Adviento es el arrepentimiento. Lo que les está diciendo a estas autoridades judías, les está diciendo Jesús, es: el que no haya entendido a Juan no me puede entender a mí. El que no ha comprendido el mensaje del arrepentimiento no puede comprender el mensaje de la gracia. Sobre esto predicaba elocuentemente el Papa Juan Pablo en alguna ocasión, diciendo: «La disminución en la noción del pecado va paralela a la disminución en la noción de la gracia». Y también aquí tenemos que pedir al Señor por nosotros mismos y por la gente que tenemos cerca, especialmente nuestros estudiantes. A veces se cree que el aumento de la gracia lleva consigo la desaparición de la noción del pecado, pero no es así. Tienen que de algún modo completarse estas dos nociones, no con una culpa patológica, no con un sentimiento patológico de culpa, sino con una certeza muy grande de que es mayor la victoria de Dios cuanto más profundo es el abismo del que nos saca y nos rescata sin cesar. Mis hermanos. Que estas dos puertas estén siempre abiertas para nosotros y que nosotros las dejemos claramente abiertas también para las personas que tenemos cerca. Amén.

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