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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Dios tiene un sólo plan, que es su amor y su salvación.
Homilía v031006a, predicada en 20091214, con 10 min. y 13 seg. 
Transcripción:
El corto diálogo que tiene nuestro Señor Jesucristo con estas autoridades judías de aquel tiempo muestra que la acción de Dios llega de distintas maneras y, podemos decir, a través de etapas. El mismo Dios a veces nos invita a llorar y a veces nos invita a cantar de gozo. Son acciones diferentes, como contradictorias. Pero Dios, en su sabiduría y en su providencia, nos va llevando así por distintos caminos. El caso es que a veces es necesario el arrepentimiento, el dolor de corazón, la contrición, las lágrimas, pero en otra oportunidad es, en cambio, lo conveniente que nos alegremos y que cantemos y que celebremos porque Dios nos ha amado. Los caminos del Señor son múltiples y por eso hemos escuchado en el salmo: «Enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas». Dios tiene un solo plan, que es su amor y su salvación. Pero ese único plan, cuando lo vivimos, cuando entramos en Él, tiene distintos aspectos, porque también el corazón humano tiene distintas facetas, distintos aspectos. Dios se vuelve una muralla altísima, durísima, imbatible para el corazón soberbio. Dios, en cambio, se vuelve un campo dilatado, ancho y amable para el corazón humilde. Dios se vuelve arroyo delicioso y cristalino para el que tiene sed. Pero a veces el mismo Dios se vuelve como un desierto para aquel que confía solamente en sus fuerzas y que tiene que encontrar el límite de ellas antes de descubrir la riqueza de Dios. Dios se manifiesta de maneras tan distintas. A veces uno tiene un gran dolor y en ese dolor uno puede llegar hasta el punto de renegar de Dios, y que Él nos libre. Pero así pasa. Y, sin embargo, ese gran dolor no es otra cosa sino la presencia del Señor que está invitándonos a encontrarnos con él, a recibirle mejor. Dios, en otras ocasiones, aparece en nuestro corazón con una profunda paz. Él es al mismo tiempo ese cuestionamiento profundo que llega hasta intranquilizarnos, como dice aquella canción conocida: Jesucristo me dejó inquieto. A veces Dios llega a nuestra vida para sacudirnos, para intranquilizarnos. Otras veces llega a nuestra vida para pacificarnos, para envolvernos y abrazarnos en su ternura. Y las dos cosas las hace Dios. A veces Dios es la respuesta que uno ha estado buscando. Otras veces Dios es la pregunta que uno no se esperaba. A veces Dios aparece vestido de majestad, como dice varias veces la Escritura; otras veces vestido de indigencia en la persona de los pobres. Y es el mismo Dios. A veces Dios parece tan sencillo y parece tan cercano, como decimos en aquella canción, tan cerca de mí que hasta lo puedo tocar. Otras veces, su infinitud, su grandeza y sus planes incomprensibles nos hacen sentir que vive como en otra galaxia y no comprendemos nada. ¿Qué actitud debe tener el corazón humano sabiendo que Dios obra de estos modos tan diferentes? Pues la actitud nuestra ha de ser la de aquella oración que hemos repetido: Señor, instrúyeme en tus sendas, como dice hermosamente aquel libro sapiencial en la Escritura. No me des tanto que me olvide de ti. Ni me quites tanto que caiga en desesperación. Porque de Dios vienen ambas cosas. Aquel consuelo de la victoria y aquella amargura de la derrota. Y en ambos casos es posible encontrar a Dios en una derrota espantosa; uno puede destruir el orgullo que lo separaba de Dios. Y en una victoria clamorosa, uno puede descubrir la acción de gracias que le permite como abrazar al Padre Celestial. Nuestra única posibilidad en este Adviento, hermanos, es repetir una y otra vez lo que dice el Salmo: Instrúyeme en tus sendas, que cuando llegue lo bueno yo sepa agradecer. Que cuando llegue lo malo yo sepa esperar. Que cuando llegue la soledad, disfrute tu compañía, Señor. Y cuando esté con muchas personas, en todas vea una huella de tu presencia. Cuando las cosas me salgan bien, que yo te dé la honra a ti, Señor. Y si las cosas salen mal, que sepa humildemente reconocer mis limitaciones. Que cuando algo malo acontezca a mi prójimo, yo sepa tener al mismo tiempo compasión para socorrerlo y sabiduría para aprender de errores ajenos. Cuando algo bueno suceda a mi prójimo, que yo sepa tener al mismo tiempo la sencillez de corazón para aplaudir el bien y la sabiduría para aprender de lo que estuvo bien hecho. Instrúyeme, Señor, en tus sendas, porque son muchos tus caminos. En el Adviento nosotros estamos aguardando la llegada del Señor. Pero cuidado, Él puede venir por distintas puertas. Él puede venir por distintos caminos. Mal haríamos esperándolo únicamente por un camino. Y eso es lo que hacemos cuando nos obstinamos en una sola petición. Por ejemplo, cuando le decimos a Dios: «Quiero que sanes a tal persona, quiero que la sanes, quiero que la sanes, quiero que la sanes». Es como diciéndole a Dios: tienes que entrar por esa puerta y si no haces eso, no voy a recibirte. ¡Qué grave error! Ninguno de nosotros tiene autoridad para decirle al Rey de la Gloria por cuál puerta tiene que entrar. Nosotros no somos dueños de Dios. Él es dueño de nosotros. Nosotros no somos señores del Altísimo. El Altísimo es el Señor de todos. Así que el corazón en Adviento tiene que estar abierto a todas las posibilidades. El corazón en Adviento tiene que saber que las puertas son muchas, las posibilidades son muchas y, por eso, las equivocaciones también son muchas. Tenemos que tener así el corazón abierto, dilatado y amoroso para que Dios, cualquiera que sea la puerta que utilice, cualquiera sea el camino por el que venga, nos encuentre. Eso es lo propio del que está verdaderamente prendado de Dios, del que está verdaderamente enamorado de Dios. Aprendamos, mis hermanos, de nuestros jóvenes, nuestros adolescentes de hoy en día, que se comunican por muchos caminos y tienen todas las puertas abiertas a sus amigos; tienen el teléfono encendido, pero están dispuestos también a recibir un mensaje de texto. Saben que el mensaje del amigo puede llegar por correo electrónico o puede llegar por un correo interno de Facebook, o puede llegar por mensajería instantánea. Estos nuevos sistemas que utilizan, ¿para qué existen? Para chatear en el computador, y el buen amigo tiene todas las puertas abiertas para su amigo porque no sabe si el otro va a iniciar una conversación, un chat, o no sabe si va a recibir un correo electrónico, si va a sonar el teléfono de la casa o va a llegar un mensaje de texto, si va a llegar una llamada al celular o si acaso tocará a la puerta. Y todo está abierto porque el amigo va a venir. Así tenemos que ser con Jesucristo, Jesús; todas mis puertas están abiertas porque tú has de venir.

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