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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Nos convertimos cuando falla algo en nuestra vida.
Homilía v031005a, predicada en 20081215, con 22 min. y 55 seg. 
Transcripción:
Jesús estaba enseñando en el templo, y eso no gustaba mucho a los que se sentían dueños del templo, dueños de la religión, dueños del acceso a Dios. Las personas que confrontan a Jesús son llamados aquí los sumos sacerdotes y los ancianos. Es una palabra técnica que se refiere no tanto a una edad determinada, sino más bien a la cualidad de un cierto liderazgo en la sociedad. Los ancianos es como decir los mandacallar, la gente importante, la ropita limpia del pueblo. Los que se miraban a sí mismos como la ropita limpia del pueblo. Los líderes, los principales. Usted sabe que siempre sucede eso, que hay un grupo de personas que consideran: Hombre, ¿qué vamos a hacer? Somos la élite. Problema, hombre, pero nos toca, nos toca. Somos la clase dirigente. Ese sería otro nombre que le podríamos dar a esta gente: la clase dirigente. Yo a veces sueño con una traducción de la Biblia que ponga esos equivalentes. No. En vez de decir «los ancianos», debería decir: «Se le acercaron los sumos sacerdotes y algunos de la clase dirigente para preguntarle». Inmediatamente, uno se pone eléctrico y dice: «Uy, eso me interesa». Los sumos sacerdotes se sentían dueños del acceso a Dios, y la clase dirigente, es decir, los ancianos, se sentían dueños del futuro del pueblo. Lo que unía a estos dos grupos, a los sumos sacerdotes y a los ancianos, es que ambos sentían que tenían poder. Y el poder de ellos queda amenazado por el poder de Jesús. Por eso ellos quieren saber qué clase de poder tiene Jesús, porque Jesús no pertenecía a la casta sacerdotal. Recordemos que en el Antiguo Testamento el sacerdocio no era un asunto de vocación, sino un asunto de nacimiento. Los hijos de la tribu de Leví, los descendientes de la tribu de Leví, los varones descendientes de esa tribu, ya eran, por el solo hecho de la sangre, ya eran sacerdotes. Entonces estos sumos sacerdotes se preguntan qué autoridad puede tener Jesús, dado que Él claramente no es de familia sacerdotal, es decir, Él no podía ser sacerdote según las leyes del Antiguo Testamento. Y los ancianos se preguntan: ¿Qué clase de autoridad tiene Jesús? Porque Jesús tiene una extracción humilde. Es claramente de un origen humilde, es hijo de un artesano y viene de una región que tiene muy poco predicamento. Viene de Galilea. Tenemos aquí un galileo campechano, malhablado. Los galileos hablaban mal el arameo. Fuentes dignas de crédito dicen que los galileos hablaban un poco, como pasa en algunas regiones de Colombia. La gente que se come parte de las palabras, entonces no dan el mensaje completo, sino que dicen parte de las palabras. Por ejemplo, cuando uno dice: Bueno, yo estaba parado. Parado es ahí. Ya te comiste una letra, ¿no? Entonces eso parece que sucedía con los galileos. Jesús, no nos imaginemos que Jesús tenía la más perfecta y castiza pronunciación del arameo. Tal vez él tenía un arameo deficiente para los altos estándares de la clase dirigente. Nosotros somos los que hablamos bien. Nosotros somos los que pensamos bien. Nosotros somos la ropita limpia. Y ahora viene este campechano que no sabe ni hablar bien, con una cantidad de milagros, con una cantidad de historias y, sobre todo, con una cantidad de gentecita, que anda detrás de él. Una multitud ahí que se le reúne y es ahí detrás de él, pa arriba y pa abajo, y es un desorden. Y esto aquí se va a volver un despelote y van a venir los romanos y van a acabar con todo. Hay que ponerle orden a este desorden. Es decir, estaban preocupados por la autoridad. Entendemos muy bien este pasaje. Ellos, sumos sacerdotes y ancianos, eran la gente con autoridad. Y ahora llega Jesús con otra clase de autoridad. ¿Con qué autoridad haces esto? Es decir, si tú no perteneces al club, ¿por qué mandas tanto? Si tú no estás en la rosca, ¿qué es lo que haces aquí? Si tú no pediste permiso para entrar, ¿por qué obras como si fueras dueño? Es decir, le están reclamando que no pertenece a el statu quo. No pertenece a la clase que manda. Entonces, ¿qué responde Jesús? Bueno, ustedes hacen una pregunta. Yo también sé preguntar. Ustedes no son los únicos. Y la pregunta que les hace se refiere a Juan el Bautista. Lo más interesante de esa pregunta, tal vez, es que deja en claro una cosa: los que tenían el poder, los que detentaban el poder, no hicieron caso al mensaje de Juan. ¿Y el mensaje de Juan, cuál era? Un mensaje de arrepentimiento. Un mensaje de reconocimiento de los propios excesos y pecados. Eso era lo que Juan pedía: que cada uno entrara en su corazón, que cada uno dejara hablar a la propia conciencia, que cada uno escuchara con verdadera atención a la Palabra de Dios y que cada uno se arrepintiera, y que desde ese arrepentimiento preparara un corazón, como dijo el mismo Juan, o como se aplica el texto de Isaías, que allanará el camino para que pudiera entrar Dios. La clase dirigente no allanó el camino. La clase dirigente fue incapaz de reconocer las propias culpas. Y aquí uno se pregunta por qué. En otro pasaje dice Jesús: «Los publicanos y las prostitutas van delante de ustedes camino del reino de Dios». Y también dice: «Ellos sí entendieron el mensaje de Juan». Ellos sí se arrepintieron. Entonces, ¿qué podemos aprender nosotros de este pasaje? Muchas cosas de este Evangelio podemos aprender. Por ejemplo, que es muy peligroso gustar las mieles del poder. Cuando a uno el sistema le funciona, cuando a uno las cosas le salen bien, es cuando es más difícil convertirse. Porque cuando a uno el sistema le funciona, y a los sumos sacerdotes el sistema les funcionaba, ellos tenían casas muy buenas y tenían ingresos muy buenos y ellos tenían su propia rosca. La familia sacerdotal que tenía, que estaba dirigida fundamentalmente por Anás. Anás era el hombre que mandaba ahí, era la eminencia gris; era el poder oscuro detrás del trono; era el que movía las fichas, Anás. Él era el que determinaba quién quedaba como títere, haciendo el papel de sumo sacerdote. Y en torno a la familia de Anás había todo un círculo de cortesanos, palabra que es muy elegante para decir lambones metiches, una cantidad de lambones metiches, aprovechados, aduladores. Y eso se había convertido en una red de conveniencias, intrigas y manejo de poder. Pero el sistema les funcionaba. Y les funcionaba quiere decir que todo el mundo le respetaba. Tenían las cosas que suelen ser deseables en esta vida. Tenían poder, tenían dinero, tenían prestigio. Tenían placer. Pues. ¿Qué cosa tan grave es tener todo eso? El que tiene todo eso, es decir, aquella persona a la que el sistema le funciona, es la persona que está en mayor peligro de volverse impermeable a Dios. Ese es el gran mensaje de esto. Los poderosos, sobre todo la familia sacerdotal, con ese Anás, que era una víbora con una inteligencia penetrante. Ese fue el que planeó la muerte de Cristo, Anás, el que diseñó cómo movemos aquí las fichas, con quién hablamos, qué hacemos, cómo nos ganamos a Pilato, cómo callamos a Herodes, cómo logramos que lo maten. El que diseñó el asesinato de Jesucristo fue Anás. Dios haya tenido misericordia de él y le haya concedido la conversión en algún momento. ¿Por qué es que todo el mundo piensa en Judas Iscariote? Déjame decirte que Judas Iscariote fue un peón dentro del ajedrez de Anás; el que diseñó, el que craneó el asesinato de Jesús fue Anás. Entonces a Anás y Caifás, y a la familia sacerdotal, y a Herodes, y a Pilato, y a la clase dirigente, el sistema les funcionaba. Las cosas les iban bien. Ellos estaban contentos. Que mucha gente pasaba hambre. Pues sí, pero es que siempre hay gente que pasa hambre. Por ejemplo, ahora mi hijo, que desayunó tarde, ya tiene otra vez hambre. Prepárele algo ahí a mi hijo. El hambre es una cosa que todo el mundo tiene hambre. Eso sí, ¿qué vamos a hacer? Que la gente se está levantando en armas. Pues eso sí, me parece muy terrible que estén con esos actos de violencia, porque entonces en cualquier momento los romanos arrasan aquí con esta casita. Hombre, que es patrimonio de familia. Unas cortinas persas recién traídas. Van a acabar con todo. Esos inmundos, esos amargados, vienen aquí a arrasar con todo esto. No se puede. Esos infelices hay que tenerlos controlados allá. Oye, que la gente padece enfermedad, no tiene salud y es abusada por los romanos. Pues hombre, es que a los romanos hay que entenderlos. Tienen su temperamento. La gente no sabe negociar con los romanos. A la gente romana, a los centuriones y al procurador, pues hay que saber tratarlos; hay que respetar las autoridades. Lo que pasa es que la gente es altanera, son arrogantes y quieren hablar con uno a todas horas y son metiches y quieren estarlo tocando a uno, y gente maloliente, gente que nada, una gentecita que hay por ahí. Entonces, la clase dirigente, esta casta sacerdotal bien organizada en el poder y con un poder que les funcionaba, que les producía beneficios. Yo quiero que nos quede clara una cosa, mis hermanos: no hay nada más peligroso que el pecado que produce beneficios, porque ese lo encadena uno. Y el poder, este poder corrupto de Anás y de todos estos, y de todos estos ancianos y de todos los que actuaron en la muerte de Cristo, esta clase de poder es poder que produce beneficios. Entonces ellos vieron que allá Juan empezaba con su predicación, y que hay que convertirse, y que no sé qué, y Juan allá coma langostas y miel silvestre. Y ellos decían: tipo ahí como raro, como loco, como estorboso. No sabían qué hacer con Juan el Bautista, pero fueron ayudados por Herodes, porque Herodes metió preso a Juan, porque Juan fue suficientemente coherente y valiente como para denunciarle a Herodes su pecado. Resulta que Herodes vivía con la cuñada. Herodes vivía con la esposa del hermano y entonces Juan el Bautista se lo denunció y le dijo: «Oiga, usted no puede vivir ahí». Usted, que dice que es rey, usted no puede vivir ahí con su cuñada como si fuera su esposa. Eso no se puede. Y entonces Herodes lo encarceló. Y cuando Herodes encarceló a Juan Bautista, estos sumos sacerdotes movieron un dedo. Estas autoridades, esta clase dirigente, abogó por ese inocente llamado Juan Bautista. No, ellos se quitaron un problema de encima. Estaban aburridos con el loco ese allá en el Jordán, haciendo bulla y metiéndole ideas a la gente, cuando la gente hay que tenerla embrutecida pa que no se desconcentren el trabajo, pa que le rinda. la gente, hay que a la gente no se le puede dar muchas ideas o se les dan tres ideas y se confunden. No ve que ese es el problema con esa gente. Se confunden. Hay que tenerlos brutos así, brutos, abajados, espalda al sol, y que trabajen, mijo, que trabajen, que funcionen. A otros, en cambio, nos ha tocado. Eso sí, que vamos a hacer, nos ha tocado una vida, pues hombre, con una que otra comodidad, ¿no? Una que otra comodidad, hombre, tenemos. Tengo una casita decente. Tengo allí en una finquita buena. Tengo, pues, una villa allá en Cesárea. Es decir, lo normal, ¿cierto? Lo normal. No es una cosa. Pues lo normal. Hombre, ¿quién no tiene hoy un palacio en cesárea? Por favor. O sea, no vamos a decir. Entonces a la clase dirigente le funcionaba el sistema. Según hemos dicho, dos cosas: primero, que los que interrogan a Jesús eran la gente de poder. Y segundo, que esta gente de poder no se había convertido, se había impermeabilizado ante el mensaje de Juan el Bautista. ¿Por qué? Porque cuando a uno le funciona el sistema, uno no quiere convertirse. Cuando a uno las cosas le salen como uno planea, uno no quiere convertirse. ¿Cuando se convierte uno? Uno se convierte, por ejemplo, en circunstancias un poco tensas. Hace poco iba un avión, bueno, hace poco, hace como unos cuantos años, pero la noticia es verídica. No estoy exagerando. Un avión iba volando sobre Tailandia, un 747, de esos aviones gigantes, iba volando sobre Tailandia. Y sucedió, pues, un problema un poco tensionante, y es que se le apagaron los motores al avión. Eso fue un poco, un poco tensionante. O sea, la gente alcanzó realmente a preocuparse. El piloto le avisó a los pasajeros, entre otras cosas porque tenían que darse cuenta. Avisó a los pasajeros: Tenemos una emergencia en este momento. Los motores no responden. Estamos descendiendo. Ya la gente se había dado cuenta. Ese descenso no acabó en tragedia por una razón muy interesante, y es que lo que había sucedido es que un tipo especial de nube había producido una acumulación tan terrible de hielo sobre las alas y luego sobre las turbinas, que había detenido al avión. Un tipo de nube que se supone que no existe a esa altura. Ustedes saben que esos aviones vuelan a muchísimos pies. Cerca de 30000 o 36000 pies de altura. Entonces el avión iba a una velocidad de crucero que equivale como 850 a 900 kilómetros por hora. De manera que cuando se le apagaron los motores no fue que cayera como una piedra, sino que siguió planeando. El piloto, con una sangre fría admirable, siguió piloteando su avión sin motor, o sea, sin turbinas. Y el avión, obviamente fue bajando, no como una piedra, pero fue bajando, planeando. Cuando el avión había descendido cerca de dos terceras partes de su altura, el problema del hielo se acabó porque ya habían bajado lo suficiente. Volvieron a intentar encender las turbinas, encendieron las turbinas y, mucho antes de que el avión se acercara a tierra, habían podido recuperar control perfecto del avión. Pero mientras tanto, lo que la gente había experimentado era una caída más o menos desde 12000 metros hasta 4000 metros. Son 8000 metros cayendo, viendo los motores apagados. Eso es lo que yo llamo un momento tenso. En ese momento tenso cuando uno. Luego se imaginarán el aseo que hubo que hacerle a ese avión. En ese momento tenso. Cuando uno no le funciona el sistema, por ejemplo, el sistema de las turbinas, cuando uno no le funciona el sistema, uno piensa seriamente en convertirse. Cuando llega la enfermedad terminal, cuando llega la quiebra económica, cuando llega la traición de un amigo, cuando uno no le encuentra sentido ni sabor a la vida, cuando de pronto uno dice: mi hogar se está yendo a pique. Ahí uno piensa en convertirse. Pero cuando todo le funciona bien a uno, cuando el sistema le funciona a uno como le funcionaba a los sumos sacerdotes y a la clase dirigente de este tiempo, es muy difícil convertirse, porque cuando uno siente que está en lo que técnicamente se llama el curubito, no sé si esa palabra se utiliza por aquí. El curubito es la cima, el tope, ¿no? Cuando usted siente que está en la cima de la cima, uno dice: si me muevo, bajo, si me muevo, caigo. O sea que mejor me quedo aquí quieto. Convertirse es ponerse en movimiento. Y cuando uno está muy bien situado, y cuando uno siente que todo es perfecto en mi vida, uno no quiere moverse. Porque si me muevo, me caigo. ¿Cuáles son las consecuencias que esto tiene? Tiene varias. Primera: No es bueno que uno todo le salga bien. Una santa a la que le debo mucho, que se llama Santa Catalina de Siena. Una virgen consagrada seglar que vivió en el siglo XIV, se dio cuenta de este pasaje y de esto que estamos diciendo. Y ella se dio cuenta: mientras en mi familia todo salga bien, tarde o temprano se alejan de Cristo. Entonces ella hizo una oración. Ella hizo un negocio con Cristo. Ella le dijo a Cristo: Quiero que mi familia esté contigo, cueste lo que cueste y pase lo que tenga que pasar. Esa es la oración que yo les voy a pedir a ustedes como conclusión de este encuentro familiar. Ahora sí, las que sean machas, que hagan esa oración. Que mis hijos, tienen que decir las mamás, que mis hijos estén contigo, Señor, así lo pierdan todo, así lo tengan que perder todo. Que jamás, Señor, te pierdan a ti. ¿Por qué? Porque si uno no hace esa oración, hay el peligro de que a ese hijo o a esa hija el sistema le funcione tan bien, tan bien, tan bien, tan bien, tan bien, que llega el momento en el que la persona se olvida de Dios. Llega el momento en el que la persona dice: en realidad no necesito a Dios. Y por eso hoy quiero predicar la oración valiente y la oración valiente es la oración de Santa Catalina, porque yo quiero saber cuáles son las mamás que son capaces de orar. Y la oración valiente es: Señor, que mis hijos si es necesario, lo pierdan todo, pero que no te pierdan a ti. Esa es la oración valiente, esa es la oración que va precisamente a contrarrestar esto. Porque, si no, bien puede suceder que el sistema les funciona y se ven de pronto: oye, yo soy como tan inteligente, yo soy. A ver, partamos de la base de que soy buen mozo. Partamos de esa base, que es una base firme y en la que todo el mundo está de acuerdo. Soy bien parecido. Bueno, hoy no noto mucho acuerdo en ese punto, pero usualmente lo hay. Partamos de la base de que soy buen mozo, dice el otro. No soy inteligente. Tengo plata porque plata me mandó Dios por castigo. Tengo buena posición. Soy respetado. Lo tengo todo. Pero puedo perderlo todo. Puedo perder a Dios. Esa es una consecuencia de esto. ¿Qué es lo que nos dice Juan? Si tú quieres entender mi Evangelio, tienes que entender primero el arrepentimiento. Y de pronto hay algo que tiene que fallar en tu vida para que tú descubras cómo se arregla la vida.

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