Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La bendición de Dios permite sentirnos sostenidos por Él.

Homilía v031004a, predicada en 19991213, con 22 min. y 32 seg.

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Transcripción:

Hermanos míos, la primera lectura es tal vez el trozo más hermoso y poético del libro de los Números. Este libro se llama de los Números porque cuenta a los israelitas mientras iban por el desierto. Los Números que sirven de título al libro. son los Números de los israelitas, es decir, la cuenta de los israelitas que iban por el desierto. Esto quiere decir que el libro de los Números, básicamente, lo que nos va a narrar es el camino por el desierto, algunas escenas de la vida del pueblo de Dios mientras iba peregrinando por el desierto.

Cuando uno escuche desierto, debe pensar que ahí hay una palabra útil para la Iglesia, es decir, para todos nosotros. En efecto, la condición en la que se encuentra la Iglesia en este mundo se asemeja muchísimo a la condición del pueblo de Dios mientras iba por el desierto. Y por eso todo lo que se diga de desierto en la Biblia sirve para nosotros, porque nos ayuda a entender, a aprovechar, incluso a disfrutar el camino de Providencia que vamos recorriendo como Iglesia a través de este mundo.

En ese desierto hubo de todo, hubo rebeldías fuertes, protestas fuertes, terquedad, idolatría, pecado. Pero también hubo amor, fidelidad, intercesión, gracia. Si uno lee el libro de los Números con esta mirada encuentra una cantidad de enseñanzas para el tiempo que estamos viviendo. En realidad, toda la Sagrada Escritura es provechosa para el cristiano, pero muchas veces uno no sabe cómo aplicar la Sagrada Escritura a la propia vida. Por eso estamos contando que este peregrinar por el desierto sirve de modelo, sirve de parábola, sirve de enseñanza para que nosotros, el nuevo pueblo de Dios que camina por el desierto de esta tierra, encontremos las señales de la Providencia.

Mientras iban por el desierto, apareció un cierto Señor que era como una especie de brujo o espiritista de nombre Balaam. Él no creía en Yahvé. Era un hombre dedicado a buscar el rastro de los espíritus. Era un hombre dedicado a lo sobrenatural. Es muy curioso este personaje, Balaam, porque el oráculo que dice Balaam aquí es una descripción poética hermosísima de la grandeza y la majestad que acompaña al pueblo de Dios mientras es peregrino. En ese sentido, Balaam aquí queda muy bien parado. Pero luego la Sagrada Escritura tiene otras opiniones sobre este señor. En el Nuevo Testamento, por allá en las cartas llamadas católicas, cuando se habla de Balaam, se le trata muy duro y se dice: llevó al pueblo a pecar, lo llevó a la brujería.

Balaam era un personaje un poco extraño. Él no creía en Yahvé. Él no pertenecía al pueblo hebreo. Era simplemente un hombre que buscaba lo sobrenatural, un hombre que presentía que más allá de las cosas de esta tierra, tenía que existir algo más y que tenía como una gran sensibilidad para las cosas espirituales. El problema es que hay todo tipo de espíritus y por lo visto, de acuerdo con lo que nos dice la Biblia, ese camino de estar buscando las cosas sobrenaturales por donde estén, es un camino en el que uno puede perderse fácilmente, porque así como hay espíritus e inspiraciones buenas, el que se dedique a buscar espíritus por todas partes no sabe a qué horas resulta metido en oráculos, en mensajes que ya no son los de Dios.

La Biblia en realidad no apoya esa búsqueda sobrenatural o esa especie de curiosidad por lo extraño. La Biblia nos invita más bien a la fidelidad Cuando Dios sea extraordinario, bien, y si Dios es ordinario y común, porque el que anda buscando lo extraordinario como Balaam, fácilmente se pierde. Ya esa es una enseñanza para nosotros.

Pero este texto que tenemos aquí tiene otra enseñanza más obvia, más inmediata. Balaam en ese momento -estamos en una escena buena de Balaam-, la lectura de hoy, Balaam es como tomado por el Espíritu de Dios. Él tenía un concepto muy alto de sí mismo. Había hecho unos cursos de superación y de autoestima. Oráculo de Balaam, oráculo del hombre de ojos perfectos, del que escucha palabras de Dios y contempla visiones del poderoso con los ojos abiertos. El tipo tenía una autoestima más bien considerable. Pero bueno, dejémoslo con su autoestima y oigamos lo que dice.

Qué bellas las tiendas de Jacob y las moradas de Israel. Cuando dijo Balaam, esto es una escena que ustedes deberían leer. Se encuentra por el capítulo 22 o 23 del Libro de los Números. La historia es que había un rey que, sabiendo que Balaam era un hombre metido con esas cosas de espíritus por allá, lo contrató para que le echara una maldición triple a los israelitas. Este rey, cuyo nombre no recuerdo, pero está en la Biblia de ustedes y lo pueden buscar, contrató a Balaam para que maldijera al pueblo de Dios. Pero mire, échele una maldición que los extermine, que los acabe.

Porque Balaam tenía fama de ser un hombre metido con todo ese mundo sobrenatural y lo contrató. Contrató a Balaam. Y cuando Balaam estaba sobre una montañita y al lado estaba el rey que lo había contratado. No sé si era Balac. Eso lo verificarán ustedes buscando en sus Biblias, a su lado estaba Balac y aquí estaba Balaam y estaban en una montañita. Y allá en la llanura estaban las tiendas de los israelitas que iban peregrinando por el desierto. Y el rey entonces ya estaba listo para oír la peor de las maldiciones, para que se acabaran los israelitas, porque para eso le había pagado a Balaam, para que maldijera y acabara con ese pueblo.

Balaam se puso a mirar el pueblo de Dios, se puso a mirar a los israelitas y empezó con su estribillo: Oráculo de Balaam, hijo de Beor, oráculo del hombre de ojos perfectos. A su lado estaba el rey esperando. Ahora viene la maldición triple. Oráculo del que escucha palabras de Dios, que contempla visiones del poderoso en éxtasis con los ojos abiertos. Y al lado estaba el rey esperando. Ahora viene la maldición más grande que se haya inventado.

Pero resulta que Balaam empieza: Qué bellas las tiendas de Jacob y las moradas de Israel. Como vegas dilatadas, como jardines junto al río, como áloes que plantó el Señor o cedros junto a la corriente. Su rey es más alto que Agag y su reino descuella. El rey que estaba al lado sintió un terrible retorcijón de tripa. ¿Se ha podido tullir?. Yo te contraté para que maldijeras. Entonces el otro dijo: Espere, espere un momentico, vamos a empezar otra vez.

Y esa fue la otra parte que leímos. Oráculo de Balaam volvió a empezar. Oráculo de Balaam, hijo de Beor, oráculo del hombre de ojos perfectos, del que escucha palabras de Dios y conoce los planes del Altísimo. El tipo tenía una autoestima muy alta. Lo veo, pero no es ahora. Lo contemplo, pero no será pronto. Avanza la constelación de Jacob y sube el cetro de Israel.

Balaam bendijo. Lo habían contratado para que maldijera, pero Balaam bendijo. Dios no permitió que cayera una maldición, ni una sola sobre ese pueblo de pobres que no tenían nada, que eran unos arrastrados muertos de hambre caminando por el desierto. Dios no permitió que cayera ninguna maldición sobre ellos.

Nosotros sabemos, por buena fuente, que es el libro de Daniel, que en este pasaje intervino, aunque no se le nombra el Santo Arcángel Miguel. El Santo Arcángel Miguel es el Defensor del Pueblo de Dios. Miguel, el Arcángel de Dios, intervino aquí y no permitió que se pronunciara una sola palabra en contra de ese pueblo.

De esta manera, el rey que pretendía vencer a los israelitas, empezando por maldecirlos, se encontró con que había una fuerza mayor que todo su reino, una riqueza mayor que todos sus tesoros, una gracia mayor que toda Su Majestad, y que esa fuerza y esa gracia y ese tesoro tenían fuerza para bendecir a ese pueblo de pobres.

A mí me gusta mucho este texto que hemos leído el día de hoy. Me gusta ver cómo Dios defiende a su pueblo de pobres. Lo más emocionante, mis hermanos, es ver en el mismo libro de los Números, pero es que hay que leer el libro de los Números, es ver en el mismo libro de los Números cuál fue el pueblo que Dios defendió, cómo era ese pueblo.

¿Era un pueblo de santos?, ¿era un pueblo de gente fiel a Dios, llena de verdad y de amor hacia Él?. No. Era un pueblo terco y crápula, un pueblo inicuo, rebelde, obstinado, y la Biblia no hace elogio de ese pueblo, sino que lo muestra con toda su realidad, con toda su imperfección, con todo su pecado.

Lo más grande es eso: Dios defendió a un pueblo de pobres. Eso nos conmueve. Dios defendió a un pueblo de pecadores. Eso nos convierte, eso nos transforma.

La Iglesia que está aquí representada es un pueblo de pobres y de pecadores. Si miramos el recorrido de la Iglesia a lo largo de los siglos, cuántas veces, por Dios, nos va a aparecer semejante a lo que vio Balaam, unos muertecitos de hambre que no tienen donde caerse, muertos por el despojo, ya no material, sino espiritual sobre todo.

La Iglesia, tantas veces infiel, débil, raquítica, pecadora, parece que estuviera como esas tiendas en el desierto, esperando el último golpe, esperando la maldición que lo acabe. Y, sin embargo, Dios, por ministerio de sus ángeles, sobre todo San Miguel, por obra de su Espíritu, transforma en bendición todas las maldiciones que se le quieren echar a la Iglesia.

Porque a la Iglesia, a la Iglesia se la sigue queriendo acabar. Los que predican la Era de Acuario utilizan este lenguaje. Ahora viene una era de armonía, de paz, de belleza, de sabiduría. Y dicen algunos de ellos que el cristianismo va a desaparecer. Algunos dicen que en este próximo siglo 21. Otros le dan hasta el siglo 22 o 23 y escriben, porque son discípulos del rey que quería maldecir al pueblo de Dios. Escriben y publican y sacan libros donde dicen que la Iglesia se acabará, que el cristianismo se terminará, que esa será una etapa culminada, terminada, que ese paréntesis cristiano se va a cerrar en la historia.

Cuando uno piensa en las debilidades de la Iglesia por dentro y uno piensa en el odio de sus enemigos por fuera, uno siente lo mismo que se siente con la lectura de hoy. Uno siente que Israel es un pueblo de pecadores en un desierto terrible, esperando que le caiga encima una maldición espantosa. Pero Dios no permite que esa palabra, no permite que esa sentencia blasfema se cumpla.

De un modo inexplicable para Balaam, de un modo inexplicable para ese rey inicuo. El rey que contrató a Balaam, de un modo inexplicable, el pueblo de Dios avanza, y, como decía la lectura de hoy, al final avanza la constelación de Jacob y sube el cetro de Israel.

Hay un hombre que resume todas las miserias del pueblo de Dios. Hay un hombre que tiene dentro de sí, que lleva dentro de sí, que manifiesta en él toda la pobreza del desierto, toda la gravedad del pecado y el incalculable odio de los enemigos de Dios. Ese hombre que resume todo un pueblo se llama Jesucristo.

Jesucristo, tendido en la cruz, especialmente tendido en la cruz, es el resumen de todo el libro de los Números y de toda la Escritura. Está desnudo, desarrapado, desprovisto como estaba el pueblo de Dios. Está acampado en esa cruz que es el más espantoso desierto, y está rodeado de enemigos que no cesan de atacarlo y maldecirle.

Pero Dios tiene una autoridad distinta. Tiene una fuerza diferente. Y avanza la constelación de Jacob y sube el cetro de Israel. Ese extraño poder manifiesto sobre todo en la cruz de Cristo, pero ya patente en el libro de los Números. Ese maravilloso poder era el que querían descifrar los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo cuando le preguntaron: ¿Y tú con qué autoridad haces eso?

Ellos estaban buscando cuál era la fuente de esa autoridad. Si no han podido entender el mensaje del desierto que empezó en el Libro de los Números y aún antes, y que tiene su exponente principal en Juan el Bautista, el hombre del desierto, si no han podido entender el mensaje del desierto, jamás podrán entender el mensaje de la cruz. Nunca podrán entender cuál es el poder misterioso que vela sobre ese pueblo y lo protege y lo levanta. Nunca podrán entenderlo.

Y por eso Jesús les pregunta: ¿Y lo de Juan Bautista era de Dios o de los hombres? Y ellos dijeron: No sabemos. Y Jesús les dijo: Yo tampoco les digo con qué autoridad hago esto.

Si no han entendido cómo ama Dios a su pueblo y de dónde lo rescata, no pueden entender quién soy yo, ni a qué he venido, ni por qué estoy, ni cuánto puedo.

¡Dios mío! regálanos la dulce, profunda experiencia de sentirnos sostenidos por ti. Terribles maldiciones se abalanzan sobre nosotros. Señor Dios. Queremos recibir la fuerza de tu bendición. Creemos que la constelación de Jacob avanza y que el cetro de Israel se levanta. Y creemos que Dios reina desde el madero.

Gracias por tu Hijo Jesucristo. Gracias por el mensaje del desierto. Gracias, Señor, porque la fuerza de tu amor y de tu bendición. Salva a tu pueblo de sus propias debilidades y pecados y de toda amenaza o peligro exterior. Por todo eso, gracias. Gracias, Señor.

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