
Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
¿Cómo puedo saber lo que yo soy delante de Dios?
Homilía v031003a, predicada en 19981214, con 15 min. y 24 seg. 
Transcripción:
Se le pregunta a Jesús por su autoridad. Y Jesús devuelve la pregunta aludiendo al bautismo de Juan. De aquí podemos sacar tres enseñanzas de un cuadro tan sencillo. Primera. Jesús no se deja acorralar por las preguntas. Si nosotros recordamos muchos textos de los Evangelios en los que se le hacen preguntas a Jesús, nos daremos cuenta de que en ningún momento Él se deja como someter a un interrogatorio, ni se siente obligado a responder lo que se le está preguntando, ni a dar satisfacción a lo que la gente espera. Ya se trate De amigos suyos, como aquellos discípulos de Juan Bautista que le preguntan: ¿Eres tú o tenemos que esperar a otro?, ocasión en que Jesús simplemente muestra las obras. Ya se trate de Poncio Pilato cuando intenta acorralarlo y a decirle: ¿Por qué te callas?, ¿eres rey?, ¿qué has hecho? Jesús no se deja acorralar con preguntas. Y hay una razón profunda para esto: es que Dios mismo no se deja acorralar con preguntas. El que pregunta toma la actitud de juez y el que está obligado a responder toma la actitud de reo o de juzgado. Jesús no deja que esa postura de juez la tenga nadie, sino solo Dios. Este es un tema que a mí me apasiona. Simplemente lo dejo aquí nombrado y les recomiendo que en los evangelios hagan la lista de todas las preguntas que le hacen a Jesús, y ustedes notarán cómo incluso a su Santísima Madre Jesús no le responde. Jesús nunca se sitúa en posición de reo. Más bien es Él, y esto queda clarísimo en el pasaje de hoy, el que hace las preguntas. En aquella escena de la adolescencia de Cristo, la mamá le preguntó algo: ¿Por qué nos has hecho esto? Y Él responde: ¿No sabíais? Él responde con una pregunta: un momentico, el de las preguntas aquí soy yo. Yo soy el que hago las preguntas. Esto es maravilloso y es motivo de meditación, porque nos enseña también a acoger la voluntad de Dios. Aquel que quiera acorralar a Dios con preguntas, jamás encontrará su voluntad. ¿Por qué me pasó esto?, ¿qué más me va a suceder ahora?, ¿qué conmigo?, ¿cómo se llama este juego?, ¿qué estás haciendo conmigo? Todas esas preguntas que pretendemos hacerle a Dios son cada una, una puerta que cerramos. Menos entendemos cuanto más pretendemos preguntar, en el sentido de acosar, acorralar con preguntas. Hay otras preguntas a las que Dios sí responde. Por ejemplo, la misma Virgen María, en el momento de la Anunciación, pregunta al Arcángel: ¿Y cómo será esto? Y recibe una respuesta. Bueno, esa es una primera enseñanza que nos trae este pasaje. Una segunda enseñanza es que hay que entender, hay que acoger el mensaje de Juan para entender el mensaje de Jesús. Si resumimos el mensaje de Juan en términos de arrepentimiento, examen de conciencia, dolor por el pecado, escucha de la Palabra de Dios, contrición en el corazón. Si ese es el resumen del mensaje de Juan, el que no haya entendido las palabras de arrepentimiento se queda sin aprovechar y sin saborear las palabras de la gracia. Muchas veces queremos escuchar palabras de misericordia y palabras de gracia. Queremos escuchar palabras de indulgencia y palabras de consuelo. Queremos recibir palabras de fortaleza y palabras de ánimo. Bien. ¿Y hemos acogido el mensaje de Juan? Atraemos las palabras de la gracia con nuestras palabras de construcción, atraemos el mensaje del amor perdonador de Dios, suplicándole con nuestro mensaje de arrepentimiento su perdón. Y por eso a esta gente que no había entendido el mensaje de Juan, Jesús no tiene mucho que decirles. Si no has entendido que tienes que convertirte, si no has entendido de arrepentimiento y de contrición, ¿qué vas a entender de mí?, ¿qué pretendes?, ¿meterte conmigo con la autoridad? Si yo podría decirte: es con la autoridad del amor. Eso no significa nada para ti. Podría decirte: es con la autoridad de la gracia. Eso no significa nada para ti. Podría decirte: es con la autoridad de la misericordia. Tampoco eso te diría nada. Esas palabras caen en el vacío, porque Dios empieza a reinar en el corazón humano a partir del arrepentimiento desde la base de la contrición. No la contrición entendida como simple autoacusación, pérdida de autoestima, depresión, ira contra sí mismo, tristeza. No. Es la contrición que me lleva a descubrirme como alguien que está fuera del camino, pero que está llamado a volver al camino. Esa contrición hace maravillas en la vida. Y esa es la segunda enseñanza que quería compartir. Primero el mensaje de Juan. Luego el mensaje de Jesús. Primero la conciencia del pecado, luego la alegría por la gracia. Primero, el saber quiénes somos nosotros para descubrir quién es Él. La tercera enseñanza es como por contraste, a partir de lo que dicen aquellos sumos sacerdotes y ancianos del pueblo. Jesús les pregunta: el bautismo de Juan, ¿de dónde venía?, ¿del cielo o de los hombres? En el fondo, la pregunta de Jesús es un llamado a la conversión. Es evidente que el bautismo de Juan era el fruto de su acción profética. Era una visita, era un paso de Dios. La respuesta era muy sencilla, la respuesta era obvia. Pero lo que hacen estos jefes del pueblo nos muestra cómo puede uno estar junto a Dios sin verlo. Cómo puede uno tener al frente la voluntad del Señor y no reconocerla. ¿Cómo lograron estos hombres estar así, frente a la voluntad del Señor y no reconocerla? ¿Cómo se las arreglaron para no ver el paso de Dios? Muy sencillo. Su estrategia fue muy sencilla, espantosamente eficaz. Se pusieron a deliberar. Si decimos del cielo nos va a decir que por qué no nos convertimos. Si decimos que de la tierra la gente nos va a acusar. Si hacemos esto pasará esto otro. Y si decimos esto sucederá lo de más allá. Ellos no respondieron la pregunta. Ellos se pusieron a deliberar sobre sus conveniencias, sobre sus intereses, sobre sus preocupaciones. No les pasó por la cabeza abrir los ojos y buscar cuál es la verdad de este cuento, cuál es la verdad de este asunto. Y el que se aparta del ámbito de la verdad, el que se aparta de ese ámbito se aparta del ámbito del bien. Al que no le interesa la verdad no lo puede encontrar el bien. Solo desde la verdad, solo desde la realidad de nuestro propio ser y de nuestra vida, solo desde ahí podemos encontrar el querer divino, podemos encontrar la voluntad de Dios. La pregunta que les hizo Jesús era obvia, era sencillísima, y era la pregunta que los iba a poner en camino, en el camino de la conversión. Era la pregunta para hallar la voluntad de Dios en ese momento. Pero ellos se las arreglaron para seguir ciegos, para no ver la voluntad de Dios. Y precisamente por lo que ellos hicieron podemos aprender nosotros lo que nos puede pasar a nosotros si hacemos lo que ellos hicieron, es decir, fórmula para nunca encontrar la voluntad de Dios: empezar por preguntarse uno por las conveniencias de uno. ¿Qué sería lo que más me convendría en este momento? A ver, ¿qué sería lo que yo realmente preferiría y lo que a mí me gustaría? ¿Y qué serían? ¿Cómo quedarían mis intereses aquí? Dale vueltas a tus intereses, ponte a girar en torno a tus amores, mira y mira y mira lo que tú eres, lo que tú quieres, lo que tú pretendes y así no vas a encontrar cuál es la voluntad de Dios. La voluntad de Dios requiere que la persona esté dispuesta a mirar más allá de sus intereses, a mirar más allá de sus conveniencias. Bueno, pero hay algo un poco más profundo aquí. Resulta que antes hemos dicho que la puerta para encontrar la gracia, para recibir la gracia de Dios. La puerta es el arrepentimiento, y el arrepentimiento es una manera de conocerse uno. Y ahora hemos dicho que la manera de no encontrar la voluntad de Dios es estar pensando uno en los intereses de uno y en las conveniencias de uno. Que es otra manera de conocerse uno. O sea que realmente aquí están como enfrentadas dos maneras de conocerse uno a sí mismo. Hay una manera que es la manera falsa. Es la manera de mirar solo los intereses, las conveniencias. Y hay otra manera que es la de ponerse ante Dios. Mira, esto es clave, pero no es tan fácil de discernir. ¿Cómo puedo yo saber lo que Dios quiere de mí, si en el fondo yo tengo también unos gustos y tengo también unos intereses? Entonces, si yo aplasto mis gustos y mis intereses, nunca voy a encontrar tampoco la voluntad de Dios. Porque qué tal que una persona dijera: bueno, yo me siento llamada al matrimonio, pero como eso es lo que yo quiero y como esos son mis intereses, entonces tengo que irme a un lugar donde no me pueda casar. Pero ahora que he entrado a un lugar que es de consagración en el celibato, en la virginidad, me siento tan a gusto aquí que yo creo que mi lugar debe ser afuera de aquí, porque ya aquí me siento bien. Eso es de locos. Eso es de dementes. Así tampoco se encuentra. Por eso digo que hay un problema muy serio aquí. ¿Cuáles son los intereses míos que sí me muestran la voluntad de Dios? Porque hay intereses míos que me echan a perder, como los de estos sumos sacerdotes que se pusieron a deliberar: ¿y ahora qué hacemos?, ¿y si nos dice? ¿y si no nos dice?, ¿y si la gente? Esos estaban pensando en sus intereses. ¿Cuál es la diferencia entre esos intereses y los otros intereses que también están en mí pero que vienen de Dios? ¿Cómo puedo aprender a conocerme delante de Dios? ¿Cómo puedo saber lo que yo soy delante de Dios? Esta es una pregunta demasiado grande para una predicación de una homilía. Es una pregunta que desde luego nos rebasa a nosotros. Pero. Pero sí podemos dar por lo menos un comienzo de respuesta. Aquella persona que se conoce delante de Dios está dispuesta a perderlo todo menos Dios. Está dispuesta a abandonar o a soltar todo menos Dios. Se conoce, se mira, sabe que tiene intereses, todos los tenemos. Sabe que tiene gustos, todos los tenemos. Sabe que tiene planes, todos los tenemos, pero está dispuesta a renunciar a cualquiera de sus planes, intereses o gustos, menos a una cosa: no quiere perder a Dios, eso sí, no lo quiere perder. En cambio, el que se conoce según el mundo, hay una sola cosa que no quiere perder, y es que se haga su voluntad, la propia voluntad, la de esa persona. De manera que el primer mandamiento de la ley de Dios: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todas tus fuerzas, no es solamente el primero de una lista, es que es el cimiento de todo mandamiento, es el comienzo de todo discernimiento. Es la luz que le da luz a todas las luces, es la raíz, es el único piso firme que tenemos. Solo desde la base, desde el propósito, tan limpio como sea posible de amar a Dios sobre todas las cosas. Solo sobre esa base, solo sobre ese principio, tenemos alguna certeza de que nuestro arrepentimiento será verdadero arrepentimiento, de que nuestro amor será verdadero amor y de que nuestro camino será verdadero camino. Que Dios infunda por Cristo en nosotros, este amor absoluto, radical, innegociable, este amor a Dios sobre todas las cosas. Es la única luz que tenemos en el camino.

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