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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Comprender el mensaje de Juan Bautista, para comprender el mensaje con autoridad de Jesucristo.
Homilía v031001a, predicada en 19961216, con 6 min. y 9 seg. 
Transcripción:
El evangelio nos presenta una escena breve y un poquito confusa. Cuando Jesús se volvió un personaje incómodo dentro del pueblo, pues buscaban la manera de hacerlo caer con sus propias palabras. Y por eso sus adversarios oímos que le preguntan en el día de hoy: ¿tú con qué autoridad haces lo que haces? La respuesta de Jesús es un poco enigmática. Dice Jesús: Bueno, yo también les voy a hacer una pregunta. ¿Y el bautismo de Juan de dónde venía? ¿Venía del cielo o de los hombres? Esta gente no sabe qué responderle a Jesús, y Jesús tampoco. En últimas, le responde nada. Una escena como un poco confusa, en la cual, sin embargo, hay dos enseñanzas importantes. Primera enseñanza. Que para comprender realmente el mensaje de Jesús hay que haber entendido de dónde venía el bautismo de Juan. ¿De dónde viene el ministerio de Juan? Puede decirse que aquel que no haya entendido la predicación de Juan tampoco ha entendido el ministerio de Jesús. Como quien dice, la predicación de Juan. Hasta cierto punto es una especie de requisito para entender la predicación de Jesús. O sea que si no hemos entendido la predicación de Jesús, quizás es por eso, porque no hemos estado todavía en la comprensión de qué era lo que quería decir el bautismo de Juan. Vamos a decirlo de esta manera: El bautismo de Juan era como un llamado supremo a la conversión. Juan predicó para que todo el mundo se convenciera de que sí necesita de Dios. Esa fue la predicación de Juan. Contarle a la gente, repetirle casi, gritarle a la gente: convénzase de que usted necesita de Dios, de que usted no puede salvarse solo, de que aunque usted tenga ideas sobre el bien y sobre lo bueno, usted no lo puede solo y Dios va a visitar, conviértase a Él. La predicación de Juan era como un llamado supremo a la conversión, un llamado vigoroso, casi brusco hacia la conversión. Deje de decirse mentiras y vuelva hacia Dios. La predicación de Jesús es un mensaje de gracia, de ternura, de perdón. Pero esta ternura no se entiende sino sobre el fondo del llamado brusco a la conversión de Juan. Con otras palabras, si nosotros queremos quedarnos solo con la parte tierna del Evangelio, la parte dulce de las palabras de Dios, seguramente no entendemos ni a Jesús, ni a Juan, ni a Dios, ni a nadie. Es necesario haber pasado un poco por esa, por esa puerta estrecha de Juan. Es necesario haber pasado por esa convicción de que de veras debo cambiar de vida. Pero basta con que yo tenga esa convicción para que de inmediato la presencia de Jesús y la gracia de Jesús me transforme. Y esta es una enseñanza importante que nos da este Evangelio. Si no se ha comprendido el bautismo de Juan, Jesús resulta ser un brujo que hace milagros, que hace cosas raras. Si no se ha comprendido el bautismo de Juan, Jesús resulta ser otro maestro espiritual, como Buda, como Lao Tsé, como Tao, como el que sea. Si no se ha entendido el llamado a la conversión. Cristo se nos convierte en un milagrero o en un maestro más que nos va a enseñar técnicas para encontrar la divinidad. De modo, pues, que hay una relación profunda entre la predicación de Juan y la de Jesús, y eso tiene una aplicación muy concreta y es que cada uno de nosotros tiene que saber de qué tiene que convertirse y ahí sí, apelar a Cristo. Pero hay otra enseñanza, la segunda que quiero compartir con ustedes en esta noche. La pregunta que hacen los enemigos de Jesús quedó sin respuesta. ¿Con qué autoridad haces esto? Pues bien, esa pregunta que quedó como sin respuesta es bueno que quede flotando en el ambiente. ¿Con qué autoridad? Ya no para decirla como pregunta, sino como admiración. ¿Con qué autoridad hace Cristo las cosas? ¿Con cuánto poder hace Cristo sus obras? Y lo que era una pregunta insolente, lo que era una pregunta altanera, lo que era una pregunta capciosa para los enemigos de Jesús, se transformará entonces en una alabanza en nuestro corazón. ¿Con qué autoridad, Jesús, haces tú cada cosa? ¿Con cuánto poder? ¿Con cuánto amor? Que sirva entonces este Evangelio primero para recordar que habrá Navidad, Navidad cristiana, solo para aquellos que se vuelvan hacia Dios, que sientan por lo menos la necesidad de volverse hacia Él. Y segunda, que sea esta Navidad la ocasión y el momento de alegrarnos y alabar la autoridad y el poder que Dios le ha concedido a su Santísimo Hijo Jesucristo, para que obre prodigios de conversión entre nosotros.

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