Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Tres preguntas que debemos hacernos para saber cómo estamos amando a Dios.

Homilía v025005a, predicada en 20091211, con 19 min. y 33 seg.

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Transcripción:

Hermanos queridos, hay un sabor de tristeza, podríamos decir, en el Evangelio de hoy. Esto no nos debe extrañar. El Evangelio nos cuenta lo que encontró Jesús cuando llegó a esta tierra y lo que hizo Jesús después de haber visto la condición de nuestra raza. Y tenemos que ser muy claros y muy sinceros en esto. Lo que encontró Jesús al llegar a esta tierra es triste. Encontró lo que dice el prólogo del Evangelio según San Juan: "Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron". Encontró que su propia ciudad, la ciudad de Dios por excelencia, Jerusalén, no había entendido el tiempo de la visita de Dios. Encontró Jesús que el corazón humano es duro y resistente. Encontró Jesús que el orgullo, la indiferencia, el egoísmo, la mentira, la impureza, la envidia han hundido profundamente sus garras en los corazones de todos. Eso es triste. De una manera un poco poética lo describe el Evangelio de hoy. Esa falta de sintonía con Dios que se describe en esos grupos de niños, unos quieren que los otros bailen y no, no lo hacen. Otros quieren que se canten lamentaciones y tampoco lo hacen. Hay un descuadre, hay un desnivel, hay una falta de sintonía. Como que Dios va por un lado y el ser humano va por otro. Dios quiere algo, pero el corazón humano tiene sus propias apetencias y por eso es rebelde. Y esa rebeldía engendra dureza y finalmente tristeza. Eso es lo que nos cuenta el Evangelio. Y la primera lectura también nos habla de esa clase de resistencia, esa clase de rebeldía. Se queja Dios por boca del profeta Isaías: "Si hubieras atendido a mis mandatos sería tu paz como un río". Y al final dice: "Tu nombre no sería aniquilado ni destruido ante mí". El camino que Dios nos muestra es el camino que conduce a la vida. En el libro del Deuteronomio Dios le habla a su pueblo y le dice: "Hoy pongo ante ti dos caminos: la vida y la bendición, o la muerte y la maldición". Y añade: "Escoge la vida". Y sin embargo, el ser humano parece obstinado en escoger la muerte. Escogemos la muerte cuando le abrimos más y más la puerta al horrendo crimen del aborto. Escogemos la muerte cuando cada uno de nosotros se encierra en su egoísmo. Porque así, metidos como en nuestra propia cárcel, nos acechan la depresión, la amargura, los prejuicios, incluso la tentación del suicidio. El Dios en el que nosotros creemos nos invita ardientemente, amorosamente: "Escoge la vida" y sin embargo, el corazón humano se resiste. Son muy profundas, muy, muy profundas, las garras del pecado en nuestros corazones.

Estas lecturas las tenemos precisamente un día viernes, porque en general nuestra Iglesia Católica le da al viernes ese carácter de llamado al arrepentimiento, llamado a la conversión. El viernes es un día de conversión y de penitencia, porque un viernes, el viernes que llamamos Santo, Cristo ofreció su vida por nosotros en la cruz. Si lo pensamos bien, ahí apareció en toda su dimensión el daño del pecado. En las llagas de Cristo lo que hay que mirar no es simplemente lo que le pasó a un pobre hombre hace dos mil años. En esas llagas tenemos que ver lo que le sucede a estos pobres hombres que somos nosotros si dejamos que el pecado hunda sus garras en nuestros corazones. El que está colgando de la cruz eres tú, mi hermano, y soy yo. Las llagas que están ahí están mostrando lo que el mal hace en nuestras vidas. Lo que el demonio pretende de nosotros. Lo que el pecado causa cuando se le abre la puerta en la cruz de Jesucristo, lo que vemos es esa obra maligna. Pero hay algo maravilloso que sucede también en la cruz. Así como aparecen las llagas que revelan el poder del mal, esas mismas llagas revelan el poder de la misericordia, porque Cristo se sometió a toda esa tortura y a toda esa humillación ofreciendo su propio dolor por nosotros. Como cordero de Pascua, Cristo ofreció su sangre para que nosotros fuéramos sacados del poder del Faraón, es decir, del poder del pecado. Así que en ese sufrimiento de Cristo vemos a la vez toda la fuerza de la maldad, pero también toda la victoria del bien. Toda la maravilla del bien, toda la maravilla de la bondad. Por eso, mis hermanos, el sentido de la penitencia y el sentido de un viernes penitencial como este que tenemos en el Adviento, no es finalmente una pura tristeza, sino es la contemplación de cuánta paciencia nos ha tenido Dios, cuánta mansedumbre ha desplegado ante nosotros, con cuánto amor nos ha venido esperando, nos sigue esperando con sus brazos de Padre bien abiertos. Es verdad que las noticias que encontramos en estas lecturas, la noticia de la rebeldía del corazón humano, es triste. Es verdad que la terquedad humana es triste. Pero hay otra terquedad que es alegre y es la terquedad del amor de Dios que si el hombre es terco para pecar, Dios es terco para esperar, para sanar, para perdonar, para levantar. Si hoy tenemos que mirar la terquedad humana que no termina de sintonizar con Dios, hoy también contemplamos admirados la terquedad divina que nos espera, que nos abraza, que nos levanta, que está dispuesto a perdonar, no una ni siete veces, sino setenta veces siete, como dice el Evangelio. Y ese número siete sabemos que significa completamente, perfectamente, totalmente.

Por eso, hermanos, recojamos el sentido de esta lectura y vamos a aplicarla a nuestra vida en tres puntos muy concretos para terminar esta reflexión. Primero, cada uno tiene que preguntarse: ¿Estoy en sintonía con Dios? En el Padrenuestro decimos, a nuestro Padre celestial precisamente le decimos: "Hágase tu voluntad". Pues entonces hagámonos esta pregunta: ¿Estoy en sintonía con Dios? ¿Mi voluntad está en sintonía con la voluntad divina? Si no es así, hagámonos esta pregunta: ¿En qué área de mi vida soy más resistente al querer de Dios? ¿Cuál es esa área de mi vida que la tengo cerrada al amor de Dios, al plan de Dios, al mandato de Dios? Esa es la primera aplicación, descubrir en nosotros que somos como los niños estos del evangelio de hoy. Estamos en otro cuento, estamos en otra onda. No hemos terminado de de sintonizar con Dios. Pues ya que lo sabemos, preguntémonos: ¿En qué área de mi vida estoy fuera de la sintonía con Dios? Cada uno piénselo ¿Será en el dinero? ¿Será en las diversiones? ¿Será en las amistades? ¿Será en el sexo? ¿Será en la comida, la bebida? ¿Será en el manejo de los bienes? ¿Será en la manera como usamos nuestro tiempo? Cada uno pregúntese: ¿En dónde estoy fuera de sintonía con Dios? Así sacamos algo práctico de estas lecturas.

Segundo punto, hemos dicho que el resumen de todas las rebeldías humanas aparece en el Crucificado, la cruz muestra el resumen del poder que tiene la maldad y por eso mismo en la cruz queda denunciado el pecado. Yo te pregunto: ¿Qué lugar tiene la cruz en tu vida? En varios países de Europa están discutiendo que hay que quitar los crucifijos. Ellos quieren que se quite la cruz. Ellos quieren que no se vea el crucificado. Ellos quieren desaparecer la señal más clara del amor de Dios. Eso es en Europa. Ahora yo te pregunto a ti aquí en Colombia y a quienes escuchen luego estas palabras a través de Internet, yo te pregunto: ¿Y la cruz, qué lugar ocupa en tu vida? ¿Saludas con amor y con gratitud a la cruz de Cristo? ¿Reflexionas, recuerdas con agradecimiento ese diluvio de gracia, esa manifestación de ternura que es la Cruz? ¿Dónde está la cruz en tu casa? Pueden sacar las cruces de las escuelas, pueden sacar las cruces de muchos lugares, pero no podrán sacarla de tu casa si tú no quieres ¿Dónde está la cruz en tu casa? ¿Y cuáles son las señales de respeto, de agradecimiento y de amor hacia la cruz en tu casa? Es muy importante que nosotros preparemos a la siguiente generación de cristianos para que ellos amen la cruz y vivan agradecidos por ese que es el regalo más grande y el amor más grande.

Y en tercer lugar, hemos dicho que el corazón humano es terco, pero hemos dicho también que Dios es más terco. Hemos dicho que hay una terquedad humana que se obstina en el pecado. Pero hemos dicho también que hay una terquedad divina que se obstina en esperarnos, sanarnos, corregirnos, educarnos, perdonarnos. Te pregunto: ¿Conoces esa terquedad divina? ¿Conoces esa divina obstinación? ¿La has agradecido? El gran obispo San Agustín de Hipona, cuando se puso a reflexionar sobre la terquedad de Dios, es decir, cómo Dios lo había esperado tercamente, tercamente, durante tantos años. Cuando San Agustín se puso a reflexionar en esa terquedad de Dios, escribió estas palabras inmortales: "Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé". Él reflexionó en todo el tiempo que Dios lo había esperado. Y tú, ¿Hace cuánto tiempo te está esperando Dios? ¿Le has agradecido como San Agustín le agradeció a Dios? ¿Tú le has agradecido la paciencia que Dios te ha tenido? ¿Le has agradecido esa misericordia que significa perdonarte tantas veces, corregirte tantas veces? ¿Dónde están las señales de tu agradecimiento? ¿Eres una persona agradecida con Dios? ¿O eres como esos niños malcriados que creen que todo se lo merecen y que nunca dicen la palabra gracias? ¿Dónde están las señales de tu gratitud? Empezamos esta Eucaristía hace un rato, destacando el hecho de que una persona quiso ofrecerla en acción de gracias. Esa persona tiene algo en su boca y en su corazón para decirle a Dios gracias porque me ayudaste, gracias porque acudiste en mi socorro, gracias porque me esperaste ¿Y tú eres agradecido con Dios? ¿Vives, por así decirlo, como de rodillas, bendiciéndolo por su misericordia, por esa paciencia que tiene contigo y con el mundo entero? ¿Es que no nos damos cuenta, hermanos, que este mundo insulta a Dios todos los días? ¿Eso por ejemplo, de quitar los crucifijos, no es como añadirle otra espina a la corona de Cristo? Este mundo en el que estamos ofende a Dios todos los días ¿No es entonces de rigor que nosotros vivamos, por una parte, suplicando misericordia, pidiendo perdón por el mundo y por otra parte, agradecidos hasta el extremo por tanta, tanta, tanta, tanta paciencia? ¿Dónde está tu agradecimiento? ¿Vives agradecido o eres de aquellas personas que únicamente cuentan y hacen cuentas de lo que le sale mal? ¿Cuántos de nosotros vivimos quejándonos de todo? Que esto me salió mal, que esto no funcionó, que yo soy de malas, que me hicieron algo. Vivimos contando y llevando cuentas de lo que nos sale mal ¿Y todas las bendiciones de todos los días cuando las vas a agradecer? ¿Dónde está el agradecimiento en tu corazón?

Deberíamos vivir con los ojos bañados en lágrimas, unas lágrimas de arrepentimiento porque hemos pecado y otras lágrimas de gratitud porque Dios nos ha esperado. Que este Evangelio, mis hermanos, sea letra viva en nuestras almas, sea una palabra que impacta y que transforma nuestro corazón. Porque para eso fue pronunciado este Evangelio. Como dice al final del Evangelio según San Juan: "Estas cosas se han escrito para que creáis y para que creyendo, tengáis vida en Su nombre".

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