Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

"¡Si hubieras atendido a mis mandatos!".

Homilía v025003a, predicada en 19991210, con 8 min. y 49 seg.

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Transcripción:

Una de las características del Adviento desde el punto de vista de la liturgia y concretamente de la Santa Misa, es que el Evangelio, en la mayor parte de las lecturas de los días, el Evangelio es como una respuesta, como un cumplimiento de lo que aparece en el texto de la primera lectura, que en casi todos los casos es de Isaías, sobre todo en estas dos primeras semanas de Adviento. Es decir, que en Adviento la lectura que lleva la voz cantante es la primera. La primera es la que va contando las esperanzas del pueblo y las promesas de Dios. Y el Evangelio no va cantando, sino que va contando cómo se han cumplido esas promesas en nuestro Señor Jesucristo. Los ejemplos son muchos. Casi cada día que hemos tenido de Adviento es un ejemplo. En la primera semana, por ejemplo, por dar algunos casos, en la primera semana ya nos encontrábamos con que, digamos el miércoles de la semana pasada decía Isaías: "preparará el Señor de los ejércitos un festín de manjares suculentos". Y el Evangelio era la multiplicación de los panes. O el jueves de aquella semana decía Isaías: "Confiad siempre en el Señor, porque el Señor es la roca perpetua". Y luego en el Evangelio decía Jesús: "El que escucha estas palabras y las pone en práctica, se parece al que edificó sobre roca". De manera que Jesús va apareciendo como el cumplimiento de las esperanzas del pueblo y de las promesas de Dios.

Creo que ese principio se cumple también en esta en esta semana. Dice aquí, por ejemplo, en el lunes de esta semana dice Isaías: "Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, se despegarán los ojos del ciego, saltará como un ciervo el cojo" y el Evangelio lo que nos cuenta es la curación de aquel paralítico. Es decir, que en Adviento la Iglesia evidentemente lo que quiere es que nosotros veamos cómo en Jesús se cumple todo lo que estaba anunciado, esperado, profetizado. La lectura de hoy, viernes de la segunda semana, en realidad sigue el mismo esquema, solo que esta vez no se trata de un anuncio gozoso, sino más bien de una lamentación. Lo que ha dicho Isaías es una especie de queja por la rebeldía del pueblo. "Si hubieras atendido a mis mandatos sería tu paz como un río", es un caso hipotético, ?si me hubieras hecho caso?. Como dice aquel otro salmo: "Ojalá me escuchase mi pueblo, siguiese Israel por mi camino". Y por eso el Salmo noventa y cinco: "Ojalá escuchéis hoy su voz. No endurezcáis el corazón". Es un tema, pues, más o menos frecuente en el Antiguo Testamento, y lo que tenemos aquí es que esas rebeldías que se producían contra Dios también tienen su crecimiento. Es decir, así como en el Antiguo Testamento hubo bienes pequeños que sirvieron de anuncio para bienes mayores, así también hubo males que no fueron los peores, pero que estaban anunciando males peores. La historia va creciendo en los dos sentidos y las dos cosas tendrán su cumplimiento en Jesucristo. El bien máximo, que es la gracia y el mal pésimo, que es el desprecio y el odio a Dios. Jesús es el cumplimiento del Antiguo Testamento, entonces, no solo en el sentido de que Él es el que sana, el que multiplica los panes o Él es la plenitud de la Alianza. No solo en ese sentido, sino también en el sentido de que Jesús, por decirlo de algún modo, despierta su cita, desenmascara la rebeldía del mundo. De modo que ante Jesús aparece completamente clara la desobediencia de los hombres. Esta es una de las dimensiones de la revelación que trae nuestro Señor Jesucristo. Jesucristo es el que revela plenamente a Dios, el que muestra plenamente a Dios y por eso en Jesucristo se cumple toda promesa buena. Pero ante Jesucristo se desenmascara toda la mentira, todo afecto desordenado, todo odio inicuo, toda traición y toda cobardía.

De modo que el Adviento, el Adviento nos está recordando que Jesús es el cumplimiento de todas nuestras esperanzas, pero también es el juicio y el juez de todos nuestros actos. En Jesús, todos nuestros buenos deseos tienen una respuesta. Pero en Jesús, todos nuestros deseos, buenos o malos, tienen su juicio. El que viene, ese que estamos esperando y que le da el nombre al Adviento porque viene, el que viene no es una especie de Papá Noel bonachón, jo, jo, jo, jo, que viene con sus dulces a repartir a todo el mundo. El que viene no trae solamente regalitos, aplausos, sonrisas, palmaditas, dulces. El que viene, viene a quebrantar el cetro del príncipe de este mundo. Viene a desenmascarar al que es mentiroso desde el principio. Viene a mostrar con toda claridad las raíces de la desobediencia humana. Viene como juez. Viene Jesús a nuestra vida a cumplir la esperanza de los que esperan en Él. Y a quebrantar la falsa esperanza de los que pusieron su ilusión, su vida en sus propias fuerzas, en sus propios pensamientos, en sus propios dioses. Desde luego, este anuncio de rebeldía es también un anuncio del dolor del Hijo de Dios. Ese rechazo, aunque conocido con anterioridad, no por eso es menos doloroso, sino al contrario, es causa de mayor sufrimiento. Jesús se duele ante Jerusalén y llora. "Jerusalén, que matas a tus profetas, si hubieras conocido el tiempo de mi visita, si hubieras entendido lo que estaba sucediendo". Jesús rompe su corazón. Así como aquella mujer para ungir a Cristo, tuvo que romper el frasco de perfume valioso, así también el cuerpo de Jesucristo y el corazón de Jesucristo, recipientes preciosos del perfume más valioso. Esos recipientes tuvieron que ser rotos, y así quebrantados, han derramado sobre el mundo su perfume, y por eso nosotros tenemos el olor maravilloso de la redención de Cristo.

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