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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La gracia es el regalo de amor de Dios que llega con Nuestro Señor Jesucristo perdonándonos, sanándonos y capacitándonos para ser fieles a Él.
Homilía v023008a, predicada en 20161207, con 5 min. y 33 seg. 
Transcripción:
El Evangelio del día de hoy está tomado de San Mateo en el capítulo número 11. Así como la primera lectura nos habla de que Dios da fuerza a los que están cansados, y esta es la profecía que nos trae Isaías en el capítulo 40 de su libro, pues así también en San Mateo nos encontramos que Cristo dice: «Venid a mí los que estáis cansados y agobiados». Es evidente la relación que hay entre las dos lecturas, Isaías lo profetizó y el cumplimiento se da en Cristo.
Esa frase que acabo de decir se cumple en muchísimos textos del Adviento, una profecía con mucha frecuencia del profeta Isaías y luego, cómo se cumple esa profecía en Jesucristo. Isaías, por ejemplo, habla de un banquete y luego vemos que eso se cumple en Cristo, que es el que multiplica los panes. Isaías habla de un Dios que sana, que cura, que se abaja para dar salud al que está quebrantado. Y luego vemos a Cristo que es abundante en sus milagros. Ese es el estilo del Adviento y es bueno percibirlo para disfrutarlo y para también nosotros crecer en la fe y en la esperanza.
Centrémonos ahora en lo que nos presenta el Evangelio, Cristo dice: «Venid a mí los cansados y agobiados». ¿A qué se refiere Él con esas palabras? Hay tantos modos de cansancio, hay tantos modos de agobio. Unas personas pueden sentirse cansadas, pues, simplemente porque no les ha llegado el alimento, las fuerzas, los recursos que necesitan. Pensemos que muchas personas de verdad han tenido que luchar no solo en la vida, sino, en cierto sentido, por la vida desde muy pronto. Y esas personas pueden sentir cansancio porque no han encontrado el apoyo que necesitaban, no han encontrado el ánimo, no han encontrado el cariño, no han encontrado la luz que necesitaban.
Si vamos, sin embargo, al Evangelio, encontraremos que hay personas que seguramente estaban experimentando otro tipo de cansancio. Resulta que la manera como predicaban los fariseos suponía el cumplimiento de muchísimos requisitos, porque la manera como los fariseos miraban la relación con Dios es algo así como como un contrato, esa es la palabra, como un contrato. Eso quiere decir que en la mentalidad del grupo de los fariseos, yo tengo que cumplir con mi parte del contrato para que Dios cumpla su parte del contrato.
Los fariseos, como la inmensa mayoría del pueblo, buscaban, anhelaban la llegada del reino de Dios. Pero para los fariseos este era un asunto de un contrato, la idea que ellos tenían de Dios es la idea de alguien que cumple su parte y que exige que nosotros cumplamos nuestra parte. Y eso era lo que ellos proponían, que se cumpliera la parte. Pero resulta que el cumplimiento de todas las prescripciones y todas las cláusulas de la ley, a lo que hay que añadir toda la corteza espesa de las interpretaciones de los escribas, cumplir con todo eso es agobiante, es enloquecedor.
Siempre cito el mismo ejemplo, piensa en qué se había convertido el sábado. Supuestamente el sábado tenía que ser el día del descanso, el día del encuentro con el Dios que nos ama y que nos sacó de Egipto y que, por tanto, es el Dios que nos libera. Pero, qué tipo de libertad podía experimentar una persona que cada vez que llegaba el sábado tenía que empezar a contar los pasos porque según las interpretaciones de tales o cuales escribas en día sábado, solo se podían dar tantos pasos. Dime si eso no es agobiante.
Y es, sobre todo, a ese agobio al que se refiere Cristo, a ese rigorismo que realmente asfixia la alegría y que no deja que nazca la esperanza. Y Él lo que está diciendo es, Dios no es así, Dios no es así, porque resulta que Dios se nos muestra de modo precioso en la persona de Jesucristo, y así sí es Dios. Es un Dios que es capaz de perdonar, que es capaz de sanar, es un Dios que se pone de nuestra parte. No es el Dios de la mediocridad, Cristo no nos está invitando a la mediocridad, pero sí nos está invitando a no obsesionarnos con que nuestras fuerzas van a poder lograr estar a la altura del contrato que tenemos con Dios.
La palabra gracia, el regalo del amor de Dios que nos transforma y que nos capacita para ser fieles a Él, es el gran ingrediente que estaba ausente en la predicación de los fariseos y que solamente llega con la persona adorable de nuestro Señor Jesucristo.

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