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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Alabar a Dios en los momentos difíciles.
Homilía v023001a, predicada en 19971210, con 25 min. y 39 seg. 
Transcripción:
Pienso que todos conocemos aquella frase inmortal de San Agustín: «Nos hiciste Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». El ser humano lleva dentro de sí un infinito y ese infinito que viene como marca de fábrica, que viene como sello de fuego en su vida, fue puesto por Dios como una señal, como un cordelito para irle trayendo. El que siga las huellas de ese infinito se encuentra con Dios. Y este infinito está puesto tan en el centro del corazón que no hay actividad humana, no hay sentimiento humano, no hay pensamiento humano que de alguna forma no tenga que ver con él.
Qué filósofo hay que pueda asegurar: Ahora comprendo las causas últimas de todo. Artista, verdadero artista hay que diga: Ahora he logrado una obra perfecta y jamás se hará nada mejor que lo mío. Lo mismo podríamos preguntarle a los literatos, a los ingenieros, a los compositores, a los escultores, a cualquier actividad humana le podríamos repetir esa misma pregunta ¿has alcanzado el infinito? Y tendría necesariamente que decir que no, incluso en lo más externo, como es la actividad física, no sabemos todavía cuál es la máxima velocidad que puede alcanzar el ser humano, porque esas marcas mundiales continuamente se están mejorando en velocidad, en resistencia, en altura, etcétera.
Bueno, este es el primer pensamiento. Llevamos el infinito dentro y ese infinito no nos lo vamos a sacar por nada, cómo está puesto ahí por el Creador, como está inscrito en nosotros mismos, eso no se va a salir de ahí. Podemos embotar nuestro entendimiento, podemos distraernos, por lo menos por largo tiempo podemos distraernos. Uno puede distraerse, engolfándose en sus estudios o en los placeres, o conociendo y conociendo cosas.
Una amiga enfermera trabaja de una manera desesperada, trabaja como si fuera viciosa del trabajo ¿con qué fin? Ahorrar dinero ¿Para qué? Para que cuando lleguen las vacaciones, viajar, conocer, recorrer, ver, traer hartas fotos, harto cansancio, una buena dormida y a trabajar otra vez como una desesperada. Esa es la vida de ella, trabajar para poder descansar y luego descansar para poder trabajar. Y ella pues, ocupa su tiempo en eso. Otros se dedican a sus estudios o a su arte, o a su buena vida, o en el peor, o casi peor de los casos, a la televisión. Uno puede distraerse, distraerse, uno puede distraer el hambre, distraer, uno si puede distraer el hambre con las criaturas, pero esa hambre de infinito no se sacia si no es con el Creador, con las otras criaturas se distrae el hambre.
Hoy pasa como cuando la persona es supremamente pobre, no tiene que comer, casi no tiene qué comer. Entonces, un poco de agua o de aguasal para engañar el estómago. Hay muchas personas que yo creo que llevan mucho tiempo engañando su hambre, engañando su hambre de Dios y por eso es tarea del predicador decirle a la persona ya no engañes más el estómago, ya no te digas más mentiras. Mira, tú has estado distrayendo tu hambre, pero no la has saciado. Y entonces, la persona empieza a caer en la cuenta y descubre que efectivamente no puede decirse más mentiras.
Y aquí viene otro problema, cómo saciar ese infinito Sobre todo porque con cualquier, con cualquiera de nuestras facultades o esfuerzos, nos quedamos cortos. No puedo competir con un gigante, ¿cómo unirme a Dios si lo que Él sabe es infinitamente mayor, si lo que Él puede es infinitamente mayor, si lo que Él es infinitamente mayor? Ahí quedaríamos como en las mismas. Pero aquí es donde nos ayuda la Sagrada Escritura. Nos enseña un camino como un secreto para unirse con Dios qué tal eso. Es de máxima importancia entonces, esta predicación por su contenido, se nos va a contar cómo unirse con Dios, cómo unirse con Él. Porque si uno dijera: Voy a ser tan bueno como Él, eso no se puede. Voy a aprender desde mañana, empiezo a estudiar tempranito hasta que sepa, un día llegaré a saber lo que sabe Dios. Eso tampoco sirve.
¿Cómo podemos nosotros unirnos a Dios? Hay más de un camino. Aquí vamos a comentar uno que tiene que ver con la lectura de Isaías, una palabra tan sencilla que uno dice: Cómo es que no se me había ocurrido. La palabra admiración, la admiración, admirar a Dios, nos une a Él, algo tan sencillo. Cuando uno se pone a correr para alcanzarlo, cuanto más corre, más lejos lo ve. Pero cuando uno admira la carrera de Él, entonces uno va con él. Admirar a ese gigante, admirar a ese vencedor, admirar a ese artista. Hay una comparación que puede servir. Resulta que le preguntaban a la esposa de un gran científico, este era realmente un genio, un hombre de una profundidad, de unas teorías, de unos estudios, de una sabiduría en su campo maravillosa. Le preguntaban a la esposa de ese científico: ¿Usted si entiende todas esas teorías de su esposo? Teorías de mecánica cuántica y yo no sé cuantas cosas, ¿usted si entiende eso? Y ella dijo: Yo esas teorías no las entiendo, pero yo sí entiendo al que las entiende.
Algo parecido hay que hacer con Dios. Nosotros tenemos que hacer el papel de la esposa, de la esposa de Dios, que sabe admirar sus obras, que sabe alabarlas. Decía un pensador: La admiración no necesita preguntar, con admirar comprende. «A quién podéis compararme que me asemeje». Si uno se pone a comparar lo que uno sabe con lo que sabe Dios, lo siente lejos. Pero si uno se pone a admirar todo lo que Dios sabe, lo siente cerca. Si me explico por dónde va la cosa. Si uno se pone a comparar lo que Dios puede y lo que yo puedo, lo siento lejos. Pero si uno se pone a admirar todo lo que Dios puede, lo siente muy cerca. Si uno se pone a pensar todo lo que Dios perdona y lo poquito que uno puede perdonar, se siente muy lejos. Pero si uno se pone a admirar, qué cosa tan bella es el perdón de Dios, lo siente muy cerca.
Comparar es una escalera, admirar es un ascensor. Hay que saber admirar las obras de Dios. Eso es como un ascensor. Admirar las obras de naturaleza, las obras de gracia, admirar su presencia en nuestros corazones. Admirar es un verbo que nos pone del mismo lado de Dios, es como un salto infinito, admirar, alabar y todo lo que nazca de ahí, esa es la clave, admirar. Entre los ángeles hubo unos que se quisieron comparar y sacaron una conclusión, que había que rebelarse contra Dios y no servirlo. Estos son los ángeles caídos y hubo otros que dijeron: No, nosotros vamos a admirar las obras de Dios y estos son los ángeles santos. O sea que la admiración nos pone del equipo de los buenos, nos pone el equipo de los Ángeles, nos pone del lado de los santos. «Alzad los ojos a lo alto y mirad quién creó aquello».
Ustedes se imaginan que alguna vez se lograra en algún laboratorio producir una estrella, yo creo que tal vez no. Hoy saben los científicos que el proceso nuclear que provoca la luz y la energía en las estrellas se llama fusión, la fusión nuclear. ¿Se ha logrado producir fusión nuclear en esta tierra? Sí, por unas centésimas de segundo. Y es posible que logremos, es posible que la ciencia logre de aquí a unas décadas, tener en la Tierra el mismo motor que en las estrellas, tener fusión nuclear, es un motor sumamente limpio. Al contrario de la fisión nuclear, es decir, la degradación de elementos radioactivos. La fisión nuclear es la de los reactores nucleares y la de las bombas nucleares, y eso produce una cantidad de residuos tóxicos que son un problema para los países que tienen esos reactores de fisión nuclear.
En cambio, la fusión nuclear es un procedimiento limpio que funciona no con elementos pesados como los elementos radiactivos, sino con elementos livianos, hidrógeno, helio, fusión nuclear. Tal vez algún día logremos tener fusión nuclear en un laboratorio, pero los procesos que se dan en los miles de millones de explosiones y de reacciones de una estrella ¿se lograrán? ¿Podremos nosotros construir una galaxia? Creo que hay que renunciar a esa posibilidad. No podemos construirla, pero sí podemos admirarla. Entonces, si vamos a comparar nuestras manos de constructores con las manos de Dios, Dios se nos queda muy lejos.
Pero admirar es como subirse a los brazos del constructor y desde ahí mirar lo que está haciendo. Admirar es como subirse a los hombros, es como el niño que visita las obras del papá. El camino de la admiración es un camino de sencillez y de santidad. Es el camino, entre otras cosas, es el camino de Santa Teresa del Niño Jesús, Santa Teresita, el camino de la admiración. Y esto fue tal vez el gran descubrimiento de Santa Teresita y por ese descubrimiento se nos fue en ascensor. Mientras que muchos de nosotros estamos pagando peajes y escaleras, Santa Teresita se nos fue en ascensor, se nos fue en ascensor, porque se subió al bus de la admiración. Y el que entra en la admiración tiene que hacer un mínimo de esfuerzo, es que hasta por comodidad uno debía entrar en la admiración. La admiración tiene un poder tan grande que yo no me explico por qué no se predica más de la admiración.
Se predica tanto de la necesidad de adquirir las virtudes que poco a poco las personas van sintiendo: Uy, todo lo que me va a tocar hacer y todo lo que me va a tocar hacer, todo lo que tendré que corregir, todo lo que tendré que esforzarme. Pero bueno, empezaremos, a ver otra escalera. En don de la admiración es mucho más sencillo, porque el grave problema de la escalera es que en la escalera yo puedo derivar más fácilmente. En esa metodología de la escalera hay momentos en que yo puedo sentir: Y esto sí tendrá sentido. O será que yo estoy aquí solo, pero yo aquí como una especie de payaso del absurdo, aquí esforzándome en qué, y esto para quien, para servirle a qué, uno se siente solo.
En cambio, por el bus, por el ascensor de la admiración, es imposible sentirse solos, porque uno está como continuamente mirando, como continuamente asido de aquel a quien ama. Fíjate que en la escalera, Dios, que es perfecto y suma perfección, está allá al final. Y ¿quién me ayuda en todo el camino? Está allá al final, al final está Dios. Ah, bueno, ahí está muy bien, pero mientras tanto a mí me toca hacer todo el esfuerzo. En cambio, en el bus de la admiración, las cosas son sencillas. Este descubrimiento lo han hecho, como tantos otros, lo han hecho primero los protestantes que nosotros los católicos. Por eso ellos le hacen tanta propaganda a la alabanza, la alabanza, el poder de la alabanza.
Una vez fui a visitar a un enfermo, 20 años o cosa parecida llevaba enfermos. Pero lo grave no es que estuviera enfermo, hoy una cosa y mañana otra. Qué caso tan triste ese, este hombre parecía estar condenado a no tener buena salud. Se le dañaba una cosa, se arreglaba, se le dañaba la otra, le operaban, le daban un remedio, efectos secundarios, bueno. Pero lo más grave no era eso, lo más grave era que a medida que pasaba el tiempo, el hombre se sentía cada vez más amargado, más amargado, más deprimido, deprimido. Yo creo que es el testimonio más hermoso que yo les puedo compartir de esto de la admiración. Y me presentan a mí, a este caballero.
Voy, pues, a la casa de él, precisamente estaba recuperándose de otra operación. Cansado, cansado de todas las cosas, cansado de la vida, cansado de estar enfermo. Y desde luego, el que está cansado, cansa. Cansando a las otras personas, insoportable para esa familia. De manera que él, enfermo del cuerpo y toda la familia, enferma del alma, de toda la amargura, ese señor sudaba amargura. Me presento yo, que gracias a Dios, gracias a Dios estoy en buena salud y empieza este señor a contarme todas las tristezas de su enfermedad. Y yo dentro de mí pensaba: ¿Qué le puedo decir a un enfermo? Yo, ¿sabe qué pensaba? Cualquier cosa que yo le diga a este enfermo, él me va a decir: Ah, pero rico, para usted que está sano, pero yo que estoy enfermo, porque me duele aquí, me han operado, no sé dónde, me han hecho, me han deshecho, me han contrahecho. Y yo estaba como un poquito tímido, yo no sabía qué decirle porque se veía tanto sufrimiento en este hombre.
Bueno, entonces mientras él hablaba, yo me puse a orar en mi corazón y a decirle al Señor que me mostrara qué se le podía decir a un enfermo tan enfermo. Esto yo creo que ya no le entraba otra enfermedad porque tenía que salirse alguna, que caso tan serio, ¿qué le puedo decir de este hombre? Bueno, y el hombre, que es lo más grave, oraba, no estábamos hablando de un ateo. No, un hombre de oración. Y sabe qué sentía él en el fondo del corazón y no se atrevía a expresarlo: Dios me está torturando. Dios es malo conmigo porque Él me podría curar y no me cura. Él, en el fondo, estaba sintiendo eso, como muchas personas sienten: Si yo estoy triste y rezo y nadie me quita la tristeza, Dios es malo. Claro, eso es una blasfemia. Pero eso es lo que sienten muchos corazones.
Entonces, le digo a este hombre, eso no es mérito mío, eso es bondad de Dios y eso es Isaías. Es que Isaías, cuando usted no tenga nada que hacer, lea Isaías. Si está ocupado, vuelva a leer Isaías. Resulta que le digo a este señor: ¿Usted ha hecho el experimento de alabar, de bendecir a Dios? Y eso parece que eso sí no se lo habían dicho. ¿Por qué? Porque todos los que iban a verlo, incluyendo religiosas, sacerdotes, todo el mundo iba a verlo un poquito, se quedaban como aplastados ante el alud de males de este señor, la gente se quedaba como aplastada. Yo ¿qué le digo a este hombre? Así como yo me estaba sintiendo, ¿qué le digo yo a este hombre? Y entonces todos estábamos tomando una actitud de bueno, pues ahí un poco de resignación y permiso, permiso y chao, porque eso no se lo decía.
Pero yo no sé, yo me acordé esto de los protestantes, me acordé de Isaías, me acordé de otras experiencias de alabanza y le dije, me armé de valor y le dije: ¿Usted ha bendecido a Dios, usted se ha dedicado a bendecir a Dios? Eso calma mucho, eso a usted le hace mucho bien, es un buen negocio para usted. Yo me volví medio culebrero proponiéndole el negocio de la alabanza: Alabe a Dios, bendiga a Dios. Mire, usted no tiene nada que perder, dedíquese a decirle cosas hermosas a Dios, dígale cosas bellas a Dios que son verdad. Desde luego, eso elimina el espíritu de blasfemia que estaba a punto de apoderarse de ese pobre corazón. Y este hombre empieza a recuperar la paz.
Yo había ido a esa confesión, había ido acompañada de un amigo. Cuando nos fuimos de la casa, de esa casa, me dice el amigo: A ese señor le cambió la cara en un instante. Y efectivamente, tenía otra cara. Volvió la paz a ese hombre, pero volvió la paz. Usted no se imagina lo que es después de años y años, ver a una persona en paz. Días después partía para la eternidad en santa paz. Yo tengo la sensación de que Dios estaba esperando que este hombre mirara su dolor, no como una maldición, sino como una bendición. Y en ese momento, ya reconciliados y en paz, se lo llevó para la casa. Ahí sí se lo llevó para la casa. Entonces, fíjese, la alabanza tiene un gran poder, la admiración tiene un gran poder.
A veces, estamos tan encorvados mirando nuestro trabajo que se nos olvida mirar el cielo por el que trabajamos. Se nos olvida mirar al Señor que, con tanto amor, con tanta mansedumbre, con tanta misericordia, nos aguarda, nos espera, nos acompaña. Pienso que, de los tiempos, tal vez el mejor empleado es el tiempo en alabanza, en darle gracias, en bendecirlo. Pero no es solo darle gracias, darle gracias es mucho y es grande, es mucho más que eso, es decirle cosas lindas. Yo le decía a este enfermo, yo le decía: Póngase a decirle cosas lindas a Dios, cosas bellas a Dios, dígale cosas bellas, o cuando va a esperar para decírselas.
Y le digo también estas palabras que ahora repito a ustedes: Cuando uno va a viajar a un país, uno se pone a aprender el idioma del país. Voy para Italia, me toca aprender italiano, voy para Francia, tengo que aprender francés, voy para el cielo, tengo que aprender alabanza, ese es el idioma del cielo. Y usted qué hace que no aprende todavía ese idioma, se saben muchos otros idiomas, se sabe el idioma de la organización, el idioma de la planeación, usted sabe el idioma de la evaluación, sabe el idioma de las debilidades, las fortalezas, las amenazas, las oportunidades. Usted sabe muchos idiomas, pero tiene que aprender el idioma de la alabanza porque ese es el idioma del lugar donde usted va.
Y eso le sentó tan bien a este viejito, nomás me miraba de arriba abajo, eso le sentó tan bien, le salió tan bien eso. Oiga si, yo voy a aprender el idioma, si yo voy para allá. Y aprendió, Dios le ayudó, hizo un curso extra rápido y en el curso de unos poquitos días estaba experto en alabanza. Ya cuando Dios lo oyó experto en alabanza, dijo: Bueno, este es el momento, ahora sí, venga mi querido hermano. La alabanza viene rápidamente a Dios, la alabanza es un ascensor magnífico. La admiración hace que lo que uno creía imposible se realice, la admiración hace que a uno no le destruyan la fe, no me destruyen la fe porque tengo alabanza en mi corazón, no me destruye.
En cambio, la escalera, si uno se queda solo con la escalera, a veces, a veces puede flaquear la fe. No sé a qué hora llegué yo, y ya de estos años, como decía una religiosa, de otra comunidad claro, una religiosa, una religiosa que ya tenía unos cuantos años, decía: Mire, Padrecito, usted, usted hasta bien predica, hasta bien predica, pero es que ya no me acuesto en dos aguas. Decía, es que ya no me acuesto en dos aguas.
La alabanza es una escuela maravillosa. Vamos, pues, a unirnos con los ángeles y con los santos, como dicen los prefacios. Vamos a unirnos con los santos y con los ángeles, a bendecir a Dios y a entrar en esa actitud de admiración y de alabanza para darle a Dios una primavera de santidad.

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