Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Dios nos invita a reconocernos pequeños y a pedir su abrazo, para recibir su consuelo y amor; al abrirnos a su corazón de Padre, aprendemos también a abrir nuestro corazón de hijos.

Homilía v022016a, predicada en 20251209, con 6 min. y 34 seg.

Click derecho para descargar versión MP3

Transcripción:

Una de las palabras más necesarias en este mundo nuestro, tan maltratado, tan lleno de heridas y de cansancio. Una de las palabras que más aguarda nuestro corazón, aunque a veces no lo sepa, es la que aparece en la primera lectura de hoy, tomada del profeta Isaías. Se trata del capítulo número cuarenta de Isaías, un capítulo que abre como una nueva sección dentro de este libro de Isaías. La palabra a la que me estoy refiriendo es consuelo, consolación.

El mandato de Dios en ese texto tan hermoso al que te invito a que vuelvas, recuerda capítulo cuarenta de Isaías. El texto dice consolad, consolad a mi pueblo, dice el Señor, consolad a mi pueblo. Consolación, ¿A qué te sabe la palabra consuelo? La palabra consolación, ¿A qué te sabe?, ¿Qué memorias trae en tu mente?, ¿Qué sientes cuando oyes la palabra consolación? En nuestra época se habla mucho de resiliencia y esa capacidad de levantarse después de un golpe, después de una caída, después de un fracaso, es muy valioso, es muy valioso. Pero si solamente hablamos de resiliencia, si solamente hablamos de fuerza, si solamente hablamos de persistencia, resiste, persiste, insiste y no desistas.

Esos mensajes de fuerza son necesarios, son necesarios porque muchas veces estamos tentados de abandonar el bien que habíamos empezado. Pero hermanos, no somos de bronce, no somos de madera, nos cansamos, llevamos heridas, llevamos tristezas. A veces la gente me escribe por mensajes internos y me dice, tuve que encerrarme para llorar. Hay muchas personas que viven una decepción, que experimentan el sabor amargo de una traición, que lamentan con toda su alma la soledad en la que viven y no tienen otra posibilidad, no tienen otro recurso sino llorar a solas. Y a veces, por tratar de consolarse, se meten en todo tipo de placeres, por ejemplo, desórdenes alimenticios.

Conozco personas que están luchando contra eso, que en momentos de tristeza, de rabia, de soledad, de abandono, no tienen otra cosa que hacer, sino darse lo que llamamos un atracón de comida hasta indigestarse o perdónenme la expresión, hasta vomitar. Otros se emborrachan, otros recurren a la masturbación, otros se van de compras a gastar el dinero que no tienen por tener como un consuelo, por tener una dosis de dopamina como para tratar de decirse a sí mismos oye, yo sí valgo, esas son auto consolaciones. ¿Pero qué tal que conociéramos el consuelo de Dios? Y eso es lo que nos propone la primera lectura de hoy. Porque en esas consolaciones, en esos placeres muchas veces turbios, muchas veces sucios, siempre queda el corazón peor de lo que estaba. Porque además de la tristeza que siempre vuelve, ahora tenemos también remordimiento. Y la persona que gasta el dinero que no tiene o que se da el atracón de comida, después se siente sucia y después se siente usada y se siente torpe y se siente disgustada consigo misma.

Por eso yo te invito a que en este Adviento, porque todo lo necesitamos nosotros, nos abramos con humildad, que tal vez es lo que más nos falta, nos abramos con humildad ante el Señor y le digamos necesito de ti, necesito de tu consuelo, necesito de tu amor. No tengamos hermanos, no tengamos temor de ser pequeñitos, como nos dice el evangelio de hoy, no tengamos temor de reconocernos como niños que se cayeron, que se rasparon, que les duele. No tengamos temor de volver a papá Dios como niños pequeños y decirle abrázame papá, abrázame porque lo necesito, porque necesito que tú me consueles, porque necesito que tú me des de tu amor. Porque si no recibo tu consuelo, yo en mi torpeza voy a buscar mis consuelos y mis consuelos. Mis consuelos son sucios y mis consuelos me dejan peor, abrázame, Señor, dame de tu amor, sáname, restablece el poder de tu misericordia en mí.

Porque si eres tú quien me consuela, entonces no va a haber remordimiento. Si eres tú quien me consuela, entonces voy a encontrar cuál fue el sentido del esfuerzo o de la tristeza, o de la traición por la que tuve que pasar. Gracias, Señor, por tu piedad, gracias por darnos esta palabra tan necesaria, gracias por abrir así tu corazón de Padre. Ahora ayúdanos para que nosotros abramos nuestro corazón de hijos. Amén.

Publícalo en Facebook! Cuéntalo en Twitter!

Derechos Reservados © 1997-2025

La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico,
está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente:
http://fraynelson.com/.

 

Volver a las homilías de hoy.

Página de entrada a FRAYNELSON.COM