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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
En nuestra realidad podemos sentirnos como la oveja perdida que Dios no se resigna a perder, o sentirnos desatendidos y poco amados o ponernos en el lugar de quien deba salir por aquellos que están olvidados o en rebeldía.
Homilía v022015a, predicada en 20241210, con 5 min. y 12 seg. 
Transcripción:
Uno de los aspectos más bellos y más atractivos de la predicación de Cristo es la riqueza que tienen sus parábolas. En cada una de esas comparaciones es tan fácil reconocerse uno, y muchas veces sucede que uno puede, por así decirlo, ponerse en distintos lugares, como ponerse en distintos papeles. Por ejemplo, hoy Cristo nos habla de la oveja perdida y de las noventa y nueve que él deja en el campo. Es decir, un hombre tenía cien ovejas, una se le perdió y este hombre sale a buscar la oveja perdida y deja las noventa y nueve en el campo. Ahí hay como tres protagonistas, como tres personajes. Uno puede ponerse en el lugar de ese hombre. Uno puede ponerse en el lugar de esa oveja que se perdió, se extravió. Y uno puede ponerse en el lugar de esas noventa y nueve que quedaron ahí en el campo y en todos esos escenarios hay algo que aprender. Veámoslo rápidamente, apoyándonos en el Evangelio de hoy. Consideremos el caso de esa oveja que se pierde, uno puede decir yo soy esa oveja que se ha perdido. Cuando me perdí, cuando me volví rebelde, cuando me perdí, cuando preferí los placeres y los aplausos de este mundo a los bienes de Dios, cuando me perdí, cuando preferí mis caprichos, a los mandamientos del Señor, y así sucesivamente. Y es hermoso pensar que Dios en su piedad nos está buscando. Está llamando a nuestra puerta, por decirlo de alguna manera. Dios no se resigna a dejar su oveja perdida. Como dice la frase final del texto de hoy, Dios no quiere que ni uno solo de sus pequeñitos se pierda. Ahora pongámonos en el caso de las noventa y nueve, esas noventa y nueve que entre comillas no se han perdido. Y digo entre comillas porque yo creo que todos en algún momento si nos hemos perdido, pero esas noventa y nueve que no se han perdido representan la situación de aquellas personas que muchas veces experimentan como una desatención de parte de Dios. Nos enseña San Ignacio de Loyola que en la vida espiritual existen las consolaciones y las desolaciones y las desolaciones tienen que ver con esos tiempos en los que uno se siente como abandonado de Dios. Es muy posible que esas noventa y nueve ovejas estén representando precisamente a esos momentos en que nos sentimos como abandonados por Dios, en que sentimos que Dios está como en otra parte y en ese frío que experimentamos en el corazón, podemos sentirnos incluso poco amados. Qué hermoso en esas circunstancias pensar, Dios tiene muchas ovejas, Dios tiene muchos a quien buscar y está bien que yo pase por este desierto, está bien que yo pase por esta soledad, eso está bien. Esa es una manera de ser de las noventa y nueve ovejas. Sin caer en caprichos, en envidias, sin caer en los males que otra parábola. La parábola del hijo pródigo nos describe bajo la imagen del hijo mayor. O uno también puede ponerse, y este es el tercer caso. Uno también puede ponerse en el caso de aquel hombre, porque también nosotros tenemos responsabilidad sobre nuestros hermanos. Se nota muy bien en el sacerdote. El Papa Francisco continuamente nos está diciendo, especialmente a los sacerdotes, algo así como no se contenten con el grupito que ya está, sean iglesia en salida, vayan a las periferias, busquen a los que no, eso es importante, eso hay que vivirlo. Entonces eso es seguir la actitud de este hombre. En cierto sentido hay que darle el primer lugar a aquellos que parecen estar más olvidados, más rechazados, que parecen menos importantes, que parecen más rebeldes. Entonces, fíjate cómo uno puede ponerse en cada una de esas distintas situaciones que Cristo nos cuenta y en cada una de ellas tiene lecciones para aprender. Yo te he compartido aquí algunas, pero estoy seguro que el Espíritu Santo te puede seguir hablando y te puede seguir mostrando como en tu realidad, hay mucho que sin duda también tú puedes aprender. Que Dios nuestro Padre haga su obra perfecta en ti, en mi y en todos. Amen.

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