Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Al ver a cada personaje de esta escena del paralítico curado en circunstancias tan peculiares podemos de cada uno aprender algo sobre qué hacer y qué evitar en nuestra vida cristiana, que toda ella es como un adviento.

Homilía v021011a, predicada en 20171211, con 33 min. y 32 seg.

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Transcripción:

Hermanos amadísimos en el corazón de Cristo. Este texto, nos sirve de guía para ver cómo vivir el Adviento, Como vivir el Adviento, lo vamos a aprender hoy a partir de este texto. Vamos a seguir un método sencillo que conocéis, que es tomar los distintos personajes y tratar de aprender de cada uno. A veces, se puede aprender lo que hay que hacer, a veces hay que aprender lo que se debe evitar. Ambas cosas son aprendizaje y ambas cosas las necesitamos. Qué hay que hacer y qué hay que evitar. En total nos van a salir unas cinco enseñanzas. Cinco cosas muy prácticas. Porque miremos quiénes entran aquí. El paralítico, ese es uno. Los amigos del paralítico, ese es otro personaje. Jesús, por supuesto, tercero. Hay un cuarto personaje que no se menciona, al que nadie le presta atención, pero que es muy importante, el dueño de casa. Esa casa tenía un dueño y esa casa resultó afectada por el milagro. El dueño de casa, no lo quitemos de la escena, van cuatro. Paralítico, amigos, Jesús, dueño de casa. El quinto personaje, que ya os imaginaréis, es el que va a determinar lo que uno no debería hacer. Ese quinto personaje es el que está representado por los fariseos y los maestros de la ley. Entonces, a ver cómo sacamos de estos cinco personajes, cinco enseñanzas para nosotros, muy concretamente del tiempo de Adviento.

Empezamos por el paralítico. El paralítico, como el nombre lo indica, es el que no se puede mover. El paralítico no puede hacer nada por sí mismo. El paralítico necesita, el paralítico seguramente quiere, pero el paralítico no puede. Quiere, pero no puede. Es decir, que el paralítico representa la condición del ser humano insatisfecho. El ser humano necesitado. Pero el ser humano, en el límite de sus posibilidades, quiere, pero no puede. Y la enseñanza que nos deja el paralítico es descubrir en nosotros mismos, por una parte, la necesidad y por otra parte, el límite. Descubrir la necesidad es refrescar en nosotros, oye esto, refrescar en nosotros; el hambre de infinito, el hambre de la verdad plena, el hambre de la belleza sin mancha, el hambre de la bondad completa, el hambre de la unidad recuperada, el hambre de la paz. Si escuchas con atención tu propio corazón, descubrirás arroyuelos pequeñitos que llevan esa melodía. En alguno, sobresaldrá más algún rumor, en otro el rumor de otro arroyo. Pero en tu corazón ya están esos arroyos porque Dios los puso. El anhelo de la verdad, de la belleza, de la bondad, el anhelo de la unidad y de la paz. Eso está en nosotros. Entonces, hay que redescubrir esas necesidades.

El filósofo, no solo ateo, sino anticristiano, enemigo del cristianismo, Federico Nietzsche, decía en alguna de sus obras: Permaneced fieles a la tierra. Esa es la consigna del laicismo extremo. Esa es la consigna del secularismo que quiere asfixiarnos. ¿Qué significa permanecer fieles a la tierra? No sueñes alto, no busques más allá, conténtate con lo que hay. Pues el cristiano, es uno que no se contenta con lo que hay. El cristiano es uno que deja brotar en sí, ese manantial que lleva adentro. Yo quiero más, yo necesito más, yo estoy hecho para más. Y ese es el motor del Adviento. Gente satisfecha no entiende nada de Adviento. El que está satisfecho ni espera ni anhela nada. Es necesaria la insatisfacción, pero al mismo tiempo es necesario percibir nuestra limitación. Como decía en la homilía, que tuve en la Basílica hace un rato, es indispensable descubrir ese límite, descubrir no solo lo que queremos, sino también lo que podemos y lo que no podemos. Y descubrirse uno insuficiente para sí mismo. Descubrir que el tamaño de nuestros anhelos nos desborda y el tamaño de nuestras posibilidades se queda tan chico. Eso es descubrir nuestra parálisis. Y en el descubrimiento de esa parálisis va a venir la verdadera humildad. Porque la humildad es eso. De ese descubrimiento viene la humildad. Ya puedes tener tu, títulos de nobleza, puedes tener riqueza, puedes tener salud, puedes tener dinero, pero solamente cuando descubres tu límite empiezas a ser humilde. No importa lo que tengas, no importa lo que te haya dado la vida. Entonces, el paralítico nos enseña esas dos cosas, descubrir mi anhelo y descubrir mi límite. ¿Para qué? Para ser disponible. Es verdad que este paralítico no hace grandes profesiones de fe, pero por lo menos es disponible. Él se pone o se deja poner, digo. Se deja poner ante Cristo. Como dice Jeremías, como el barro en manos del alfarero. Y así hemos de ser ante Dios. Aquí estoy. He hecho lo que he podido con mi vida. Muchas cosas no me han funcionado. Muchos gritos y anhelos han caído en la noche y en la nada. Pero aquí estoy. Haz de mí. Esa es la actitud, esa disponibilidad, esa docilidad. Porque he descubierto mi anhelo, pero también mi límite.

Pasemos a los amigos del paralítico. Esta gente merece nuestra admiración. Los amigos del paralítico son los que saben dónde está la respuesta. Son los que saben dónde está la sanación. Ellos no son la respuesta, pero saben dónde está. Ellos no son la sanación, pero saben dónde está. Eso se parece mucho a nosotros. Nosotros, cada uno de nosotros, ha de ser para el hermano una señal. Yo no soy el Salvador. Cuando arrinconaron a preguntas a Juan Bautista le decían ¿Y tú qué? ¿Por qué bautizas? ¿Eres el Mesías? No, yo no soy, yo no soy, yo no soy, pero sí sé que está. Yo no soy, pero sí sé dónde está. Entre vosotros, decía Juan Bautista, hay uno que no conocéis y ese es el que bautiza con fuego, con Espíritu. Entonces, Adviento es no solamente el tiempo para descubrir nuestro límite, sino también para descubrir en dónde está el que sí. Porque nosotros tenemos como obra máxima de caridad llevar a nuestros hermanos donde está el que sí. Hay promesas muy grandes para los que dedican su vida a eso. A llevar a los demás donde está el que si. Dice, por ejemplo el apóstol Santiago, Santiago el menor, claro, en su carta dice: Si alguno logra convertir a un pecador de su mala vida, cubrirá a su vez la multitud de sus pecados.

Fíjate que fuerza de bendición tiene eso, es una fuerza muy grande. Entonces, lo nuestro en el Adviento es, ya dijimos la parte del paralítico, descubrir la necesidad y el límite para estar disponibles ante Dios. Pero segundo, salir de nuestro egoísmo y entender que tenemos una hermosísima misión, llevar a la gente donde está el que sí. Esto requiere mucha humildad, porque si un amigo me busca, pues claro, yo le acojo con cariño, pero yo también debo darme cuenta de que la necesidad última de esa persona no se va a satisfacer en lo que yo pueda darle. Todavía es más grande la humildad que se necesita en la relación de pareja. Entender que esa esposa, que ese esposo, sí, dice que me quiere, sí, dice que me necesita, pero más que a mí, necesita al Señor. Y esa es gran humildad, yo no puedo reemplazarlo a Él. Yo tengo que llevarlo donde Él ¿Y llevarlo donde Él, qué es? Correr riesgos ¿Y llevarlo donde Él, qué es? Buscar caminos. Dice aquí, que miraron por una parte, por otra. Finalmente, lo único que encontraron fue el techo. Pero intentaron varias cosas. No te resignes a ver tu familia lejos de Dios. No te resignes a ver a tus amigos lejos de Dios. Tendremos que ser muy, pero muy humildes, sobre todo en esta época, donde la gente es tan sensible a que uno se meta en su vida privada. No te metas en mis cosas, yo veré qué hago. La gente parece que está hipersensible, pero con toda su hipersensibilidad, nosotros, como los amigos de este texto, buscaremos por un lado y buscaremos por otro. Y si lo único que queda es hacer el ridículo, haremos el ridículo como buenos carismáticos, que para eso somos buenos. Haremos el ridículo. Tú te imaginas cuando esta gente empieza a desmontar ese techo. ¿Pero estos, qué les ha pasado, están mal de la cabeza? Bueno, hasta hacer el ridículo. Buscaremos por una parte y por otra. Nuestro Adviento, entonces, no puede ser en soledad. Queremos llegar, pero queremos llegar con todos. Y es muy importante esto, sobre todo en la familia y en los amigos. Me parece muy grave que uno llegue un día frente a Cristo y Cristo diga ¿Y por qué vienes tan solo? ¿Y tu amiga y tus buenas amigas? No, se quedaron por allá. ¿Y tus amigos y tus hijos? No, no se puede llegar solo, hay que llegar con todos los que podamos, aunque sólo Dios da la fecundidad.

Tercero. No voy a mencionar todavía a Nuestro Señor Jesucristo. Yo quiero hablar del dueño de casa. El dueño de casa sufrió daño, sufrió daño en su casa. Seguramente no fue un daño demasiado grave, pero sufrió daño. Hay un precio que pagar. Es decir, la evangelización siempre requiere de nosotros algún género de pérdida. Esa pérdida no es el precio que nosotros pagamos por la salvación de ellos. Ese precio solo lo paga Cristo. Solo Cristo es Redentor. Eso debe quedar muy claro. El precio que nosotros pagamos, no es el precio por la salvación de ellos, precio que solo Cristo podía cubrir con su Santísima Sangre. No es ese el sentido del precio. Pero el precio nuestro, sí es una señal de nuestro compromiso real. Te has dado cuenta que algunas veces las personas empiezan su camino de vida cristiana, pero apenas tienen que poner algo, empiezan a retirarse, apenas se les reclama algo, empiezan a retirarse. Es decir, la prioridad no parece que esté en el Señor. Lo mínimo. ¿Qué es lo mínimo que pide el Señor? ¿Qué es lo mínimo que espera de nosotros? Bueno, pues lo mínimo de lo mínimo es asistir. Es estar. Eso es lo mínimo. Lo dice la carta a los Hebreos. No abandonéis vuestras asambleas. No abandonéis la asamblea. Pero si yo tomo mi agenda, si yo tomo mis horarios, si yo tomo mis compromisos. Y en el cuarto, quinto, noveno lugar de prioridad, es decir, si ya no hay más, nada más, nada que hacer. Bueno, iré al grupo. ¡Hombre! ¿Qué es eso? ¿Dónde está Dios en tus prioridades? ¿Dónde está? Entonces, sí hay que perder. A veces hay que perder cosas.

Yo me he encontrado con casos. No me refiero a este lugar ni a este país que conozco. Solo ocasionalmente. Pero en mi país he encontrado casos así. Que juega la final mi equipo de fútbol. Entonces, no puedo ir a la asamblea. Es decir, no puedes perderte eso. Dime, cómo vamos a construir evangelización en la iglesia, con unos cristianos que no quieren perder nunca nada. Hay que perder. Perder en el sentido de entregar. Perder en el sentido de darse. Perder en el sentido de arriesgar. Gracias a Dios hay gente que sí lo está haciendo. Yo, por ejemplo, admiro muchísimo a los que están en estas obras que se llaman, De cuarenta días por la vida. Es un movimiento que empezó en Estados Unidos y que se ha ido extendiendo. Hacen, efectivamente cuarenta días de presencia con oración, con vigilias o de otra manera, cerca de los abortuarios. Los lugares donde se practican abortos. Y lo que más me admira es que muchas veces son hombres y mujeres jóvenes. Y a esas pobres jovencitas, cómo las insultan y en ocasiones algunas de ellas las han metido en la cárcel. Hay un caso famoso de una chica canadiense que ha estado diez, doce, catorce veces en la cárcel por eso, porque resulta que las leyes están al revés y es un delito protestar por el aborto. No es delito matar, pero sí es delito protestar porque maten. Así están las leyes. Entonces, si hay gente que está perdiendo.

Miremos a nuestros hermanos en Siria, en Irak, ¿cuánto han perdido? Y abiertamente les han dicho, sobre todo en la época de mayor violencia del Estado Islámico, les decían convertíos al Islam y se acaba esto, se acaba esta tortura, se acaba este acoso, se acaba este estrangulamiento. Y comentaba el patriarca cristiano de esa región. No tenemos noticia de una apostasía. ¡Qué orgullo, bendito! ¡Qué orgullo para esos cristianos! No tenemos noticia de una apostasía. Pasando hambre, pasando sed, pasando humillación, viviendo la destrucción de sus Iglesias, de sus casas, de sus trabajos y de sus vidas. Pero hay que estar dispuestos a perder. Y hay una pregunta que uno tiene que hacerse ¿Y yo qué he perdido por Cristo? ¿O es que no vale para mí el texto del Evangelio? El texto del Evangelio dice Hay que morir para vivir. El texto del Evangelio dice Si el grano de trigo no cae en tierra y muere y muere y muere. ¿Qué ha muerto en mí? O sea, ¿Yo qué he entregado? ¿Realmente entregado?

Entonces, el hombre esté, yo me lo imagino, el dueño de casa. Cuando oyes esos ruidos y luego ve que le están desarmando la casa y lo permite, no lo interrumpe. Entiende lo que está pasando. Entiende que es por el bien de alguien. Están destruyendo mi casa. Ya se hará algo, pero es por algo bueno. Primero le dio la casa a Jesús. Ven y predica en mi casa. Y luego entregó hasta esos pedazos de loseta. ¿Qué estoy perdiendo yo por Cristo? Mi Adviento tiene que ser un Adviento activo, porque si hasta este momento de mi vida no reportó pérdidas, probablemente es que mi vida ha sido muy mediocre, muy mediocre. La gente, que vive su fe a plenitud se entrega de un modo. Han entregado la libertad. Piensa en el famoso, cuánto lo amo, el famoso cardenal Van Thuan. ¡Cuántos años, por Dios! En esas cárceles del comunismo vietnamita. Y como de costumbre, siempre la voz del demonio; deja, deja tu fe y se acaba esto. Y el hombre, ahí firme y firme y firme. Ese sí que perdió bastante. Entonces, para nuestro Adviento, esa pregunta. ¿Yo qué estoy perdiendo por Cristo? Si no estoy perdiendo, probablemente no estoy viviendo mi fe. Así de sencillo.

Y al Señor Jesús nadie lo puede reemplazar. Ya hemos dicho, pero yo quiero que relacionemos este texto, que fue del Capítulo Quinto de San Lucas. Quiero que lo relacionemos con Hechos de los Apóstoles, Capítulo Tres, donde aparece otro paralítico, pero frente a los apóstoles en ese momento eran Pedro y Juan. Efectivamente, si tú aceptas a Cristo, si Cristo empieza a vivir en ti, empezarán a suceder en tu vida las cosas que sucedían en la vida de Cristo. Entonces, un día tú puedes encontrarte con un paralítico al frente. Y eso fue lo que le sucedió a Pedro y a Juan también. Los Hechos de los Apóstoles. En otro capítulo que ahora no recuerdo. Nos cuentan la historia de Pablo que estaba predicando y nos dice la Escritura, vio que había en la asamblea uno que tenía suficiente fe para ser curado. También estuvo un paralítico al frente. Entonces, ¿qué enseñanza tomamos de este cuarto bendito y santísimo personaje, Nuestro Señor Jesucristo? La enseñanza es que si Cristo reina en mí, me van a pasar cosas como las de Cristo.

Yo recuerdo a mi mamá, que como muchos sabéis, murió hace ya unos años. Mi mamá tenía una manera tan sencilla, tan elemental de vivir su fe, pero tan profunda. Mi mamá a veces sorprendía a mi papá con cosas como éstas. Iban en un autobús, un autobús público. Nosotros nunca tuvimos coche propio en casa. Iba en automóvil público, ella. Y mientras iban en el recorrido, digamos los dos sentados aquí, en las respectivas sillas y delante iba otra persona. Y de repente le dice mi mamá a mi papá. Oye, oremos por esta chica que va. Claro, le dice discretamente. Oremos por esta chica que va en el asiento de adelante. Os imaginaréis la respuesta típica de un varón en esa circunstancia. Bueno, pero oye, a ti y a mí qué, y esto por qué, cómo. Los hombres solemos ser poco sensibles para esas cosas. Mi madre, que era mamá, no solo de nosotros, sino mamá espiritual de mucha más gente de la que uno pensaba. Tenía ojos de mamá para todo el mundo y ella veía una persona atribulada a la que seguramente no se iba a volver a encontrar en la vida y viendo la necesidad, oraba por ella. Y en una ocasión vi, me parece tan tierno eso, en una ocasión vi cómo ella discretamente acercaba su mano, como imponiéndole las manos a una desconocida, para orar por ella, porque sentía, esta mujer tiene una gran tribulación. Hay que orar por ella, ya, ya. Ella sentía que esa era como una paralítica, que Dios le había puesto ahí. Hay que orar, hay que hacerlo ya, que luego se baja en la otra estación, en el otro paradero, no es problema mío. Yo por ahora sé que tengo que orar por ella. Qué sentido de la oportunidad, del que tenía esa mujer, mi madre. Yo creo que nosotros tenemos que ser así. ¿Cuántos paralíticos te pone Dios por delante? ¿Te has dado cuenta cuánta gente tiene los ojos muertos? Tú que tienes los ojos vivos. Porque ojos vivos veo yo aquí, sobre todo cuando alabáis al Señor. Os brillan esos ojos que da gusto. Bueno, esos ojos vuestros son ojos vivos. ¿Pero te has dado cuenta cuánta gente tiene ojos muertos? Empieza a mirar por la calle, empieza a mirar en las tiendas, empieza a mirar en el transporte. Fíjate en el tren. La gente está medio muerta. Como dice el libro del Apocalipsis. Tienen nombre de vivos, pero están muertos. Entonces, no porque sea mi madre, sino porque me parece que es una manera de regar amor. Ella oraba por paralíticos así y por el policía de tránsito y por la persona de la tienda y por la chica del bus. Ella oraba por el que fuera, porque sentía que hay un paralítico que Dios me ha puesto, pues hay que orar por él. ¿Cuánto fruto dan esas oraciones? Vamos a decirlo de una manera brusca, no es mi problema, no es mi problema, Dios verá qué hace con eso. Pero orar, yo tengo que orar. Yo traté de aprenderle eso, a ella, y de vez en cuando lo hago. Ojalá lo haga con más frecuencia. ¿Cuántos paralíticos se pone Dios delante?

Bueno, y el último personaje son los fariseos. La actitud de los fariseos es la típica, juzgando, criticando en su interior. ¿Quién es este que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados más que Dios? Encerrados en su seguridad, encerrados en su criterio, encerrados en su juicio y en su condenación. Encerrados, enclaustrados en su certeza, que es siempre certeza de que, el bueno soy yo y los malos son los otros. Siempre la certeza es esa. No encontramos en los evangelios ningún pasaje en el que el fariseo diga seguramente el que está mal soy yo. No, eso no existe. Siempre, el malo es el otro. El bueno soy yo. Entonces, ¿qué vamos a aprender? ¿Qué vamos a aprender de ellos? Pues lo que hay que evitar. Eso es lo que hemos dicho. ¿Y qué podemos aprender para evitarlo? Hagamos el ejercicio contrario, que se hace de dos maneras. Primera. ¿Cuál es la cualidad que yo no le he visto a esta persona? A ver, no nos digamos mentiras. Todos tenemos gente que nos cae bien, gente que no nos cae tan bien y quizás hay algunos que nos caen mal. El ejercicio, entonces, ¿cuál es? Este ejercicio se llama anti fariseol, pastillas. El anti fariseol, ¿cómo funciona? Funciona con una pastilla por la mañana y una pastilla por la tarde, pero son dos pastillas distintas. La pastilla de la mañana del anti fariseol, es una pastilla que me invita a hacerme esta pregunta ¿Cuál es la cualidad que no le he visto a esta persona? Esa pastilla es de un color amarillo vivo, porque es como un sol. Esa te la tienes que tomar por la mañana. Me cae mal ¿porque me cae mal? No lo sé, pero es culpa de él. No sé, mal me cae. Ese dato está firme. Entonces, hay que tomar anti fariseol por la mañana. Pastilla amarilla. Ya te digo, la de la tarde como es. La de la tarde, es la pastilla amarilla. ¿Y como es la pastilla amarilla? Es hacerse la pregunta. ¿Cuál es la cualidad que no le he visto a esta persona? Pero que no os vaya a suceder como una señora resentida a la que yo traté de hablarle en este lenguaje y le digo pero usted ¿Qué cualidad le ve a su suegra? Porque no le encontraba ninguna. ¿Qué cualidad le ve a su suegra? Y esta pensaba, movía esa boca y finalmente me dice, bueno, es mortal. Esa fue la cualidad que encontró. Bueno, a ver entonces, el anti fariseol, pastillas por la mañana, la amarilla y la amarilla es la pregunta ¿Qué es lo que no he visto bueno, a esta persona?

La otra es más difícil, la otra es mucho más difícil. La otra pregunta es mucho más difícil, porque se ha demostrado que casi siempre cuando uno tiene serio conflicto con una persona. No que uno vea que la persona esté mal. Porque te aseguro que si tú ves a un pobre postrado en la calle, lo que te engendra más bien es compasión. Tú no vas a decir me cae mal. No. Tú sientes más bien compasión, lástima por lo menos. Cuando a uno le cae mal una persona. ¿Sabes por qué es? porque esa persona quiere algo que yo también quiero. Probablemente quiere un puesto en la asamblea, que es el que yo quiero. Quiere un oficio, que es el que yo quiero. Quiere a una persona, que es la que yo quiero. Y como no cabemos los dos, entonces tu sobras. Esa es la lógica del caerle a uno mal a la gente. Y esa es la razón por la que los fariseos detestaban a Cristo. ¿Os habéis preguntado por qué los fariseos detestaban a Cristo? Pues por eso, porque había un conflicto. Resulta que los fariseos eran los grandes predicadores del Reino de Dios. Antes de Cristo, ¿Quien predicaba el Reino de Dios? Los fariseos. ¿Y cómo lo predicaban ellos? Con el cumplimiento radical y estricto de la ley. Porque la teoría de los fariseos era, si nosotros cumplimos las cláusulas del contrato, Dios cumplirá las cláusulas del contrato y todo saldrá bien. Esa era la lógica de ellos. Entonces, fíjate que estos fariseos, sentían que la predicación del Reino de Dios de Cristo, entraba en colisión con la manera de ver el Reino de Dios, ellos. Y aquí no cabemos los dos. Entonces, hay que quitar a Cristo. Entonces hay que tomarse otra pastilla y a esa pastilla yo le pongo el color rojo de la sangre de Cristo, hay que tomársela anti fariseol rojo, puede ser después, no tiene que ser ahora. Hay que tomarse el anti fariseol rojo, que todos lo necesitamos, todos. Que es el que me permite hacerme la pregunta dura ¿Por qué esta persona me talla? ¿Por qué esta persona me fastidia? ¿Qué es lo que esa persona quiere que yo también quiero y por eso colisionamos? Porque si no, te aseguro que no hay, no hay colisión. Por eso Cristo no tiene colisión con nadie. Por eso Cristo puede compadecerse de todos. ¿Por qué? Porque el único anhelo de Cristo es el Reinado de Dios, su Padre. Y ahí no colisiona con nadie. Él no, los otros con él tal vez sí, pero Él no. Entonces, esas son las lecciones que creo que nos pueden servir para este Adviento.

Repasemos brevemente. Del paralítico, hemos aprendido despertar nuestros anhelos y reconocer nuestros límites. De los amigos del fariseo, hemos aprendido que al encuentro con Cristo vamos todos. Esto no va uno en solitario. Vamos todos, empezando por la gente que afectivamente tenemos más cerca, vamos todos. Eso hay que tenerlo presente. Luego, hemos aprendido del dueño de casa. Que hay que dejarse afectar y que no hay que tener miedo a pagar un precio en términos de tiempo, en términos de dinero, en términos de energía, en términos de desgaste. Uno se desgasta por la gente y a veces uno dice ¿pero si merecerá la pena esto? Hay que gastar, hay que gastarse, hay que llegar bien gastados a la hora de la muerte, como se dice de varios.

El primer sacerdote de Corea fue mártir, el padre Andrés Kim. El segundo es conocido por el nombre de Francisco. Es un San Francisco de Corea. ¿Y de qué murió? Bueno, Andrés Kim fue asesinado, torturado y asesinado. El segundo sacerdote, el Padre Francisco, es conocido como mártir, también en Corea. Pero no lo martirizó el gobierno, el Imperio, quiero decir. ¿De qué murió? ¿Sabes cómo lo llaman los coreanos? Lo llaman el mártir del sudor. Porque se entregó todo, se desgastó. Murió muy joven. Recorría decenas de kilómetros cada día, huyendo de la persecución mientras trataba de afianzar comunidades cristianas. Y lo logró. Cuando mataron al último sacerdote en Corea. Porque el gobierno logró matarlos a todos. Cuando mataron el último sacerdote en Corea quedaron comunidades de cristianos, comunidades de laicos, y esos laicos seguían bautizando a sus hijos y luego a sus nietos. Y así duraron cerca de un siglo, hasta que el gobierno cambió. Accedió frente a la comunidad internacional, la entrada de misioneros y pudieron volver misioneros franceses, los primeros, entre ellos un obispo. Y hay fotos de la llegada de ese obispo. Pero habían resistido los laicos, sin Misa, sin sacerdotes. Habían resistido casi un siglo. ¿Quién les dio esa fortaleza? Un padre, Francisco, mártir del sudor. Se entregó, se gastó, se dio por completo. Entonces, eso aprendemos del dueño de casa.

¿De Cristo, qué aprendemos? Que a ti también te llegan paralíticos y hay que orar por ellos. Y hay que hacer lo posible por ellos. ¿Y de los fariseos qué aprendemos? Que hay que tomar anti fariseol, grageas. Por la mañana la amarilla, por la tarde la roja. La amarilla es hacerte la pregunta ¿Qué es lo que yo no he visto en esta persona? Y la roja es hacerte la pregunta ¿Por qué colisiono yo con esa persona? Y a través de ese camino llegar a la humildad y llegar a la conversión. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

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