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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Preguntémonos qué estamos dispuestos a hacer por nuestros amigos, si los acercamos a los pies de Cristo para que encuentren en Él la salud del alma y el cuerpo.
Homilía v021010a, predicada en 20171211, con 4 min. y 54 seg. 
Transcripción:
El Evangelio de hoy está tomado de San Lucas en el Capítulo Quinto. Es un pasaje de aquellos que, cuando uno lo ha oído, aunque sea solo una vez, le queda grabado en la memoria. Efectivamente, es tan singular ese hecho, de desarmar el techo de una casa para poder descender a un paralítico, para ponerlo cerca de Cristo. Es algo tan exótico, es algo tan extraño que precisamente por su carácter de extraordinario, fácilmente queda grabado en nuestra memoria. Ahora hagámonos esta pregunta ¿Cómo podemos aplicar ese pasaje a nuestra vida? Normalmente lo que uno puede hacer con la Sagrada Escritura es tratar de poner la propia historia en alguno de los personajes que están en el relato. Por ejemplo, podemos reconocernos en ese paralítico. O podemos reconocernos, en el que manifiesta la gloria de Dios, es decir, Cristo. Efectivamente, Él también vive en nosotros y también en nosotros de alguna manera se puede cumplir este Evangelio, desde ese ángulo.
Pero en esta oportunidad yo quisiera que situáramos nuestra historia en la línea de los amigos del paralítico. Los amigos del paralítico son los que toman la decisión de llevarlo donde Jesús. Los amigos del paralítico son los que buscan de una manera afanosa, casi diríamos desesperada, la manera de que este hombre se encuentre con Cristo. Los amigos del paralítico son los que corren el riesgo de hacer el ridículo o de ser reprochados. Ser criticados por una acción tan drástica como esa de quitar el techo de una casa, quitar parte del techo de una casa. Los amigos del paralítico son los que hacen todos esos sacrificios, son los que hacen todo ese camino porque son verdaderos amigos.
Si nosotros, hacemos una comparación entre los actos de estos amigos del paralítico y nuestra propia vida, seguramente llegaremos a conclusiones. Por ejemplo, podemos preguntarnos ¿Qué clase de amigos somos nosotros? ¿Qué estamos dispuestos a hacer realmente por nuestros amigos? Sucede que en nuestro tiempo, la palabra amigo casi siempre se asocia con una dimensión puramente emocional, de simpatía, de gusto, de caer bien, de pasar buenos momentos. Si recordamos así mentalmente un poco de lo que nos ofrece la publicidad, nos damos cuenta que cuando se habla de reuniones de amigos lo que aparece es muchas sonrisas, muchos abrazos, seguramente unos cuantos brindis, compartir la comida, compartir deporte o vacaciones. Es decir, esa es la idea de amigo que tenemos. Pero lo que nos muestra la escritura en un pasaje como éste, es que amigo es aquel que es capaz de hacer algo, algo real, algo difícil, algo audaz, algo que podría parecer ridículo, pero es capaz de hacer algo. ¿Para qué? Para construir un bien en el amigo. Entonces, ciertamente hay una pregunta que podemos hacernos. ¿Qué clase de amigos somos nosotros? ¿Qué hacemos nosotros por nuestros amigos?
Y por supuesto, la segunda pregunta es ¿Los estamos llevando a Cristo? Nuestros amigos, se puede decir, que van dando pasos hacia Cristo. Se van acercando a Cristo. ¿Somos nosotros agentes de cambio que vamos acercando hacia el Señor Jesucristo o no? Al hacer preguntas sobre nuestra manera de ser amigos, no estamos haciendo otra cosa, sino examinándonos en el segundo gran mandamiento que nos dejó Cristo. Porque Cristo dijo que la ley entera y los profetas se resumían en amar a Dios sobre todas las cosas y amar al prójimo como a nosotros mismos. Pues hoy, hemos aprendido un modo muy concreto de examinarnos en el amor al prójimo. Preguntarnos qué clase de amigos somos y preguntarnos, si estamos acercando a nuestros amigos para que lleguen a los pies de Cristo y en Él encuentren la salud del alma y del cuerpo.

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