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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Aprovecha el sagrado banquete de la Eucaristía mientras estás aquí para que luego goces para siempre de la dulzura de Cristo en el cielo.
Homilía v013009a, predicada en 20171206, con 4 min. y 39 seg. 
Transcripción:
La primera lectura de hoy está tomada del capítulo número 25 de Isaías, el Evangelio del capítulo número 15 de San Mateo. Como de costumbre en el Adviento, la relación entre estas dos lecturas es la relación entre la promesa y el cumplimiento. En el texto de Isaías se nos habla de un banquete, y en el Evangelio, Cristo multiplica los panes para alimentar a sus numerosos discípulos, hay esa relación profunda. Pero es que, además, la imagen del banquete aparece muchas veces en la Biblia, incluso hasta el último libro de la Sagrada Escritura, donde ese banquete ya no es simplemente un encuentro, ya no es simplemente la alegría de una buena cena, sino que es el banquete de bodas del Cordero. Y ese cordero, cordero degollado por nuestro amor, es el mismo Señor Jesucristo.
Pero hay una característica que debemos destacar de este banquete, y es que en este banquete se va a quitar, dice el profeta Isaías, se va a quitar el velo que cubría a todas las naciones, es decir, se va a dar una revelación. La expresión revelar tiene que ver con el velo que se quita y que deja ver lo que había detrás. Entonces se va a quitar el velo que cubría todas las naciones, significa se va a revelar, se va a dar a conocer una verdad que es importante para todos los pueblos, esa verdad única que se revela en el banquete y que hace posible la verdadera y perdurable alegría, no es otra sino la verdad de Cristo.
Efectivamente, como nos dice Santo Tomás de Aquino, lo propio de la alegría del cielo es el poder alimentarnos, el poder recibir vida del mismo Dios. Es decir, que más que el estómago, es el entendimiento, es la inteligencia la que recibe el delicioso alimento de una verdad que no muere. Porque si bien hay placer en una buena comida, todos sabemos que muy fácilmente los alimentos del cuerpo producen en nosotros, a veces, una saciedad que llega hasta el hastío, o a veces producen una indigestión o a veces producen un exceso que es pecado.
Nada de esto existe cuando hablamos del alimento, que es la verdad. Efectivamente, la verdad, la verdad de Cristo, la verdad del Dios que nos ama, la verdad del plan de la creación no es algo que pueda producir en nosotros hastío. Dice Santa Catalina de Siena que esta alegría que Dios promete en el cielo está lejana del que tiene mucha hambre y del que tiene mucho fastidio. De tal modo que esa verdad, la verdad que es Cristo, cuanto más se come, más se desea, y cuanto más se desea, más se come.
Esa verdad y ese alimento es el que trae también consuelo a nuestra vida. Dice un salmo: «Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares». Y así es como Dios nos consuela, porque al llegar la verdad de Cristo, al afianzarse en nuestro corazón la verdad de Cristo, entonces entendemos que valió la pena todo esfuerzo. Y entonces, entendemos que nuestra batalla contra el pecado y nuestra lucha por vencernos muchas veces a nosotros mismos no fue tiempo perdido, no fue un esfuerzo en vano. Ahí descubrimos que toda verdadera lucha tiene verdadera corona, y que esa corona nos viene del mismo Dios.
Lo más hermoso de esto es descubrir que todo ese banquete nosotros ya lo recibimos, ya tenemos un anticipo de ese banquete en la Eucaristía. Mientras vamos caminando en esta tierra, el Cristo que nos alimenta del altar es exactamente el mismo Cristo que luego habrá de alimentarnos en la gloria del cielo, no son dos Cristos. El Cristo que comulgas allá, en tu parroquia, es el mismo Cristo que te espera en la gloria del cielo. Aprovecha, pues, el sagrado banquete mientras estás en la tierra, para que luego puedas gozar para siempre de la dulzura de Cristo en el cielo.

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