Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Cristo con su palabra y presencia sabe despertar el hambre y el deseo por Dios, limpiando nuestro corazón, para llevarnos a encontrar el verdadero manjar en la Eucaristía.

Homilía v013008a, predicada en 20151202, con 5 min. y 5 seg.

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Transcripción:

Una característica bien interesante del tiempo litúrgico de Adviento es que es muy estrecha la relación entre la primera lectura y el Evangelio. Y como sugerencia para todos los que hemos de predicar durante esta época del año, yo pido que siempre relacionemos esas dos lecturas, porque es en la relación donde aparece claramente el mensaje que nuestra Madre la Iglesia quiere para nosotros.

Mira el caso de hoy, primera lectura tomada del capítulo número 25 de Isaías, el Evangelio fue tomado del capítulo 15 de San Mateo. ¿Qué nos dice Isaías? Que Dios va a preparar un banquete, lenguaje futuro. Dios preparará un banquete, va a hacer un banquete para su pueblo, un banquete delicioso. ¿Qué nos dice el Evangelio? Cristo multiplica los panes y da de comer pan y pescado para todos en abundancia, incluso alcanzan a recoger 7 cestas con las sobras de pan y de pescado. Bueno, esa es la relación entre las dos lecturas donde está el mensaje. El mismo Dios que en otro tiempo prometió, en Cristo lo cumple. Porque en realidad todo el Adviento es para que nosotros concentremos nuestra mirada, fijemos nuestro corazón, lo atemos con amor a Cristo y descubramos en Cristo el cumplimiento de todas las promesas de Dios.

Nos dice San Juan de la Cruz que, en Cristo, Dios nos dijo todo lo que nos tenía que decir. Dice este gran santo carmelita: Dios se quedó como mudo, porque ya en Cristo nos dio su palabra y dijo lo que tenía que decir. Ese es el propósito del Adviento, que nosotros descubramos en Cristo la palabra definitiva, el cumplimiento definitivo, el Amén de Dios, como dice San Pablo. Pero hay algo interesante que un lector atento estoy seguro que observará. Resulta que Isaías en ese capítulo 25, exalta mucho lo delicioso del banquete, y uno pensaría bueno, pero tal vez el banquete que Cristo prepara, es decir, la multiplicación de los panes, no es exactamente lo más delicioso que se puede imaginar. Parece relativamente sobrio en comparación con la promesa que había hecho Isaías. Pero, a esto hay que responder con dos aclaraciones.

Primero, como me enseñaron mis mayores muchos años atrás, el mejor aderezo, la mejor salsa es siempre el hambre y no solamente el hambre física, que también tenían que tener los discípulos de Cristo, sino que Cristo con su misma Palabra y Cristo con su misma presencia, hace que el ser humano, hace que cada uno de nosotros recupere lo mejor de su hambre. Porque cuando una persona está enferma pierde el apetito. Cuando una persona está en vías de curación, recobra su apetito, su deseo de comida. Y por eso Cristo, cuando llega a nuestra vida, va limpiando nuestro corazón y va haciendo que vuelva a nosotros esa hambre, esa ansia, ese deseo de Dios, que luego hace que su alimento ya sea pan y pescado, ya sea su Palabra o ya sea, sobre todo, la Eucaristía, sea delicioso, como dice la antífona eucarística por excelencia: Este es el sagrado banquete que contiene en sí todo deleite.

Pero para encontrar todo el deleite en la sobriedad de la Eucaristía, o para encontrar el manjar delicioso en la multiplicación de panes y peces, primero hay que tener esa hambre que solo Cristo sabe despertar, y es entonces, su propia presencia, es la dulzura de su presencia, es la dulzura de su amor derramado sobre ese pan y esos peces y, sobre todo, la presencia suya que se adueña de tal manera de las especies eucarísticas, que ya no es pan, sino el cuerpo de Cristo, que ya no es vino, sino la sangre de Cristo. Es esa presencia la que es deleitable para nosotros. Pidamos a Dios que tengamos hambre y que tengamos paladar para descubrir su dulzura y una vez más, para ver en Cristo el cumplimiento de toda promesa de Dios y de lo mejor de nuestros anhelos.

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