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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Allí donde las grietas de la vida personal o de la estructura social asoman, hay una oportunidad para predicar la gracia.
Homilía v013006a, predicada en 20121205, con 22 min. y 29 seg. 
Transcripción:
Vamos a preguntarnos en dónde sucede el Evangelio, vamos a preguntarnos en dónde es posible apreciar y recibir la gracia de Dios. Y a la luz del texto que encontramos en el pasaje de hoy del capítulo 15 de San Mateo, hay una respuesta, allí donde es grande la necesidad, allí es grande la respuesta de Dios. A través de nuestro Señor Jesucristo, se hace presente el amor compasivo de Dios. Pero ese amor es respuesta, únicamente, donde aparece como el borde la frontera entre la vida y la muerte, la frontera entre la salud y la enfermedad, la frontera entre la ignorancia y el conocimiento. Estoy tocando un tema que es muy cercano para nosotros como dominicos y dominicas, la fe es un asunto en la frontera. Y esto se puede comprobar históricamente, dónde está creciendo el Evangelio, dónde está creciendo la orden, dónde está decreciendo la orden y dónde decrece el Evangelio.
Y la verdad es que encontramos que allí donde hay una enorme población que tiene grandes aspiraciones insatisfechas, gran necesidad de incertidumbre, ahí el Evangelio va tomando fuerza. Allí donde la gente necesita una esperanza distinta, donde hay una insatisfacción con lo que les ofrece el Estado y lo que les ofrece el mundo, pero hay también una búsqueda, ahí el Evangelio crece. Es muy interesante ver las cifras positivas de crecimiento que tiene la fe cristiana en Asia, en África, también aquí en nuestra América Latina. Todo indica que donde se necesita una fuerza nueva, una fuerza de vida, donde hay al mismo tiempo insatisfacción, pero también esperanza, está como preparado, está como, como maduro el tiempo para la llegada del Evangelio.
Qué distinta es, en cambio, la situación en otros lugares, en otras culturas y países, allí donde parece que todo está resuelto, allí donde parece que todo es asunto de una buena planificación, un buen consenso, un buen contrato social, un golpe de genialidad de los tecnócratas, allí donde parece que simplemente la fuerza de nuestra inteligencia, de nuestro talento y de nuestra capacidad organizativa van a distribuir los bienes para todos, donde hay esa clase de fe, porque es una fe donde eso sucede, el Evangelio difícilmente entra.
Es necesario, en cambio, que caiga esa fe. Cuando esa fe cae, cuando esa fe en nuestra enorme capacidad organizativa, en nuestras razones, nuestros golpes de genialidad humanos, cuando esa fe cae, cuando una vez más descubrimos que la insatisfacción del ser humano es más profunda de lo que puede llegar a ser satisfecho por los gobiernos o por la planeación o planificación central, cuando se hace ese maravilloso descubrimiento, entonces de nuevo el corazón se prepara para una nueva esperanza y entonces vuelve a florecer.
Yo quisiera dar un ejemplo a partir de Europa porque es nuestra raíz, de ahí viene nuestra fe cristiana y porque Europa está en un proceso muy interesante que tiene mucho que ver con nosotros, por supuesto, y tiene mucho que ver con la Congregación. Mire usted el caso de lo que sucede en España, nos encontramos un retroceso generalizado de la fe. La gente puso su confianza en el Estado de bienestar, es decir, si nosotros nos volvemos a Europa, si nosotros nos unimos a la Unión Europea, que significa estándares de calidad y que significa prosperidad y bienes para todos, que significa seguridad y fronteras claras, si nosotros entramos en ese camino, pues tenemos suficientes bienes y tenemos asegurado un futuro.
Pero resulta que la Unión Europea nació por razones puramente económicas y esa marca de nacimiento se siente todavía hoy, porque resulta que no hay una entidad financiera, no hay una entidad bancaria central en Europa y no se sabe si las cosas serían mejor si la hubiera. O sea que en la práctica, se unen los países, pero el dinero que circula y las decisiones que se toman dependen de quienes tienen los grandes volúmenes de capital que son necesarios. Junto a eso tenemos un sistema pensional sumamente complejo y, en algunos aspectos, ridículo, porque se quiere prometer que habrá para todos mientras se disminuye la población que trabaja, mientras aumenta la población que tendrá que ser sostenida y mientras se cree que de un modo mágico esos poquitos que van a ir naciendo y que van a ir quedando, van a tener los recursos suficientes y el ánimo para sostener a una pirámide invertida cada vez más pesada.
Realmente los años que vienen, y eso lo pueden preguntar ustedes a los mismos europeos, los años que vienen para esa Europa son muy complicados por donde se mire, el aspecto demográfico, el aspecto laboral, el aspecto financiero. Pero antes de que esa crisis, y antes de que la certeza de la crisis llegará al corazón y la mente de millones de personas, la idea que había era la contraria, que por fin hemos encontrado un modo civilizado de existir, tener desarrollo y respetar las ideas de todos los demás. Mientras ese pensamiento estuvo avanzando, la fe cristiana fue retrocediendo. Pero a medida que el descontento, a medida que la desilusión de la fe secular va entrando en los corazones, entonces va entrando también la conciencia de que se necesita algo distinto.
He podido ver, por ejemplo, lo que ha sucedido con una nueva comunidad religiosa. Mientras que en la mayor parte de Europa y del mundo desarrollado, y aún en nuestros países, el panorama vocacional está lleno de interrogantes, resulta que un convento de clausura, un convento de Clarisas en la ciudad de Lerma, en Castilla, empieza a recoger gente. Lo más interesante es ver de dónde vienen estas vocaciones, se trata de mujeres no muy jóvenes, no muy mayores, que tienen algo en común. Han empeñado su vida, han apostado su vida por el Estado de bienestar, han apostado su vida por el lema de ser Europa, han creído durante un tiempo o les han hecho creer durante un tiempo que todo iba a ir de bien en mejor.
Y de repente, han visto con sus propios ojos que ese modelo se resquebraja. Han visto que eso no solo no funciona, sino que no va a funcionar y que la idea de que puede haber prosperidad y progreso y bienestar para todos y que basta con que cada uno se encierre en sus intereses y cumpla con la ley y así todo funcionará, eso es una mentira. Entonces, muchas de estas, profesionales, pero relativamente jóvenes han visto que hay otros valores y que para esos otros valores no hay maestros. Hay maestros que te enseñan cómo sacar el máximo placer de tu cuerpo, hay maestros que te enseñan dónde invertir para hacer más dinero, hay maestros que te enseñan cómo pasearte y disfrutarte el mundo entero, para eso hay maestros.
Pero ¿dónde hay maestros en la solidaridad, en la escucha, en el silencio, en la oración, dónde están los maestros de la alegría y, sobre todo, dónde están los maestros de la esperanza? Y resulta que alegría, esperanza, fraternidad, es lo que empieza a ofrecer ese monasterio en Lerma y van llegando vocaciones. Y el número de vocaciones se vuelve tal, que tienen que abrir otro monasterio y se forma así una asociación que, al reconocerse como un carisma distinto al carisma original de las Clarisas, toma también un nuevo nombre. Esa comunidad se llama Iesu Communio. La fundadora, Verónica Berzosa, es hermana de un obispo español de nombre Raúl Berzosa.
Y yo no quiero exaltar demasiado a esta mujer, tiene enormes cualidades y que Dios la bendiga. Lo que quiero destacar es que el caso de Lerma es un ejemplo interesantísimo de cómo, en la medida en que desaparece la falsa esperanza y desaparece la falsa fe, que es la fe secular, que es la fe en el progreso, que es la fe en que habrá para todos y que cada uno elija lo que quiera, desde su individualismo, su astucia y su egoísmo. A medida que esa fe retrocede, a medida que esa fe cae, se abre una vez más una franja, se abre una vez más una línea de acogida, de rejuvenecimiento, de esperanza en términos de fe cristiana.
Bueno, ¿qué se puede aprovechar de un ejemplo de estos? No, no es todavía el tiempo de canonizar a Iesu Communio, pueden pasar muchas cosas muy buenas, o puede que sea un experimento fallido. Pero, aunque fallara, que no es lo que yo deseo, por supuesto, aunque fallara Iesu Communio, hay algo que ya es un hecho, y es que una vez que caen las mentiras del pensamiento agnóstico, progresista, secularista, una vez que eso cae, hay una oportunidad preciosa para el Evangelio. La verdad es que el Evangelio siempre funciona así, como una oportunidad preciosa que se abre cuando se resquebraja la soberbia humana, cuando se resquebraja la arrogancia de los hombres, se abre un espacio para la humildad de Dios, y eso es lo que está sucediendo en Iesu Communio. Si fracasara, que yo no lo deseo, si fracasara Iesu Communio, no fracasaría el hecho de que sigue habiendo un espacio.
En el último tiempo de misión que estuve en España tuve ocasión de recorrer literalmente miles de kilómetros, haciendo las cuentas no fueron menos de tres mil kilómetros en suelo español. Y en tres mil kilómetros y en muchas entrevistas y en muchos diálogos, yo pienso que uno alcanza a entender algo de lo que está sucediendo y, sobre todo, uno alcanza a entender que la dinámica del Evangelio es siempre esa, mirar una necesidad desatendida, mirar en donde se están cayendo las falsas estructuras y ofrecer con fraternidad, con alegría y con esperanza un mensaje, así funciona. Evangelizar es siempre eso, evangelizar es, lo digo inspirándome en el capítulo cuarto de San Juan, evangelizar es ver en dónde está madura la mies, es darse cuenta qué es lo que está muriendo y en dónde está quedando la gente en naufragio.
Hermanas amadas, si ustedes quieren tener éxito, si ustedes quieren tener vida, miren qué es lo que se está derrumbando en la sociedad, cuáles son los huecos, las fracturas, las grietas y cuáles son los náufragos. Con todo el amor, para las hermanas de Iesu Communio, donde celebrado la Eucaristía apenas un par de veces, mis visitas mucho más van donde nuestras queridas Dominicas, sin ánimo de competencia. Pero lo que yo sí puedo ver es que estas hermanas han acertado en recibir náufragos, o en el caso de ellas, náufragas. Donde hay vida nueva a punto de naufragar o recién naufragada, esa es la Iglesia, esa es la esperanza de la Iglesia.
Y esto es el secreto vocacional de Cluny, del Císter, de la Trapa, en sus momentos fundacionales. Luego vienen dificultades y viene todo lo que se quiera. Pero si tú quieres ver qué hizo que en el siglo XII floreciera el Císter, si tú quieres ver en dónde radica el éxito de San Bernardo, si tú quieres ver en dónde radica el éxito de Jordán de Sajonia, como promotor vocacional en el siglo XIII, la clave es mirar dónde hay vida nueva que no encaja en la vida vieja y que necesita un nuevo hogar, una nueva estructura, una nueva esperanza. Hay que estar atentos a esas personas, a esas que no tienen casa y que pueden ser parte de nuestra casa. Esto significa que en la Iglesia siempre va a haber espacio y en la Iglesia siempre va a haber sangre nueva y vida nueva.
Es impresionante, lo digo porque también tuve ocasión de conocer esa realidad, es impresionante ver en Asia la pasión de los laicos por el Evangelio, por formarse. A ellos no les convencen los vacíos rituales del budismo multisecular, a ellos no les convencen sus gobiernos corruptos marcados por un egoísmo de clase. Cuando uno de estos asiáticos, ojalá que sea joven, ojalá que esté llegando a una edad adulta o recién llegado, descubre que eso no le convence y descubre al mismo tiempo que hay alguien que le ofrece una esperanza, ojo a las palabras, con alegría, con fraternidad, en ese momento se adhiere.
El problema del Evangelio, la dificultad para aceptar el Evangelio no es el estándar moral. Y en esto se equivocan diametralmente, gravísimamente muchos de los que creen que si se le rebajan exigencias al Evangelio, vamos a tener más gente, que si quitamos el celibato llegan más vocaciones, que si ordenamos mujeres, se atienden más comunidades, que así permitimos que el gay sea gay y ojalá polígamo y promiscuo, y que cada uno haga lo que quiera, va a haber más gente. Falso, no es la altura del estándar moral lo que desanima. Muy al contrario, la altura del estándar moral cuando una persona ha descubierto a Jesús, se mira como un delicioso reto, como un desafío apasionante. No es el estándar moral, no es el nivel de exigencia lo que desanima, no es eso.
Lo que desanima es la incapacidad de encontrar nuevos modos de acogida, la incapacidad de encontrar un interlocutor que entienda mi desaliento. Por supuesto, estoy pensando en la presencia de la congregación, en primer lugar en Europa, pero eso ya vale aquí, eso ya vale aquí. Nosotros tenemos que saber que dado el hecho de que vamos repitiendo tantas cosas del primer mundo, triste es decirlo, pero es así, también eso lo repetimos acá. Y el arte vocacional para el futuro a corto plazo, a mediano plazo, está en la capacidad de reconocer quiénes son los que tienen vida, fuerza, pero no tienen esperanza en el sistema actual de la sociedad, qué les decepciona, qué les desilusiona del modo actual de la sociedad, cuáles son las grietas que les han llevado a rechazar o a distanciarse de ese modelo.
Esas mujeres relativamente jóvenes, pero ya desilusionadas, desencantadas de la falta de futuro dentro de un esquema social y dentro de una estructura cultural, esas mujeres van a necesitar una casa y la van a encontrar, la van a encontrar en el Hare Krishna, la van a encontrar en los protestantes o la van a encontrar en las Dominicas, Hijas de Nuestra Señora de Nazaret. Es asunto de visión, es asunto de lo que nos dice Jesús en el capítulo cuarto de San Juan: «Alzad la mirada y ved que los campos están maduros para la siega».
¿Dónde están esas personas? Hay que buscarlas, hay que tener la antena despierta. ¿Cómo se caracteriza una persona de esas? Pues es la persona que nos describe el Evangelio hoy, acudía mucha gente llevando ¿qué? Todo lo que estaba roto, son los que están rotos y que la sociedad los echa a los pies de Jesús. Pero si vamos a hablar de un futuro, necesitamos aquellos que, estando rotos, una vez sanados, una vez curados, puedan asociarse a la obra de la santa predicación.
Entonces, intento resumir las ideas ¿dónde sucede el Evangelio? En la frontera. La frontera, ¿qué es? La frontera es donde alguien se desilusiona, se rompe y queda como un náufrago, esa es la frontera. ¿Cuál es el éxito de la Iglesia? Tener un mensaje dado con esperanza, con fraternidad y con alegría para esos recién náufragos. Si la Iglesia acierta ahí, si a tiempo tiende esa mano, no nos va a caber la gente en los seminarios, no nos va a caber la gente en los noviciados. Pero hay que tener esa certeza, hay que tener esa mirada, hay que reconocer quién es el recién náufrago, hay que reconocer quién es ese que, si nosotros no le tenemos algo concreto para ofrecer, te aseguro que los vecinos allí, los del altavoz, muy pronto le tienen algo.

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