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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El nombre de Cristo ya está escrito en nuestros corazones como el único que puede saciarnos la necesidad de alimento y de sanación.
Homilía v013004a, predicada en 20101201, con 9 min. y 35 seg. 
Transcripción:
Hermanos, la metodología que sigue el Adviento creo que ya la estamos conociendo o la hemos conocido. La primera lectura hace una promesa y luego el Evangelio nos muestra cómo esa promesa se cumple en Jesucristo. Es decir, el Adviento es una catequesis que nos orienta para que todas nuestras esperanzas miren hacia Jesús, para que tengamos la certeza de que en Él se encuentra, por una parte, la sanación de nuestros males y, por otra parte, la satisfacción de nuestras necesidades y anhelos más profundos.
Hoy, por ejemplo, el profeta Isaías nos presenta ese banquete maravilloso que Dios prepara y, al mismo tiempo, la promesa de secar toda lágrima. Fíjate cómo el mismo Dios que nos alimenta es el Dios que nos sana. Y esas dos cosas realiza Jesucristo en el Evangelio de hoy, Jesús que sana a los tullidos, a los mudos, a los ciegos y al mismo tiempo Jesús, que alimenta a las multitudes. Y ese mismo esquema vamos a encontrar en muchos otros días del Adviento. Una primera lectura que dice lo que Dios va a hacer y luego el Evangelio en el cual Jesucristo se manifiesta como el que cumple las promesas del Antiguo Testamento. Es decir, todo el Antiguo Testamento mira hacia Jesús, toda la Biblia mira hacia Jesús. Y el corazón humano si escruta diligentemente en su interior, encuentra una serie de flechas, una serie de señales que apuntan hacia Jesús.
Es decir, ya nosotros tenemos adentro, ese escrito, el nombre de Jesús ya está escrito en nuestros corazones como el único que puede saciar nuestras necesidades más profundas y que puede curar nuestras heridas. No son únicamente las heridas personales, muchas veces, cuando se hace oración de sanación, como en este convento, la hace sobre todo el Padre Mora, el Padre Zaid, también yo mismo, algunas veces el padre Germán. Bueno, todos, cuando hacemos esas oraciones a veces pensamos en la sanación de una persona, pero también las parejas tienen que ser sanadas porque hay heridas en los matrimonios y también las comunidades tienen que ser sanadas porque hay heridas comunitarias, hay heridas en los conventos, hay heridas en la provincia.
Hace poco me encontré una cosa muy curiosa. Haciendo un cierto estudio de teología, me encontré con una frase del padre Karl Rahner, el famoso teólogo del siglo XX que hablaba del pecado original de la teología jesuítica, refiriéndose en particular a lo que sucedió en el siglo XVI, a partir de los escritos de Francisco Suárez, el de las disertaciones. Entonces, para Rahner, la teología de la Compañía de Jesús tuvo como una fractura en unos ciertos enfoques que tomó Suárez. Es una opinión de Rahner, pero una opinión muy bien sustentada que luego la han repetido otros, en particular el Papa Benedicto. Entonces, me llama la atención cómo Rahner veía una herida, veía una fractura en la teología de su propia comunidad.
En el mismo sentido habla el autor que yo trabajé en mi doctorado, Bernardo Lonergan, quien también refiriéndose a la controversia entre los molinistas y los bañecianos o los seguidores de Báñez, también habla de una cierta fractura en la teología de la Compañía. Pero aquí no es para referirnos a los jesuitas únicamente, sino para decir que también el pensamiento tiene que sanarse, las comunidades tienen que sanarse, las vocaciones tienen que sanarse. Humberto de Romanis, en su obra de la formación de los predicadores, dice: Es imposible, es prácticamente imposible salir al campo de batalla sin recibir ni una sola herida. El que sale a la batalla, vuelve herido y el que sale a trabajar, vuelve sucio y sudado.
Eso significa que también nosotros, cuando nos empeñamos en el servicio de Dios a lo largo del camino, se nos pega el mugre y también están esas fracturas, esas heridas. Y por eso nosotros necesitamos encontrar como comunidad, necesitamos encontrar esas flechas que miran hacia Jesús. Si nosotros nos centramos así en Jesucristo, si nosotros vemos que Él es la razón de nuestra esperanza, entonces a partir de Jesús, todo va encontrando su propio lugar. Muchas veces en momentos de incertidumbre, se empiezan a hacer especulaciones que en realidad son estériles, especulaciones sobre las motivaciones humanas.
Si yo, por ejemplo, me pongo a examinar, bueno, pero ¿por qué me nombraron para lo que me nombraron? ¿Quién está detrás de eso, será que la gente no estaba contenta, será que hablaron de aquí, será que propusieron allá? Ese es un laberinto sin fondo. Cuando uno empieza a hacer especulaciones sobre motivaciones humanas, se pierde completamente. El mismo Humberto de Romanis también tiene cartas y tiene predicaciones sobre los votos y él dice muy abiertamente: El camino cierto para perderse en la vocación es empezar a escrutar y a excavar motivaciones humanas, porque el corazón humano no tiene fondo y porque la imaginación humana no tiene límites. Entonces, si uno se pone a hacer cavilaciones sobre qué está pensando el obispo, qué está pensando el provincial, qué pensó el capítulo, quién le dijo a quién, quién supuso qué. Eso no acaba nunca, eso no tiene un fin.
Lo que nosotros tenemos que hacer, y esta es la maravillosa simplicidad del verdadero religioso, es darse cuenta que mientras no haya un motivo externo y verificable de invalidez, las cosas son como son. Entonces, en el caso mío hubo una determinación: No hay ningún motivo externo verificable que me haga dudar a mí, de eso. Yo no voy a perder tiempo especulando en nada, yo abrazo la voluntad de Dios y busco qué quiere Jesús de mí y busco qué quiere Jesús en mi vocación y busco cómo puedo rendirme más completamente a los pies de Jesucristo. No quiero ponerme de ejemplo, ni mucho menos, sino quiero decir que, en Él, únicamente en Él pueden encontrar descanso nuestros corazones.
Yo creo que estos días y los días que vengan más adelante para esta comunidad, son días en que todos tenemos que mirar más hacia Jesús. Por algo que hizo la providencia de Dios que este cambio inesperado sucediera en Adviento, para que nosotros viviéramos estos momentos como Adviento, esperando que Jesús haga su obra plena, haga su obra perfecta en cada uno de nosotros.
Quiero decir una palabra de particular exhortación a mis hermanos y amigos novicios, ustedes tienen una parte muy importante en esto. Ciertamente, como novicios, ustedes no tienen ni voz ni voto, pero eso es en las instituciones legisladas por el derecho. Pero ustedes sí tienen voz y tienen voto ante el trono de la Majestad, y ustedes tienen voz y tienen voto en el corazón de Jesucristo. Entonces, todos los que amamos profundamente la Orden Dominicana, todos los que amamos este convento y, sobre todo, ustedes novicios, con esa oración, una oración llena de inocencia, llena de penitencia, una oración llena de sinceridad y llena de fervor, ustedes pueden atraer enormes bendiciones que todos necesitamos en este convento, en la provincia y en la Iglesia.
Mirando hacia Jesús, para eso es el Adviento, mirando hacia Jesús y esperando de Jesús, vamos a descubrir al final que todo lo que Él pensaba, por encima de todo otro pensamiento, estaba bien resuelto. Tengamos esa confianza, avancemos con esa certeza, en medio de la humildad, en medio de la fraternidad, en medio de la oración. Como cada uno, sin embargo, tiene sus propios cansancios y sus propias incertidumbres, pues que cada uno también se aplique la fórmula a sí mismo. Si sientes que tu oración litúrgica está decayendo, si sientes que tu oración personal se fue al piso o desapareció, pues este es el tiempo, este es el Adviento para mirar a Jesús, para volverse hacia Él y para decir: Bueno, yo ¿a qué fue que vine? Y desde ahí recuperar lo mejor de tu vocación. Nunca es tarde para decirle al Señor: Tú eres el centro de mi vida. Tú eres el esposo de mi alma. Tú eres el Rey de mi corazón. Tú eres el líder. Tú eres el modelo. A ti he encomendado todos mis sueños y todas mis esperanzas.
Sigamos esta celebración, vivamos este Adviento con alegría y con gran confianza, y el Señor hará florecer cada lágrima, cada oración y cada intención que tengamos. Amén.

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