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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cristo se alegra no porque el Evangelio quede oculto a algunos sino porque la frustración de ellos podrá conducir a conversión.
Homilía v012020a, predicada en 20251202, con 14 min. y 58 seg. 
Transcripción:
Mis hermanos queridos. El tiempo de Adviento tiene una característica única. La manera como están organizadas las lecturas para la Misa es distinta de lo que sucede en los demás tiempos litúrgicos. Podemos decir que en el Adviento la voz principal la tiene la primera lectura y el Evangelio es escogido de acuerdo con la primera lectura. Además, esta primera lectura va siguiendo en orden el libro del profeta Isaías. Isaías es un guía importante y grande del Adviento, porque es el profeta que utiliza más el tiempo futuro. Es el profeta que está hablando siempre de lo que Dios va a hacer. Entonces, las lecturas de Adviento nos presentan primero lo que dijo Isaías y después cómo se cumple lo que dijo el profeta en la persona de Cristo. La promesa va en la primera lectura. El cumplimiento va en el Evangelio. Y así cada día la primera lectura nos dice lo que Dios va a hacer. Y el Evangelio nos muestra cómo Dios en Cristo lo hace realidad. Dios promete y Dios cumple. Dios anuncia y Dios realiza. De esa manera, el Adviento se convierte en una escuela de esperanza, porque el mensaje que nos está llegando cada día es el mensaje permanente de que Dios es de fiar. Puedes fiarte de Dios porque el Dios que prometió cumplió y el Dios que ahora promete cumplirá. En el día de hoy encontramos como primera lectura el anuncio de la unción de Dios. Sobre él, sobre el Mesías, reposará el Espíritu del Señor, Espíritu de sabiduría y discernimiento, consejo, fortaleza, ciencia, temor de Dios. Es el anuncio de una unción, pero no una unción material, como era la unción de los reyes de Israel o de Judá, sino una unción profunda y permanente, una unción espiritual. La característica del gran Mesías que es el siervo de Dios, la característica es la unción y esa unción es la que aparece después en el Evangelio. Nos dice el texto de hoy tomado de San Lucas. En aquel momento Jesús exultó en el Espíritu Santo y dijo: Te alabo, Padre, Señor de cielo y tierra. La primera lectura hablaba de la unción que Dios iba a dar al Mesías. El evangelio nos muestra al Ungido que ha recibido ese Espíritu Santo y que ahora realiza la obra de Dios y se alegra en la obra de Dios. Ese es el primer punto. Vamos con un segundo punto. Adviento es un camino, lo sabemos todos. Un camino ¿Para qué? Un camino para que Cristo pueda venir a nosotros, hacer morada en nosotros. Para que Cristo pueda triunfar en nosotros. Y el triunfo de Cristo se describe con las palabras de San Pablo: Ya no vivo yo, es Cristo el que vive en mí. El Adviento es entonces un tiempo de configuración con Cristo. Es un tiempo para cristificar nos para volvernos como Cristo, para que Cristo reine en nosotros. Este hermoso evangelio nos invita a volvernos como Cristo en la alegría. Ser como Cristo en la alegría. Es decir, alegrarnos como Él se alegra. Alegrarnos de lo que Él se alegra, alegrarnos con la intensidad inmensa de su alegría. Por eso tenemos que preguntarnos ¿qué es lo que le alegra a Él? Este evangelio nos muestra dos motivos de alegría. Cristo se alegra porque Dios Padre ha escondido cosas a los sabios e inteligentes. Alegría número uno. Y luego la alegría número dos. Porque Dios Padre ha revelado estas cosas a los pequeños. Atención que no es una sola, son dos alegrías. Y nosotros hemos de aprender a tener esas dos alegrías. La segunda es más fácil de comprender. Cristo se alegra porque los pequeños, que casi siempre son despreciados, que casi siempre son excluidos, que casi siempre son olvidados, ahora reciben el tesoro del conocimiento divino, ahora son alimentados abundantemente con el pan de Dios, con la sabiduría de Dios. Ahora, los que siempre han sido excluidos son acogidos y reciben la dulzura del amor divino y eso le alegra a Cristo. Nosotros, para parecernos a Cristo, tenemos que cultivar también esa alegría. La alegría de llevar buenas noticias a los que solo escuchan malas noticias, la alegría de llevarle amor a los que no conocen amor, la alegría de llevar la verdad a los que están confundidos y aturdidos por tantas mentiras que hay en este mundo. Esa es una gran alegría de Cristo. Y tiene que ser una gran alegría nuestra como evangelizadores. Pero está también la primera alegría que aparece en el Evangelio, porque Cristo se alegró y alabó a Dios Padre, porque había escondido estas cosas a los sabios e inteligentes. Esa alegría no es tan fácil de entender, porque a Cristo le alegra que se escondan cosas. Cuesta trabajo entenderlo, pero se puede entender. No es que esté mal la sabiduría de los sabios, no es que esté mal la inteligencia de los inteligentes. El problema está en que muchas veces la persona que tiene mucho conocimiento también tiene mucha soberbia. Ese es el problema. Lo denuncia San Pablo en otro pasaje cuando dice: la ciencia el mucho conocer infla, es decir, llena de orgullo, ese orgullo que fácilmente crea barreras y excluye a los otros. Eso ha sido norma de todos los que tienen en abundancia, ya se trate de tener dinero, tener poder o tener conocimiento. Teniendo eso claro, preguntémonos ¿por qué Cristo se alegra de que se escondan los tesoros del Reino a esas personas? La respuesta está en que el fracaso, la frustración, la impotencia, muchas veces son el comienzo de la conversión. El comienzo de la conversión con frecuencia es no entender, quedar confundido, sentirse frustrado. De nuevo, podemos recordar el gran ejemplo de San Agustín, un hombre con tanto conocimiento, un hombre con tanta sabiduría. Pero él no lograba entender lo que le pasaba. Él no lograba entender por qué no podía superar sus pecados, especialmente de vanidad, de codicia y de lujuria. Y porque él estaba confundido y frustrado, y porque no lograba entender y salir de ese hueco en el que estaba, de esa fosa en la que estaba, no lograba salir. Por eso empezó un camino de conversión. O sea que también la derrota de los poderosos y la frustración de los sabios es un motivo de alegría. No porque sea agradable ver a una persona frustrada, sino porque esa frustración, esa derrota, esa confusión, es el comienzo de una conversión. Es bueno que al poderoso le fallen sus planes. Si ese fracaso lo pone en la ruta de Dios, lo pone en la ruta de la conversión. El mismo Agustín decía en una oportunidad: Dios nos ama tanto que permite algunos pecados y se refería sobre todo a la lujuria. Permite algunos pecados para que al fin encontremos la humildad y en la humildad la gracia y en la gracia la victoria. Así que Cristo tiene dos alegrías una que es fácil de entender, a los pequeñitos les llegan los tesoros del amor de Dios. Esa es fácil de entender. La otra alegría que es más difícil de entender es que a los poderosos y a los sabios les fallan sus planes Y nosotros nos alegramos por esa falla, por esa frustración, porque ese es el comienzo de la conversión. Lo peor que le puede suceder al orgulloso es que todo le resulte bien, porque entonces se afianza más en su orgullo. Cuando al orgulloso le empiezan a fallar sus planes y cuando la perplejidad llega a su corazón, ya está próxima la conversión. Y eso es lo que más le alegra a Cristo. En este camino de Adviento sigamos las huellas de Cristo buscando esa conversión, buscando nosotros alegrarnos como Él se alegra, y sirviendo así al Evangelio de salvación. Amén.

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