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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
¡Tenemos un Dios mejor del que pensamos!
Homilía v012001a, predicada en 19951205, con 5 min. y 38 seg. 
Transcripción:
Nos ha presentado el profeta Isaías una visión paradisíaca de reconciliación universal, de paz cósmica, podríamos decir: nos ha dibujado un cuadro que parece absolutamente irreal. Los antiguos y tradicionales enemigos pueden estar tranquilos el uno junto al otro, y lo que podría ser un peligro terrible, como el juego de un niño con una serpiente, no causa temor alguno ni entraña riesgo alguno. ¿Cuál es la fuente de esta paz profunda? ¿Cuál es la fuente de esta paz universal? Lo dice el profeta Isaías: El país está lleno de la ciencia del Señor. Pero esta expresión, quizá demasiado elíptica en su traducción. Debemos entenderla bien. Parece que lo que indica el profeta o lo que quiere inculcar el profeta es que cuando todos conocen al Señor, cuando todos saben quién es Él, en ese momento puede aparecer verdadera paz. Si las personas, si los pueblos, si las naciones desconocen a Dios, entonces están abiertas las puertas para la injusticia, para la crueldad, para la codicia, para la envidia, para todo género de iniquidad. Conocer a Dios, saber quién es Él, saber qué es justo para con todos. Saber que es misericordioso, saber que es providente y generoso. Saber que no somos resultado de un absurdo que nos ha arrojado a un camino sin sentido ni salida. Saber que no somos seres para la muerte. Simplemente, saber que los bienes Dios los ha dispuesto para todos. Saber estas cosas y no solo saberlas intelectualmente, porque el pensamiento hebreo nunca habla de un saber en esos términos, saberlas en la vida. Eso es lo que trae paz. Y por eso el Evangelio como un eco y como una especie de respuesta a ese anhelo de paz y a ese anhelo de conocimiento del Señor. Por eso el Evangelio da un paso, un paso decisivo en la persona de Jesucristo. Te doy gracias, Señor, Dios del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente humilde. Esta gente humilde, precisamente los despreciados por los poderes de esta tierra, esta gente que no pinta nada, esta gente que se supone que no sirve para nada, esos son los predilectos en la misión redentora de Cristo y en esos predilectos sucede la revelación del conocimiento de quién es verdaderamente Dios, y por eso en ellos empieza esa paz anhelada. En ellos empieza a realizarse lo que habían esperado los profetas y los patriarcas. De este modo, nuestro tiempo de Adviento sigue dibujando ante nuestros ojos, sigue ofreciendo ante nuestra vista, una verdad fundamental: que en Cristo, precisamente en Cristo, se cumplen las promesas del Antiguo Testamento, los deseos de ese pueblo elegido, pero que en el fondo son los deseos de toda la humanidad. Busquemos también nosotros conocer a este Señor, no lo demos ya por conocido. Si sigue habiendo impaciencias en nuestra vida, si sigue habiendo absurdo en nuestra existencia, si sigue habiendo discusión, partidismo, si sigue habiendo envidia y codicia, por decirlo de una vez, si sigue habiendo pecado en nosotros, sigue habiendo necesidad, urgencia de conocer a Jesús. Decía Luis de Granada, en más de una de sus predicaciones, después de que desplegaba ante el auditorio la bondad, la piedad o la justicia de Dios, decía Luis de Granada: "Mira cómo tienes mejor Dios del que pensabas". Creo que esa debe ser la actitud del cristiano en el Adviento: abrir más los ojos, descubrir cómo tengo mejor Dios del que pensaba, dejar que Él despliegue ante mí todo lo que Él es y recibir en ese banquete anunciado ya en la Eucaristía, aquellos bienes que realmente necesito, aunque a veces mi ignorancia llegue hasta ese punto, hasta desconocer lo que yo mismo necesito. Gracias sean dadas a Dios que nos alimenta con su Palabra y con su Eucaristía. Amén.

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