Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Para apreciar los bienes del cielo debemos entender que los bienes de la tierra son relativos y efímeros, que los bienes del cielo nunca los perderemos y que la verdadera recompensa del cielo es Dios mismo.

Homilía tsan028a, predicada en 20241101, con 7 min. y 37 seg.

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Transcripción:

El 01 de noviembre celebramos la Solemnidad de Todos los Santos. Podemos decir que estamos celebrando la santidad de la Iglesia. Te acuerdas que en el Credo decimos: Creo en la Iglesia que es una santa, católica y apostólica. Santa, la Iglesia es santa. Y esta Iglesia santa es la que contemplamos en su esplendor con las lecturas que nos ofrece la liturgia de hoy. Es tan hermoso ver que en todos esos hombres y mujeres que han vivido el Evangelio, que han vivido del Evangelio, que han puesto en práctica el Evangelio, en todas esas personas aparece la santidad de la Iglesia.

Es decir, esto no es una fábula, esto no es un cuentecito, esta no es una historieta para consolar personas frustradas, según calumniaba Nietzsche. Nietzsche nos calumniaba a los cristianos diciendo que nosotros éramos personas cobardes, incapaces que como no lográbamos, por ejemplo, vengarnos, entonces hablábamos de perdón. Como no lográbamos derribar al otro, entonces decíamos que uno tiene que escoger el último puesto. En fin, hay que orar por el eterno descanso de Federico Nietzsche. Pero, la verdad es que todos estos hombres y mujeres nos están contando que el Evangelio es posible.

Y la lectura que escoge la Iglesia para esta Solemnidad de Todos los Santos es la lectura de las bienaventuranzas, lo cual es una gran lección, porque nos está diciendo que los santos son aquellos que vivieron las bienaventuranzas y como vivieron las bienaventuranzas son bienaventurados. Ellos vivieron las bienaventuranzas, entonces ellos son bienaventurados. Es algo muy hermoso, es algo supremamente bello, ellos vivieron las bienaventuranzas. Varias ocasiones he podido predicar sobre las bienaventuranzas y hoy quisiera centrarme solo en un aspecto: «La recompensa de ustedes será grande en el cielo», en el cielo.

Me estoy acordando también de lo que le dijo una vez la Santísima Virgen a Santa Bernardita Soubirous, aquella adolescente que tuvo las visiones, las revelaciones en Lourdes. Y de ahí viene pues, toda la espiritualidad y todo el santuario de Lourdes. Y le dijo la Virgen a Santa Bernardita, le dijo: «Prometo hacerte feliz, pero no en esta tierra, sino en el cielo». ¿Qué es buscar, qué es buscar la felicidad del cielo, qué es, qué es lo que eso significa? Significa vivir amargado, derrotado en esta tierra, no luchar uno por sus cosas, sino simplemente resignarse. ¿Qué es buscar esa alegría del cielo?

Hasta donde logro entenderlo, la alegría del cielo tiene como tres elementos. Primero, ciertamente hay que relativizar las alegrías y los bienes de la tierra, hay que relativizar las alegrías de esta tierra. Y ¿por qué hay que relativizarlas? Porque muchas veces están mezcladas de engaño, porque muchas veces son tan pasajeras, porque muchas veces cobran un precio tan alto. Piensa tú, por ejemplo, la persona que se droga, piensa esa persona el precio altísimo que está pagando.

Una persona, Dios nos libre, una persona que entra por los caminos del consumo de fentanilo, por decir algo, está despedazando, está destruyendo todo su sistema neurológico, está acabando con su vida. Casi podríamos decir, se está suicidando, está pagando un precio altísimo. Entonces, el primer elemento para apreciar los bienes del cielo, el primer elemento es entender lo relativos que son los bienes de esta tierra, lo efímeros que son, lo engañosos que son. Eso es lo primero, para apreciar los bienes del cielo.

Lo segundo, que lo dice Cristo, es que los bienes del cielo jamás los perderemos. Cristo lo dijo con aquella parábola o con aquella comparación: En el cielo no hay ladrón que robe, no hay polilla que roba. Entonces, quiere decir que en el cielo tus bienes están seguros. Cada obra de caridad, cada consejo bien dado, cada oración fervorosa, cada acto de penitencia, cada momento de evangelización, eso no se pierde, está seguro, está seguro. Pero lo más hermoso del cielo, lo más bello del cielo, es que más que recibir los regalos de Dios, recibimos a Dios como regalo.

La verdadera recompensa del cielo es algo maravilloso, porque la verdadera recompensa del cielo es Dios mismo. Es Él, y eso no lo podremos tener nunca en esta tierra. Mira, mira por favor, esta historia con la que quisiera terminar. Precisamente, historia de un santo al que le debo muchísimo, Santo Tomás de Aquino. Santo Tomás en alguna ocasión tuvo una experiencia mística de la que hubo testigos. Cristo mismo le habló a Tomás y le dijo: «Has escrito bien de mí, Tomás. ¿Qué quieres?», podríamos decir como recompensa, como pago.

Y respondió Tomás: «Non nisi te, Domine». Nada, solamente tú, mi Señor. Solamente tú, mi Señor. Todo lo demás es tan pequeño comparado con tenerte a ti. Cualquier otro premio, cualquier otra paga, sería demasiado poco. Solo tú, mi Señor. Eso es lo que tiene el cielo, eso es lo que tienen los santos y a eso es a lo que estamos llamados.

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