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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Celebremos esta solemnidad reconociendo que en medio del pueblo de Dios hay personas que luchan para ser santas, que la Iglesia es santa y tiene un destino eterno porque nuestra patria es el cielo.
Homilía tsan026a, predicada en 20221101, con 5 min. y 11 seg. 
Transcripción:
01 de noviembre, solemnidad de todos los santos. Solemnidad de la santidad de la Iglesia. Qué fecha tan hermosa, qué momento tan lleno de esperanza y de gozo el que nos permite esta celebración, la solemnidad de todos los santos. Hay por lo menos tres miradas para esta celebración litúrgica y yo quiero compartírtelas.
La primera mirada es darnos cuenta que en medio del pueblo de Dios, en la realidad cotidiana y seguramente muy cerca de nosotros, hay personas que están luchando con todo su amor, con todo su ser, están luchando para ser fieles a Cristo. Y muchas de esas personas, en un heroísmo callado y sin aplausos, son expresiones de la gracia de Dios y son auténticas expresiones de santidad. Nunca serán canonizados en esta tierra, pero es que tampoco buscaban ningún reconocimiento en esta tierra. No quiero decir que los santos canonizados estaban buscando ese reconocimiento, pero tú me entiendes.
Lo que te quiero decir es que vivieron su fidelidad por simple y sencillo amor a Jesucristo. Esos son los santos anónimos, que los hay tantos. Es posible que si tú haces memoria en este momento, es posible que si tú haces memoria, recuerdes personas de tu propia familia, o tal vez un vecino, una vecina muy cercana. Yo me acuerdo, por ejemplo, hace años, cuando yo era un joven, conocí la historia de un hombre, un hombre que, por razón de una diabetes muy grave, había perdido ya partes de su cuerpo, había tenido que sufrir mutilaciones. Primero, tuvieron que quitarle una parte de un pie por esos problemas de circulación que produce la diabetes y luego tuvieron que quitarle todo el pie.
Cuando yo lo conocí, este hombre realmente había perdido sus dos piernas y tenía ya comprometido un brazo. Es decir, es una historia muy dramática, pero ¿sabes qué quiero comentar sobre él? Era un hombre capaz de sonreír, era un hombre capaz de orar, era un hombre capaz de decir: Gracias a Dios. Qué testimonio para mí, yo era un jovencito en aquella época. Si a mí alguien me dice que ese hombre que asumió su enfermedad con tanta serenidad, con tanto amor, si a mí alguien me dice que ese hombre está en el cielo y que, por lo tanto, es un santo de Dios, yo te digo, yo lo creo. Yo sí lo creo, claro que sí.
Entonces. primer aspecto de esta fiesta hay santos en esta tierra. Y te pido, no suelo hacer esta petición, pero te pido que dejes en los comentarios este video, testimonios de personas que tú crees probablemente fueron santos, religiosos, religiosas, hombres, mujeres, niños, ancianos. Segundo aspecto, lo que mencionaba en la introducción, esta solemnidad es bella porque nos ayuda a pensar que la Iglesia es santa, es una de las características, es una de las 4 características mayores de la Iglesia. Según el Catecismo de la Iglesia, es una santa, católica apostólica.
Lo primero es que es una, porque la amada de Cristo es una, la Esposa de Cristo es una. Y es santa, es santa por su Esposo, es santa por el Espíritu Santo que habita en ella, es santa por el testimonio de tantos hombres que han llegado, incluso hasta el testimonio de la sangre. O sea que este es un día para pensar en la santidad de la Iglesia y para agradecerla. Y, en tercer lugar, esta solemnidad nos recuerda que la Iglesia está llamada a un destino eterno, que estamos llamados a encontrarnos todos en la patria del Cielo, que estamos llamados al gran banquete.
Que la Iglesia no existe únicamente para mejorar las condiciones de vida de la sociedad en esta tierra, sino que estamos llamados para la comunión eterna con el Dios eterno y para el gozo perfecto que no se encontrará jamás en esta tierra. Vocación de cielo, vocación de eternidad, ese es el tercer recordatorio que tiene esta hermosa solemnidad. Así que gózate conmigo, celebremos la solemnidad de todos los santos y recuerda, como bien nos lo decía el Concilio Vaticano II, todos llamados a la santidad. Vocación universal a la santidad, vale para ti, vale para mí. Amén.

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