Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Las bienaventuranzas nos recuerdan el llamado a la excelencia pero también la espiritualidad propia de los Pobres de Yahvé.

Homilía tsan025a, predicada en 20211101, con 8 min. y 36 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, en esta bella solemnidad de Todos los Santos, creo que brilla especialmente la virtud de la esperanza. Lo observamos en la primera lectura, cuando se nos habla de una multitud incontable que se ha renovado completamente por el poder de la sangre de Cristo. Sus vestiduras, como en el día de la transfiguración de Cristo, son refulgentes, brillan con la luz de Dios. Una multitud inmensa que nos habla del inmenso triunfo, de la inmensa victoria de Cristo, el que padeció y resucitó.

La virtud de la esperanza aparece también en la segunda lectura, que fue tomada de la primera carta de Juan: «Ya somos hijos de Dios, no se ha manifestado todavía lo que seremos. Cuando se manifieste, seremos, es tiempo futuro, seremos semejantes a Él». Esta, pues, es una hermosa fiesta que nos invita a la virtud de la esperanza, a creer que Dios lo puede. No hace mucho, en algún Evangelio, aparecía el desconcierto de los discípulos que le decían a Cristo: «Pero, ¿quién puede salvarse?» Y Cristo mirándolos fijamente, capítulo décimo de San Marcos, les dice: «Para los hombres es imposible, pero Dios todo lo puede».

Hoy, hoy es el día para afirmarlo, Dios lo puede, Dios puede transformar nuestras vidas, Dios puede tomar nuestro barro y puede colmarlo del regalo de su Espíritu. Dios puede hacer santos y santas en medio de nosotros, y sin duda lo sigue haciendo. Cabe una pregunta, entre tantos textos de los Evangelios ¿por qué este texto de las bienaventuranzas? Evidentemente, en las bienaventuranzas aparece un rasgo de heroísmo que es una de las características de la santidad cristiana. Por eso, en los procesos de canonización hay que examinar si hubo virtud, pero no cualquiera, sino virtud heroica.

Yo tuve ocasión de colaborar en cierto punto, en el proceso de canonización de Madre Sara, la fundadora de las Nazarenas, y para mí fue una oportunidad realmente providencial, un regalo muy grande, porque ver de cerca cómo se hace un proceso de estos, le enseña a uno mucho. Uno de los exámenes principales es el examen en la virtud y concretamente en las 7 grandes virtudes que tienen tanto valor en la vida cristiana. Las 4 virtudes humanas: prudencia, justicia, fortaleza, templanza y las 3 virtudes teologales.

Y la pregunta que se hace en un proceso de canonización es ¿en dónde se vio que esta persona tenía un amor sobresaliente, heroico a la justicia, por ejemplo, en dónde se le notó eso? ¿Cuáles son las señales específicas de que eso es así, en dónde se le notó la fortaleza, en qué momento se vio que había una caridad heroica? Entonces, las bienaventuranzas, por una parte, nos están poniendo en esa clave de la virtud sobresaliente, de la virtud heroica. Se nota, por ejemplo, cuando dice de los que tienen hambre y sed de la justicia, de los que son misericordiosos, de los que trabajan por la paz, de los que son perseguidos.

Está esa dimensión heroica de la santidad que no se debe perder de vista. Y no se debe perder de vista, porque cuando nos descuidamos del heroísmo, automáticamente nos acomodamos en la mediocridad y empezamos a justificar nuestros pecados, o como se dice en este país, a taparnos todos con la misma cobija. Usted es mediocre y tiene sus vicios, yo soy mediocre y tengo los míos. No se meta conmigo, yo no me meto con usted. Este llamado a la excelencia, este llamado al heroísmo, es como un acicate, es un despertador que hay que recibirlo.

Pero también, hay otra dimensión en las bienaventuranzas y es un cierto toque de absurdo. Y ese toque de absurdo no hay que quitárselo a este día donde hablamos de la santidad. El toque de absurdo aparece, por ejemplo, en aquello de dichosos los pobres, dichosos los sufridos, dichosos los que lloran. Y estas son las 3 primeras bienaventuranzas, lo cual indicaría una cierta prelación con respecto a las demás. La santidad tiene algo de absurdo, como es absurda la cruz de Cristo. La santidad tiene algo de absurdo, como es absurdo que el maestro y el Señor lave los pies a los discípulos.

La santidad tiene algo de absurdo, como es absurdo el anonadamiento del Señor que lo perdió todo para enriquecernos con su pobreza, como dice San Pablo. Entonces, esa es otra dimensión que hay que considerar aquí, que la santidad tiene algo de lo que nos enseña San Pablo en primera Corintios. Siempre la santidad va a aparecer como un escándalo y como una necedad. Él lo dice: Escándalo para los judíos, necedad para los griegos. Pero la santidad tiene eso, eso de luchar por la generosidad, por la pureza, por la oración, por la humildad, siempre será un poco absurdo a los ojos del mundo.

Siempre a los ojos del mundo preferir el camino de Dios será escoger la puerta estrecha, la cuesta empinada. Así que ese elemento absurdo no hay que quitárselo. Pero es que, además, éstos, los pobres en el espíritu, los sufridos, los que lloran, tienen antecedentes en el Antiguo Testamento. Efectivamente, el retrato que presenta Cristo aquí es el retrato de los pobres de Yahvé, es decir, de aquellos que después del castigo terrible del destierro, aprendieron a decepcionarse de los poderes de este mundo y, sobre todo, a decepcionarse de sí mismos.

No se puede entrar en el camino de la santidad si uno está fascinado por las veleidades, los honores, los placeres o las ventajas que ofrece el mundo. Es necesario entrar por ese camino de decepción que es el propio del remanente, el propio del resto, del pequeño resto. Es lo propio de aquellos a quienes Isaías llama el germen. Es necesario estar dispuesto, como los pobres de Yahvé, a pertenecer a ese grupo. El grupo de los descartados, el grupo de los que no cuentan para que se cumpla en nosotros la palabra de San Pablo, Dios ha escogido a los que no cuentan para eliminar a los que creen que cuentan.

Demos gracias a Dios por esta solemnidad que nos invita a la esperanza y sigamos esta celebración con una convicción total. El único santo es Cristo y de su santidad participamos nosotros en la medida en que abrimos nuestro corazón con fe y obediencia a su Evangelio. Amén.

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