Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Lo único que detiene tu camino a la santidad

Homilía tsan021a, predicada en 20191101, con 11 min. y 53 seg.

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Transcripción:

Hermanos queridos, la Constitución Lumen Gentium, cuando se refiere a nosotros los religiosos, sitúa nuestra vida consagrada no tanto en la estructura jerárquica de la Iglesia, sino en la santidad de la Iglesia. Nuestra vida entregada a Dios está llamada a ser una muestra, una anticipación, un ejemplo que mueva al resto del pueblo de Dios en la línea de la santidad. Por supuesto, conociéndose uno a sí mismo y conociendo la comunidad, descubrimos que estamos quizás lejos de ese ideal, pero sigue siendo la palabra autorizada de la Iglesia para nosotros, y eso no debemos olvidarlo.

La santidad tiene definiciones cortas y muy bellas, pero es bueno preguntarnos qué hace falta para que esas definiciones que están tan hermosas en el papel, se hagan igualmente realidad en nuestra vida. Entre las definiciones cortas podemos tomar aquello de amar a Dios y al prójimo. Esta, que es expresión del mismo Cristo, es el resumen perfecto de la santidad. Eso es lo más importante, eso es lo que hay que hacer todos los días amar a Dios, amar mucho a Dios sobre todas las cosas, amar al prójimo como a uno mismo. Luego tenemos otras expresiones, por ejemplo, hacer realidad el Evangelio.

¿Quiénes son los santos? Son aquellos que vivieron el Evangelio. Otra definición, aquellos que realmente siguieron a Jesucristo. Teresa de Jesús dice: Los amigos fuertes de Dios. Si estas definiciones son atractivas y simples, ¿en dónde está el obstáculo? Claramente, el obstáculo está en el pecado, claramente, el obstáculo está en la tentación, y claramente está en aquella palabra que utiliza la primera lectura de hoy del Apocalipsis, la tribulación. Porque, aunque sea sencillo hablar de la santidad, la santidad siempre es un milagro, siempre es algo extraño.

Dice el apóstol San Pablo: Nosotros ponemos nuestros ojos en lo que no se ve, y eso es lo que hace extraña la santidad. La tentación, el pecado siempre nos están presentando lo inmediato, siempre nos están prometiendo lo que uno puede disfrutar, lo que uno puede poseer, lo que uno puede usar ya. La tentación se aprovecha de que el deseo que nosotros tenemos parece aumentar si el objeto de deseo está cercano. Siempre me ha llamado la atención que en el capítulo tercero del Génesis, cuando la serpiente le habla a la mujer, lo que le promete la serpiente es lo mismo que Dios quiere para nosotros.

La gran promesa de la serpiente es: Seréis como dioses. Y si usted lee la primera carta de Pedro, se encuentra que eso es lo mismo que quiere Dios de nosotros. Efectivamente, dice este apóstol, nosotros somos partícipes de la naturaleza divina. Y en el capítulo 17 de San Juan, nuestro Señor dice: Quiero que donde yo esté, estén ellos. Y habla de nosotros en el capítulo 15 como ramas de él mismo. Y también dice: Permanezcan en mí, y yo permanezco en ustedes. O sea que esa comunión que llega incluso a hacernos partícipes de la naturaleza divina, ese es el plan de Dios.

Y la serpiente le dice a la mujer y luego dice a toda la humanidad lo mismo que Dios quiere. Pero la serpiente propone un camino más rápido, un camino más sencillo, un camino sin esfuerzo, y esa es la tentación. Santo Tomás dice que uno no puede dejar de querer el bien, que uno siempre está queriendo el bien, que hay un acto voluntario, no escogido, oiga eso, un acto voluntario, pero no escogido, no todo es escogido en la voluntad. El acto voluntario no escogido es el deseo del bien, del mayor bien posible. Y la tentación siempre se sitúa en la línea de presentar atajos, caminos diferentes, más sencillos, más intensos, con menos obstáculos, con menos esfuerzo.

Y es ahí donde uno cae. La serpiente promete lo mismo de Dios, pero lo promete de otra manera, repito, más rápida, con menos esfuerzo, con menos tiempo. Y de ese modo, uno puede sentirse atraído. Es el mismo bien, pero presentado de otra manera, y ese es el obstáculo que nos frena en la santidad. La santidad siempre es un atentado contra las virtudes teologales. En primer lugar, contra la fe, precisamente por lo que acabamos de decir. Creer el asunto de la puerta estrecha es muy difícil porque parece que la puerta ancha va para el mismo lugar.

¿Por qué tengo que esforzarme, por qué tengo que negarme, por qué tengo que posponerme si ya podría tener lo que quiero? Entonces, es necesaria esa fe, es necesaria, es necesario un acto de confianza en Dios para decir: Aunque esté la puerta ancha, voy a escoger la puerta estrecha. Aunque todo el mundo vaya por otro lado, el camino al que el Señor me llama es este. Aunque el mundo aplauda otras cosas, lo que agrada a Dios es esto. Para hacer esa escogencia de una manera consciente, perseverante, amorosa, se necesita algo más que nuestra sola voluntad.

Se necesita realmente la gracia de Dios, es imposible para el ser humano escoger continua, consciente y perseverantemente ese bien que, de algún modo, es invisible y que es arduo. Por eso, la tentación es siempre tentación contra la fe. Es como si uno escuchara una voz que le dice: Mira, otros siguieron un camino difícil, pero tú vas a lograr lo mismo sin tanto esfuerzo. Creer en la voz del espíritu que lleva por ese camino que muchas veces es de renuncia, que muchas veces es sin aplauso, que muchas veces incluye persecución, eso requiere mucha fe y sin ella es imposible avanzar.

Toda tentación es una agresión y es un ataque contra la esperanza. La desesperanza es triste y es gris, pero es muy cómoda. Desesperar, por ejemplo, de un mejor futuro para la Orden es algo muy cómodo, porque de ese modo uno puede sentarse en su mediocridad y quedarse tranquilo. Todos somos unos mediocres aquí, entonces ya yo puedo fundirme en esa especie de fondo común y ya. Y ya no tengo que hacer nada más. Pero, contra nosotros esta aquella palabra que hemos oído hoy de la primera Carta de San Juan: «Todo el que tiene esperanza en Él, se purifica a sí mismo».

Si uno pierde esa esperanza, pues uno deja de luchar por su propia pureza y su propia purificación, sino simplemente se suelta y se queda en la mediocridad. Pero, sobre todo, toda tentación es un pecado, es una agresión contra el amor. Y como la misma carta de Juan dice: «En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero». El primer objetivo de la tentación es un disparo contra el amor de Dios. ¿En qué sentido? En el sentido de que uno no se sienta tan amado como uno es. Cada uno de nosotros ha sido espectacularmente amado, increíblemente amado gratuitamente, irreversiblemente amado, cada uno de nosotros.

Pero la tentación quiere que nosotros nos sintamos, no experimentemos, no vivamos ese amor, sino que más bien nos agachemos sobre los pequeños amores. Refiriéndose a este tema, dice San Agustín que el pecado es «aversio a Deo, conversio ad creaturas». Que Dios me ama, que Dios es amor. Sí, sí, sí, pero yo me quedo aquí con esto, esto pequeñito. Eso hace la tentación, es un rechazo al amor de Dios. Y por supuesto, después se convierte en un rechazo de nuestro amor hacia Dios. Entonces, amamos a Dios de una manera tibia, interrumpida, llena de dudas.

Y con ese amor así pobre y pequeño, pues luego es difícil, si no imposible, el verdadero amor al prójimo, el amor al prójimo se convierte en un amor de transacción. Mis hermanos, pidamos hoy con ganas, con fuerza, cada uno en su corazón, pidamos la gracia del Espíritu Santo. Cada santo es, no es solo es un hacedor de milagros, es un milagro. La santidad es un milagro continuado, es un milagro que sucede ante nuestros ojos.

Pidamos gracia, gracia abundantísima del Espíritu Santo, para que tengamos aquella fe que sabe escoger lo que parece absurdo, para que tengamos aquella esperanza que hace que uno realmente se purifique, como dice la primera Carta de San Juan. Y sobre todo, para que tengamos amor, porque como dijo San Juan de la Cruz, en eso seremos examinados en la tarde de la vida.

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