|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Para entrar en la ruta de la santidad pidamos al Señor la gracia de aferrarnos solo a Él y que separe nuestros corazones de las mentiras, poderes y placeres de este mundo.
Homilía tsan019a, predicada en 20181101, con 5 min. y 16 seg. 
Transcripción:
El 01 de noviembre, nuestra Iglesia Católica celebra la Solemnidad de Todos los Santos. Podemos decir que celebramos el milagro de la santidad en el cuerpo de Cristo. El Evangelio escogido para este día es el de las bienaventuranzas. ¿Quién puede entender las bienaventuranzas? Son textos que parecen contradictorios, por lo menos algunas de las frases que aparecen en ellos. Tal vez la que más choca es aquello de bienaventurados los que lloran, o es otro, los que tienen hambre y sed de justicia, los insatisfechos.
No es fácil comprender las bienaventuranzas, pero indudablemente la Sagrada Escritura nos pone en la ruta correcta. Las bienaventuranzas son una clave de lenguaje, una especie de código o puente de corazones. ¿A quiénes habla Cristo en las bienaventuranzas? Cristo habla a aquellos que el Antiguo Testamento llama el pequeño resto, el pequeño resto. Es decir, Cristo habla en las bienaventuranzas a aquellos que se han desengañado de los poderes de este mundo y que han aprendido a aferrarse a Dios.
El que ya no le cree a nada, pero se apega a Dios, el que ha limpiado su corazón de idolatrías, incluyendo las idolatrías del propio avance, de la propia victoria y de la propia expansión. El que se ha librado de esas idolatrías y busca con sencillez de corazón el Reino de Dios, ese entiende las bienaventuranzas. Los israelitas no llegaron a ese estado de ánimo, a ese nivel de espiritualidad, no llegaron a través de muchos estudios y reflexiones. Fue la historia, la historia dura, la historia contundente, la historia que golpea, por ejemplo, la historia del destierro.
Ver que la dureza de corazón de aquellos tiempos, lo que produjo finalmente fue el destierro. Haber experimentado la dureza del destierro, obligó a los judíos a entender que esa rebeldía, que esa desobediencia, que ese ponerse por encima de, no va a ninguna parte, así llegaron, bendito sea Dios, así llegaron a desencantarse, a deshacerse, a desembarazarse de los ídolos de este mundo. No todos, indudablemente, pero un grupo considerable. Y son esas personas las que entienden el valor de un llanto, el valor de un descontento, el valor de no creerle a la violencia, el valor de buscar la paz que solo Dios puede conceder.
Fueron ellos, fueron ellos los que pudieron decirlo. Y ahora, unamos los puntos. La Iglesia celebra la santidad que Cristo le ha concedido, la Iglesia propone el texto de las Bienaventuranzas. El texto de las Bienaventuranzas lo comprende correctamente aquella persona que se ha desencantado de los ídolos de este mundo, junta todo eso y ¿qué tienes? La única conclusión posible es que el camino de la santidad es el mismo camino de los pobres de Yahvé, es el mismo camino del pequeño resto, es el mismo camino de aquellos que se han desilusionado.
Pero hay que pedírselo a Dios, tal vez sea la oración más extraña que me has oído en mucho tiempo, que has oído en años. Pídele a Dios: desengáñame, desilusióname, desilusióname de las mentiras de este mundo, desilusióname de los ídolos de este mundo, desilusióname de los aplausos, poderes y placeres de este mundo. Separa mi corazón de toda esa falsedad y permite, Señor, que mi corazón se aferre a ti. Entonces, solo entonces podremos decir que estamos en la ruta de la santidad.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|