|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Al contemplar el triunfo de los santos vemos en ellos que el Evangelio se hizo vida, nos dan esperanza porque su esfuerzo dio fruto y contamos con la eficacia de su intercesión.
Homilía tsan018a, predicada en 20171101, con 5 min. y 33 seg. 
Transcripción:
El 01 de noviembre, nuestra Iglesia Católica celebra la Solemnidad de Todos los Santos. Podemos decir que esta fiesta litúrgica es una contemplación anticipada de la victoria de Cristo en todo su pueblo. Bien sabemos que nuestra santa Iglesia no se limita a lo que pueden ver nuestros ojos, es decir, esta Iglesia que peregrina en la tierra, la llamamos a veces Iglesia militante porque está en pleno combate espiritual.
Pero además de esta Iglesia que camina sobre la tierra, tenemos también a la Iglesia que, más allá del umbral de la muerte, necesita del auxilio de nuestras oraciones y sufragios, esa es la Iglesia purgante, aquella que está en ese estado de purificación. Los que están ahí, nuestros hermanos y hermanas que están en el Purgatorio, son hermanos nuestros en particular necesidad de caridad y de oración, y estamos unidos a ellos con vínculos que son tan reales y más reales que los que tenemos con las personas que pueden ver nuestros ojos sobre esta tierra. Entonces, esa será la Iglesia purgante.
Pero luego tenemos también la Iglesia triunfante, así llamada, porque es en la que brilla el triunfo de Cristo. Y esta Iglesia triunfante es la que se recuerda, es la que se celebra particularmente el 01 de noviembre en la fiesta de Todos los Santos. Pero resulta que el camino de nuestra raza humana sobre esta tierra no es infinito. El Señor Jesús vuelve en algún momento, no sabemos cuándo. Para algunas personas, su retorno estaría supremamente próximo. Otras personas quizás somos más mesuradas y decimos: Solo Dios lo sabe, pero quizás los signos no son para un retorno inmediato, inmediato, eso no es lo más importante.
Lo más importante es saber que el Señor vuelve y que el camino de la historia de la humanidad llegará a su culminación en un determinado momento. Eso quiere decir que tanto la Iglesia purgante, como la Iglesia militante en algún momento terminarán su propio peregrinar. Y en ese sentido, lo único que quedará para siempre es la expresión viva de la santidad que encontramos en la Iglesia triunfante. O sea que al ver a esta multitud de santos, hombres y mujeres, al verlos, al descubrirlos, al celebrarlos, nosotros estamos asomándonos a nuestro propio futuro.
Estamos asomándonos a nuestra vocación más particular y estamos asomándonos también al fruto de todos nuestros esfuerzos. La contemplación anticipada de ese triunfo nos hace muchísimo bien, por lo menos en tres órdenes distintos. En primer lugar, porque cada santo es como una página de la Biblia, como una página del Evangelio, podría yo decir. La gracia, la hermosura del Evangelio está en las páginas de la Biblia, está en las páginas de la Escritura. Pero ese Evangelio vivido en las más diversas circunstancias históricas, se vuelve también como una página que podemos leer.
Entonces, en los padres de familia, en niños pequeños como Jacinta y Francisco, en mártires que todo lo padecieron por Cristo como un diácono San Lorenzo, en los santos ermitaños, como por ejemplo Pablo, Pablo así llamado, Pablo el Ermitaño, en los santos fundadores, como un San Ignacio de Loyola, cada uno de ellos hizo tan suyo el Evangelio que se convirtió en evangelio para nosotros. En segundo lugar, la Iglesia triunfante nos presta un gran servicio, porque ellos son luces de esperanza. Ellos tuvieron que padecer muchas cosas, tuvieron que luchar con sus propios defectos y malas tendencias, tuvieron que buscar a tientas, se equivocaron también.
El esfuerzo suyo no cayó en el vacío sin embargo, sino que todos esos esfuerzos ungidos por la gracia divina han dado al final un fruto precioso. Y ese es un mensaje de esperanza muy grande para nosotros, los que todavía tenemos tantas luchas. Además, y este es el tercer elemento, los santos nos ayudan porque su intercesión es real. Es decir, la muerte no es simplemente la desaparición, así piensan los ateos, así piensan los que no creen en Dios, murió significa se desapareció, no. Murió significa que hay un modo nuevo de presencia.
Y, en el caso de los santos, es el nuevo modo de presencia, podemos decir que, deja sus brazos completamente extendidos para la caridad. Y por eso, una Santa Teresa del Niño Jesús decía: «Quiero pasar mi cielo haciendo bien en la tierra». O un santo como Domingo de Guzmán decía: «Les voy a ser más útil desde el cielo que lo fui en la tierra». Eso es una belleza, eso está indicando que podemos contar no solamente con el ejemplo, sino con la eficacia de su intercesión. Alegrémonos, pues, en esta solemnidad. Ya sabemos, a recuperar la fuerza y la belleza de nuestra vocación y vida cristianas. Amén.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|