Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Los cristianos a pesar de nuestras limitaciones e incoherencias somos llamados y atraídos por Dios para vivir en plenitud con Él nuestra vocación última: la santidad.

Homilía tsan015a, predicada en 20151101, con 4 min. y 50 seg.

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Transcripción:

Cuando llega el domingo, mi saludo acostumbrado en estas breves reflexiones, siempre es: Feliz domingo para todos. Y creo que en ningún otro día es más apropiado ese saludo que hoy, cuando coincide el domingo con el 01 de noviembre, es decir, la fiesta de Todos los Santos.

Cuando decimos hoy feliz domingo para todos, también nos estamos recordando mutuamente que hemos sido ungidos con el mismo espíritu de santidad, que hemos sido iluminados con la misma Palabra que quiere llevarnos a plenitud y perfección y, sobre todo, que pertenecemos a una misma Iglesia, la cual al final de los tiempos habrá de presentarse sin mancha ni arruga, como novia bellísima de nuestro Señor Jesucristo. Feliz domingo para todos, nunca mejor dicho el domingo, el día del Señor, el domingo, el día de la Resurrección, el domingo, el día de la victoria.

Esas son las mismas palabras que deben resonar cuando recordamos nuestra vocación a la santidad. Pertenecemos a aquel pueblo que ha sido llamado a la vida a través de la nueva vida del Resucitado, pertenecemos a aquel pueblo nuevo que ha sido ungido con el poder del Espíritu de Pentecostés. Qué hermoso lo que nos dice el Apóstol San Pablo, en su carta a los Romanos, nos dice que, así como en otro tiempo utilizamos lo que teníamos, nuestro cuerpo, nuestro ser para servir al pecado, ahora renovados en Cristo, utilizamos todo lo que tenemos para servir a Dios.

Y si el fruto del pecado es la muerte, el fruto de una vida en santidad es la gloria y la comunión con Cristo. Qué bueno esta fiesta hacia el final del año, para recordarnos que, en Cristo está nuestra verdadera vocación. Para recordar que toda vida cristiana está llamada a una plenitud, así como se oye, la vocación a la santidad no es el privilegio de unos pocos, no es el privilegio de unos cuantos, quizás aquellos que se recluyen en los monasterios o aquellos que se internan en las espesas selvas para llevar con vigor el mensaje misionero.

Los misioneros, los mártires, los monjes, a todos nos alientan, pero el llamado a la santidad es para todos. La santidad es el fruto propio de nuestro bautismo. Si sembráramos un árbol y comprobáramos después de meses y meses que el árbol no crece. Si viéramos después de meses y meses que nunca tiene ni una flor ni un fruto, quedaríamos profundamente frustrados. Sabemos que la plenitud de ese árbol está en llegar a su estatura propia y está en ofrecernos las flores perfumadas y los frutos deliciosos, lo mismo sucede con la vida cristiana.

Un cristiano que no aspira a la santidad es como uno que quisiera convertirse en un aborto espiritual. Un cristiano que no busca la santidad le está diciendo a Dios: Quiero valerme de ti, quiero usarte, pero tú no cuentes conmigo. Un cristiano que no aspira a la santidad es un cristiano que está traicionando la voz de su propia conciencia, que siempre nos llama a ascender, ser mejores, llegar a esa altura, a esa estatura a la que Dios nos llama y para la cual nos creó.

Retomemos entonces impulso, viendo el magnífico mensaje de las bienaventuranzas en el Evangelio de hoy y, sobre todo, escuchando la voz del Señor en lo profundo de nuestro corazón, vamos a responder esta vez, vamos a decirle al Señor: Más allá de mis limitaciones, más allá de mis incoherencias, me siento llamado por ti, me siento atraído por tu mensaje de salvación. Y también yo, Señor, quiero llegar a esa plenitud a la que Tú me llamas. Así me lo concedas, Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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