Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El Pequeño Resto es el enlace precioso entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.

Homilía tsan014a, predicada en 20141101, con 16 min. y 6 seg.

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Transcripción:

Tomemos una enseñanza de cada lectura. La primera nos habla de un grupo, un grupo que el salmo describe con estas palabras: «Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor». Qué hermosa imagen de la Iglesia, qué manera tan bella de describir una comunidad religiosa. ¿Qué es lo que ha de ser la Iglesia? El grupo de aquellos que tienen sed de Dios, aquellos que están en camino. Pero su peregrinación tiene una meta, van al encuentro del Señor.

Qué bello recordar que estamos en camino, hay tropiezos, hay caídas, hay parajes oscuros, pero lo importante, nos lo ha recordado varias veces el Papa Francisco es, seguir en el camino. Esperar un camino sin tropiezos es fantasía, pero lo importante es seguir en camino, porque somos el grupo que busca al Señor. Y ese grupo aparece en esa primera lectura ya celebrando la victoria, esto nos da esperanza. Y de ahí pasamos entonces a la segunda lectura y a la segunda enseñanza de hoy.

La esperanza, nos han dicho varios Papas, la esperanza cristiana es una esperanza activa. Activa quiere decir que no es simple espera, la esperanza no es simple espera, no es simplemente aguardar. El que tiene el don de la esperanza está trabajando, ¿en qué? Nos lo cuenta la segunda lectura dice: «Todo el que tiene esperanza en Él, se purifica a sí mismo». Entonces, ¿en qué tengo que trabajar? Pues tengo que trabajar en la purificación, purificación de la intención, purificación de la mirada, purificación del corazón, purificación de nuestras manos.

Dice en algún lugar San Pablo: Quiero que en todas partes la gente levante sus manos a Dios, manos libres de pecado. ¿Qué has hecho con tus manos, qué has hecho, para qué has usado tus manos, para qué te han servido? Si no han servido para la gloria de Dios, si las has utilizado en las obras de las tinieblas, hay que purificar esas manos, sobre todo a través del sacramento de la reconciliación, como muchos han hecho en este retiro, y utilizando después nuestras manos todo nuestro ser para la gloria divina. La esperanza no es simple espera, hay que trabajar en la purificación.

Otros pasajes de los Evangelios describen esa purificación como el que se prepara para un banquete, como el que se prepara para recibir al novio que regresa de unas bodas, como el que se prepara para darle cuentas al dueño, al dueño de la viña. Entonces, hay que prepararse, hay que tener en mente, lo que hemos dicho varias veces en estos días de retiro, mi tiempo es limitado, hay que apresurarse y hay que servir al Señor con generosidad, con alegría, sabiendo que Él viene. La esperanza es activa, es el segundo pensamiento de hoy.

El tercer pensamiento lo tomamos del santo Evangelio, son las bienaventuranzas. Y para llegar a esta tercera idea, yo quiero formular una pregunta ¿de dónde saca Cristo las bienaventuranzas? Cuando uno mira la estructura del Evangelio, uno se da cuenta de dos cosas que parecen contradictorias. Primera, que las bienaventuranzas tienen un lugar muy central, este es el comienzo del discurso más importante de Cristo en toda la Biblia, se llama el discurso del monte o el Sermón de la Montaña, ocupa 3 capítulos enteros del Evangelio según San Mateo.

Se ha llamado a este Sermón del Monte algo así como la constitución fundamental del cristianismo. Y dentro del Sermón del Monte está clarísimo que las bienaventuranzas son el pórtico supremo. O sea, uno se da cuenta de que este texto es muy importante, pero lo paradójico es que uno se pregunta de dónde vienen estas palabras del Señor que son tan extrañas, a poco que uno las analice. Porque hay que llamar dichosos, por ejemplo, a los sufridos, a los que tienen hambre y sed, porque hay que llamar dichosos a los que lloran, esto parece muy extraño.

O sea que por una parte es un pasaje importantísimo, pero por otra parte es un pasaje que tiene una cierta penumbra, no es inmediatamente evidente qué es lo que quiere decirnos. Por eso, la pregunta ¿de dónde saca Cristo esto de las bienaventuranzas? Si hacemos la comparación con el texto de San Lucas, Mateo tiene sus bienaventuranzas en su capítulo 5, Lucas tiene sus bienaventuranzas en el capítulo 6, para quienes quieran profundizar en este tema.

Nos damos cuenta que una de las principales diferencias entre la recensión de Mateo y la de Lucas es que, en el caso de Lucas, las bienaventuranzas están dedicadas a personas específicas. Aquí Mateo dice: Dichosos los pobres. En cambio, en Lucas dice: Dichosos vosotros los pobres. Como que Cristo está dirigiéndose a un grupo específico, esta es una pista que no debemos dejar perder. Otra pista tiene que venir necesariamente del hecho de que la revelación es progresiva. Es decir, Dios ha ido dejando conocer su misterio y su plan poco a poco.

Y si nosotros entonces nos vamos al Antiguo Testamento, encontramos que hay toda una secuencia y lo que ha sucedido en los últimos siglos antes de Cristo, ¿qué es? Lo que ha sucedido es el destierro. En el siglo VI viene el destierro, donde el pueblo realmente pudo beber el cáliz mismo de la muerte. Y nos damos cuenta que después del destierro, el pueblo quedó gravemente diezmado, no solo en términos de cantidad, sino también de calidad. Esto nos lo recuerda el profeta Nehemías cuando recorre las murallas y se da cuenta de que así como están las murallas, así está el pueblo, está decaído, está disminuido.

Pero luego, encontramos una serie de textos que nos hablan del renacer después del destierro. Y lo más interesante es que después del destierro, lo que Dios hace no es devolver la película, como quien dice, fue un momento malo, pero todo sigue como siempre, como dicen en inglés business as usual. No, lo que Dios hace no es devolver la película, sino que nos habla de un pequeño resto, nos habla de un germen, nos habla de un nuevo comienzo, nos habla de un nuevo templo y de una nueva alianza. Y el nuevo templo, la gloria del nuevo templo va a ser superior a la gloria del antiguo templo.

Pero, sobre todo, creo que es muy interesante aquello del pequeño resto, porque ese pequeño resto tiene exactamente las características de las bienaventuranzas. Entonces, me parece que el descubrimiento más importante en términos de la relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento es la frase que acabo de decir. Podemos decir que el Antiguo Testamento alarga sus manos buscando al Mesías, y la última extensión de esas manos es el pequeño resto, el pequeño resto, los Anawim, los pobres de Yahvé. Son las manos extendidas del Antiguo Testamento buscando la esperanza.

Y ¿qué características tiene ese pequeño resto? Son aquellos que han padecido, han llorado, han sufrido. Oye, de repente este texto se ilumina, el de Mateo. Me doy cuenta que lo que se describe aquí es el pequeño resto. Mira, son los que han llorado, los que han sufrido, los que tienen hambre y sed de justicia, esas tres características están muy claras. Pero hay mucha gente en esta tierra que ha llorado, sufrido y tiene hambre y sed de justicia. Pero hay otra característica, el pequeño resto está constituido por aquellos que, habiendo padecido, han aprendido a no fiarse de sí mismos, sino a poner toda su confianza solamente en Dios.

Y por eso, estos son los limpios de corazón, los que verán a Dios, estos son los pobres en el Espíritu. Pobres porque están despojados de muchas cosas, la vida los ha despojado de muchas cosas, pero ellos también se han desprendido de muchas cosas, porque no confían, no confían, es decir, son obedientes a lo que dijo Jeremías: Dichoso el que confía en el Señor, maldito quien confía en el hombre. Es decir, que es importante aprender a confiar en Dios, pero también es importante aprender a desconfiar del ser humano ¿en qué sentido?

En el sentido de saber que el ser humano es frágil, que el ser humano falla, que el ser humano decepciona. Hay una sana desconfianza, una sana desconfianza del ser humano que no es suspicacia y que no es distancia, sino que es la simple conciencia de que solo Dios es firme y que todo ser humano, tarde o temprano nos va a decepcionar. Y ustedes se darán cuenta que cada vez que uno tiene una persona y la sube y la sube y la encumbra, después esa persona lo decepciona a uno, tarde o temprano eso sucede, el ser humano decepciona.

Entonces, los del pequeño resto son aquellos que se han desprendido de lo que el mundo considera valioso, prestigioso, honorable. No, no, no, a mí esas cosas no me convencen, los muchos aplausos, los muchos recursos, el mucho dinero, las alianzas con los poderosos. Poco, muy poco le creo yo a esas alianzas. ¿Por qué? Porque he pasado por el destierro y me doy cuenta después del destierro, me doy cuenta de que las grandes alianzas no necesariamente son prueba de fidelidad ni son garantía de que uno va a permanecer incólume.

Así que el pequeño resto es pobre, el pequeño resto son aquellos que son perseguidos por causa de la justicia, es decir, son perseguidos por causa de ser justos, sería una traducción más correcta, no es porque sean injustos, sino lo contrario, son perseguidos por ser justos. Me parece que ese descubrimiento es muy interesante, por eso lo estoy compartiendo. Jesús no saca las bienaventuranzas de la nada, Jesús saca las bienaventuranzas de la realidad del pueblo al que Él pertenece. Y son esos los pobres de Yahvé, los Anawin, el germen del que habló Isaías. Eso, eso pequeñito, ese pequeño pueblo es el puente entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.

¿Conocemos personas de ese pequeño resto? Claro que sí. Por ejemplo, conocemos a un viejito llamado Simeón. Este ancianito había recibido del Espíritu Santo la promesa de que no moriría sin ver al Mesías. Por eso, Simeón es como la extensión del Antiguo Testamento, este hombre que era muy anciano. Hay unas leyendas interesantes, son leyendas, unas leyendas interesantes sobre Simeón. Nadie sabía la edad de Simeón, pero había quienes decían que tenía decenas y decenas de años. Hay una tradición que dice que Simeón tenía más de 200 años.

Ese número exagerado ¿qué quiere decir? Que es aquella persona que ha prolongado y prolongado su vida, porque ha prolongado y prolongado su esperanza, porque se ha sostenido en la esperanza, es la esperanza lo que lo ha conservado vivo. Qué decir de Simeón, sino que es como una mano extendida del Antiguo Testamento tratando de tocar a Jesús, ese es el pequeño resto, ese es Simeón. Otra señora, de casada alcanzó a vivir 7 años en matrimonio, luego se le murió el esposo y ella se dedicó únicamente a hacer ayunos y oraciones, y no se apartaba del templo. Y hablaba del niño porque se encontró con Jesús a todos los que entraban ahí.

Bueno, ustedes no se han preguntado, ustedes que son gente que estudia teología y estudian muchas cosas, hacen diplomados y todo eso, ustedes no se han preguntado qué pasó con esa, con esa evangelización, Ana era evangelizadora, pero nadie le puso cuidado a Ana. ¿Por qué? Porque la gente desprecia a las viejitas y consideran que era una viejita loca. Entonces, Ana hablaba y hablaba del niño y el Mesías. Sí, sí, sí, tranquila, no te preocupes, sí claro, el Mesías, quien no quiere el Mesías. Tranquila, tranquila. No se te olvide dormir tu noche completa. Chao, chao, chao, chao.

Nadie le creyó a Ana. ¿Pero qué es Ana? Ana es manos extendidas del Antiguo Testamento. Sin embargo, los dos grandes personajes del pequeño resto son María y José. María es la perfecta síntesis de la espiritualidad del pequeño resto, como lo describe Sofonías. Y María es la que puede vivir y entender mejor estas bienaventuranzas. Jamás se te olvide ¿de dónde salen las bienaventuranzas? Salen del pequeño resto, salen de todo ese camino del Antiguo Testamento que tiene tantas humillaciones, pero que finalmente se abre a la esperanza, a la total confianza en Dios.

¿Podemos hacer nuestra esta espiritualidad? No solo podemos, debemos hacer nuestra esta espiritualidad, porque es la espiritualidad del que sabe cómo es el ser humano, pero sabe cómo es el ser divino, sabe cómo es el hombre, sabe cómo es Dios. Realistas para saber que el ser humano decepciona y, sin embargo, felices y esperanzados, porque sabemos que más allá de las decepciones que nosotros causamos, está un Dios que es potente en su amor compasivo y transformante en el don de su Espíritu.

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