Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Las bienaventuranzas marcan un camino: (1) Reconocer la propia indigencia; (2) Realizar el bien concreto en la vida del hermano; (3) Vivir la persecución en unión con Cristo.

Homilía tsan012a, predicada en 20121101, con 9 min. y 9 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, con el Salmo hemos repetido: «Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor». Es una hermosa descripción de lo que es la Iglesia. Un grupo que avanza, que camina, que peregrina y que busca la presencia del Señor. Y precisamente, la santidad, que es motivo principal de nuestra celebración hoy, es eso, estar, vivir y avanzar hacia la presencia del Señor. Si hay algo que tienen en común todos los santos, es eso precisamente, que viven en la presencia de Dios.

Y en ese caminar, la primera lectura nos presenta una especie de paradoja, gente que está vestida de blanco, señal de la gloria, pero que ha blanqueado su vestidura en el rojo de la sangre. O sea que este es un rojo que produce blanco, ¿cómo se explica eso? Le preguntaban una vez a Sor Lucía, una del grupo de tres que presenció las apariciones de Fátima, le preguntaban sobre la presencia y aspecto de la Virgen, sabemos que la Virgen de Fátima se representa con vestidura blanca.

Y explicaba Sor Lucía que el vestido de la Virgen no era el blanco propiamente, Ella estaba vestida de luz. Lo más parecido que tenemos en los colores de esta tierra a la luz es el blanco. O sea que estos, los del Apocalipsis, están vestidos de luz. Y allí es donde se explica el misterio del rojo y el blanco. El rojo, por supuesto, es el de la sangre de Cristo, sangre que también se derrama desde las venas de los mártires, es la misma sangre. Y la sangre de Cristo declara el amor de Dios, la sangre de Cristo declara que estamos perdonados, la sangre de Cristo declara que el demonio está derrotado.

La sangre de Cristo informa que hay una esperanza firme, y la sangre de Cristo nos envuelve con la noticia del amor y nos invita a amar. Por eso, esa sangre es luz, porque nos dice todo eso. Se dice que la sangre es escandalosa. Pues bien, con el escándalo saludable, con el impacto saludable que tiene la cruz de Cristo, todo esto, toda esta luz ha llegado a nosotros. Y entonces, los santos del Apocalipsis son los que se han dejado iluminar por esa sangre, y por eso están vestidos de luz como la Virgen, y por eso las vestiduras blancas.

El Evangelio nos cuenta cuál es como la constitución de ese pueblo que avanza, el del Salmo: «Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor». Así como España tiene su constitución y prácticamente todo país en el mundo tiene una constitución fundamental, una constitución política que es ley primera del país, así también las bienaventuranzas son como la constitución de ese grupo que busca la presencia del Señor. Sabemos que ese texto está prácticamente al comienzo de la predicación de Cristo, en el Evangelio de Mateo capítulo 5. Y podemos ver a quiénes llama dichosos el Señor Jesús.

Pero antes de eso, fijémonos en esa palabra dichoso, ese es el sentido original de la palabra beato. «Beatus» en latín significa eso, feliz, la beatitud es la felicidad. O sea que la santidad es un asunto de encontrar la verdadera beatitud, es un asunto de centrarse y buscar la verdadera felicidad, la que no engaña, la que permanece para siempre. Entonces, cuando decimos del beato Mánes o de la beata Juana, estamos diciendo: Mánes, es el muy feliz porque encontró a Dios, porque vivió con Dios. Juana, la muy feliz porque participó de la bondad de Dios.

Y Jesús nos dice en las bienaventuranzas en dónde está esa felicidad verdadera. Examinando con algún detalle esas expresiones del Señor, encontramos que llama felices a los que reconocen sus carencias, llama felices a los que buscan un bien durable para los demás y llama felices a los que son perseguidos precisamente por buscar ese bien. Pues ahí está la receta, ahí está el camino para el grupo que busca la presencia del Señor. Reconocer las limitaciones de uno, la necesidad profunda de uno, y todos la tenemos. El que menos, pues, tendrá la necesidad de salud o tendrá la necesidad de compañía o tendrá la necesidad que viene con la edad.

No hay en esta tierra ser humano que no pase sin necesidad, sin indigencia. Las cosas pueden cambiar de un lugar a otro. En algunos lugares hay una necesidad de seguridad, de defensa, porque hay una terrible inseguridad, hay secuestro, hay violencia, hay guerrilla, así pasa en mi país. En otras partes, pues la gente no sufre de eso, no es eso lo que le hace sufrir, pero sufren porque están solos, por ejemplo, porque la familia hace rato no voltea a mirarlos, porque tienen angustia, porque miran su futuro y lo ven en la penumbra y en el temor.

Entonces, por ahí empieza, por reconocer uno la indigencia propia para reconocer a Dios como capaz, como único capaz de llenar esa indigencia. Y luego está el buscar el bien, lo cual aparece claramente en aquellos que son misericordiosos y en los que trabajan por la paz. En eso sí que se distinguieron los de la familia de Domingo, la misericordia fue proverbial en Santa Juana de Aza y la búsqueda de la paz en Domingo y en tantos de sus hijos y de sus hijas. Entonces, segunda parte de la receta para la santidad.

La primera parte es: reconoce tu necesidad y reconoce a Dios capaz de llenarla. Segunda parte: Haz el bien, produce bien, genera bien en otros. Que no se te pase el tiempo sin amar a Dios, me decía uno de mis confesores cuando yo era joven. Y tercero, que cuando llegue la persecución, que siempre llega, pues que en ese momento permanezcamos no solo firmes, sino también gozosos, porque estamos participando, estamos comulgando del mismo que derramó esa sangre que da luz, esa sangre que ilumina.

Que Dios, en esta fiesta tan hermosa, nos anime a vivir en su amor, pero primero a recibirlo. A vivir en su gracia, pero primero a acogerla. Y a vivir en su Palabra, pero primero a escucharla. Amén.

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