Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La fortaleza y la perseverancia para ser santos se encuentran en Jesús Eucarístico.

Homilía tsan008a, predicada en 20091101, con 29 min. y 51 seg.

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Transcripción:

Hermanos, nuestra Iglesia Católica celebra el 01 de noviembre la fiesta de Todos los Santos, que es como decir la fiesta de la santidad de la Iglesia. Una de las características de la Iglesia, una nota propia suya es la santidad. En el Credo decimos: Creo en la Iglesia que es una santa, católica y apostólica. Así como la Iglesia es una, así también es santa y es católica y es apostólica, es decir, basada en el cimiento firme del testimonio de los apóstoles.

Y estos días aquí en Chiquinquirá, hemos estado reflexionando en la santidad de un hombre fascinante, atractivo, cercano a nuestras necesidades de amable y dulce carácter, Martín de Porres. Cada día hemos tomado un aspecto de la vida de San Martín. Hoy queremos referirnos a su unión con Jesucristo, especialmente en el misterio de la Eucaristía. Y es una coincidencia muy hermosa que siempre la fiesta de San Martín nos lleva a través de esta fiesta de Todos los Santos, porque, por supuesto, la novena de San Martín de Porres tiene que pasar por esta fecha también.

Y así, la santidad de Martín nos ayuda a recordar que todos nosotros hemos sido llamados desde el mismo momento en que fuimos creados, fuimos llamados a ser santos, la santidad es la condición de aquellos que están cerca de Dios. En el cielo nada entra que sea impuro o manchado, el cielo es el lugar de Dios, el cielo es el lugar donde Dios reina con toda su fuerza, con toda su majestad. El cielo es el destino natural de cada uno de nosotros, fuimos creados para el cielo, fuimos creados para vivir en Dios, con Dios, ante Dios y para Dios.

Pero resulta que los bienes que encontramos en esta tierra, los bienes pasajeros, los bienes creados, nos apartan a veces del Creador. El pecado consiste exactamente en eso, en preferir un bien menor y descartar un bien mayor. El bien menor es el bien creado, el bien de la criatura. El bien mayor es el bien increado, el bien del Creador. Bienes creados son, por ejemplo, los placeres de esta tierra, o el dinero o el honor que nos pueden dar otras personas o las comodidades o posesiones que reunamos. Todos esos son bienes creados, y por amor a los bienes creados, posponemos la voluntad del Creador, lo dejamos en segundo lugar, o a veces en tercero o último lugar.

Preferir los bienes creados, dejando al Creador de todo bien, eso es el pecado. Pero el pecado tiene poder sobre nosotros, y aquí tenemos que preguntarnos ¿por qué sucede así? A ver, si a uno le pusieran al frente una mesa y en esa mesa hubiera dos bolsas con dinero, la una que tiene, por ejemplo, veinte mil pesos y la otra que tiene veinte millones de pesos, quién sería tan tonto de quedarse con el bien menor y descartar el bien mayor. Entonces, tenemos que preguntarnos ¿cuál es ese misterio?

¿Por qué nosotros sí hacemos eso, por qué nosotros preferimos bienes menores desobedeciendo y contradiciendo la voluntad de nuestro Creador, por qué descartamos el bien mayor? La respuesta no es obvia, pero creo que todos estaremos de acuerdo en cuál es. Resulta que esos bienes menores son bienes inmediatos, son bienes que nos permiten experimentar ya lo que queremos tener. Y es esa inmediatez que le hace seducción a nuestra impaciencia, es esa inmediatez la que muchas veces nos vence, porque resulta que el bien mayor, y esto vale únicamente, no solamente para Dios, sino para muchos otros bienes.

Los bienes que son mayores requieren paciencia, requieren esfuerzo, requieren tiempo. Un ejemplo sencillo es el estudio. Puede resultar mucho más interesante, mucho más agradable quiero decir, quedarse uno mirando la televisión, cualquier cosa, lo que pongan en ese aparato, lo que salga. Novelas, propagandas, noticias, deportes. A veces, miramos la televisión con una actitud completamente pasiva e irresponsable, nos tumbamos en un mueble cómodo, ojalá una buena butaca, una buena poltrona. Y por eso existe el colombianismo, nos apoltronamos y ahí, dedicados a criar barriga y a mirar lo que pongan en esa pantalla, lo que salga, eso es cómodo.

No es bueno porque muchas de las cosas que salen en la televisión son perdedera de tiempo, por decir lo menos. Pero es cómodo, es agradable. Uno sencillamente se apila, se apoltrona, se echa ahí en su butaca favorita y una parte ve, otra parte duerme y se dedica a la televisión. Ese tiempo estaría mejor empleado en otras cosas, por ejemplo, si uno es estudiante, ese tiempo se aprovecharía mejor haciendo los deberes, haciendo las tareas. Pero resulta que es más cómodo quedarse uno mirando la televisión, jugando, pasándola bueno, y luego, cuando llegue el momento del examen, tratar de solucionar por vía de trampa lo que no se consiguió por vía de esfuerzo.

Entonces, ahí es donde el estudiante se siente tentado de que se le broten los ojos tratando de descubrir qué fue lo que escribió el compañero. Y tuvimos un caso, alguna vez, de un estudiante que se copiaba todas las respuestas de otro compañerito, era un examen difícil de matemáticas, tenía 10 preguntas y este niño que poco había estudiado, se dedicaba a copiarse las respuestas. Entonces, el otro puso en la primera pregunta, puso como respuesta el número 58 y este copió 58. Y la segunda respuesta era cualquier otra cosa y así iba copiando todo. Pero en la última pregunta el otro niño puso: no sé, y el perezoso puso: yo tampoco.

Eso es lo que le puede pasar a uno cuando es perezoso. La trampa sale al final, en la décima pregunta. Pero ¿por qué la pereza es deliciosa? Yo tenía un amigo que decía: La pereza es la madre de todos los vicios, pero madre es madre y hay que respetarla. ¿Por qué la pereza nos atrae tanto? Porque resulta que si yo me dedico a estudiar tengo que esforzarme y esforzarme meses, tal vez años enteros, y solo al final vendrá una recompensa. Esa recompensa puede venir en forma de una medalla o puede venir en forma de algo más profundo, más duradero, el conocimiento mismo.

Pero eso cuesta trabajo, son muchos meses para al final decir: He aprendido, conozco un poco más de geografía, de historia, de filosofía o de matemáticas. El esfuerzo es largo y durante todos esos meses de esfuerzo, ahí está la poltrona, ahí está la butaca diciendo: Ven, ven, ven, ven. Y uno siente que la poltrona cada vez habla más fuerte y la poltrona le abre los brazos a uno y le dice: Ven, ven. Y uno cada vez se siente más cobarde, está tratando de aprender matemáticas y el libro cada vez le dice: Vete, vete. Y la poltrona dice: ven. Y el libro dice: Vete de aquí, tú no sabes de esto. Y la poltrona dice: Ven, ven que yo te recibo. Es difícil, es difícil.

Podríamos dar otros ejemplos, por ejemplo, lo que tiene que ver con la comida, cuántas cosas que comemos nos hacen daño. Hay personas a las que el médico les prohíbe la sal, entonces cambian de médico. ¿Qué indica eso? Eso indica que es difícil para uno. Fíjate, la salud es algo muy importante. Pero comer desabrido es una cosa que sacrifica, que implica un sacrificio. Entonces, uno se sienta a comer y sale otra vocecita, ya no es la voz de la poltrona, es la voz del salero. El salero que dice: Agárrame, agárrame, cógeme, agárrame. Aquí estoy, que te cuesta, agárrame.

Y uno empieza a sentir que ese salero refulge y empieza a sentir que la comida dice: Soy fea, sin sal nada valgo. Entonces, cuesta trabajo. Uno prefiere la satisfacción inmediata ya, y la satisfacción inmediata implica que uno le echa la sal que no debería haberle echado a esa comida. Pero, el problema es que después de la comida viene el desayuno. Y en el desayuno el salero dice: ¿Te acuerdas que nos vimos anoche, te acuerdas lo bien que lo pasamos? Y uno se siente débil, la mano le tiembla, pero se le va yendo, se le va yendo hasta que agarra el salero.

La virtud es difícil, la virtud es difícil porque requiere esfuerzo, requiere tiempo, requiere perseverancia. Aquí en Chiquinquirá, por ejemplo, hay un grupo que yo lo admiro mucho, el famoso grupo de los caminantes. Esa gente yo la admiro mucho, salen muy temprano. Yo me imagino cómo sería la pelea que algunos de ellos tuvieron, especialmente al principio, la pelea que tuvieron con las cobijas, porque las cobijas también hablan, las cobijas también dicen: Que te vas a salir de aquí, aquí estamos bien. Espérate, quédate con nosotros, quédate. Cuesta trabajo, madrugar cuesta trabajo.

Si no, pregúntele a los novicios que tienen la misa de 5 los jueves y esas cobijas, yo me imagino al novicio diciendo: Quítate. Y la cobija dice: No seas duro conmigo, por favor, no seas duro, no me rechaces. Un minuto más, cinco minutos más. No me abandones, por favor. La virtud cuesta trabajo, la virtud requiere esfuerzo y nosotros preferimos lo inmediato. No somos dueños, lo que experimentamos es que nuestra razón nos dice algo, pero nuestros deseos van por otro lado.

La razón me dice: Tengo que estudiar matemáticas, pero el deseo de mi cuerpo dice: ¿qué hago con esa poltrona? La razón me dice: No le eche más sal a esa comida, hombre. Pero el deseo me dice: Ahí está el salero, nadie se va a dar cuenta. La razón me dice: Madruga. Las cobijas me dicen: Quédate con nosotras. Es una batalla y en esa batalla uno tiene muchos fracasos. San Pablo decía: No hago el bien que debería hacer, porque las batallas no son solamente con las cobijas, la poltrona y el salero. Las batallas son también: Firmo este cheque tramposo.

Las batallas luego son: Soy fiel a mi esposa o me meto a esta aventura deliciosa con esta mujer joven. Las batallas luego son: Me voy a privar a acaso de la adrenalina deliciosa del juego, por qué no me voy al casino a sentir la electricidad, el vértigo. Será que lo pierdo todo, que gano todo. Y hay una adicción y nos sentimos divididos. Y la razón nos dice algo que muchas veces está de acuerdo con la ley de Dios, pero el deseo tiende hacia otra parte y por eso somos pecadores. Y Dios, ¿Dios sabe que nuestra naturaleza es así? Sí, Dios no nos creó así.

Dios cuando nos creó, nos hizo de tal manera que nuestra razón gobernara sobre todo nuestro ser, sobre toda nuestra vida, sobre todo nuestro cuerpo, había una jerarquía, había un orden. De manera que el bien reconocido por la razón era el bien que se podía realizar en cada acto de la vida, aunque pudiera parecer arduo, aunque no diera recompensa inmediatamente o, aunque quedara un poco oculto en cuanto a las ventajas o recompensas o placeres que conllevará. Así nos creó Dios, había un orden, un orden en el ser humano.

En todos esos niveles de actividad y de vida que tiene el ser humano desde lo más espiritual, lo más racional, lo más intelectual, hasta lo más orgánico y lo más fisiológico, Dios puso un orden, una jerarquía. Pero esa jerarquía fue la que quedó rota precisamente por obra del pecado. Y por eso necesitábamos reparación y ahí es donde llega nuestro Señor Jesucristo. Ahora veamos cómo nos repara Jesucristo. Los que conocemos el poder de la poltrona, el poder del salero, los que conocemos el poder de la pereza y las ventajas falsas de la mentira, nosotros necesitamos encontrarnos con Jesucristo.

¿Qué es lo que nos da Jesucristo? Santo Tomás de Aquino lo explica de una manera hermosa que podemos resumir de la siguiente forma. Resulta que el pecado para poder obrar, tiene que engañarnos. Cuando estoy echado en la poltrona, criando barriga, viendo cualquier cosa que puede ser tonta o puerca que salga en la televisión, el pecado me hace ciego, oscurece mi mente a las consecuencias que eso va a traer. La persona que se emborracha por enésima vez, destruyendo su hígado, se mantiene enceguecido, como que no pudiera ver con plena claridad el daño que se está haciendo.

Por lo menos cuando disfruta los comienzos de su borrachera, como que no aprecia el daño que se está haciendo. El pecado obra en la oscuridad, pero San Pablo nos dice: Nosotros no somos de la noche ni de las tinieblas, nosotros somos los hijos de la luz. Eso quiere decir, y esto nos lo enseña Santo Tomás, que Cristo una de las cosas que hizo fue desenmascarar al pecado. Es algo que están haciendo los gobiernos también ahora. Por ejemplo, en menos de 6 meses, todas las cajetillas de cigarrillos tendrán que llevar letreros y fotos ¿de qué? Fotos de pulmones con enfisema y con cáncer, fotos de personas que han muerto por estar fumando.

Ahora, según una ley que ya está vigente en Colombia, antes de 6 meses, todas las cajetillas de cigarrillos deben decir que el cigarrillo hace daño a la salud y deben mostrar fotos. Esas fotos son un esfuerzo que hace el Gobierno para que a nosotros se nos abran los ojos, es como diciendo: Si usted fuma, mire lo que le va a pasar. Y son fotos impresionantes, yo les confieso que yo soy un cobarde para ver esas fotos. Pero bueno, gracias a Dios, yo no fumo. Pero si yo fuera fumador, imagínese lo que es ver eso, es que algunas de esas fotos, es como ver una cañería abierta. Así se le vuelven los bronquios y los bronquiolos a los fumadores, es una cosa apestosa.

Bueno, esas fotos están mostrando, así de grave es el error que usted está cometiendo. Nosotros deberíamos aplicar esa técnica para otras cosas. Imagínate, por ejemplo, que un hombre que empieza la historia del adulterio, ahí también el pecado enceguece. La persona lo único que ve es las curvas, ve y queda fascinado por un perfume, por un rizo de mujer. Pues bien, imagínate que a ese hombre que apenas está haciendo la primera invitación, la primera, que a veces es la más peligrosa, la primera con esa mujer que puede destruirle el hogar.

Imaginémonos que a ese hombre lo detuviéramos de camino al restaurante a donde lleva a la amante o futura amante porque todavía no son amantes. Imaginémonos que a ese hombre lo detuviéramos, él va en su automóvil esperando que nadie lo vea, aunque hay un Dios que lo ve todo. Él va en su automóvil y a su lado, sentada va la mujer que le va a despedazar el hogar, que va a dejar a esos hijos huérfanos, aunque el papá esté vivo, ahí va esa mujer. Imaginémonos que los detenemos, 100 metros antes del restaurante. Y le decimos: Señor, usted va a poder seguir si desea ese restaurante. Pero espere, le muestro una película.

Y en esa película se presentan las quejas, el llanto, el dolor de hijos, de padres separados. Imaginémonos que ese hombre que en ese momento está enceguecido por la pasión, pudiera detenerse y ver la película de cómo van a ser sus hijos, de cómo le van a reclamar, de cómo van a llorar de rabia y van a decir: ¿Por qué, papá, por qué hizo eso papá, por qué lo hizo? Imaginémonos que este hombre pudiera ver la película que lo lleva en el tiempo, así como las cajetillas de cigarrillos nos van a llevar en el tiempo. Porque esa cajetilla de cigarrillos que le muestra a usted su pulmón puerco, enfermo, canceroso.

Esa cajetilla de cigarrillos le está diciendo a usted: Este es su futuro, papá. Así es como usted se va a volver, hermano. Mire, le muestran el futuro, desenmascaran el futuro. Qué tal que le hiciéramos eso al adúltero, antes de que usted se siente en ese restaurante a endulzarle el oído a esa niña que no sabe ni dónde está parada, o lo más grave es que quizás sí sabe, antes de que usted se siente en ese restaurante con esa niña, mire esta película. Y en esa película sale la hija que se prostituyó, en esa película sale el hijo que insulta y maldice al papá, y sale el otro hijo que por falta de figura paterna queda confundido en su sexualidad.

Porque a mí no me vengan con historias, la falta de papá produce confusiones en la imagen masculina. No digo que ese sea el caso de toda historia homosexual, pero que eso existe, existe, porque yo lo he conocido, yo lo he visto. Imaginémonos que a este hombre le mostraremos cómo se le van a volver los hijos, el dolor, la ira, la rabia, el que se suicida, que él viera todo eso, ¿cometería el mismo pecado? Probablemente no. ¿Qué es lo que hace nuestro Señor Jesucristo? Esto nos lo explica Santo Tomás, ¿qué es lo que hace Jesucristo especialmente en la cruz?

Mostrarnos en sus llagas, que para eso las guardó, para siempre y las tendrá para siempre, mostrarnos en sus llagas, así de grave es el cuento del pecado. El pecado no es un juego, señores. El pecado llega hasta aquí, hasta este pozo espantoso de dolor, donde ustedes me ven, hasta esta alcantarilla se llega por el camino del pecado. Y así Jesús nos quita un velo del frente. Pero Jesús además, nos revela las grandezas del bien, nos revela el rostro misericordioso del Padre, porque Él mismo Jesús dijo: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre».

Jesús nos revela la bondad de Dios para que, a pesar de que la virtud sea ardua, nosotros podamos encontrar vivo consuelo y sincera y firme esperanza en Él. Y es aquí, mis hermanos, donde entra esa maravilla que se llama la presencia eucarística. Qué milagro más grande, qué obra más hermosa, que no hay otra igual en el universo, la que sucede sobre el altar. Qué obra tan bella, tan grande, mis hermanos. Este Cristo que se hace presente en el altar, este Cristo que se regala como alimento a nuestros corazones necesitados de esperanza, de consuelo.

Este Cristo parece que nos estuviera repitiendo en la canción silenciosa de su presencia eucarística, nos estuviera repitiendo: Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. Y cuando sentimos que Cristo está con nosotros, repetimos con San Pablo: Si Cristo está conmigo, ¿quién estará contra mí? Y así la presencia de Cristo, revelándonos la miseria a la que lleva el pecado y la misericordia que Dios nos ha dado. Así, este Cristo, permaneciendo junto a nosotros, se convierte en alimento, en fuerza, en esperanza, en verdadera cátedra de todas las virtudes, porque todas las virtudes las podemos encontrar en la Eucaristía, como hizo nuestro amado Martín de Porres.

Ahí las podemos encontrar todas. Busca la pureza, ahí la tienes. Busca la verdad, la sinceridad, la humildad, ahí la tienes. Busca la caridad, busca la dulzura, la mansedumbre, busca todas las bienaventuranzas, búscalas, todas están en la Eucaristía. Hermanos, que esta fiesta de todos los Santos y el recuerdo hermosísimo de San Martín de Porres, nos haga amar más a Dios, amar más a nuestro Señor Jesucristo, nuestro valeroso capitán, nuestro bendito Cordero que al permitir el poder de la muerte sobre su carne santísima, permitió que cayera el velo que nos engañaba.

Bendito sea nuestro Señor Jesucristo, bendito sea Él y su Evangelio, bendito sea Él y todos sus santos. Sigamos esta celebración con el ejemplo de Martín de Porres, crezcamos en devoción, porque ya sabemos de dónde hay que sacar la fuerza, de ahí, de la Eucaristía, de Jesús. El ser humano no puede aguantar todo lo que aguantó Martín, el ser humano no tiene esas cualidades por sí solo, tiene que recibirlas. Pero sí que hay de dónde recibirlas, de Jesucristo, especialmente de Jesús en la Eucaristía. A él sea la gloria, el honor y el amor por los siglos eternos. Amén.

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