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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Las bienaventuranzas y la vida religiosa.
Homilía tsan006a, predicada en 19991101, con 20 min. y 1 seg. 
Transcripción:
Para seguir esta celebración en el día de Todos los Santos, día también de la profesión solemne de Sor Marly del amor misericordioso, me han pasado este cuadernito hermosamente editado que trae indicaciones muy precisas. Dice, por ejemplo, después de que se levanta la profesa. El presidente hace la plática exponiendo las obligaciones de los votos solemnes y las austeridades de la Orden. Esa es la parte que me corresponde a mí en este momento, me toca hablar de las obligaciones de los votos solemnes y de las austeridades de la Orden de Predicadores a la que deseas vincularte por este camino de la vida contemplativa.
Esa fórmula, que la conocí hace unos años, la fórmula que viene en este sencillo ritual me ha llamado la atención porque lo que se le pide al presidente de la celebración es que despliegue la cruz, que muestre la cruz. Lo que se espera de esta predicación es que aparezca claramente la cruz como la porción propia, como la herencia y lote que recibe la religiosa que hace su profesión solemne. Es un poco extraño ese modo de hablar para nuestros oídos. Si a uno le preguntaran uno, digamos, a uno, tal vez uno ya ha aprendido estas respuestas.
Si se le pregunta a una persona adulta o a un joven terminando su bachillerato, usted ¿qué desea hacer de su vida? Tal vez la persona diga: Quiero ser un ingeniero, un abogado, un médico. Quiero ser un especialista en diplomacia y relaciones internacionales, un artista, tal vez, un músico. Si le preguntáramos a esa persona ¿por qué, por qué quieres ser eso? La persona diría: Porque quiero realizarme, porque quiero ser feliz, porque quiero desarrollar mis posibilidades, mis talentos, encontrar gozo, alcanzar mis metas. Yo pienso que estas serían las respuestas que nosotros daríamos. Quiero alcanzar mis metas, quiero realizarme.
Pero aquí dice este ritual, que no lo han cambiado, dice: El presidente hace la plática exponiendo las obligaciones y las austeridades. Obligaciones de la orden, obligaciones de los votos, y austeridades de la Orden. Y lo menos que hace uno es preguntarse cómo se puede conjugar o si se puede conjugar una cosa con la otra. Todo el mundo está buscando su realización personal, su felicidad, su gozo. Y resulta que aquí tenemos a una dama que parece estar en suficiente estado de salud mental y que dice que quiere oír hablar sobre las austeridades de la Orden y las obligaciones de los votos.
Dice uno, esto es una locura, esto no tiene sentido. Sería lo mismo que si una persona dijera: Quiero encontrar problemas. Usted ¿por qué va a estudiar esa carrera? Porque quiero encontrar muchos problemas, muchos. Uno diría, es un chiste malo o es un loco, el que está diciendo eso. Pero, las lecturas que acabamos de escuchar, sobre todo el Evangelio, como que tienen el mismo virus, las lecturas están enfermas de lo mismo. Parece que a Sor Marly le ha afectado, la ha contagiado el mismo virus que ya afectaba a Jesucristo, porque Jesús estaba diciendo cosas que parecen también contradictorias, que parecen también locura.
Dichosos los que lloran, los sufridos, los que tienen hambre y sed de la justicia. Otros se entienden más: Dichosos los misericordiosos. Bueno, ese como que uno lo puede entender un poco. Si, la compasión, la misericordia pueden dar alguna felicidad. Los limpios de corazón, sí suena. Los que trabajan por la paz, sí, más o menos. Pero hay unas que uno no entiende: Los pobres en el espíritu, que de pronto queda mejor traducido, como dice el diccionario de Colombia: los que tienen espíritu de pobre, los que lloran, los sufridos. Saquemos una primera conclusión en este momento de nuestra plática, como dice el ritual, saquemos una primera conclusión.
Lo que se le está diciendo a Sor Marly en este ritual es que todas estas bienaventuranzas le van a caer encima, eso es lo que se le está diciendo. O sea que lo del ritual este, es una expresión del Evangelio, quién lo iba a creer. Lo que se le está diciendo es que el Evangelio se va a cumplir en la vida de ella. Imagínese que pasara esto, qué tal que el ritual no dijera lo que dice, sino que dijera, por ejemplo, el presidente en este momento predica y le dice a la religiosa que va a ser feliz y va a reír, va a gozar y nunca le va a faltar nada.
Y qué tal que ese día saliera el otro Evangelio, el de Lucas, que tiene no solo las bienaventuranzas, sino las malaventuranzas. Ah, qué tal que el día de la profesión de la religiosa, el presidente diciéndole: Tú vas a ser abundante en bienes, tú vas a ser feliz, tú no vas a tener problemas. Y el Evangelio dice: Ay de los que no tienen problemas, ay de vosotros los ricos, ay de vosotros los que reís. ¿Qué querría decir eso? Querría decir que el estilo de vida de esa religiosa no va a recibir las bendiciones de Jesús, sino las lamentaciones de Jesús.
Bueno, vamos a ver cómo nos vamos aclarando. Lo primero es que este género de vida es una vida según las bienaventuranzas, punto, eso es lo primero que nos queda claro. La persona que sienta en su corazón, que le palpita la sangre con las bienaventuranzas, esa persona sirve para esta vida. Si no le palpita el corazón con las bienaventuranzas de Jesús, es mejor que haga otra cosa, otra cosa. Se consigue, por ejemplo, un hornito hace unas arepitas, unas empanadas, va progresando, va progresando, chorizo y arepa, arepa y chorizo, saca adelante su negocio.
Eso no quiere decir que entre los chorizos y las arepas no se puedan vivir las bienaventuranzas, sino quiere decir que esta vida solo se entiende si uno está convencido hasta el tuétano de las bienaventuranzas, si uno está convencido de lo mismo que contagió a Jesucristo. Entonces, uno entiende por qué una persona toma tantas renuncias, asume tantas pérdidas para orientarse en una vida que, como dice el ritual, tiene obligaciones y tiene austeridades, tiene cruz. Esa es nuestra primera conclusión en este día, pero eso no nos resuelve todavía el problema.
Qué tal que, por ejemplo, en esta selecta concurrencia esté un psicólogo, como los psicólogos no llevan hábito, uno no sabe si hay psicólogos, hay psicólogas, qué tal. Qué tal un psicólogo de perspectiva humanista o conductista o, en fin, esté por ahí sentado y esté oyendo lo que dice el predicador. ¿Qué pensaría un psicólogo de esto? Diría: Aquí hay un trastorno grave, esto es grave. Aquí tiene que haber ocasión de la psiquis. ¿Cómo así? Lo normal es que una persona quiera su realización, quiera su felicidad. Lo normal no parece ser que una persona quiera las obligaciones de los votos y las austeridades de la Orden, ¿por qué eso?
Es muy difícil conseguir un psicólogo que esté convencido vivamente de la fe, es muy difícil. Eso no es solo difícil para una profesión solemne, eso es difícil para todos los días del año. Es difícil, claro que los hay, que los hay, los hay, pero toca buscarlos mucho. Un psicólogo que pueda integrar el misterio de las bienaventuranzas, que no es otro sino el misterio de la cruz, que lo pueda integrar en su psicología, es muy difícil. ¿Qué podría pensar un psicólogo de esto? ¿Qué podría decir de esto? Bueno, vamos a dedicar unos minuticos a decir una palabra sobre eso, vamos a dedicar unos minuticos sobre eso.
¿Cómo se puede entender este tipo de vida? Porque sabe ¿por qué hay que predicar de esto? Porque cuando la gente no entiende las verdaderas motivaciones y el verdadero sentido de esta vida, empieza a inventar cosas, empieza a inventar cosas. Cuando yo dejé una carrera universitaria en la que, gracias a Dios, me iba bien y dejé unas posibilidades familiares hermosas y cariñosas que nunca, gracias a Dios, me faltaron. Y entré a la comunidad dominicana y estaba en el noviciado nuestro, en la ciudad de Chiquinquirá, algunos de mis amigos de la universidad, allá donde yo estudiaba en la Nacional, fueron a visitarme a Chiquinquirá.
Un día llegaron en buen número, como unos 10 o 12, entre esos iba una amiga mía que no estudiaba mi carrera, física, sino estudiaba matemáticas puras, una muchacha supremamente inteligente, atea. Mi amiga atea recorre los kilómetros que separan a Bogotá de Chiquinquirá, con 273 preguntas en la cabeza. Y cuando llega frente al convento nuestro, encuentra al que había sido su compañero de trabajos científicos con el hábito dominicano, bendiciendo un camión. Llega mi amiga atea y el primer cuadro con el que se encuentra es un camión con el capó levantado, pero no le están haciendo nada al camión, sino lo están bendiciendo.
Y el bendecidor de ese camión era Nelson Medina, bendiciendo un camión. De hecho, ella no pudo entrar al convento, tuvo que pararse a ver cómo yo bendecía el camión. Debo reconocer que me sentí un poco raro. Acabada la bendición del camión, ella entró, me miró de arriba abajo a ver qué otra particularidad tenía, por ejemplo, si comía tierra, si pateaba las paredes. Cuando vio que yo me sentaba más o menos como una persona normal, solo me hizo una pregunta. ¿Usted es feliz en esto? Le dije: Creo que sí. Me dijo: Bueno, se paró y se fue.
Mucha gente puede pensar de la vida religiosa algo así. Si a esas mujeres les gustó encerrarse por allá porque no les gusta la familia, porque no pueden con los hombres, porque tienen traumas afectivos, por lo que sea. Bueno, allá ellas, allá ellas, allá ellas. Si eso las hace felices, si eso las hace felices, allá ellas. Resulta que esa no es la verdad de la vida conventual, esa no es la verdad. Es verdad que la vida religiosa tiene muchas alegrías, pero también tiene muchos sinsabores. Además, la gente que se casa escoge con quién vivir. Nosotros, los religiosos, no hemos escogido con quién vivir.
De pronto, hombre, uno está bien, y llegó Fray Gustavo un día. Y usted: No, que yo también profesé. Bueno, darle pieza, ¿cierto? Darle pieza, ¿qué más se hace? Yo estoy obligado a darle pieza a Gustavo, porque cuando yo entré a la comunidad yo tampoco le caí bien a todo el mundo. No sé por qué le caí mal a alguien, pero uno no le cae bien a todo el mundo, eso tampoco es cierto. No hay que llegar al extremo que afirmaba Voltaire. Voltaire decía: Los religiosos llegan sin conocerse, viven sin amarse y mueren sin llorarse. No, hay que añadir que Voltaire nunca fue promotor vocacional.
Tampoco la cosa llega hasta ese extremo, pero uno tiene que decir que en la vida del convento tampoco es que estén los grandes gozos y las grandes satisfacciones humanas. Estas mujeres dentro, debajo de todas esas ropas, siguen siendo mujeres, con las cualidades propias y con los defectos propios del sexo femenino, con las deficiencias, con las necesidades, con las búsquedas propias de una humanidad herida por el pecado y levantada por la gracia. O sea que uno no entra al convento, uno no entra a la vida religiosa por evitar, eso no funciona, eso no funciona.
Las personas que entran tratando de evitar problemas, se convierten en problemas ellas. La gente que llega evitando problemas, la gente que llega huyendo normalmente sigue huyendo, normalmente sigue huyendo. Este es un misterio distinto. ¿En dónde radica el misterio de esta vida? ¿Qué es la vida religiosa? No es sino la vida cristiana, esta, la de las bienaventuranzas, tomada con cierta radicalidad y según el modo de vida que tuvo Cristo en esta tierra, punto, esa es la vida religiosa. Lo mismo que dijo Cristo para todo el mundo, lo mismo.
Nosotros lo queremos vivir, a veces tenemos graves deficiencias, pero nosotros lo queremos vivir con cierta intensidad de amor, con cierta dedicación, con cierta pasión por el absoluto y, atención, según el modo que tuvo el Verbo de Dios en esta tierra, esa es la vida religiosa, es la misma vida cristiana, la misma. La vida religiosa no tiene su principal expresión en las cosas externas, que también ayudan, cosas externas como la clausura, como el hábito, como las observancias regulares, esa no es la esencia de la vida religiosa. La esencia es una visión de amor hacia Jesucristo.
Decía el profeta Jeremías: Señor, es que tú me has seducido, es que tú me has enamorado. Tú has luchado conmigo y me has podido. Resulta que el proyecto de Jesús, el estilo de Jesús, la carne de Jesús, el amor de Jesús ha enamorado nuestros corazones. Y hemos considerado la posibilidad de dedicarnos solo a eso. Y esto pasa no solo con la vida religiosa, Sir Isaac Newton fue célibe, no por religioso, sino porque él estaba como prendado, como enamorado, como seducido con la ciencia, y quería darle todas sus fuerzas a eso, eso tiene cierta lógica, eso es normal.
Cuando uno está finalmente apasionado, totalmente apasionado por algo, uno se da a eso. Y eso le pasa a los artistas, le pasa a los científicos. ¿Por qué no le puede pasar a una persona que conozca a Jesucristo?

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