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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Hay que vestirnos de amor y de vida en este día de la fiesta de Todos los Santos.
Homilía tsan003a, predicada en 19981101, con 18 min. y 11 seg. 
Transcripción:
Queridos amigos, contemplando este paisaje lleno de colorido. Con los rostros, vestidos, sombrillas, disfraces, sonrisas. ¿Cómo no relacionarlo con el texto que acabamos de escuchar en el Apocalipsis? El Apocalipsis nos dijo que había visto que ese Juan ese vidente. Había visto una multitud de toda raza, lengua, pueblo y nación. Una multitud que llegaba, que entraba a la plenitud de la gloria de Dios en los cielos. Y cada vez que nosotros nos reunimos en la Eucaristía, especialmente en una circunstancia como esta, tan llena de color y de diversidad. Se cumple una partecita del Apocalipsis. Tenemos como una muestra de lo que Dios quiere hacer con nosotros. Cada uno de nosotros ha salido de su casa, de su barrio, de su grupo. Cada uno ha venido aquí para celebrar aquí con todos tus hermanos en familia, esta presencia maravillosa de Dios que nos ha transformado, que nos ha cambiado, que promete cambiarnos más, que promete renovarnos, que promete llevarnos hasta su plenitud en los cielos. Todos y cada uno de nosotros hemos recibido una llamada de Dios. Hemos sido tocados por el amor de Dios y por eso nos reunimos aquí. Esto que estamos viendo ahora es una anticipación del cielo. Cada vez que celebramos la Eucaristía tenemos una anticipación del cielo. Porque así como nosotros venimos de distintos barrios y lugares, de distintos grupos y familias, nos congregamos en un solo corazón, en una sola alabanza, en un solo gozo, para celebrar el amor de Dios. Así será el cielo. Cuando nosotros nos reunimos en la Eucaristía. Tenemos una imagen de lo que va a suceder en los cielos. Este es el primer pensamiento que quería compartir con ustedes. Primera idea: La Eucaristía es un adelanto del cielo. Y cuando llegamos a la Eucaristía y somos tan distintos pero al mismo tiempo somos tan hermanos, tenemos una idea, tenemos un adelanto de lo que es el cielo. Esa es la primera idea en esta tarde. La Eucaristía es un adelanto del cielo, bendito sea Dios. Segunda idea. Vamos con la segunda idea: Hoy estamos aquí congregados. Esta es la reunión de la familia Minuto de Dios. Y por consiguiente, esta Eucaristía se parece a todas, es el mismo Cristo, claro. Pero esta vez, por la multitud de personas, nos congregamos aquí en esta plaza de bandera. Es una Eucaristía campal, es una Eucaristía a campo abierto. Y yo no solo me acuerdo del Apocalipsis que acabamos de escuchar, sino me acuerdo también de Jesús, porque muchas veces Jesucristo tuvo que predicar así a campo abierto. No me lo tomen como un regaño, por favor. Yo veía hace poco a una de las niñas que está aquí en la Eucaristía, una niña pequeña comiéndose su colombina, comiéndose una chupeta con la mayor naturalidad del mundo. Desde luego que si esa niña estuviera dentro de una iglesia yo creo que no se comería una chupeta. No me lo vaya a tomar como regaño a esa niña. No lo digo por eso, sino lo digo es porque yo me acordé de Jesucristo. Yo me acordé que Cristo predicaba también así, a campo abierto, y mientras yo escuchaba las lecturas que nos estaban proclamando ahorita, yo decía ¿Cuál sería ese secreto de Jesucristo? ¿Quién sabe cómo era que hacía Jesucristo para atraer la atención de las personas? Porque si hay algo que es difícil es atraer y conservar la atención de las personas cuando está uno a campo abierto. El carro que pasa, el ave que vuela, que el sol sale, que se oculta, una nube, el viento, el calor, la gente que se mueve, los carros, todo parece distraernos. Y entonces yo pensaba en esa palabra maravillosa de Jesús. Yo quisiera que Jesús me diera algo de sus palabras maravillosas. Yo quisiera que el Señor Jesús me regalara como predicador, como sacerdote, como lo pido para todos mis hermanos sacerdotes, que nos regale a nosotros su palabra fascinante, su palabra encantadora, su palabra maravillosa. Que Jesús nos regale a todos nosotros los predicadores, los sacerdotes, esa palabra maravillosa que atrae la atención, precisamente cuando es más difícil, precisamente cuando nos encontramos así, a campo descubierto. ¿Y por qué es tan difícil predicar a campo descubierto? Pues ya lo he dicho, porque todo parece distraernos. Pero hay aquí, mis amigos, una enseñanza que es la segunda enseñanza que quiero compartir con ustedes. En medio de todas las distracciones del mundo, Jesucristo tiene una palabra capaz de cautivar, capaz de atraer el corazón, capaz de llamarnos a una vida distinta. Lo que está pasando en esta Eucaristía sirve también como una imagen de lo que Jesús hace en toda nuestra vida. Porque las distracciones no están solo aquí en la Plaza de Banderas. Las distracciones no están solo aquí, en el final de este sábado que litúrgicamente ya lo celebramos como domingo. Las distracciones no están solo ni en este lugar ni en este tiempo. Si nosotros pensamos en nuestra vida, en nuestra vida diaria. ¿Cuántas cosas hay que nos atraen que nos retraen y que nos distraen? ¿Cuántas cosas que podrían hacernos olvidar de Jesucristo? Y por eso nuestra segunda enseñanza es en medio de la confusión del mundo presente, la voz de Jesucristo nos atrae hacia el Padre en medio de todas las cosas que nos podrían distraer, como en este momento que estamos en la Misa. Tantas cosas podrían distraernos en medio de la confusión del mundo presente, en medio de todo lo que sucede, de la gente que pasa, de la gente que va y que viene, del que compra y el que vende. En medio de todo, Jesús, la voz de Jesús nos atrae hacia el Padre. Nuestra primera enseñanza era -La Eucaristía es una anticipación del cielo.- Y la segunda enseñanza es en medio de la confusión del mundo presente, que con una y con otra cosa intenta como robarnos la atención. En medio de esa confusión está la voz de Jesucristo, y la voz de Jesús puede atraer nuestro corazón, puede llevar nuestro corazón hacia el Padre. Por eso es importante que nosotros despertemos el oído a esa voz, a esa voz maravillosa del Señor. Porque en medio de la confusión del mundo, la voz de Cristo como una soga, como un lazo tendido para que no nos ahoguemos, nos puede atraer, nos puede llevar hacia el Padre. Y esa es precisamente la vida de santidad. Esta es precisamente la vida que Cristo ha querido para cada uno de nosotros. Vamos con un tercer pensamiento. Tercer y último pensamiento, tercera y última reflexión en esta Eucaristía de familia, en esta hermosa Eucaristía. Estamos en una fiesta muy particular, la fiesta de todos los Santos. Pero por aquellas costumbres que tiene la familia Minuto de Dios. Esta Eucaristía del último sábado del mes siempre toma las lecturas del siguiente domingo. Es decir, hoy estamos celebrando la fiesta de mañana domingo y mañana es primero de noviembre y estamos celebrando a Todos los Santos. Pero aquí hay una particularidad, una particularidad que no sucede en los otros sábados, que no sucede en los otros días. Y es que la víspera del primero de noviembre se llama treinta y uno de octubre, y considero que es un éxito maravilloso que todos estos niños vestidos de alegría; porque ellos no están disfrazados, están vestidos de alegría. Aquí está toda la jungla. Vea, aquí puede ver uno Conejos, tigres, osos, ahí, por ejemplo, hay un osito dormilón. Ahí está un osito que está descansando. Ahí hay un cacique. ¿Qué más hay por aquí? A ver qué más hay ahí. Es un ratoncito y un ratoncito. Allá hay un obispo que tiene como seis años, ¿Qué se hizo el obispo; dónde está? Había un obispo que tenía cómo seis años. Levántenlo, por favor, para que se vea. Hay una religión. Mírelo. Allá está. Levántalo otro poquito. Mírelo, Pero quítele esa calabaza horrible que tiene en la mano. Quítele. Saca la baza. Qué calabazas ni qué nada. Levanta. El señor Obispo. Ese obispo. Mire, ¡Ay el obispo! Ahí está el obispo. Véalo. Un obispo como de cuatro o cinco años. ¿Cuántos años tiene el obispo? ¿Qué? Seis años. Nelson Medina. Fray Nelson. Usted no sabe calcular los años. Tiene año y medio. Un aplauso, por favor. Para el pequeño obispo. Él mismo se aplaude. Vea. Tenemos también aquí. Ya tenemos reinas de belleza. Tenemos mariachis. Mire aquí tenemos mariachis. Con su permiso, señorita. Aquí tenemos mariachis. Aquí estamos. Aquí tenemos de todas las razas. Tenemos gente llanera. Quién más tenemos, aquí hay una señorita que tiene antenitas de vinil y se están viniendo multitud de niños maravillosos, me parece. Ayúdenme, por favor. Aquí se vienen multitud de niños, de niños hermosos, de niños preciosos que están llegando. Acá hay campesinos, hay llaneros, hay una hormiga, hay una oveja, hay una abeja. Esto es maravilloso. Esto es hermoso. Mire, aquí hay un cabello de todos los colores. Y aquí hay un niño que está. ¿Cómo es tu disfraz? Mire, este de Divino Niño. Tiene un precioso rosario al cuello. Tiene una corona. Esto está bellísimo. Bueno, maravilloso. Yo quería contar que hoy es 31 de octubre y que en la familia Minuto de Dios hemos querido que los niños aprendan a disfrazarse de alegría. Que aprendan a disfrazarse de vida. Que aprendan a disfrazarse de amor. De santidad. Por eso tenemos angelitos también. Mire, por allá atrás había un angelito precioso. ¿Qué se hizo el angelito? Por allá atrás estaba. A ver qué hicimos. El angelito. Dónde está? ¿Dónde está? Bueno, aquí hay otro ángel. Mira, está lindísimo ese ángel. Y aquí hay otro ángel. ¿Cuál es la enseñanza? Mire, aquí hay una preciosa niña vestida de la Virgen María. Lindísimo. Una campesinita. ¿No es realmente una fiesta preciosa? ¿Qué quiero yo decir con esto a mis amigos? Estamos mostrando con la alegría de estos niños y su felicidad, con su participación y la de sus familias. Estamos mostrando que en nosotros. Podemos vestirnos de alegría en nosotros, podemos vestirnos de vida. Esa fecha, por una tradición lamentable, se ha venido asociando con cosas tenebrosas de diablos, de brujas, de calabazas, de esqueletos. Yo le pido hoy a Dios que se multipliquen las fiestas de la alegría y de la vida, que se multipliquen las fiestas del amor y de la santidad y que mueran las fiestas de la brujería, el satanismo. Por eso estos papás y estas mamás que han vestido a sus niños de alegría, de indígenas, de campesinos, de angelitos, de conejitos que los han vestido de ternura y de amor. Papás, ustedes se merecen un aplauso, están enseñando a los niños que la alegría, que la vida, que el amor, que la ternura tienen su espacio y tienen su lugar junto a Dios. Y es bien importante. Esto es de inmensa importancia, mis amigos. Por eso nuestra tercera enseñanza, nuestro tercer mensaje en esta tarde es precisamente eso, amigos. Vamos a enseñarle a los niños la cultura de la vida, de la fe y del amor. A los niños, a estos niños que estuvieron aquí, a estas preciosas niñas campesinas, mariachis, ángeles, caciques, religiosas, vírgenes. A estas niñas no se les va a olvidar lo que han vivido en esta tarde. Y estos niños y estas niñas quedan comprometidos. Niños, ustedes oiganme bien, quedan comprometidos. Yo quiero saber dónde están los niños. Mire, aquí se acercó un ratoncito con sus dientes y otro ratoncito. Ellos son felices saludándome aquí. ¿Dónde están los niños? ¿Dónde están? Digan aquí. ¿Dónde están? Aquí. No les oigo. No se acerquen. Solamente respondan. Niños! Niños! Dónde están? Buenos niños. Yo tengo un mensaje para ustedes. Pónganme mucha atención. Niños. Ustedes hoy están vestidos de alegría, de santidad, de gozo. Ustedes están vestidos de amor y de ternura. Niños, oiganme lo que les voy a decir. Jamás se dejen vestir de odio, de bruja, de muerte de diablos. ¿Me entendieron? No entendieron, bueno, hay que ser perseverante. Hay unos que sí y otros que no. Yo repito, yo repito porque yo quiero que este mensaje nos quede muy claro a todos hoy aquí y que quede muy claro también para toda la familia Minutos de Dios. Repito, hoy ustedes están vestidos de amor y de alegría. Nunca, nunca se dejen vestir de odio, nunca, nunca se dejen disfrazar de diablos ni de brujas. Nunca jamás. Ustedes son de Dios. Ustedes no son del enemigo. ¿Me entendieron los niños? Sí. ¡Un aplauso para los niños! Esas son las tres enseñanzas de esta tarde. Primera: La Eucaristía es una anticipación del cielo. Segunda. En medio de la confusión de este mundo, la voz de Jesús nos lleva hacia el Padre. Y tercera. Vamos a enseñar a los niños la cultura de la vida, de la fe y del amor. ¡Gloria a Dios! No se oye. ¡Gloria a Dios! ¡Que viva Jesucristo! ¡Que viva la Virgen María! ¡Un aplauso para Dios!

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