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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La santidad es un proceso, un camino en el que todos podemos avanzar.
Homilía tsan001a, predicada en 19961101, con 24 min. y 56 seg. 
Transcripción:
Hermanos, roguemos la gracia del Espíritu Santo para mis palabras, para sus oídos, para nuestros corazones. De modo que, Dios pueda hacer toda su obra en esta noche. La visión del Apocalipsis que hemos escuchado, nos invita a presenciar en nuestra mente una multitud inmensa. De todos aquellos que han blanqueado sus vestidos en la sangre del Cordero. Pero la sangre es roja y, sin embargo, el rojo de esta sangre que es la sangre de Cristo, trae la blancura de la gloria.
En el cielo solo es blanco, solo es resplandeciente lo que ha pasado por la sangre de Cristo. En el cielo solo tiene brillo de gloria aquello que ha pasado por la noche de la cruz. Y por eso, el rojo de esta sangre brilla como blanco de gloria en el cielo. Estas palabras del Apocalipsis contrastan con otras que nos ofrecía el Evangelio en estos días. Uno al fin no sabe qué pensar, porque el Evangelio decía no hace mucho: «Esforzaos por entrar por la puerta estrecha». Y decía: ¿Serán muchos los que se salven? Y respondía a Cristo: «Esforzaos por entrar en la puerta estrecha, porque muchos querrán entrar y no podrán».
Ese Evangelio sugiere la idea de que son como muy poquitos los que atinan con el verdadero camino. Pero la lectura que hemos escuchado del Apocalipsis nos presenta una multitud que nadie podría contar. Y entonces, uno se queda preguntando, al fin ¿cómo será lo de la llegada al cielo? Porque cuando se piensa en la misericordia de Dios, uno dice carta abierta. Hay amplio espacio, con tanta piedad como tiene Dios, imposible, imposible, que yo por lo menos no vaya a caer en ese inmenso grupo. Si era una multitud que nadie podía contar, pues qué tal que resulte yo de los que no. Habiendo tanta misericordia ¿cómo no voy a caer yo ahí?
Pero cuando luego se piensa en la altura de la santidad de Dios, y cuando se miran los aspectos más concretos y reales de nuestra vida, cuando uno se revisa y se descubre tan egoísta, tan envidioso, tan vanidoso, tan orgulloso, tan prepotente, tan perezoso para el bien, tan duro para orar, tan difícil para perdonar. Cuando uno descubre que pasan los años y, a veces, se escurren como agua entre los dedos las ocasiones de hacer el bien. Quiénes de nosotros podemos sentir en un día como hoy que celebramos a todos los santos, quiénes podemos sentir las manos llenas de buenas obras, quiénes de nosotros podemos sentir que de veras hemos cumplido la voluntad del Padre.
Y dice Dios: Sin santidad nadie verá a Dios. Pues bien, si no se puede ver a Dios sin santidad, si solo los limpios de corazón pueden contemplarle, ¿qué será entonces de nosotros, sometidos a tantas distracciones, a tantas perezas, a tantas vanidades? Y por eso, repito, uno no termina de dar con el chiste de la santidad, ¿al fin qué, es tan difícil que nadie lo logre o es tan sencillo que tampoco hay que afanarse tanto? La pregunta se vuelve aguda cuando uno piensa, por ejemplo, en una asamblea como esta. Cuando hablamos de la misericordia, por ejemplo, en el Congreso de la Misericordia, uno siente que nos vamos a ir para el cielo, yo creo que todos.
Pero, si uno mira una asamblea como esta, yo me permito preguntar ¿hay entre ustedes algún santo? Y no lo pregunto para que lo diga usted de usted mismo. ¿Hay alguien entre los aquí presentes del cual usted diría: ese es un santo? Después de que suceda el bautismo, vamos a tener tres santos, ahí vamos a tener tres santos, de esos tenemos la certeza de la perfecta gracia. Pero de las demás personas, ¿hay alguien que usted conozca bien y que, sin embargo, diga: es un santo? Porque de pronto, de lejos, las personas dan como cierto aspecto de reverencia.
Y quizá alguien entre ustedes, con mucha piedad y generosidad en las palabras, diría: No, yo estoy seguro de que fulano de tal o fulanita de tal es un santo. ¿Has estado lo suficientemente cerca de esa persona como para asegurar eso? Hay veces que las personas, sobre todo para pedir oraciones, dicen eso, digamos, de un sacerdote, digamos de un servidor: Usted que es como tan santo, usted que le ruega tanto a Dios. Pero y ¿mis hermanos de comunidad, los frailes aquí del convento sí creerán en la santidad de Fray Nelson? Tal vez, no tanto.
Y no solo los hermanos de comunidad, hay muchas personas que están cerca de uno por razones de trabajo, de amistad o por otras razones. A esas personas habría que preguntarles si se muere Fray Nelson en esta noche, usted mañana le reza, usted le suplicaría, usted está dispuesto a rogar a esa persona, usted le pediría a esa persona. Ahí uno siente uno tan cerca a la santidad. Cuando se habla entonces de misericordia, de la piedad de Dios, uno dice: Pues yo creo que sí vamos a llegar más o menos todos al cielo.
Pero cuando se piensa en esta otra dimensión, como en esa perfección y plenitud de vida espiritual, entonces más bien cambiamos el lenguaje y más bien decimos: Bueno, yo santo no soy, yo santo no soy. Eso más bien me da como unos ciertos derechos de tener algunas mediocridades, porque si yo fuera santo me tocaba perdonar todo. Yo no voy a ser tan bobo, tengo que dejar cierto margen para desquitarme también, no voy a ser tan tonto. Hay que dejar un cartoncito donde haya derecho al pataleo, donde haya derecho a darse algunos gustos que no sean así demasiado ortodoxos. Necesitamos dejar un espacio, un espacio para no ser santos.
Entonces, al fin, ¿cómo será el asunto de la santidad? La primera lectura nos presenta una visión de intenso optimismo, miríadas de miríadas, una multitud incontable que alaba a Dios. Pero no nos ayuda a resolver el problema de cómo es al fin la santidad. El santo Evangelio nos presenta las bienaventuranzas, desde hace mucho tiempo se mira las bienaventuranzas algo así como la constitución fundamental de la santidad. Y ese es otro test, es un poquito complicado, porque mire lo que aquí escuchamos: Dichosos los pobres, ¿que tendrá bueno la pobreza?
Dichosos los sufridos. ¿No será esta una especie de ideología de la Iglesia para mantener su zapato encima de la pobre gente? Dichosos los que lloran. ¿No será que están tratando de darme aquí un contentillo tonto? Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia. Dichosos los limpios de corazón y los misericordiosos y los perseguidos. ¿Por qué llama Jesús dichosas a esas personas? Y si esos son los santos, ¿tiene uno que parecerse a esos señores? La pregunta es complicada. Si la santidad consiste en eso, entonces mis anhelos de desarrollo profesional, por ejemplo, si yo tengo ganas de ser un hombre de éxito, entonces no puedo ser santo.
De acuerdo con este evangelio, entonces, ¿en qué queda la santidad? Dichosos los que lloran. Entonces, el niño ese es dichoso. Dichosos los que lloran, dichosos los sufridos, dichosos los misericordiosos. ¿Y mi gusto por el éxito? Entonces esto tiene algunas maneras de resolverse. El Opus Dei, por ejemplo. Más o menos, la proporción es esta o la enseñanza es esta. No está mal que usted quiera tener éxito, más o menos la propuesta que hace el Opus Dei es: Usted cumpla cabalmente con sus deberes, esto significa, busque la excelencia, aléjese de la mediocridad.
Cuando usted haga apropiadamente lo que tiene que hacer, y este es el verdadero sentido del éxito, cuando usted llegue a alcanzar ese éxito, usted será también plenamente un cristiano. Y esa es la santidad, la santidad obrando en las cosas de cada día. Nosotros preguntémonos ¿a qué clase de santidad aspiramos? ¿Cómo se imagina usted santo? Haga ese ejercicio, a ver, imagínese a una Olga santa, imagínese una Erminda santa, imagínese una Liliana santa. Haga usted la extrapolación, imagínese un Mauricio santo. Haga usted la extrapolación, una Marcela santa a ver, cómo es. Trate de pensar, a ver cómo resulta esa santidad.
Ser santo para usted ahí ¿qué es? Es algo así como cumplir apropiadamente, generosamente, cabalmente, todo lo que usted tiene que hacer y ser excelente en eso. ¿Esa es más o menos su proporción, es más o menos su idea de santidad? Desde luego que el cumplimiento de nuestros deberes es una condición necesaria, lo que no está claro es que sea una condición suficiente. Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra, ¿ese sufrimiento solamente el sufrimiento de cumplir el deber? Dichosos los que lloran, ¿ese llanto es solamente porque no me pagan a tiempo?
Dichosos los misericordiosos, ¿esa misericordia es simplemente porque atiendo a la gente a sus horas? Lo que yo quiero decir es que el cumplimiento de los deberes se entiende como parte de la santidad, pero la santidad tiene que ser algo más que eso. La santidad no es simplemente portarse bien, hay un misterio en la santidad, es una comunicación de la vida y de la verdad de Dios en nuestra vida. ¿Qué significa ser santo, qué quiere decir ser santo? ¿De qué modo puede aspirar uno a la santidad? Casi siempre, en los santos que recordamos hay exageraciones.
Entonces, voy a irme al otro extremo. Ustedes disculparán que haya puesto al Opus Dei como ejemplo de un extremo. Voy a irme al otro extremo, en el otro extremo están los santos que han pasado por pruebas insoportables. Entonces, me dicen que Santa Rita tenía una paciencia infinita con el esposo. El esposo era un amargado, neurótico, era un caso patológico. Y esta mujer, así lo cuenta la crónica, soportaba con inmensa paciencia, con perfecta y plena paciencia. Y entonces uno mira esa calidad de santidad y uno dice: No, yo para esa santidad.
Pregúntele a las mujeres hoy, no, pínteme otra, pínteme otra santidad, porque eso para aguantarle yo aquí al caballero, para aguantarle las barbaridades, no. O se nos presenta la santidad inalcanzable de unas terribles penitencias. Estamos cerca de la fiesta de San Martín de Porres, 03 de noviembre. De Martín de Porres, se cuentan unos milagros espectaculares, rarísimos, como por ejemplo la bilocación, el estar en dos lugares al tiempo, cosas inexplicables, pero, los testimonios históricos dicen eso. Bien, he dibujado los dos extremos de un péndulo.
Unos dicen que la santidad consiste simplemente en realizar todo lo que uno tiene que hacer y hacerlo bien de manera ordinaria, es decir, hacer extraordinariamente lo ordinario, no ser un ordinario, sino hacer extraordinariamente lo ordinario, lo común de la vida, eso hacerlo bien. Otros, en cambio, ven la santidad solo en las cosas extrañas, ayunos prolongadísimos, milagros inexplicables, heroísmo sin cuento. ¿Qué puede decirnos a nosotros eso de la santidad? Porque si la santidad va a consistir solamente en ese portarse bien, ¿por qué hay que creer en Dios? Para ser un buen profesional, para hacer las cosas al derecho, no se necesita a Dios.
Y para hacer cosas extrañas, pues para eso existe también la magia y la brujería y cosas extrañas se ven en todas partes y en todas las religiones. ¿Qué quiere decir, entonces, ser santo hoy, cómo serán los santos de hoy, a qué clase de gente van a canonizar después? ¿Alguno de nosotros será canonizado? Aunque se dice, precisamente, que la celebración que tenemos hoy, el día de Todos los Santos, es pensando en los santos no canonizados, en los que no han sido declarados así por la Iglesia. Después de escuchar las intervenciones de ustedes, yo no me siento capaz ni de resumir ni de dar una palabra última o definitiva.
Pero sí quiero compartir con ustedes elementos que considero esenciales. En primer lugar, santo en la Sagrada Escritura es un adjetivo que solo se aplica a Dios. Solo de Dios se dice que es santo y solo aquel que está unido a Dios empieza a participar de esa santidad. Esto quiere decir que solo el Dios Santo puede santificarnos. Dios santifica a través de la acción de su Espíritu en nosotros, ese Espíritu que precisamente es llamado el Espíritu Santo. La comunicación del Espíritu en nosotros va obrando progresivamente, esta es otra afirmación esencial.
La santidad no es un hecho, la santidad es un camino, la santidad es un progreso, la santidad es un proceso. Y dentro de ese proceso de santificación, es enseñanza común de la Iglesia, que nadie hay que no pueda crecer, nadie hay que no pueda aumentar en su unión con Dios, en su amor a Él. Por otro lado, santidad está resumido por el mismo Señor Jesucristo en aquellos dos mandamientos: Amarás a Dios sobre todas las cosas y amarás al prójimo como a ti mismo. Como lo escuchábamos precisamente el domingo pasado en la Eucaristía, de todos los preceptos que tenía la ley judía, le preguntan a Jesús qué es lo más importante.
Y Él responde: lo esencial, lo fundamental es el amor, el amor a Dios y el amor al prójimo. Por otra parte, ese amor no se puede quedar ni en palabra ni en sentimiento, ese amor se traduce en realidades concretas que han transformado y que van transformando la vida de la persona. Esto significa que sin virtudes, sin virtudes reales y comprobables, no se puede hablar de santidad. Pero no son estas virtudes las que hacen santa a la persona, sino la santidad la que hace virtuosa a la persona.
Por otra parte, la Iglesia a la que pertenecemos es una iglesia de la cual decimos que es una santa, católica y apostólica, hay una santidad en la Iglesia. Antes que celebrar el heroísmo más o menos visible de una o de otra persona, la santidad que la Iglesia celebra es la presencia eficaz del Espíritu en ella misma. La santidad que la Iglesia celebra no es solamente la esperanza de llegar a ser santo, sino la certeza de que el Espíritu de Cristo es indefectible en su obra dentro de la misma Iglesia.
Por último, la obra de la santificación o la obra de la santidad, nos une en un lazo de caridad con muchas otras personas, tanto vivas en esta tierra, como vivas en la gloria del cielo. A esa unión de caridad que traspasa las barreras y las culturas y que llega a todo género de personas, a esa unión la llamamos: la comunión de los santos. Esto significa que la vida divina que hay en aquellos corazones de oración, de virtud, de adoración, de generosidad, esa vida divina nunca se queda solo para ellos, sino que, de alguna forma, a través de la caridad que nos une a todos, todo corazón que se eleva, como decía Elizabeth Lesser, todo corazón que se eleva, eleva al mundo.
Somos solidarios los unos de los otros y por eso el bien y la conversión de una persona redundan en bien y conversión y en santidad también para otras personas. Hay que decir una palabra sobre las bienaventuranzas, que, como se ve, son el gran quebradero de cabeza. ¿Qué quiere decir, qué podemos decir de estas bienaventuranzas? Dentro de las muchas interpretaciones y explicaciones, creo que es importante recordar esta. Las bienaventuranzas son eso, son bienaventuranzas, porque muestran que la felicidad está cerca de aquel que no apoyándose en lo que podría ser su certeza, su seguridad, busca, necesita, requiere y sabe que requiere el apoyo de Dios.
Si los pobres son llamados dichosos o bienaventurados, si los que lloran son llamados dichosos o bienaventurados, no es porque Dios prefiera ese tipo de dolor, ni es porque Dios quiera verlos en problemas. Si son llamados dichosos es porque, en la medida en que renuncian a apoyarse en su propia alegría o en su propia riqueza o en su propia prepotencia, se hacen disponibles para la obra de Dios. Y cuando Dios obra en esas personas, la alegría que ellos viven es mayor que cualquier alegría.

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