Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Enamorarnos más del don de la predicación.

Homilía tras002a, predicada en 20110524, con 13 min. y 51 seg.

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Transcripción:

Cuando uno se muda a una casa de lo primero que hace es ver qué ventajas y qué desventajas tiene, cuáles son las partes más seguras, cuáles son las que necesitan más cuidado, atención o protección. Nosotros, queridos hermanos, en la Orden, nosotros nos hemos mudado a esta casa que es la casa de Santo Domingo. Y no me refiero a la construcción concreta de este convento, sino me refiero a lo que significa pertenecer a una familia religiosa. Nuestra casa, a mí me parece, es decir, nuestra espiritualidad. La familia de Santo Domingo es muy bella, decía Santa Catalina de Siena, es amplia, perfumada y alegre, pero eso no significa que sea perfecta. Todavía no es la casa del Padre Celestial, tiene sus defectos y nosotros los dominicos tenemos ciertos defectos que se notan desde los mismos orígenes.

Por ejemplo, nos tienta con cierta facilidad una especie de intelectualismo que desconecta lo racional de lo emocional. Eso puede ser bueno en la medida en que permite que uno tenga un cierto juicio ponderado y maduro sobre lo que le pregunten. Pero puede ser malo porque entonces de esa desconexión surge, por ejemplo, que a veces la predicación no se comprenda o surge que por un lado va la predicación y por otro lado la vida. O también surge que nos desinteresamos de algunas de las luchas y trabajos que pasan los hermanos de nuestra época. Así que hay que tener cuidado con ese peligro de ese intelectualismo.

Continuamente uno tiene que estarse revisando porque la antropología de Domingo es bellísima. Él no sufrió de eso, pero nosotros sí podemos sufrir de eso. Otro problema que tenemos es una cierta exaltación de lo natural y de las leyes de la naturaleza y una desconfianza a veces excesiva de lo sobrenatural y todo lo que tenga sabor de aparición, milagro, carisma. Eso está raro. Tenemos una desconfianza que es buena también. Muchas veces le hemos servido a la Iglesia con esa especie de escepticismo. Esa distancia crítica es necesaria, por ejemplo, para ver qué es lo que sí es y qué es lo que no es. Le tenemos, me parece que los dominicos le tenemos pavor a ese cuento de las histerias colectivas, la sugestión, el dejarse llevar únicamente por emociones o fervores de momento.

Pero entonces fíjate que eso puede llevar a una exaltación únicamente de la naturaleza y de los procesos naturales. Así les pasó, por ejemplo, a los frailes en tiempo de Jordán de Sajonia. Ellos razonaban de una manera demasiado natural cadáver se pudre, se pudre, huele feo. Vamos a hacer el ridículo aquí viene toda esta gente. Se destapa la tumba, sale todo ese hedor. Y entonces la fama que pueda tener de santidad se acaba. Sin embargo, Domingo todavía tenía sorpresas para darles. Incluso después de muerto. Y resulta que lo que brota de la tumba es ese perfume misterioso.

Además de enseñarnos que hay un peligro en esa exaltación de las leyes de la naturaleza. Esto también nos enseña otra cosa. A duras penas los frailes creían en la santidad de Domingo. ¿Qué queda para el resto de nosotros? Nos cuesta precisamente por esa raíz tan profunda en lo racional y en lo natural. Nos cuesta mucho trabajo reconocer la santidad. Podemos ser demasiado lentos, podemos ser incluso injustos con la memoria de algunos de nuestros hermanos. Hermanos en los cuales obró poderosamente el Señor, pero que nosotros, como en el caso de Santo Domingo, los dejamos sepultados y los olvidamos. Entonces yo voy a terminar mis palabras recordando algunos frailes de nuestra propia provincia.

El otro día, en una conversación con unos hermanos de este convento, preguntaba el padre Adalberto que quiénes eran canonizables en la memoria colectiva de la provincia y surgió una conversación interesantísima, por lo menos para mí, para mi gusto, y se recordaba una serie de personas, una serie de hermanos nuestros que nosotros los hemos dejado dormir demasiado en el olvido. Tal vez por esas razones que he dicho demasiado intelectualismo, demasiado racionalismo y demasiado naturalismo, se murió, se pudre en la tumba y se queda.

Hay hermanos nuestros, que han practicado la virtud y que han buscado a Dios con un ardor impresionante. Por ejemplo, hay que recordar al Padre este de Ecce Homo, el padre Cayetano Rojas, el padre Cayetano, que murió ya hace más de sesenta años. Padre Cayetano, allá en su ecce-homo, vivió de tal modo que su existencia fue resumida en ese lema Domini, Domini dixit. Vivió para la casa del Señor como un monje, como un ermitaño enamorado de la liturgia, enamorado de la Palabra de Dios. Estas cosas que puedo recordar aquí brevemente, los mayores las saben mejor que yo, pero las menores tal vez no las conocen y alguien tiene que empezar a contarlas porque el perfume de Domingo sigue vivo y sigue vivo entre los frailes. A pesar de que muchos somos mediocres, el perfume de domingo está ahí. Pero nosotros muchas veces nos negamos a reconocer las portentosas obras del Señor.

Hay que recordar, por supuesto, al padre Enrique Higuera, que fue prior de este convento más de una vez. El padre Enrique vivió apasionadamente su sacerdocio. El otro día el Padre Maestro, Padre César nos predicaba y decía que una de las cosas necesarias en nuestra formación era pasión. Pues uno de los que vivió apasionadamente su vocación dominicana, contemplativa de predicación fue el Padre Higuera. Fue un hombre que se empeñó en ser santo y en hacer santos. En su manera de confesar, en su manera de aconsejar, en los retiros que predicaba a los frailes, a las religiosas y algunos laicos. Se ve que este hombre anhelaba con todo su corazón que llegara el Reino de Dios. Seguramente su eclesiología o su neumatología podrían ser cuestionadas desde algún punto de vista, pero mis hermanos, es que toda vida puede ser cuestionada, la tuya también y la mía más. ¡Pero qué hombre apasionado!

Un hombre que gastó muchas horas en el silencio, en la oración se puede decir de él que encarnó en muchos aspectos el ideal dominicano y se puede decir de él también que quiso presidir a la comunidad primero con el ejemplo antes que con las palabras. Un hombre grande. Otros están pensando en el proceso de canonización del padre Enrique Higuera. Nosotros lo hemos dejado bien sepultado bajo los pies de sus frailes, porque estamos un poco inseguros de que pueda suceder si se abre ese recuerdo. En este convento se recuerda también al padre Tomás María Quijano, profesor aquí y profesor también en Chiquinquirá, profesor de teología, enamorado de la mística, pero sobre todo un hombre que supo unir un saber muy alto, con una gran capacidad pedagógica, con un gran don de gentes, con una ternura y una alegría para explicar las cosas de Dios. Cuánta falta tenemos, cuánta falta nos hacen profesores así, profesores que con una sonrisa, con un gracejo, con cariño y don de gentes, nos ayuden a enamorarnos de las cosas del cielo. El padre Quijano era de ese estilo. El padre Quijano dejó una estela humilde, llena de sonrisas y llena de gratitud en su servicio ministerial, especialmente dentro de la misma comunidad. En Chiquinquirá, de donde no hace mucho vine.

Hay mucha gente que recuerda con alegría. Frailes que han estado allá. Uno de los que más habría muchos nombres, pero uno que causa siempre otro tipo de sonrisa es el hermano Martín. A su estilo, A su manera, el hermano Martín marcó con la caridad y con la devoción y con la presencia de la Virgen, por decirle solamente algo. Esto que se llama el aguinaldo en Chiquinquirá lo empezó el hermano Martín. Se recuerdan allá otros grandes predicadores como el padre Méndez, que conmovió a Chiquinquirá como nadie lo ha hecho en otras ocasiones. Son personas que han gastado su vida de una manera apasionada, de una manera generosa, todos ellos con defectos. Otros han parecido como obsesionados por una sola causa.

Padre Luis J. Torres no hablaba de otra cosa, sino de la universidad. Él creía que a través de la universidad se iba a evangelizar el mundo, se iba a recuperar el esplendor de la Orden, se iba a conectar con la historia del país, se iban a realizar maravillas y de su trabajo generoso, de su manera de entregarse a esa labor y de la pasión y el fuego que supo comunicar a otros la Universidad Santo Tomás llegó a posicionarse. Si usted lo analiza bien en un tiempo relativamente breve. Piense usted que hacia el año cincuenta, hacia el año sesenta no había universidad. Es decir, es un lapso realmente breve. Si se piensa en lo que se ha conseguido, de nuevo ahí se pueden poner interrogantes y de nuevo decimos lo mismo. Interrogantes se pueden poner sobre todas las cosas y sobre todas las vidas.

Bueno, no quiero fatigarlos con más ejemplos. Yo solo quiero decir que eso bueno que hacen los frailes produce fruto y deja el perfume de Santo Domingo. Sin embargo, pues si tengo que mencionar. No. ¿Dónde está? Tengo que mencionar al padre Pardo para que ustedes vean que también hay que hablar a los vivos. Cuando yo era un niño, por allá de siete o ocho años en el colegio de Santo Tomás, el padre Pardo se asomaba por una ventana y nos decía a voz en grito, como si estuviera convirtiendo a todo Colombia. ¡Nunca es más grande un hombre que cuando de rodillas adora a su creador! Él tenía como unos dos o tres estribillos de esos que nos decía. Y a base de esos estribillos y de ese lavado de cerebro, uno quedaba convencido.

Uno quedaba convencido de que verdad hay que predicar el Evangelio, que hay que predicar el Evangelio y el amor a la Virgen y el amor a la Eucaristía nos hizo amar a la Eucaristía de un modo extraño, con miedo. ¿En qué consistía el miedo? En que si nosotros estábamos, digámoslo del salón, estábamos sin profesor. No vino el profesor por cualquier causa. Había un fraile infatigable, Francisco Pardo, caminando a ver dónde había un salón donde no había llegado el profesor para cargarse la gente a misa. Como consecuencia de eso, el colegio se volvió no tanto eucarístico, pero sí muy disciplinado. Porque claro, si no venía el profesor, todo el mundo trataba de portarse bien, no sea que venga el padre Pardo. Domingo, el ideal de Domingo, el perfume de domingo, están entre nosotros. Tenemos que creer más. Tenemos que enamorarnos más del don de la predicación.

Cuando el padre Pardo. Yo sé que esto es inusual que se mencione a una persona que está en la propia misa. Cuando el padre Pardo pegaba sus alaridos porque eran alaridos. Él no podía saber que estaba impactando vidas. No sabía por lo menos cuales. Dios hace su obra. Crea usted en la predicación. Crea usted en el ideal de Domingo. Avance. Reconozca además el bien de sus hermanos, porque en esos bienes nos está dando Dios la mejor y la más perfecta formación.

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