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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El aroma de Santo Domingo.
Homilía tras001a, predicada en 20000524, con 6 min. y 41 seg. 
Transcripción:
Colocación de algo tan sencillo, casi tan accidental como fue este cambio de sepulcro. Nosotros tenemos ya desde antiguo la ocasión de meditar en nuestro carisma. Fue aquella la oportunidad de lo recordamos bien, en que los restos mortales de Santo Domingo exhalarán ese misterioso perfume. Un perfume que duró varios días y que quedaba como prendido en las personas que estuvieron ahí cerca o las personas que tocaron ese primer sepulcro donde estuvo Santo Domingo. Este es el día en el que Jordán hace la hermosa comparación y dice que Domingo era buen olor de Cristo, aplicando las palabras del apóstol San Pablo. Y hay muchas ocasiones en las que se puede meditar sobre perfumes, aromas, olores. El sentido del olfato no tiene mayor espacio dentro de la liturgia, aunque hay reminiscencias para él en esos textos donde se habla de las oblaciones y las víctimas de suave olor. Ese aroma que aplaca a la divinidad. Y sin embargo, tenemos esa buena oportunidad. Levitar sobre la arena. Es meditar sobre aquello que resulta como más personal, como más propio. La mayor parte de nosotros, especialmente quienes estamos aquí dedicados por vocación al servicio de Dios, somos, yo diría, pudorosos con respecto a esto de los aromas. De modo que lo que uno prefiere, en general, es no comunicar su aroma a otras personas, ni está recibiendo el de nadie. Es algo tan propio, es algo tan de uno que va unido al mismo ser y queda tan en el espacio, tan propio del espacio de nuestra personalidad que no es como para nadie más. Cuando Santo Domingo comparte ese aroma o lo deja sentir por la gracia de Dios, lo que nos abraza sale en el abrazo del Padre común. Se puede sentir ese perfume que ya no es el propio de los cansancios y fatigas de esta tierra, sino es el propio de la gloria y de la ofrenda de los cielos. Por eso es hermoso pensar que este es el día del abrazo de Santo Domingo, el día de la cercanía de Domingo. Entre nosotros estuvimos ahí cuando se destapó esa caja con los restos mortuorios. Si percibimos el aroma de Domingo, cuando nos sentimos abrazados como íntimos de él. Ese es el momento para descubrir esta circunstancia, este hecho particular. Indudablemente, los que tuvieron esa experiencia quedaron conmovidos por la santidad de nuestro Padre y confirmados en su vocación. Los que eran dominicos necesitan llena de pasarnos a nosotros. la santidad de Domingo los conmueve. Y el estilo, el amor y el perfume de Domingo nos confirman lo que somos. Podemos decir entonces que hay como una aplicación de este hermoso día a nuestra vida, cuando nosotros descubrimos así la cercanía de Domingo. Tenemos que las palabras necesariamente se vuelven distantes. La palabra se puede enviar de vuelta como por teléfono, como por internet. Se puede mandar la palabra a miles de kilómetros de distancia. La imagen se puede mandar desde lejos. Para eso está la televisión y los satélites. Pero hasta ahora no ha habido manera de mandar el olor, el aroma, el perfume. Eso no se puede mandar lejos. ¿Qué clase de cercanía tenemos con Santo Domingo? La misma imagen que nos llega desde lejos, vía satélite desde el siglo trece. Y hay unas palabras que nos llegan traducidas por radio, por prensa, desde hace muchos siglos o tenemos la cercanía del que ha recibido el abrazo de Domingo. Y sabe a qué huele este carisma y sabe cuál es su gloria y cuál es su premio. Y se siente confirmado en su vocación. Que Dios hoy nos haga experimentar esta hermosa cercanía de Domingo nos confirma en nuestra vocación y nos haga sentir eso que no se puede sentir así desde distancia, sino solo en la proximidad del Padre amado.

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