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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Ejemplos preciosos que tomamos de la fe que compartieron y vivieron San Pablo y sus discípulos.
Homilía styt013a, predicada en 20210126, con 17 min. y 35 seg. 
Transcripción:
Hermanos queridos. Esta celebración de los discípulos de San Pablo, tan queridos para él, Timoteo y Tito, nos permite asomarnos a un aspecto de la vida del apóstol que de otra manera no conoceríamos. Observemos de qué modo le habla Pablo a su querido discípulo Timoteo en la primera lectura de hoy, tomada de la segunda carta de Pablo a Timoteo. Habla de cómo le da gracias a Dios por Timoteo y dice Tengo siempre tu nombre en mis labios cuando rezo de noche y de día.
Mira el tono tan entrañable que utiliza. Lo que sigue. Al acordarme de tus lágrimas ansío verte para llenarme de alegría, refrescando la memoria de tu fe sincera. No es una relación lejana, impersonal o funcional. Solo podemos compararla con la relación que un papá tiene con un hijo. De verdad que ese tratamiento de hijo es muy propio de Pablo a Timoteo. Porque de hecho lo llama así, lo llama en el texto de hoy. Dice Pablo, apóstol de Cristo a Timoteo Hijo querido.
La Iglesia no es simplemente una empresa que logra unos resultados o que trabaja eficazmente para fines tal vez nobles como erradicar la pobreza o mejorar la ecología. La Iglesia está hecha de estas lágrimas, está hecha de estas sonrisas, de estos encuentros, de estos abrazos.
Este es el primer mensaje que quiero transmitir. La Iglesia necesita de gente que pueda extrañar a otros, que pueda amarlos, que pueda llorar por ellos, que pueda rezar como Pablo día y noche por ellos. De eso se hace la Iglesia, se hace de esa caridad entrañable que se convierte en lágrimas, en abrazos, en risas, en oraciones. De eso se hace la Iglesia. A veces pensamos que la Iglesia está hecha solamente de decretos, documentos. Tal vez aquellas declaraciones que puede hacer un Obispo, una Conferencia Episcopal utilizando la imagen proverbial del iceberg, ¿recuerdas no? el iceberg, que sólo sobresale una punta, pero la mayor parte está bajo el agua. Así tendríamos que hablar nosotros con respecto a la Iglesia.
Lo que se ve de la Iglesia en términos de las declaraciones de esto que dijo el Papa, de lo que dijo la Conferencia Episcopal, eso es importante, claro está. Pero lo profundo del ser de la Iglesia está en este amor que aprendemos a tenernos unos por otros. Esta capacidad de interesarnos por el otro, esta capacidad de engendrar al otro a fuerza de oración. Oye esa frase. Engendrar al otro a fuerza de oración.
Si Pablo lo llama hijo, también le está expresando en primer lugar a Dios el amor que le tiene a ese hijo. Y podemos decir que las oraciones de Pablo son como una especie de armadura con la que quiere defender a ese hijo querido. Yo creo, yo estoy seguro que los que son papás y son mamás me entienden perfectamente. La oración de una madre, la oración de un papá, es como si quisiera rodear de una coraza que defienda al hijo de todo mal espiritual, corporal, social, emocional. Así hemos de aprender a hacer en la Iglesia.
Nuestra oración está cargada de ese mismo amor. Y la verdad es que, aunque Cristo no utilizó mucho esa terminología para referirse a sus discípulos, hay algo muy bello. Y es que Cristo sí les dice en la Última Cena que es una cosa que a mí me conmueve. Cristo les dijo a sus discípulos en esos momentos decisivos los llamó hijos. Es más, en el texto griego está el diminutivo. Los llamó hijitos. Eran sus hijitos, engendrados no por la pasión, que por otra parte es natural entre el hombre y la mujer. No, no engendrados por ese amor, sino por un amor, un amor mucho más alto, por un amor celestial, pero son hijos.
Y esto vale especialmente para nosotros, Sacerdotes. Cuando ustedes oren por nosotros, pídanle a Dios que nosotros tengamos esa clase de amor. La gente nos llama padres y debemos saber entenderlo. De ningún modo es un reemplazo del único Padre Celestial, sino que yo, cada vez que escucho que alguien me dice padre, yo lo que pienso es que esa persona tiene derecho de encontrar en mí un reflejo, así sea pequeño, de cómo nos ama Dios, el que dio a su Hijo único.
Entonces, primera enseñanza de hoy la Iglesia está tejida de este amor. Este es el amor que teje a la Iglesia. Este bendito amor que nos conecta a unos con otros y que ensancha los vasos comunicantes para que te llegue más el amor que Dios te tiene. Mi oración no crea el amor. No, yo no soy el creador del amor. Pero sí puedo ser a fuerza de oración, si puedo ensanchar ese vaso comunicante, esa especie de canal que nos une porque somos la misma Iglesia. Yo puedo con la oración ensanchar ese canal para que te llegue más amor a ti. Y lo mismo de ti hacia mí, porque todos necesitamos. Bueno, esa es la primera enseñanza, van a ser tres.
Vamos con la segunda. La segunda enseñanza está en la importancia de la familia para transmitir la fe. En la lectura que hemos escuchado aparece el nombre de dos mujeres. Una mujer llamada Loida o Loide y otra mujer llamada Eunice. Loida era la abuela de Timoteo. Timoteo era natural de la región de Filipos. En Macedonia, Loida era la abuela y Eunice era la mamá. Y Pablo le dice Sería yo feliz de encontrarme contigo y alegrarme con tu fe sincera. Y haz esta anotación. La misma fe que tuvo tu abuelita Loida y que tuvo tu mamá Eunice. Como comentan varios exégetas, este es prácticamente el único caso que tenemos en el Nuevo Testamento de tres generaciones de cristianos. Abuela Loida, mamá Eunice, hijo Timoteo. La misma fe cristiana.
Y hay dos cosas que debo anotar aquí. En primer lugar, que el lugar primero, que el sitio primero para la transmisión de la fe es la familia. Es la familia. Puede decirse que las primeras evangelizadoras de Timoteo fueron la abuelita y la mamá. La familia es el lugar donde se transmite. ¿Por qué? Porque la fe, en primer lugar, se transmite por contagio y se transmite por ejemplo, es el ejemplo el que va calando. Está muy bien que Dios nos dé en la Santa Iglesia muchos santos predicadores y Sacerdotes, pero seamos sinceros un niño, un jovencito, por más bien educado que esté y por más hogar católico que tenga. ¿Cuánto tiempo puede compartir con un sacerdote? Hablo, por ejemplo, en la liturgia se cuenta en minutos a la semana. ¿Cuánto tiempo comparte con el papá y sobre todo con la mamá? Muchas horas, todos los días. Entonces es el ejemplo, es el contagio del ejemplo. Lo que tiene impacto real en la persona. Es el contagio del ejemplo lo que hace que la fe resulte creíble, incluso para aquellos jóvenes que a veces parecen como un poco resistentes, indiferentes, despectivos hacia la fe.
No les tenga miedo que porque le hagan mala cara, no les tenga miedo. Dios va sembrando profundamente en esos corazones y a su tiempo darán fruto. Siempre hay que citar el caso de San Agustín. Ay, qué petulancia de la que tanto se arrepintió el mismo. Qué petulancia de Agustín cuando la mamita yo me la imagino. Dios bendiga una y mil veces a Santa Mónica. La mamita con ese cariño que le pasa una biblia, ya que él tenía toda esa inteligencia y toda esa literatura y oiga el desprecio de San Agustín, que no era San Agustín en esa época, mira el desprecio de Agustín contra la Biblia y contra la mamá. Después de leer unas páginas, dice Cicerón escribía mejor. Ese fue el desprecio, una bofetada terrible para la mamá. Pero la mamá estaba sembrando bien y eso hizo mucho, mucho fruto en ese corazón. Tuvo que esperar, es verdad, pero dio fruto abundante.
El otro aspecto que quiero destacar de este tema de la transmisión de la fe en la familia es que si nosotros nos damos cuenta, Pablo está hablando de dos mujeres. De hecho, el papá de Timoteo, según sabemos, era un pagano. Y no se habla de la conversión del papá de Timoteo. Todos deseamos que haya llegado a Cristo, pero es claro que llegó primero la mamá Eunice. Esto me llama la atención porque cuando el Papa, nuestro Papa Francisco, habla de la transmisión en la fe, siempre destaca el papel de las mujeres. Las mujeres con mucha frecuencia, el gran terreno de acción de la mujer. No es el único, no me vengan ahora con historias de machismo. Pero con mucha frecuencia el gran terreno de verdadera influencia profunda de la mujer es el hogar. Y es perfectamente comprensible.
Sabe usted ¿por qué la mujer tiene tanto poder en el corazón de los hijos? Porque resulta que los primeros y grandes y reconfortantes bienes que recibe todo bebé los recibe en primer lugar de la mamá. De modo que si yo estoy recibiendo de mi mamita. Como en mi tiempo, yo lo recibí, Bendito Jesús. Si estoy recibiendo de mi mamita el cuidado, el cariño, la alimentación, que si estoy enfermo me ayuda para que me restablezca. Si yo estoy recibiendo todo eso de mi mamá y mi mamá me habla de Jesús, una palabra que mi mamá me diga de Jesús tiene una fuerza increíble, porque mi mamá dentro de mi ser está asociada con toda la fuerza de la bondad, entonces tiene una credibilidad espectacular.
Yo tuve la bendición, la tengo, de venir de un hogar católico, papá católico, mamá católica y con todo lo que yo amo y amaré a mi papá. Yo tengo que reconocer el increíble poder, el increíble poder de la voz de mi madre en mi corazón. Entonces esto es muy importante para darnos cuenta por qué es necesario que las chicas reciban, asimilen y vivan la fe. Bueno, todos lo necesitamos, pero muy especialmente la mujer. ¿Por qué? Porque la mujer es la catequista del corazón humano. Escriba esa frase que le conviene. La mujer es la catequista del corazón.
Es muy posible que el papá tenga toda una lógica, como fue el caso de mi padre. Mi papá tenía un don de expresión y un don de palabra muy notable. Bendito sea Dios y que lo tenga en su reino. Mi mamá era mucho menos hábil en ese aspecto de las palabras. Pero ¿qué sucede? sucede que la mamá es la catequista del corazón. Por eso el demonio sabe que necesita destruir a la mujer. Porque la mujer sin principios, la mujer sin piedad, la mujer sin pudor, la mujer sin claridad de su lugar en el hogar. Es una mujer que deja un rastro demasiado tenue en la fe de los hijos. Por el contrario, una mamá que tiene conciencia de lo que significa Jesús. Una mamá que sabe que Jesús es la herencia más grande que le puede dejar a sus hijos, porque la mamá tendrá que irse tarde o temprano, como todos. Una mamá que tiene claro eso es catequista del corazón y hace un bien muy grande.
Esto lo aprendemos en esta fiesta de los santos Timoteo y Tito. Y mi último punto para compartirles hoy. Démonos cuenta, mis hermanos amados, démonos cuenta que Pablo cuando le escribe a Timoteo, está en la cárcel, por eso le dice No te avergüences del Evangelio ni de mí, que soy su prisionero. No te avergüences de Cristo ni de mí, que soy su prisionero. Pablo no se sentía prisionero del Imperio Romano. Pablo no se sentía prisionero de los judíos. Él se sentía prisionero de Cristo. Qué cosa tan bella, tan alta, tan noble. ¿Por qué lo estoy destacando? Lo estoy destacando. Porque muchas veces tú sentirás. Ya dejando aparte el tema tan hermoso de la familia, ya estamos en el tercer punto en nuestra predicación. Muchas veces tú sentirás que ser católico es algo de lo que uno está tentado de avergonzarse, lamentablemente.
Lamentablemente uno está tentado de avergonzarse porque como hay errores tan escandalosos y sobre todo como la prensa, como los medios de comunicación se encargan de magnificar los errores, cuando no es inventar calumnias en torno a la Iglesia. A veces uno puede acomplejarse, achicarse, disminuirse frente al hecho de que pertenecemos a una comunidad de gente imperfecta.
Pablo no estaba en la cárcel porque hiciera mal su labor, pero sin embargo Pablo se da cuenta que la vergüenza que Timoteo pudiera sentir sobre el encarcelamiento de Pablo podía frenar el testimonio. Y esta es la parte que yo quiero que nos quede como despedida hoy.
No permitamos que ningún tipo de mordaza frene nuestro testimonio. Hoy vi con mucho consuelo un artículo que precisamente lo estoy difundiendo por Internet en mi blog. Un artículo muy bonito que lleva por título Jesús y los respetos humanos y la foto que aparece. Esto es tomado de un portal magnífico que yo siempre recomiendo, que se llama Religión en libertad. La portada que aparece en ese artículo a la que yo remito trae un grupo de católicos en una marcha pública o por supuesto, en Estados Unidos. Y el letrero que ellos llevan, la pancarta que llevan dice Orgullosos de ser católicos. Sabemos que hay defectos, sí. Sabemos que hay problemas, sí. Pero ¿eso me va a acomplejar? no. ¿Eso me va a detener? no. Proud to be Catholics. Orgullosos de ser católicos.
No permitas ni que tus pecados, ni que los errores de otros empañen la hermosura que Dios nos ha dado y de la que somos testigos como católicos. Con estos sentimientos seguimos nuestra Celebración Eucarística dándole gracias a Dios, porque ha transmitido a través de nuestras familias la fuerza de la fe y porque nos permite a nosotros, como a Tito y a Timoteo, ser también testigos de esa misma fe.

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