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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
¿Somos fecundos según el Espíritu? ¿Qué hemos hecho con la vida que Dios nos ha dado en el bautismo y la confirmación? ¿Hemos llevado esa fuerza, esa vida de Dios a otras personas?
Homilía styt011a, predicada en 20190126, con 4 min. y 55 seg. 
Transcripción:
El veintiséis de enero nuestra Iglesia Católica celebra a los santos Timoteo y Tito. Lo que tienen en común estos dos hombres admirables, verdaderos apóstoles de los comienzos de la predicación del Evangelio, es que ambos fueron discípulos muy cercanos, muy aprovechados y muy queridos del apóstol San Pablo. En esta ocasión quisiera ofrecer una reflexión muy sencilla.
Cómo a través de la acción del Espíritu surge una nueva manera de ser Padre y de ser hijo. Nuestro Señor Jesucristo utiliza un par de veces la expresión hijos. Especialmente me conmueve cuando en la Última Cena llega incluso al diminutivo ese diminutivo de cariño, hijitos. Los llama hijitos. También sabemos que Cristo escogió doce apóstoles en una conexión mística y preciosa con las doce tribus de Israel, las cuales, según el libro del Génesis, tienen su fuente en los doce hijos del patriarca Jacob. O sea que Jacob tuvo doce hijos según la carne y la sangre. A partir del deseo, deseo que él tenía por aquellas mujeres que le gustaron. Del deseo de la carne y según la carne surgieron las doce tribus de Israel.
De un nuevo deseo, de un nuevo amor, de una nueva fuerza. Van a surgir estos doce apóstoles a los que Cristo llama en alguna ocasión con tanto cariño, hijitos. ¿Cuál es ese nuevo amor? ¿Cuál es ese nuevo deseo? Es el deseo que trae el Espíritu. Por eso dice el Evangelio según San Juan en el capítulo primero, refiriéndose a aquellos que hemos renacido de Cristo. Dice Éstos no han nacido del deseo de varón, éstos han nacido de Dios. Hay una nueva filiación. Y por supuesto que esa filiación, en primer lugar, nos conecta con Dios nuestro Padre. Por eso dice San Pablo Estos son los hijos de Dios, los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios. Y también nos dice que ese Espíritu gime en nuestro interior con gemidos inefables.
Y es el Espíritu el que susurra esa palabra bendita, la palabra Abba, la palabra Padre o incluso Papá. Palabra de amor, palabra de cercanía que nos conecta, que nos une a cada uno de nosotros con Dios nuestro Padre. Pero dentro de ese misterio de la paternidad de Dios hay también una participación en aquellos que trabajan en la viña de Dios.
Por eso San Pablo, hablando de Timoteo, dice que es un hijo suyo, por supuesto, un hijo, en ese orden del Espíritu, a través de una semilla propia que es la semilla de la Palabra y a través de un amor especial que es el amor del Espíritu. El apóstol ha sido fecundo en la persona de Timoteo. Esa es la grandeza. Esa es la belleza que tiene ese acto de evangelización. Y aquí viene la pregunta para nosotros ¿somos fecundos? Así de sencillo. ¿Somos fecundos? Esa vida que Dios nos ha dado con el Bautismo y sobre todo con la Confirmación. ¿Qué hemos hecho con esa vida? También en nosotros está la semilla de la Palabra. También en nosotros está la fuerza del Espíritu. ¿Somos fecundos?
En tiempos antiguos, en el Antiguo Testamento la única fecundidad que se conocía era la fecundidad según la carne. Pero según nos muestran estos discípulos aprovechados, como los hemos querido llamar, cercanos, aventajados. Discípulos muy amados del apóstol Pablo, pues existe también esta fecundidad del Espíritu. ¿Somos fecundos según el Espíritu? ¿Hemos llevado esa fuerza, esa vida de Dios a otras personas? Es una pregunta muy provechosa en esta hermosa fiesta de San Timoteo y de San Tito.

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