Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Pablo, al final de su vida, se da cuenta del lugar que cada etapa de su propia historia tenía dentro del conjunto del plan del Señor.

Homilía styt010a, predicada en 20180126, con 6 min. y 21 seg.

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Transcripción:

Quiero compartir una reflexión sobre la primera lectura de hoy, tomada de la segunda carta de Pablo a Timoteo. Para que nos ubiquemos esta es la misma carta en la que Pablo prácticamente se despide con aquellas palabras memorables. Yo estoy a punto de ser ofrecido en sacrificio.

En ese sentido, es un documento que tiene características de testamento y también de lo que podríamos llamar un balance final de la vida. Atrás quedan aquellos tiempos especialmente notables en las cartas a los Tesalonicenses, en que él veía la evangelización como una especie de fuego que pronto iba a consumir al mundo entero. Incluso las controversias de las comunidades, como puede ser lo que recordamos en Corintios o en Gálatas. Eso también queda atrás.

Lo que encontramos aquí es la reflexión serena de un hombre maduro, preocupado fundamentalmente por dejar una verdadera herencia, algo que fuera plenamente claro para sus discípulos más queridos y para aquellos que tenían que continuar con la antorcha del Evangelio. Y hay dos cosas que conviene destacar de la lectura de hoy, teniendo en cuenta ese contexto de un hombre mayor del balance y del testamento.

Observemos cómo Pablo dice Doy gracias a Dios, a quien sirvo con pura conciencia, como mis antepasados. Esto es muy interesante. Observemos que Pablo en su juventud tiene una formación intensa y estricta como fariseo. Después viene su conversión, la fiesta que recordábamos ayer, su largo y exigente servicio a las distintas comunidades cristianas. En este momento de su vida, observemos la palabra que utiliza. Sirvo a Dios con pura conciencia, como mis antepasados.

Podemos decir que este es un Pablo reconciliado con su juventud, reconciliado con su pasado en el judaísmo. Es un Pablo que tiene la mirada lo suficientemente amplia para darse cuenta que en el plan de Dios, ese mismo que era servido por los judíos, ese mismo que era adorado por los judíos y que era a su manera buscado por los fariseos. Ese es el mismo al que él sirve ahora. Esa profunda identificación es un dato teológico, por supuesto, pero también es un dato existencial.

Pablo ha descubierto la unidad dentro de su corazón y dentro de su historia. Se ha dado cuenta que los arrebatos entusiastas de su juventud, los esfuerzos de su edad adulta y la ofrenda que está a punto de hacer de su vida, todo tiene como hilo conductor el servicio al mismo Dios. De manera que ese es un dato importante y una invitación también para nosotros.

Aunque hay aquí gente de distintas edades, yo creo que varios ya tenemos unos cuantos años y hay que pedirle eso a Dios, que uno pueda llegar a esa reconciliación, a esa paz interior, ese saber descubrir que el Señor ha estado siempre y que el mismo que nos movió con el fuego de la juventud es el mismo que nos da la serenidad, la claridad, la aceptación profunda en nuestra edad avanzada.

Lo segundo que quiero destacar son esas palabras que le da Pablo a Timoteo. Reaviva el don que recibiste. Es decir, que la serenidad que vamos encontrando, que esa paz no es pasividad, que esa tranquilidad no significa que ahora sea menor el desafío. Significa más bien que nuestro modo de servir al Señor quizás cambia. Pablo se da cuenta que ya no será seguramente él, el que va a estar en la vanguardia, en la primera fila, gritando el amor de Dios, la fuerza de la salvación ya no va a ser Él. Pero él se da cuenta que la evangelización sigue y es necesario que ese ardor y que ese vigor pasen a otros. Él, por su parte, hace lo que tiene que hacer prepararse para su encuentro con la eternidad, prepararse para sellar su vida con la ofrenda que será el martirio.

Así que esas son las dos invitaciones que creo que podemos recoger de esta primera lectura. En el plano existencial, pedirle a Dios que nos dé esa reconciliación interior, esa unidad interior de todo lo que hemos vivido. Y luego tomar conciencia de que aunque nuestras fuerzas declinen y aunque nosotros salgamos un día, todos tendremos que hacerlo de la vanguardia. No por eso dejamos de ser servidores del Señor, sino que ofrecemos nuestra propia vida, que es el acto final de la evangelización y animamos a otros para que lleven esa misma fuerza, esa Buena Noticia a todas las naciones.

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