Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Fuerza, amor y dominio de sí: las tres cualidades de un servidor de Cristo y de su Evangelio.

Homilía styt003a, predicada en 20110126, con 15 min. y 50 seg.

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Transcripción:

En las recomendaciones que el apóstol Pablo da a estos dos discípulos, Timoteo y Tito. La Iglesia ha visto siempre sugerencias y consejos muy útiles para el cuidado pastoral. Por eso se habla también de estas cartas a Tito y Timoteo como cartas pastorales. A veces es bueno tener síntesis que nos permitan recoger la esencia del mensaje. Así, por ejemplo, en la lectura de hoy, tomada de la segunda carta a Timoteo Capítulo Primero, hay una recomendación muy específica. Le dice Pablo a este discípulo tan querido que nosotros no hemos recibido un espíritu de cobardía. Y dice: Lo nuestro es fuerza, amor y dominio propio. Quédese con eso hoy yo pienso que en un seminario, por ejemplo, se podría poner eso en algún en alguna puerta, quizás incluso la puerta principal. Fuerza, amor, dominio propio.

Sí, esas tres características se cultivan durante nuestros años de formación y se ponen en práctica luego de recibida la ordenación. Yo creo que tendremos verdaderos apóstoles una vez más fuerza, amor, dominio propio. Esa fuerza de la que habla el apóstol es fuerza en la inteligencia, en la voluntad y en la memoria. La fuerza en la inteligencia: Es la capacidad de cuestionar y es una de las virtudes más necesarias en un buen servidor de Cristo. Ya nos han dicho muchas veces estos últimos pontífices, sobre todo Juan Pablo Segundo y Pablo sexto y también Benedicto, nos han dicho que ser cristiano es ir en contravía muchas veces y por eso un buen servidor del Evangelio tiene que tener fuerza en el pensamiento, capacidad de cuestionar, capacidad de desenmascarar, capacidad de sacar a luz tantos engaños. Y en realidad este es el oficio de la filosofía, de los estudios de filosofía. Podemos decir que un buen estudio de filosofía nos ayuda a desmontar lo que parece obvio a los ojos del mundo. Por ejemplo, la noción de libertad que la gente tiene. Eso tiene toda una historia.

Entonces, un buen estudiante de filosofía sabe desmontar esa concepción generalizada de libertad. Lo que se entiende por felicidad, lo que se entiende por paz, lo que se entiende o no se entiende por verdad, lo que se quiere entender por tolerancia. Para todo eso se necesita una inteligencia penetrante, bien formada. Tenemos que afilar nuestras armas. El mundo es astuto en difundir su mensaje y buena parte de la evangelización hoy tiene que empezar por ayudarle a nuestra gente a que cuestione, a que no se resigne, a que se dé cuenta de qué le están vendiendo. Porque sabemos que hoy existe una cosa que se llama ingeniería o reingeniería social, que es ese conjunto de técnicas para lograr que la opinión pública se vuelva favorable a algo. Y han tenido unos éxitos grandes, pero por supuesto desastrosos a la vez con esa clase de técnicas. Así se vende el aborto, se vende el matrimonio gay, así se vende el libertinaje, así se vende una noción de autonomía opuesta a la fe cristiana. Entonces hay que tener fuerza en el pensamiento para cuestionar. Pero hay otra dimensión fuerza en el pensamiento para sembrar, para hacer la labor complementaria. Como le dijo Dios a Jeremías: Te he puesto para arrancar y derribar, pero también te he puesto para plantar, para sembrar. Y también hay que tener fuerza para sembrar.

Fíjese que hay personas que han sido decisivas en la vida de cada uno de nosotros. A veces uno se acuerda de un profesor o de una catequista que conoció cuando uno era niño, pero fueron personas que supieron sembrar. Se necesita fuerza para inculcar principios, especialmente los que tengan una labor de educación como principal cuidado pastoral. Se darán cuenta que si no se logra sembrar con fuerza, penetrar profundamente en el corazón de los amigos, que Dios nos dé para servirles el Evangelio, no estamos haciendo nada. Entonces fíjate que se necesita fuerza, se necesita fuerza en la voluntad. Santo Tomás de Aquino nos dice, que la virtud de la fortaleza tiene dos actos uno es resistir y otro es acometer. Y esos dos actos son muy necesarios para todo testigo de Cristo y especialmente para todo sacerdote. Hay fuerza para resistir. Esto es propio de la voluntad. No nos podemos dejar llevar por el sensualismo, por el consumismo y por los demás ismos. Pero nosotros estamos hechos del mismo barro. Nosotros tenemos carne y sangre, sensaciones, sentimientos, pasiones. Somos tentados como todo el mundo. Necesitamos fortaleza.

Así como el ejercicio físico le da fortaleza al cuerpo, así también, especialmente en nuestros años de formación, necesitamos hacer aquellos ejercicios que hagan que la voluntad esté firme para que no nos gane cualquier cosa. Para poder resistir, hay que tener fuerza. Y además hay que tener fuerza para acometer, nos dice Santo Tomás. Es decir, fuerza para emprender cosas arduas. Fuerza para meterse en los terrenos del enemigo, fuerza para salir. No podemos llevar una actitud acomplejada, una actitud de ostras, una actitud de mimetización con el ambiente. Fíjate lo que le dice Pablo a Timoteo. Le dice exactamente: No nos ha dado Dios un espíritu de cobardía. Pero hay mucha cobardía. Nos mimetizamos o como dice, nuestro querido padre rector, nos volvemos invisibles. Dejamos que cualquier otro mensaje, que cualquier otro evangelio se vuelva evangelio de nuestra sociedad. Y nosotros, escondidos, mimetizados, simplemente viendo pasar las tragedias espirituales y morales que devastan a nuestro pueblo. Entonces hay que emprender cosas, hay que tener iniciativas, hay que hacer misiones, hay que salir y salir significa estar dispuesto a que se burlen de uno, a que le hagan mala cara. Salir significa estar dispuesto a equivocarse. No es salir para pasear, es salir para sembrar. Y eso implica todas estas cosas.

Me acuerdo en un curso de entrenamiento para vendedores de alguna empresa norteamericana, les decían a los candidatos para ese trabajo. La venta empieza cuando el cliente dice no. Ahí empieza la venta. Es decir, lo primero que tiene que saber un vendedor es que no le van a querer comprar. Si el vendedor cree que su trabajo va a ser de el distribuidor se equivocó hermano. El vendedor tiene que partir de la base de que lo primero que va a recibir es un no, una burla, un portazo en la cara. Y a veces hay cosas que son muy difíciles de vender, pero hay gente que, como se dice, vende hasta un hueco, eso venden de todo. Y se parte de la base de que va a haber oposición. Entonces el sacerdote, el sacerdote del siglo veintiuno, tiene que ordenarse con la conciencia clara. Salgo a vivir, a recibir oposición. El Evangelio también fue clarísimo como corderos en medio de lobos, salgo a que se burlen de mí, a que la gente le parezca ridículo, a que me cuestionen. A eso salgo.

Yo no salgo a un desfile de aplausos y aclamaciones a pesar de que a uno le dan mucho aplauso y mucho cariño por la época de la ordenación. Finalmente, amigos, necesitamos fuerza en la memoria. Estoy utilizando la partición en tres potencias, que es tan común en San Agustín cuando habla de potencias alma, inteligencia, voluntad y memoria. Necesitamos fuerza en la memoria. Que significa ¿Qué? Pues ante todo, necesitamos una memoria robusta de las obras del Señor, una memoria consecuente, una memoria orgánica de la historia de salvación y de ternura que Dios ha tenido con cada uno de nosotros. Necesitamos esa clase de memoria. Es decir, uno tiene que tener con mucha claridad, con mucha lozanía, con mucha frescura. Uno tiene que tener la historia de Dios en mi vida, porque eso es lo que sostiene. Fíjese usted que las personas casadas que tienen oficina, con mucha frecuencia ponen una foto de los hijos, o de la esposa o de la familia y la tienen ahí en su escritorio de trabajo. Es un recordatorio permanente, recordatorio que en algún caso puede servir incluso para superar la tentación de alguna pasión pasajera. Si estoy viendo todo el tiempo esa familia que he construido, que estamos construyendo con mi esposa con tanto esfuerzo, si estoy viendo esos hijos que me saludan desde ese marco, como diciendo, papito, te necesitamos. Esa memoria fresca hace que mi trabajo cobre sentido.

Pues para nosotros hay también una historia de amor. Nosotros, sacerdotes, tenemos también una historia de amor que tenemos que tenerla fresca para no ir a entregar los dones del Señor a cualquier accidente de la vida. Para no ir a malgastar los enormes dones y las maravillosas providencias que Dios nos ha regalado. Eso se llama una memoria existencial. Pero también hay que tener fuerza en la otra memoria, que es la memoria teórica o doctrinal. En algunos lugares de Inglaterra hay el ritual de quemar. Cuando la gente se gradúa de sus estudios superiores, queman todos sus apuntes y fotocopias y se hace una especie de aquelarre de fiesta, medio carnestolenda chica pagana, porque al fin salí de eso. Al fin acabé. Yo espero que esa clase de costumbre no se propague ni en Colombia ni en otras partes, porque hay gente que se ordena un poco con esa mentalidad.

Ya por fin se acabó. Ahora si quedó bien enterrado Kant, por fin Lonergan, Runner lejos de mí. Todo lo contrario, después de ordenados es donde vamos a ver más la utilidad de la parte doctrinal. Y también en eso hay que tener memoria. Termino con una pequeña anécdota personal. En alguna ocasión, un joven estudiante de la Universidad Nacional de Colombia fue para una conversación conmigo donde vivía en esa época y resulta que ahora he vuelto a vivir en el convento de Santo Domingo. Este muchacho, estudiante de ingeniería, prácticamente estaba ingresando en las filas del ateísmo, pero por sugerencia de no sé quién, quería hablar con algún cura, como dice la gente. Y entonces el hombre se acercó allá al convento. Empezamos a hablar y después del saludo tuvimos una larga conversación sobre Arthur Schopenhauer. Resulta que este muchacho era fanático de Arthur Schopenhauer. Ateo, por supuesto. Y lo que a él más le extrañó fue encontrar un sacerdote con el que podía hablar de Arthur Schopenhauer. Y resulta que a lo largo de la conversación se dio cuenta de que su ídolo tenía los pies de barro. No voy a decir que de esa charla él salió convertido, pero eso, sumado con muchas otras cosas, ha convertido en realidad a este muchacho en un cristiano católico que vive su fe y que ha superado esa crisis de ateísmo.

Es decir, con mucha frecuencia la ciencia, el conocimiento bien utilizado, sirve para desarmar los prejuicios de la gente. Si la gente piensa que el sacerdote es apenas un rezandero, un funcionario eclesiástico no lo toma en serio. Pero si ven en nosotros personas con una formación estructurada, no vamos a ser doctores en todas las especialidades, pero si tenemos una contextura, una formación coherente, consecuente, eso es supremamente útil para lo mismo que decíamos al principio, para tener fuerza a la hora de hacer una propuesta.

Estos son los consejos que nos da San Pablo fuerza, amor y dominio de sí. No se puede la sola fuerza. Esa fuerza tiene que ser gobernada por un principio más alto, que es la caridad. Un principio que nos lleva a sentir una gratitud continua, indeficiente hacia el amor que hemos recibido y una caridad que se vierte también en compasión y en servicio hacia los hermanos. Que estas recomendaciones de Pablo hagan de nosotros mejores servidores del Evangelio, mejores testigos de su gracia, mejores pastores de su pueblo. Amén.

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