Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Cristo invita a Tomás a que "entre" en su costado. La Palabra no dice que le dijera luego que saliera. Señal es de que debemos permanecer en la experiencia de su sangre redentora y del palpitar de su amor.

Homilía stom009a, predicada en 20120703, con 58 min. y 23 seg.

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Transcripción:

El motivo especial que nos une en estos días, hermanos, es renovar nuestra fe, y en eso estamos siendo obedientes al llamado del Papa Benedicto decimosexto, felizmente reinante, el cual ha convocado un año de la Fe desde el once de octubre de dos mil doce hasta la fiesta de Cristo Rey a fines de noviembre del dos mil trece. Tenemos el año de la Fe y ustedes estarán de acuerdo conmigo en que la lectura de hoy, especialmente el Santo Evangelio, nos pone en esa órbita, nos pone en esa dimensión, la dimensión hermosa, maravillosa, poderosa de la fe.

Precisamente el apóstol al que recordamos hoy, el apóstol Tomás es un hombre que experimenta dificultad para creer y yo, por eso pienso que esta fiesta de hoy nos va a hacer muchísimo bien, porque quizás nosotros también hemos tenido en nuestras vidas muchas dificultades de fe y por eso lo que nos narra el Evangelio paso a paso podemos mirarlo como un itinerario, un camino que nos ayuda a encontrarnos con el Señor Resucitado. Esa frase que dijo Tomás: "Señor mío y Dios mío", no es otra cosa, mis hermanos, sino una profesión de fe. Podemos decir que el apóstol Tomás pasó de la incredulidad a la fe, así como le dijo Jesucristo: "No seas incrédulo, sino creyente", hombre de fe. No seas incrédulo, hazte creyente. Y esa palabra que le dijo Cristo no fue simplemente un regaño, no fue una recomendación, no fue solamente un consejo. Esa palabra de Jesucristo es una palabra eficaz, como cuando Cristo le dice a un paralítico: ¡levántate! Y con esa palabra le levanta. Como cuando le dice al ciego que vaya y se lave para que recupere la vista. Así, la Palabra de Cristo es eficaz cuando le dice a Tomás: "No seas incrédulo". Estas palabras, repito, no debemos tomarlas como un regaño que Cristo le hace a Tomás, sino como una misericordia con la cual le está regalando el don preciosísimo de la fe.

Hermanos. Pero para obtener el mejor provecho de esta lectura, les invito a que me acompañen. A que vayamos poco a poco, porque eso tiene la Biblia, eso tiene la divina Palabra. No hay término que sobre no hay vocablo que esté ocioso. Todo tiene un sentido. Tomás, uno de los doce, no estaba con los otros discípulos cuando se presentó Jesús. Esa es la primera frase con la que se abre el texto de hoy: "Tomás no estaba con los otros discípulos cuando se presentó Jesús". Y esta, que es la primera frase, es también la primera enseñanza para nosotros. Porque podemos cambiar esta frase en una pregunta: ¿En dónde se muestra Jesús? ¿En dónde se presenta Jesús? Y la respuesta será: "con los discípulos en la comunidad". Es ahí en la asamblea creyente, es ahí en el grupo de discípulos, Es ahí donde Jesús se deja ver, el lugar de la presencia de Cristo.

En primer término, la asamblea, la comunidad, la Iglesia. Y es ahí donde tenemos que buscarlo. Con lo cual, mis hermanos, hay varias advertencias que inmediatamente brotan al corazón que está atento. Primera advertencia: separarse de la comunidad es separarse de Cristo. Separarse de la Iglesia es separarse de Cristo, separarse de la asamblea es separarse de Cristo. Y esto vale especialmente para el momento en el que la asamblea alcanza su plenitud, el momento en el que realiza su propio misterio. Porque nunca la asamblea cristiana es más comunidad que cuando se congrega para la celebración eucarística. Es ahí, particularmente ahí, donde la Iglesia nace, renace, se renueva continuamente, bebiendo de la fuente misma del Salvador. Es ahí, en la Divina Eucaristía donde nosotros tenemos el encuentro privilegiado con nuestro Jesús, nuestro Buen Pastor, nuestro Divino Redentor.

Y si le damos para desgracia nuestra, la espalda a la Eucaristía, si le damos la espalda a la asamblea, nos perdemos de Jesucristo. A veces hay la idea de que yo puedo llevarme mi fe y vivirla yo solo. A veces hay la idea de que ya soy una persona grande. Yo ya sé que es lo bueno y qué es lo malo. Yo ya sé dirigir mi propia vida. Yo no necesito de la comunidad. ¡Cuidado! Es un acto de arrogancia. Es un acto de soberbia que se paga muy caro. Porque aunque tú sepas en dónde está lo bueno y en dónde está lo malo, al alejarte de la asamblea cristiana, te alejas, por así decirlo, de la hoguera. Te alejas del fuego vivo que mantiene ese calor, ese gozo en tu corazón. Ser cristiano no es únicamente un asunto de saber, es un asunto de amar, Es un asunto de gozarse en el Evangelio. Es un asunto de tener un mensaje que contarle al universo. Si tú pierdes el contacto con la asamblea cristiana, ¿A quién vas a evangelizar? Qué es evangelizar, hermanos, sino atraer a otros y a otras al seno de la comunidad cristiana. Pero si tú no tienes comunidad, entonces tampoco tienes evangelización.

El que se aleja de la asamblea deja de evangelizar y hay un desastre muy grande. Escúchenme bien. Un desastre que ha causado deterioro muy serio en otros países. Y que no le suceda esto a nuestra amada Bolivia. La persona que se aleja de la Eucaristía ya no ofrece una formación cristiana a sus hijos, ya no los lleva, ya no los conduce para que escuchen la palabra. El que se aleja de la asamblea cristiana, el que se pierde de la comunión eucarística, priva del anuncio fundamental de la fe a sus propios hijos. Y por eso yo pregunto especialmente a algunas parejas jóvenes: "¿Cómo es que te preocupa tanto que tus hijos reciban las vacunas a tiempo porque no quieres que se enfermen? Por supuesto". "Cómo es que te preocupa tanto que aprendan muy bien y que vayan a un buen colegio y ojalá que tengan dos y tres idiomas". "Cómo es que te preocupa tanto que su cuerpo esté saludable, que haga ejercicio, que tenga buenos amigos, que se gocen de sus paseos". "Cómo te preocupa todo eso Y no te preocupa que ese hijo tuyo está creciendo sin recibir la luz fundamental, la única que puede acompañarlo hasta el umbral de la muerte y de ahí lanzarlo, a los brazos del Padre".

Mis hermanos, no podemos apartarnos de nuestras asambleas. El que se aparta de su grupo, de su asamblea, el que cree que puede seguir solo. Se está perdiendo de la comunión con Cristo, del testimonio y del cuestionamiento de sus hermanos. Se está perdiendo de su capacidad de evangelizar y se está perdiendo de la capacidad de educar y de formar una familia cristiana. Por eso advierte severamente la Carta a los Hebreos: "No abandonen sus asambleas, no pueden abandonar sus asambleas". Pero en nuestros grupos hay defectos, en nuestros grupos hay pecados, en nuestros grupos hay problemas. De acuerdo. ¿Y en tu familia no los hay? ¿Y tú qué haces si tu madre enferma, si tu madre padece, por ejemplo, este daño en el cerebro que se llama Alzheimer? ¿Si tu madre falla en su mente, la dejas y te vas a buscar otra?

Entonces, ¿por qué hay unos que cuando ven defectos en la Iglesia católica abandonan la asamblea, abandonan la Eucaristía, abandonan la confesión y se van a buscar otro lugar donde les canten bonito, donde les hablen bonito y donde les ofrezcan otros milagros?. ¿Es que no entendieron que la Iglesia, como bien dijo Juan veintitrés: "es madre y maestra?" No, hoy mi hermano, hoy. Tú tienes que hacer promesa de recibir, de abrazar y de amar a la asamblea, de recibir, de amar y de abrazar a la comunidad, a tu iglesia, a tu Santa Iglesia Católica. Recibirla como tu mamá. Y yo digo otra cosa. Muchos de los que estamos aquí. Yo soy uno de los que con gusto me cuento en ese número. Hemos recibido grandes bienes de esta obra que nos cobija y que se llama "La Mansión" nuestra Madre. Por supuesto que es la Iglesia Católica, eso está clarísimo. Pero podemos decir que muchos hemos recibido grandes tesoros de fe y de testimonio en este lugar, en este pahuichi, en esas sillas han sucedido milagros. Y me refiero sobre todo a aquellos que llegaron un día, se sentaron con desconfianza, con escepticismo, y se levantaron hombres y mujeres de fe.

¿Ha pasado eso sí o no? Vamos a ver, algunos cuando vinimos por primera vez a este pahuichi, cuando llegamos aquí por primera vez, de una o de otra manera, teníamos ya un camino. Dios se había valido de otros recursos para atraernos a la fe y a una vida cristiana, llamémosla real, concreta, verdadera. Pero quizás hay algunos de ustedes que aquí, aquí en este vientre, porque este es un vientre, este es el vientre en el que se renace a la fe. Aquí hay algunos que han renacido a la fe. ¿Habrá entre ustedes, de ellos? ¿Habrá alguien que levante su mano indicando con esa mano. Yo en el vientre de la mansión renacía la fe? ¿Hay manos levantadas, sí o no? Manos levantadas. Yo renací a la fe en este lugar.

Sabemos que la obra de La Mansión como la Iglesia Católica entera, como la Orden Dominicana entera, tiene defectos. La Biblia es tan clara que cuando nos habla de los apóstoles, no tiene ningún problema en presentarnos los defectos de todos. Nos dice, por ejemplo, que Pedro era un gran impulsivo. Cuando llega el momento de la última cena, dice Pedro: "aunque tenga que morir por ti". Y unas horas después, de manera incoherente, negando al Señor. Judas Iscariote era el ecónomo, era el síndico. ¿Y qué nos dice la Biblia? Siendo síndico, se echaba un poquito aquí en el bolsillo. Él era un ladrón. Pablo, blasfemo y furioso perseguidor. Santiago y Juan con un temperamento que no había quien se los aguantara. La Biblia los llama los atronados. Los hijos del trueno. Por supuesto que había defectos entre los apóstoles.

Por supuesto que hay defectos en la Orden dominicana. Por supuesto que hay defectos en la Iglesia Católica. Por supuesto que hay defectos en la mansión. ¿Quiere decir eso que ha llegado la hora de salir de la mansión y de empezar a recorrer por el primer anillo, por el segundo anillo y por el tercer anillo? A ver dónde encuentro otro lugar donde canten bonito, donde hablen bonito. Y entonces voy a cambiar de mamá.

Mis hermanos. No abandonen sus asambleas. El Señor está convocando a los hermanos que viven aquí en La Mansión, está convocando a los servidores de La Mansión y está convocando a todos los que levantaron su mano, que fueron bastantes. Está convocando a todos a una cruzada de oración, de humildad, de conversión, para que este vientre bendito, de amor, de palabra y de fe, siga engendrando corazones, siga engendrando hijos para Dios y para su Reino. ¿Les gusta eso? Lo primero que nos enseña el apóstol Tomás es el peligro de irse. La Biblia no nos dice por qué se fue. Quizás se fue por curiosidad, como hay algunos que creen que nadie los ve y que se meten por curiosidad en una cosa que se llama: "Pare de Sufrir". ¡Ahhh. La risa no, si lo conocen. ¿No?! Voy a ver; cómo ya las oraciones de la mansión, como que no me sirven. Voy a entrar aquí ¿a ver qué pasa aquí, a ver qué hacen aquí? No sabemos si era por curiosidad que Tomás había salido del grupo. O tal vez Tomás se había alejado del grupo porque estaba empezando a pensar en sus intereses personales, como cuando se hunde un barco y la consigna es: "sálvese quien pueda".

Y eso también pasa en las comunidades. Cuando las cosas están bien en una comunidad, todos somos felices de decir: "aquí está la comunidad, somos el grupo de servidores". Cuando hay problemas en la comunidad es como cuando el barco parece que se fuera a hundir. Aunque yo tengo fe grande que el barco no se hunde, pero parece que el barco se fuera a hundir y entonces uno empieza a pensar en su pellejo, empieza a pensar en sus intereses personales, como quien dice: "si se va a hundir esto, yo por lo menos me llevo este micrófono". Si se va a hundir esto, yo agarro este parlante, Si se va a hundir esto, yo cargo con este libro. Los intereses personales cuando las cosas están bien. Estamos unidos. Fíjate, hace un día, dos días, el equipo español ganó la Copa Europea de Fútbol de la FIFA. ¿Cómo se presentan los jugadores? con su camiseta, ¿La roja no? están con su camiseta. Todos van felices. Todos mostrando su rojo español. ¡Ganamos, ganamos, ganamos! Desfilando por todas partes unidos, abrazaditos. En cambio. ¿Cómo llegaron los jugadores de Alemania? Los que quedaron eliminados. Calladito, cada uno metido en su chamarra. ¿Ves lo que pasa cuando estamos bien? Nos gusta ponernos la camiseta y decir Aquí estoy yo. Yo soy de la mansión. ¿Si me conoces?, soy el de la mansión. Cuando hay problemas, entonces la tentación que uno tiene es: Yo agarro este florero y me voy. Yo agarro este micrófono y me voy. Tal vez estoy especulando.

Tal vez Tomás cuando vio que había muerto Cristo y entonces hizo su sumas y restas, entonces dijo: ¿Muerto Cristo, quién sigue? Nosotros. Y entonces el hombre la vio grave, y salió a ver un poco cómo estaba la situación afuera, es decir, a buscar sus intereses personales. Y nos dice el apóstol San Pablo en otro lugar Y lo dice con lágrimas en los ojos. "Todos buscan sus intereses personales". Entonces el que sabe predicar bonito. A mí déjenme predicar bonito la comunidad que se pudra. El que sabe manejar una comunidad, el que tiene liderazgo. A mí déjenme manejando la comunidad. Y el uno va por una cosa y el otro va por otra. Y así nos pasa a los laicos y a los sacerdotes. Porque les cuento un detalle ustedes y yo, ustedes y nosotros estamos hechos del mismo barro; y ese mismo barro es el barro asustado del apóstol Tomás. Y el barro asustado del apóstol Tomás cuando vio que ese barco, el barco de Jesús, se estaba hundiendo. Que dijo Tomás: "Espere un momentico, a ver cómo está la situación por fuera". Es decir, Tomás era un hombre inteligente que ya estaba pensando cuando esto se hunda. ¿Yo para dónde cojo? ¿Cuando esto se acabe, qué va a ser de mí? Esta experiencia fracasó. ¿Qué sigue para mí? Ese es el apóstol Tomás. Y esos somos nosotros también.

Les voy a contar una historia muy pequeña de la provincia dominicana de Colombia. A finales del siglo diecinueve, la provincia dominicana de Colombia sufrió un ataque espantoso. Un gobierno ateo, masón, anticlerical, declaró. Extinguidas las comunidades religiosas, mandó al destierro a muchísimos frailes que les tocaba irse a la jungla, o a los Llanos Orientales, pero unos cuantos valientes a los pies de María Santísima, lo que es Cotoca para Santa Cruz. Eso es Chiquinquirá en Colombia. Esa es la Virgen de Chiquinquirá y alrededor del Santuario de la Virgen quedaron unos cuantos valientes, entre ellos un padre, un dominico, que para nosotros significa mucho, un hombre de gran fortaleza, de inmenso espíritu de fe llamado Buenaventura García. El padre Buenaventura. Cuando ya pasó lo peor de la tormenta, cuando todo quedó devastado, empezó a enviar cartas a donde se sabía que habían quedado los náufragos, es decir, los dominicos que habían sido expulsados. Y les dijo: "Estamos con el proyecto. Claro que las palabras que él utilizaría serían otras. Estamos con el proyecto de reunirnos, de restaurar la comunidad, de trabajar por la comunidad".

¿Sabes qué pasó? Algunos dijeron que sí y otros dijeron que no, porque algunos ya estaban muy organizados ellos solitos. Porque ellos, como el apóstol Tomás, cuando la crisis se puso complicada, ya estaban mirando por fuera. ¿Cuando esto se hunda, yo, para dónde cojo? ¿Para dónde agarro yo? ¿Qué voy a hacer cuando esto se hunda? Y el barco de la Orden Dominicana no se hundió en Colombia. Pero aquellos que habían salido a ver qué hacían cuando se hundiera no regresaron. ¿Qué clase de discípulo eres tú? ¿Eres de los que abandonas el barco o eres de los que se queda luchando, porque no es solo quedarse? Yo no te estoy diciendo que te quedes para tolerar los pecados o los escándalos, o las incoherencias, o los errores. Te estoy diciendo que te quedes para ayudar desde dentro a limpiar la casa. Es quedarse para eso. Para ayudar a limpiar la casa. Mira, en ninguna parte dice el Evangelio que a Jesús le gusten los conformistas. Quedarse en la Iglesia Católica, quedarse en la Orden Dominicana, quedarse en La Mansión no es quedarse para decir Amén, amén y amén. Hay que decirle amén al Señor Jesús. Hay que decirle amén a su gloria. Hay que decirle amén a su poder y a su misericordia. Pero al pecado no hay que decirle amén. Al pecado no se le dice amén.

¿Eso qué quiere decir? Eso quiere decir: que tenemos que volver a nuestra comunidad, tenemos que volver a esta madre, pero volver con una consigna; tenemos que ayudar a limpiar y todos necesitamos ponernos en la tarea. ¡Todos! Ese es el año de la fe. ¿Ustedes creen, mis hermanos, que el Papa Benedicto convocó el Año de la Fe para estar por ahí poniéndole medallas a los obispos, poniéndole galardones y repartiendo trofeos a los curas, a las monjas o a los laicos? El Papa Benedicto ha convocado el año de la fe. Yo le voy a decir para qué: Porque yo he leído la Carta apostólica y tú también la puedes leer. Carta apostólica que se llama La Puerta de la Fe Porta Fidei. Y el Papa es muy claro, traducido a ese lenguaje sencillo nuestro. ¿Sabes para qué es el año de la fe? Para hacerle aseo a la casa. Porque estamos cansados de facultades de teología que enseñan barbaridades, porque estamos cansados de nuestro propio pecado y de nuestra incoherencia. Porque necesitamos mejores sacerdotes, mejores religiosas, mejores servidores, mejores predicadores, mejores misioneros. Y solo hay una luz que deja ver la mugre que hay en la casa. Esa luz es la luz de la fe.

¿A ustedes les pasó que cuando comenzaron a creer y a tomar en serio al Señor Jesucristo, empezaron a descubrir que había muchas cosas en la vida que estaban haciendo mal? ¿Si le pasó eso a alguien o solamente a mí? Cuando se enciende, por ejemplo, este es un reflector bastante potente. Cuando se enciende una luz fuerte. Uno se mira y dice: ?Oye, yo pensé que este hábito estaba limpio y mira?. Cuando la luz es fuerte el mugre se ve, ¡la luz! La luz es la que deja ver lo que hay en nosotros. El Papa quiere y antes que el Papa y primero que el Papa y más que el Papa, Cristo mismo quiere que se encienda una luz intensa. Para que este ejercicio de mirar cómo estamos nos ayude a reconocer qué es lo que debe cambiar, qué es lo que esperamos que suceda en el Año de la Fe.

¿Torrentes de bendiciones para quiénes? Para todos. Queremos que cuando llegue noviembre del año dos mil trece, las parejas renovadas en el conocimiento de Jesucristo, conscientes del misterio del amor divino, sean renovadas como matrimonio. Los sacerdotes, no queremos que el sacerdote termine el Año de la Fe igual que como empezó. Lo mismo que todo fiel cristiano tiene un camino, tiene un itinerario de fe, tiene un deber y un derecho de crecer en la santidad y para eso necesita conversión. Por eso, si ustedes y yo oramos, qué es lo que estamos haciendo en estos días, especialmente en estos días. Ustedes pueden ayudarnos a que nosotros los sacerdotes, tengamos iluminación en la conciencia que es lo primero que se necesita para que haya conversión. Porque si el sacerdote no recibe luz en su conciencia, aunque le digan quince o veinte o cincuenta personas. Padre: "Usted es un escándalo. Padre, usted nos está haciendo daño". El padrecito no entiende. Pero si oramos, sí con humildad y con fe oramos y trabajamos. Y si no abandonamos el barco, si no abandonamos el barco y oramos, esa luz va llegando al corazón del sacerdote.

Y tendrá que haber un momento en el año de la fe, porque Dios no es sordo a nuestras plegarias. Tendrá que haber un momento en que incluso ese sacerdote, ese obispo, ese diácono, ese fraile que parece resistente, impermeable, él también, lo mismo que tú, necesita recibir esa luz, podrá reconocer lo que debe cambiar dentro de él y dar un paso. "Ocho días más tarde estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Apareció Jesús estando cerradas las puertas, se puso en medio y les dijo "La paz esté con ustedes". ¡La paz! Hermanos. ¿Quién es este, que trae tan hermoso saludo? ¿Quién es este, que trae tan afectuosa manera? ¿Quién es este, que con tanta delicadeza invita a la confianza y nos llena de alegría? Sabemos su nombre: ¡Jesucristo! ¿Y de dónde viene? ¿Jesucristo viene de un paseo? No, viene del tormento de la cruz. ¿De dónde viene Jesucristo? ¿Viene de una comida elegante? No, viene de beber el cáliz de la amargura. ¿De dónde viene Jesucristo? ¿Viene de un palacio de fantasía? No, viene de la cruz que resume lo más duro de la vida, real y concreta, tan concreta y tan real como la tuya. Y a mí sí que me maravilla esto, Jesús, que viene del tormento de la cruz. Jesús, que ha superado el espantoso dolor de la cruz, no llegó donde los apóstoles a decir: "Bueno, ahora hay que organizar la golpiza para Caifás". "Ahora hay que darle duro al tal Herodes ese". "Y el Pilato. Me hacen el favor y lo traen aquí, pero a patadas". Jesús no viene con ese lenguaje.

Y es que tenía que haber hablado así, no solo a los de fuera. ¿Ustedes se imaginan qué sintió Pedro? Pedro, el que había negado a Cristo; Pedro, consagrado por Cristo y traidor de Cristo, como tanto sacerdote consagrado por Cristo y traicionero de Cristo. ¿Qué pudo haber sentido Pedro cuando vio al Señor? Yo pienso que él se sintió como el niño cuando no ha hecho la tarea en el colegio. Creo que se sintió como el esposo que lo acaban de agarrar en adulterio. Creo que se sintió como el convicto que solamente espera que el juez abra la boca y diga: ?¡Culpable! ¡Traidor! ¡Desgraciado! ¿Por qué me hizo eso? Yo no he hecho sino amarlo a usted, Pedro?. Ya me decía mi mamá.

Pero Jesús no trae ese lenguaje. El año de la fe es el año en el que tiene que encenderse la luz que denuncia nuestros pecados. Pero el año de la fe es el año para encontrar de nuevo la sonrisa de Jesús y la paz de Jesús y el amor de Jesús. Para eso es el año de la fe. Porque te digo una cosa, se nos está olvidando cómo es la sonrisa de Jesús; se nos está olvidando cómo es el amor de Jesús, porque eso tiene el corazón cristiano, porque es el corazón de un ser humano falible, como somos nosotros. ¿Sabes qué tiene el ser humano? Que pronto se nos olvida el amor, pronto se nos olvidan los beneficios, pronto se nos olvidan las misericordias del Señor.

Yo vengo siempre con mucha alegría a este lugar y miro con gozo cómo mis hermanos de comunidad invitan muchas veces a la alabanza, y no me vayan a tomar a mal lo que les voy a decir. No se pongan bravos conmigo, ni mucho menos bravos con estos hermanos míos. ¿Pero saben qué he notado yo? Que cuando se invita a la alabanza, eso es más o menos como empujando que casi nos mueve. ¿Y sabes por qué? No es porque falte Ministerio de Música. Porque aquí lo que hay es música. Aquí hay muy buena música; aquí hay ritmo. No, no es eso lo que falla. ¿Sabes qué falla? Se nos está borrando la sonrisa de Jesús. Se nos está borrando la alegría de Jesús. Se nos está olvidando. ¿De dónde? ¿De qué basurero nos sacó Jesucristo? Se nos está olvidando de qué oscuridad nos llamó a su luz admirable. Se nos está olvidando, de qué fango quiso Él sacarnos hasta modelarnos con cariño, como Dios modeló a Adán.

Porque Adán es cada uno de nosotros. Tú eres un Adán modelado por la mano misma de Dios. Las manos de Dios te modelaron al crearte y te remodelaron al redimirte. Pero se te olvidó lo que era la caricia de la mano de Dios. Se te olvidó. Porque si tú recordaras todos los días, si todos los días recordaras lo que es la caricia de la mano de Dios. Si todos los días recordaras de qué basurero te sacó el Señor. Mira, tú vivirías así, postrado en alabanza, y no te faltarían palabras, no te faltarían lágrimas, no te faltaría don de lenguas, no te faltarían cantos. Tú te pasarías horas y horas simplemente diciéndole: "¡Ava! ¡Ava! ¡Ava! ¡Bendito, bendito, bendito!

Pero se nos está olvidando la sonrisa de Cristo; se nos está olvidando el amor. Y esto no es porque sea un asunto de religión o de la fe. Es que así es el ser humano: Lo mismo pasa en los noviazgos, lo mismo pasa en los matrimonios, porque el ser humano tiene ese gran defecto. "El bien conquistado nunca tiene igual sabor que el bien deseado". Es un problema grave que tiene el ser humano.

Entonces ese hombre que tiene su corteja, que tiene su enamorada, que tiene su novia, pero antes de todo eso tiene el deseo inmenso: ?¡Ay, si yo pudiera darle un besito; un besito que pudiera darle! Si solo pudiera darle un besito? y suspira por ese besito. Bueno, resulta que se volvieron enamorados, novios, se casaron, llevan diez años, llevan veinte años, llevan treinta años. Ya no le voltea a ver la boca; a ella ya la tiene todos los días, todos los días. ¿Y qué pasó con el besito? Ya. El besito ya no es novedad. Ya se le olvidó que ese besito era un don, que ese besito era un regalo. Ya, si acaso piensa que ella tiene el deber de recibirle todos los besos o de pedirle los besos. ¿Yo no sé qué pensará de los besos? Eso tiene el ser humano.

Entonces Tomás vuelve y aparece Jesús. Y yo me imagino a todos abriendo sus ojos, como dicen por allá en el Chocó, en mi país, Colombia, abriendo los ojos como si fueran huevos fritos. Y luego se miran unos a otros porque todos habían traicionado Todos. Todos. ¿Y ahora qué hacemos? ¿Y ahora qué decimos? ¿Y ahora dónde vamos? Pero Jesús, con su actitud y con su palabra, restaura la serenidad y el gozo en esos corazones. La paz esté con ustedes.

El año de la fe. Y este momento bendito que vive La Mansión es un tiempo de gracia para que todos vuelvan a sentir. ¡Pero todos! La sonrisa de Dios, que todos la puedan sentir. Mire, cada uno de mis padresitos. Que cada uno de ellos pueda sentir la sonrisa amorosa de Jesús que le llena de júbilo. Que cada uno de ellos pueda sentir: ?Por Ti, mi Jesús. Por Ti, soy fraile. Por Ti soy sacerdote por Ti. Soy misionero por Ti. Soy predicador porque te amo; porque te amo, Jesús?. Y que cada uno se pueda sentir amado y transformado. Y que cada uno de los servidores en La Mansión pueda sentir eso.

Porque ahí es donde empieza la misión. La misión no empieza cuando te dicen: "Bueno, tú te vas para tal pueblo, tú te vas para tal parte"; esa no, ahí no empieza. La misión empieza cuando el Espíritu Santo te pone un sello en el alma. El Espíritu es el que sella tu corazón y el Espíritu sella tu corazón con la alegría de Jesús, con la sonrisa de Jesús, con la palabra de Jesús, con el perfume de Jesús.

Y cuando tú sientes el sello, ¡pum! Cayó el sello de Jesús, el sello de Jesús en mi corazón. La alegría de Jesús es mi alma. Cuando sientes ese sello de Jesús en el alma, tú dices: "No, yo esto, tengo que contárselo al universo entero; yo tengo que decirle al mundo que el amor está vivo. Yo tengo que decirle al mundo que mi Jesús me ama?. Yo tengo que decírselo.

Y ahí es cuando uno puede repetir lo que dijo el profeta Isaías. Dios preguntó: "¿Quién irá de mi parte? Y entonces Isaías, que había recibido el sello -porque un querubín había tomado fuego del altar y le había quemado los labios-, había recibido el sello, Isaías dijo: "Envíame a mí, envíame a mí". Ese es el fruto de la fe.

El sello de Jesús ha quedado grabado en mi alma. La sonrisa de Jesús no se me aparta del rostro. Los ojos de Jesús es que no puedo dejar de mirarlos porque el cielo me recuerda cómo son esos ojos. Y en la noche adivino su mirada sobre mi alma. No, no puedo olvidarme de esa mirada, no puedo olvidarme de esa sonrisa. No puedo olvidarme de la dulce sinfonía, del caer de su sangre desde el altar de la cruz. No puedo olvidarme de ese color. No puedo olvidarme de ese escarlata. No puedo olvidarme de esas espinas que Él concedió, penetrarán sus sienes para que yo fuera liberado de los pensamientos traviesos y perversos. Yo no puedo olvidarme de esos clavos. Yo no puedo olvidarme de ese corazón que hasta su último palpitar repitió: "¡Te amo, te amo, te amo, te amo, te amo!". Yo no me puedo olvidar de ese corazón. Eso es lo que me hace misionero. Y con ese amor y con esa sonrisa yo salgo a enfrentar las naciones; con ese amor, con esa sonrisa, yo salgo a vencer a Satanás; con ese amor, con esa sonrisa, yo doblego a los enemigos, yo espanto a las enfermedades. Yo traigo la victoria del Señor. ¡Amén!

Mis hermanos. Jesús le dice a Tomás: "Trae tu dedo. Aquí están mis manos. Acerca tu mano. Aquí está mi costado". Esto se parece tanto a una frase que decimos en la Eucaristía: "Esto es mi cuerpo". El Jesús que besa tus labios, el Jesús que entra en tu boca, en tu pecho, en tu vida, no es distinto del Jesús que Tomás tocó. Yo quiero que tú sientas lo mismo que yo estoy sintiendo. ¿Sabes qué siento? Un escalofrío que me recorre de pensar que en esta mesa, en este altar, voy a tocar al mismo Jesús que tocó Tomás. Lo voy a tocar. El mismo que sanó a esa mujer. Lo decía la eucaristía del domingo: esa mujer que llevaba doce años, un flujo que no se detenía, una vida que parecía perdida. Porque para el hebreo la sangre es la vida. Ese es el Jesús que yo voy a tocar.

¿Qué sintió Tomás en ese momento? Aquí tenemos una imagen que nos puede ayudar a pensar en ese misterio. ¿Qué sintió Tomás de tocar esas llagas? Tocar las llagas de Jesús y, sobre todo, tocar el costado de Jesús, sentir esa piel que se rompió para darme una puerta. Esa piel se rompió para que yo entrara en una casa de la que nadie puede echarme jamás. Nadie puede echarme de esa casa. Imagínate lo que es tocar esa puerta. Imagínate, lo que es sentir el daño que mi pecado le causó a Jesús. Imagínate, lo que es sentir esas heridas y tener que hacerse la única reflexión posible: ?Esto te hicieron. Mis pecados, Señor. Esto fue lo que hicimos contigo. Esto fue lo que hicimos contigo, Jesús?. Es el dolor de Tomás.

Esto fue lo que yo hice contigo, porque no he sabido vivir mi bautismo. Esto es lo que yo hice contigo, porque no he vivido mi profesión religiosa. Esto es lo que yo hice contigo, porque he sido un sacerdote indigno. Tomás toca esas llagas y siente en esa piel bendita la gravedad del pecado. Pero, sobre todo, siente la magnitud de una misericordia sin límites. "Mete tu mano". Mis hermanos, observen algo. ¿Qué le dijo Jesús a Tomás? Trae tu dedo. Aquí están mis manos. Acerca tu mano. Métela en mi costado". ¿Te das cuenta que no le dijo? Ahora saca tu mano. ¿Te das cuenta que no le dijo? Ahora quita tus dedos. Mete los dedos en mis llagas. Ya no los saques jamás. Métete. Métete en mi costado. Y ya nunca más salgas. Ya nunca más te vayas.

El padre Andrés, dirigiendo la oración de perdón, nos recordaba la escena del hijo pródigo y el abrazo de papá. Esto es lo mismo, pero este es un abrazo que se da con la carne del costado, con las entretelas del corazón. Métete. Eso es lo que Jesús te dice en el año de la fe: métete aquí. Y la palabra -y yo la he leído con atención, y tú también- la palabra no dice: "ya comprobaste. Ahora saca la mano". No le dice eso. ?Bueno, ya viste que sí era verdad. Quita tu dedo?. Que si hubiera sido grosero? Cristo, nunca lo fue. ¡Por Dios santo! Hubiera dicho: "Bueno, quite su puerco dedo". Jesús no hizo eso. Deja tu dedo. Deja tu mano en mi costado. ¡Quédate!

¿Te acuerdas? Juan, capítulo quince: ?Permaneced en mi amor. Permanezcan conmigo?. Jesús, el de la cruz es el mismo de la resurrección; Jesús no ha cambiado, es el mismo Jesús. El Jesús que nos dijo: "Permanezcan en mi amor. Es el mismo Jesús que ahora le dice a Tomás: "Mete la mano en mi costado y no te vayas". Tomás, no te vayas. Quédate en mi costado. Quédate junto a mí.

Qué es lo primero que tiene que hacer un ministerio de Música cuando se prepara para ayudarnos a orar, afinan los instrumentos. Entonces empiezan a sonar las guitarras, los teclados, las flautas y saxofones o lo que tengan, hasta que todo suena en la misma armonía. Eso es lo que quiere Jesús que tú hagas, especialmente en el año de la fe. ¿Sabes cuánto hay que entrar esa mano y tocar el corazón de Cristo? ¿Sabes cuánto? Hasta que le tomes el ritmo a Cristo, hasta que tu corazón aprenda el son, el ritmo, el golpe, el estilo, la manera de Jesús. Tenemos que aprender a vivir en el costado de Cristo. ¡Todos! Pero especialísimamente religiosos y sacerdotes. Tiene que vivir el sacerdote en el corazón de Jesús hasta que le tome el acento, el ritmo, el golpe, la manera, el estilo a Jesús. No se salga, hermanos sacerdotes, no se salga usted de ese corazón, no se salga, no se salga usted de ese estilo, no se salga de esa manera, no vaya usted a decir: "yo ya soy formado, ya me ordenaron, ya me voy yo". No, el sacerdote tiene que ser peregrino en el mundo sin salir del corazón de Jesús. Permanecer en Jesús. Y el que quiera ser discípulo de Cristo tiene que permanecer en Jesús.

Y Tomás dijo: "Señor mío y Dios mío", cómo esa frase la hemos oído tantas veces, tenemos que traducirla de otras maneras para recuperar la infinita novedad que contiene. Señor mío. Quiere decir que de ahora en adelante Tú eres el que manda. Jesús, Tú eres. Es que la palabra Señor para nosotros tal vez puede haber perdido algo de su mordiente, de su impulso. ¿Sabes qué es señor? Señor, es el que manda en una casa. Eso es lo que significa kurios en griego. El kurios es el que manda. ¿Te acuerdas del centurión? ¿Lo que dijo? "Yo tengo gente bajo mi obediencia. Yo le digo a uno. Ve y va. Le digo a otro. Ven y viene". Ese es el Señor. El Señor es el que le dice al predicador, el que le dice al servidor, el que le dice al discípulo, el que le dice al hermano que realmente toma en serio su bautismo: ?Ve y va, ven y viene?.

Decir Señor mío y Dios mío, no es solamente un acto de adoración, que lo es; es decir: "Señor mío y Dios mío", es decirle a Cristo: de ahora en adelante, lo que tú digas, como tú digas cuando tú digas, y mientras tú lo digas. Es ponerse a las órdenes de Cristo. Y ahí es donde se sabe quién es el discípulo y quién no. Ser discípulo de Cristo no es tener muchos títulos, que uno puede tener, muchos títulos y algunos títulos los tiene en francés y otros títulos los tiene en inglés. Los títulos no importan. Con eso no vas a entrar ni a salir del cielo. No es lo más importante; lo que interesa y lo dice Cristo: "Es el que haga la voluntad del Padre".

¿Dónde se nota el discípulo? Es en la obediencia, la disponibilidad para decirle a Jesús: "Aquí estoy". Y eso significa que sí es Jesús el que manda en mi vida. No es el gusto, la comodidad: "es que me siento, no sé, como incómodo, me siento incómodo", "Pues lo incómodo no es razón papito"; lo incómodo no es razón.

La pregunta que tú tienes que hacerte en todo momento es: ¿Qué quiere mi Señor? ¿Qué quiere mi Jesús? ¿Qué quiere mi Salvador? ¿Qué quiere el amor de mi alma?

Atención para los que están casados. Más casados de lo que estás tú con tu esposa o con tu esposo, estás casado en primer lugar o casada con Cristo. Ese es el primer matrimonio que tiene cada uno de nosotros, y todos lo tenemos. Y ese es el que manda en el corazón. ¿Qué quiere mi amado esposo? Esposo de mi alma. Y ese lenguaje lo han utilizado hombres muy hombres. ¿Qué quiere el esposo de mi alma? Ese es el lenguaje de San Juan de la Cruz. Ese es el lenguaje de San Francisco de Asís. Ese es el lenguaje de Maximiliano María Kolbe. Bien hombrecitos y bien capaces de decir: ¿Qué quiere el amor de mi alma?

Mis hermanos, vamos a ser renovados en el poder de Dios. Que se encienda una luz muy fuerte. Yo. Está luz, por ejemplo, no la puedo ver directamente, es muy, muy fuerte. Que se encienda una luz que te haga ver la realidad de tu corazón, la realidad de tu defecto y tu pecado. Pero no caigas en desesperación, no caigas en un temor servil a pesar de que Dios te muestre todos esos defectos o pecados; lo que sigue para ti es la sonrisa de su abrazo, su consuelo y el empezar a vivir en su costado. ¡ Gloria a DIOS! ¡Amen!

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