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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Pedir a Dios que nos dé la "gracia secreta".
Homilía stom005a, predicada en 19990703, con 29 min. y 13 seg. 
Transcripción:
Celebramos hoy con toda la Iglesia la fiesta de este incrédulo que llegó a ser creyente. Un hombre que fue aplastado por la desesperanza y levantado por el consuelo. Un hombre que fue trillado por el dolor y sanado por el amor. Un hombre que conoció las dimensiones de la cruz, el tamaño de su espanto, de su tragedia y también el tamaño de su generosidad, y de su fecundidad. Tomás el Apóstol, que no debemos confundir desde luego, con Santo Tomás de Aquino, un fraile del siglo trece, Tomás el apóstol, conoció la hondura de la tragedia de Cristo. Y desde el fondo de ese pozo, el mismo Cristo quiso sacarlo. Casi siempre nos acordamos de Tomás el apóstol como para reprochar su falta de fe. Tomás. Podemos decir: que se sumergió en la tragedia, en el desastre, en el derrumbe que significaba la cruz. Y en ese sentido puede servirnos de guía a nosotros. Las aguas más dulces del misterio de Cristo están más hondo. Por eso, lo que dijo Tomás no lo había dicho ninguno de los otros apóstoles que habían creído primero. Ellos le decían: "Hemos visto al Señor". Reconocían vivo al Señor. Tomás. Fue más allá. Le llamó su Señor, pero le llamó también su Dios. Y de aquí sacamos una primera enseñanza para nosotros. A veces pasa que en un grupo, en una familia o en una comunidad. Hay personas que son como fáciles para creer. Hay otras personas que parecen más duras, menos dóciles. Aprendamos del Evangelio de hoy a tener paciencia y esperanza con los duros, con los que no son tan fervorosos, con los que no se derriten tan rápido. Tal vez Dios está preparando para ellos las aguas más dulces de su corazón. No es bueno endurecerse voluntariamente. ¡Claro que no! Sería como cerrar la ventana a la luz de Dios. Pero tampoco es bueno juzgar la dureza de otros. Si cuando todo el mundo se quebranta y rompe en llanto hay alguien que parece impasible, o cuando todos alaban, hay alguien que parece de piedra. Cuando todos sueñan, alguien parece pegado a la tierra; y cuando todos se abrazan, alguien parece que recordara lo pequeños y lo cortos que son nuestros corazones para abrazarse como se abrazan nuestras manos. Si nos encontramos con una persona así, no hay que tener desesperanza. Tampoco hay que ser duros. Hay que tener paciencia y esperanza con esas personas. Tal vez Dios está reservando para ellos aguas muy dulces. Y esto nos lo enseña el apóstol Santo Tomás. Pensemos ahora en cuál es la petición que hace Tomás, la petición que reclama. Dice: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo". ¿Qué está pidiendo Tomás? Aparentemente, lo que dice el refrán: "Ver para creer". Pero no es así en el Evangelio de Juan. Los dos verbos ver y creer no se oponen. Nosotros estamos acostumbrados a oponer estos dos verbos, como quien dice: "el que necesita ver es porque no cree". Pero en el Evangelio de Juan no es así. En el Evangelio de Juan, ver es el comienzo de creer. Si esto le parece extraño, le invito a que recuerde el episodio de la resurrección, es decir, el sepulcro vacío. Cuando van Pedro y el discípulo amado al sepulcro vacío. Llegó primero el discípulo y esperó a que entrara Pedro. Entró Pedro Y luego sí, entró el discípulo. ¿Y qué nos dice el Evangelio? "Vio y creyó". ¡Vio y creyó! Además, el evangelio de Juan es el evangelio de las señales. Es el evangelio de los signos que Dios da. El último de los signos es precisamente la cruz de Cristo. El evangelio de Juan tiene siete señales, la primera de las cuales es la transformación del agua en vino, allá en Caná de Galilea. Y luego vienen otra serie de señales: la sanación del paralítico junto a la piscina Probática, también conocida como "Betesda" Y luego viene otra señal: la curación del ciego de nacimiento. Y otra señal es la resurrección de Lázaro. Son en total siete señales. Esas señales se ven. Se ve que el ciego quedó curado. Se ve que el paralítico pudo caminar. Se ve que el que estaba muerto vive. Y de ese ver la señal, se llega a la fe. Ver la señal para ir más allá de la señal. Este es el itinerario del Evangelio de Juan. Juan no opone ver y creer, aunque ciertamente lo que se cree es más que lo que se ve, porque lo que se ve es la señal y lo que se cree es aquello hacia donde apunta la señal. Con esto en mente, volvamos a la petición que hace Tomás Lo que él pide es precisamente ver. Él pide una señal. Dice: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos". Quiere ver. No solo quiere ver. Quiere palpar. Meter el dedo en el agujero de los clavos. Meter la mano en el costado. Quiere ver. Quiere palpar. Este es el camino de la fe en el Evangelio de Juan. Si le parece extraño, tenga la bondad de ir al comienzo de la primera carta de San Juan. ¿Qué leemos allá? "Lo que hemos visto, lo que hemos oído, lo que hemos tocado con nuestras manos acerca de la palabra de vida. Porque la vida se manifestó. Eso os lo anunciamos para que estéis en comunión con nosotros". Primera carta de Juan. Los primeros cuatro versículos, por ejemplo. Ver no se opone a creer en la teología de San Juan. Lo que está pidiendo Tomás es ver y tocar, y lo que nos dice la primera carta de Juan es: "Nosotros vimos y palpamos, tocamos y lo que vimos y palpamos, eso es lo que anunciamos". La petición de Tomás no es descabellada. Jesús había dado señales, siempre había dado señales. La primera de las señales es la transformación del agua en vino. Y después de esas señales, cada vez más grandes, señales estupendas: Curar a un ciego de nacimiento. Devolver un muerto a esta vida Tomás, en el fondo, era buen discípulo de su maestro. Como que dijera: "A mí mi maestro no me lo cambian. Yo sé cómo obra Él; yo sé que Él da señales y yo no veo señal aquí". "Yo quiero tener la señal, mi maestro me enseña con señales. Yo quiero la señal". Démonos cuenta de cuál es el alcance de la señal que pide Santo Tomás. Lo que él está pidiendo es: Quiero verificar que es el mismo de la Cruz. Lo que está pidiendo Tomás es: Quiero comprobar, quiero constatar que no es una ilusión, que no es un fantasma, que no es una idea, que no es un chisme. ¿Quiero saber si es o no es ÉL, el de la cruz? ¿Quiero saber si la cruz está vencida? ¿Quiero saber quién tuvo la última palabra? ¿No te parece que esas preguntas de Santo Tomás son profundas y son muy actuales? ¿Quiero saber si el bien gana al final? ¿No es esta la pregunta de la que dependen tantas cosas? Cuando nos cansamos de orar, cuando nos emperezamos, cuando nos cansamos de perdonar, cuando nos cansamos de hacer el bien? ¿Por qué nos cansamos? ¿Pero esta pregunta si vale la pena? ¿En qué acaba el bien? ¿En qué ha quedado el bien? ¿En qué acaban los buenos? ¿Vale la pena? Esa es la pregunta de Tomás. Y por eso la angustia de Tomás es la angustia de la humanidad que necesita saber: ¿si vale la pena ser bueno,? ¿si vale la pena empeñarse en un esfuerzo y un sacrificio en una tarea? A nosotros nos parece Tomás un incrédulo. Deberíamos considerarnos incrédulos nosotros, cada vez que disminuimos el ritmo de oración, cada vez que nos cansamos en la obra de la predicación. Cada vez que decaemos en la intercesión y en la evangelización. No estamos diciendo con nuestras obras, quizá no, con nuestras palabras, pero lo estamos diciendo con nuestros hechos, que no vale la pena. Si nosotros creyéramos a fondo que el Crucificado es el Resucitado? Porque ese es el problema de Tomás. Si nosotros creyéramos a fondo que el Crucificado, es el Resucitado y el Resucitado es el Crucificado, nos meteríamos de lleno en el camino de la cruz. ¿O no? ¿No es esa la verdadera prueba de la fe? Nosotros que creemos o decimos que creemos, nosotros, que miramos a Tomás como un incrédulo, ¿somos creyentes en la realidad de nuestra vida, en la verdad de nuestros actos? ¿Somos creyentes? Para mí la lógica es esta: si el Crucificado es el Resucitado, si entregarse a fondo y hasta el último extremo por la gloria del Padre, vale la pena. Y esa es la resurrección de Cristo: la demostración de que sí vale la pena Si el Resucitado es el mismo Crucificado y si vale la pena, ¿Por qué la cruz tiene tan poquitos amigos? ¿Por qué hay tan poca gente que abrace la cruz y que emprenda el camino de la cruz? San Juan de la Cruz decía: "Amar las dulzuras de la cruz, amar las dulzuras de las redenciones de muchos, amar los caminos que llevan a esas dulzuras es de muy pocos". Nosotros creemos, pero creemos saltándonos el misterio de la cruz. Creemos, pero evitando la cruz. Creemos, pero tapando la cruz. Creemos, pero bajando los ojos de la cruz. Si nosotros creyéramos, entenderíamos que nosotros no vamos adelante de Tomás, sino detrás de él. Por lo menos él plantea la pregunta a fondo: ¿Vale la pena? ¿No será una idea de ustedes? ¿No será conveniencia de ustedes, negocio de ustedes, ilusión de ustedes? ¿No son esas las mismas preguntas que se le hacen a la Iglesia cuando parece que tiene tantas ventajas ser católico o pertenecer a una comunidad, o estar del lado de los poderosos, o ser cura, como nos llama la gente cuando eso tiene tantas ventajas? ¿No resulta actual y cáustica la pregunta de Tomás? Tú crees ¿Por qué? Por las ventajas. Por las reverencias, por los aplausos, por el cariño. ¿Por qué crees? ¿Qué tanto crees? Si nos hacemos el examen en serio, descubriremos que nuestra fe en las obras, en la vida, en la realidad, está muy fragmentada, está muy quebrada, está muy raquítica, es demasiado pequeña. Porque la única conclusión que, por lo menos a mi, me parece lógica de este Evangelio es: si el Crucificado es el Resucitado, solo hay un camino: el amor a la cruz. Solo hay uno y yo creo que va delante de Tomás. Yo creo que ha aprendido la lección de Tomás aquel que abraza la cruz, aquel que se mete, que se resuelve por la cruz; ese sí está diciendo con sus hechos. Yo creo que el desenlace de la cruz es gloria. Yo creo que el Crucificado es el Resucitado; ese sí lo está diciendo, ese sí tiene fe. Lo demás puede ser ruido de palabras. Lo demás puede ser conveniencia. Nuestra vida tiene tantas conveniencias, tantas. Uno no sabe de qué está amarrado hasta que intenta moverse. Cuando uno intenta moverse, se da cuenta de que está muy amarrado y por eso Jesús, ya en los días de su vida mortal, conmocionó a la gente con palabras de fuego y los puso a moverse. Y de paso, que le dice a ese muchacho: ¿Te acuerdas? Uno todo piadoso, todo buenecito que había cumplido todos los mandamientos. Un muchacho buenecito y le dice Cristo: ?¡qué maravilla! Vete, vende lo que tienes, dáselo a los pobres" y cuando fue a dar dos pasos, se dio cuenta que estaba amarrado. No tenía manera de ir a cumplir lo que quería Cristo. O cuando Cristo nos manda a amar a los enemigos y rezar por los que nos persiguen. Cuando Cristo nos habla así, nos pone en movimiento para que nos demos cuenta de que estamos amarrados. Saquemos entonces otra enseñanza de esta fiesta de Santo Tomás. ¿Sabe cómo debería llamarse esta fiesta? La fiesta de los amadores de la Cruz. ¿Tiene fe? ¿Podemos decir que tiene fe, verdadera fe? Una fe como la que recibió Tomás en ese día bendito. Él que se mete por el camino de la cruz con la certeza absoluta, la certeza completa de que eso acaba en un desenlace de gloria. Ese es el que tiene fe. El que no tenga eso, el que no haga eso, probablemente tiene otras cosas, tiene conveniencias y está amarrado a una cantidad de cosas. Por eso nuestro Señor Jesucristo, cuando quiere de veras ocuparse de una persona, empieza a desamarrarla, empieza a soltarla. La suelta de una y de otra parte, le quita muletas y apoyos, hace que se decepcione y se entristezca, le muestra el mundo en toda su realidad, pero con una pedagogía tan grande, si Cristo hiciera eso todo al mismo tiempo, uno se volvía loco. Es de a poquitos: le quita este apoyo y luego le quita este y luego los dos, luego tres de aquí, luego otro de acá y luego otros dos, y así hasta que la persona va quedando en lo que se llama la desnudez de la fe, que es el sublime amor a Dios por ser quien es; el amor sin conveniencias. Si esto enciende su corazón, usted seguramente está llamado a ese género de amor. Ese es el amor que predica en sus poesías San Juan de la Cruz. Ese, ese es el amor. El amor de la fe que se queda desnuda, desnuda de todo. ¿Y de cuantas cosas está uno vestido y de cuantas está amarrado? Solo lo sabe Dios. ¿Qué pasaría con tu fe ante la noticia de la muerte? ¿Qué pasa con tu fe si te secuestran? ¿Qué pasa con tu fe, si se muere tu esposo, tu esposa? ¿Qué pasa con tu fe si llega una persecución? ¿Qué pasa con tu fe si te marginan tus amigos? ¿Quién sabe de cuántas cosas está amarrado uno? Esta es la fiesta de los amadores de la cruz. La gran moraleja, la gran enseñanza de esta lectura es esta: Si tú crees que el Crucificado es el Resucitado, ¿qué pasa contigo que no abrazas la cruz? ¿Qué pasa contigo? ¿En qué estás? El primero que oye esto, soy yo. Son mis oídos los primeros que resultan castigados por mis palabras. ¿Qué pasa contigo que no abrazas la cruz? ¿Qué pasa? Dices que aceptas la resurrección. Dices que crees en la resurrección. ¿La resurrección de quién? Del Crucificado. Si ese es el camino. Y si lo aceptas. ¿Qué pasa contigo que no abrazas la cruz y uno llama cruz a esas caricias de Cristo con que lo desata de una o de otra cosita? Eso todavía no es la cruz. No, es lo mismo que pasó con Cristo. Primero fue desnudado, luego crucificado. Uno se queja. Y chilla, y chilla y protesta y reniega. Y todavía no ha empezado la cruz. Apenas nos están desnudando, hermanos. No ha empezado la cruz todavía. Estamos en el proceso de desnudez. Pero es tanta la alharaca que uno hace. Entonces Cristo tiene que volver a vestir a la persona. Todavía no puede participar de la desnudez del crucificado. Toca volver a vestirlo. Y en ese juego de desnudarnos Cristo y de chillar nosotros para que no nos quiten lo que tenemos, en ese juego, se le van a uno pasando los años. ¡Qué tristeza, qué tristeza! Sobre todo en los consagrados. Aquí hay almas consagradas, aquí hay gente que se está consagrando a Dios, que quiere consagrarse a Dios. ¡Qué tristeza que se nos va la vida a los consagrados en eso! Dice Cristo: "Bueno, ahora sí vamos a quitarte tu conejito de felpa". Ha llegado el momento, vamos a quitarte el conejito del deleite y chille y chille hasta que toca darle el conejo de felpa y una paleta para que no llore. A los dos años vuelve Cristo: ?Ahora vamos a quitártelo?. Y ahí se le va la vida a uno. Me parece tan triste esto. Me tiene tan triste esto. Empecemos por un detalle: estos temas a nadie le importan. A nadie, o mejor dicho, a muy pocas personas les importan. Por las caras de ustedes, hasta un padre predicando puede leer caras. Yo veo que a muchos de ustedes les interesa. A otra gente no le importa esto. Pero si no les importa, yo tampoco me preocupo, porque la primera parte de la homilía era precisamente esa: que tal vez los más endurecidos serán los que un día recibirán las aguas más dulces. Pero hay gente a la que sí le importa. Hay gente a la que sí le duele. Es que es triste que se le vaya a uno la vida. Cristo: el conejito, ¡no! Que sí, que no. Y esa es la vida de uno en unos años alegando por un conejito. Que sí, que sí te lo doy, que no te lo quito, que si. Realmente a Cristo le tocan unos, iba a decir unos chicharroncitos, a Cristo le tocan unos casos terribles. ¿Sabe por qué? Porque Cristo de todas maneras nos quiere perfectos en el cielo, donde no entra nada impuro ni manchado; allá nos quiere perfectos. Entonces le voy a contar cómo son las vidas de algunas personas. Dicho por un sacerdote que ha atendido moribundos y que ha visto agonizantes. Sabe cómo funciona la cosa. Son más o menos así las cosas: dos o tres meses de fervor, sumando un día con otro, dos o tres meses de fervor. Cuarenta años discutiendo por un conejo de felpa. Y el día que la persona se está muriendo, ese día toca hacerle todo: ese día toca desnudez, cruz, unión con Dios, noche oscura, noche de los sentidos. Todo, todo, toda la mística. Toca metersela, en una sola tarde a una persona. Es evidente que algunas personas, por más que Cristo quiera y quiere, algunas personas, pues el proceso no se les alcanza a acabar. Por eso bendita nuestra fe católica y el purgatorio: El purgatorio existe, claro que existe, no se alcanza. A usted se le fueron cuarenta años alegando por cualquier cosa que se le iba a quitar, cualquier cosa que se le iba a hacer. Usted no pudo empezar siquiera el misterio de la Cruz. Hermanito, ahora queda usted en manos de las oraciones de la Iglesia. Eso se llama el purgatorio. Ahora, lo que la Iglesia haga por usted, porque a usted se le fueron los años en blanco; en el purgatorio, diciéndolo figuradamente. Hay unas piecitas, en la piecita de esa persona queda ahí colgado el conejito. Que la persona se acuerde de su conejito de felpa. Bueno, vamos a rogarle a Dios nuestro Señor, que nos de paciencia, amor y esperanza para con todos, especialmente con los que siempre tienen afán. Ese es uno de los sufrimientos que uno tiene como sacerdote: el afán de los fieles. Aquí hay menos afán que en otras partes, gracias a Dios. Una vez estaba yo dando la bendición final, allá en el convento donde vivo en Bogotá, y me tocó decir estas palabras: "La bendición de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo esté con ustedes y con los que ya van en la puerta y los que ya llegaron a la calle". Uno sufre un poco por eso. Vamos a pedirle a Dios que nos dé paciencia y esperanza con todos los endurecidos que podemos ser nosotros mismos, que nos dé la certeza de que el Crucificado es el Resucitado y nos dé la gracia, la gracia de las gracias, esa gracia que todos los santos llaman secreta. Lea, por favor, escritos de los santos y de los místicos: ¿a que ellos llaman gracia secreta? la gracia de encaminarse hacia la cruz. Es una cosa de la que nadie le convence a uno: nadie, nadie, hasta que pasa el Espíritu y da la gracia secreta. Una gracia que hace que uno se mueva desde dentro hacia la cruz. Yo, cómo deseo que esa gracia secreta venga para mí y a cada uno de ustedes y se multiplique en el mundo, para que todos proclamemos que: ¡Cristo es el Señor!

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