Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

"Deja de ser incrédulo, hazte creyente”.

Homilía stom003a, predicada en 19980703, con 22 min. y 23 seg.

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Transcripción:

Este apóstol de Jesucristo. Es conocido sobre todo por la escena que acabamos de escuchar en el Evangelio. No sabemos mucho más de él, aunque hay una tradición que se difundió mucho en la Edad Media. Nos lo presenta evangelizando por la región de lo que hoy son Pakistán y la India. Efectivamente, los Hechos de los Apóstoles nos cuentan la predicación del Evangelio, pero casi todo hacia el Occidente, hacia Europa. ¿Pero qué sucedió hacia lo que hoy es Rusia? ¿Y luego Pakistán y la India? ¿No hubo también misioneros allá? Una tradición medieval. Nos presenta este apóstol Tomás evangelizando en esas regiones, pero no tenemos muchas pruebas al respecto y debe quedar como simple conjetura. En cualquier caso, la rápida difusión del Islam y luego la firme tradición budista de todos estos pueblos orientales, siguen siendo un reto para el Evangelio de Jesucristo. Estamos muy, muy lejos todavía de pensar en el oriente cristiano. Sin embargo, ese espíritu que pudo vencer la incredulidad de Tomás, también puede conceder el don de la fe cuando quiera y como quiera, a todos estos pueblos. Aunque sea solo por esa razón, es importante recordar a todas esas regiones y pueblos en este día.

Y aunque la leyenda fuera solo leyenda, que nuestra oración sea realidad por ellos. Lo que destaca en el episodio de Tomás indudablemente, es esa frase que le dice el Señor: "Deja de ser incrédulo, hazte creyente". ¡Hazte creyente! La fe es el gran vínculo que nos une con las realidades divinas. Y la fe es también el gran vínculo que nos une con la Iglesia. Las razas, las lenguas y, en otro sentido, los intereses, las preocupaciones, las tradiciones, los gustos. Todo eso puede ser distinto en los creyentes. Pero lo que nos une no solo a lo ancho de la geografía, sino también a lo largo de la historia, es un mismo acto de fe. Nosotros creemos como un acto que proviene del mismo Dios, como un regalo de fe que es semejante al que tuvieron los apóstoles, al que tuvieron los santos que nos han precedido y al que tendrán también aquellos que el Señor llame en los años o siglos venideros. ¡La fe que nos une a Jesucristo!

Este apóstol quería una experiencia directa, tan directa y tan gráfica como meter su dedo en el agujero de los clavos. Tan directa como tocar la llaga del costado. Cuando se le presenta Jesucristo, Y le dice: "Trae tu dedo, aquí tienes mis manos. Trae tu mano y métela en mi costado". Tomás responde: "Señor mío, y Dios mío". Antes le había dicho que quería hacer eso. Y aunque Jesús le invita a hacerlo, a tocar, a palpar, la experiencia de la fe es más inmediata que el mismo palpar. El evangelista que relata con tanto detalle esta escena no nos dice que Tomás, ante la invitación de Jesús, hubiera efectivamente metido su dedo en el agujero de los clavos y la mano en el costado.

¿Por qué? Porque en ese momento el don de la fe que el Cristo glorioso le estaba participando le daba una experiencia más inmediata, más convincente, más profunda que el mismo palpar sobre esta tierra. Lo que parece más convincente es precisamente lo que pide Tomás: ver para creer, tocar, comprobar por mí mismo.

Entonces, lo que se nos está enseñando es que el acto maravilloso de la fe da una certeza mayor que la certeza del que ha comprobado. Da una certeza más alta, más firme que la de aquel que ha tocado, visto, palpado. Y así, Tomás, no tuvo necesidad de palpar con sus manos porque su corazón fue tocado por Dios. Sus manos no tuvieron que tocar a Jesús porque el Espíritu de Jesús estaba tocando a Tomás.

¿No es más perfecto el toque del Espíritu en el corazón que el toque de la mano de Tomás en el cuerpo de Cristo? Es más perfecta y más perfecta esa obra del Espíritu, porque ella deja una convicción a la manera de Dios, mientras que lo que quería Tomás, en el mejor de los casos, pudiera dejar una convicción a la manera humana. ¿Y cuál es la diferencia entre estas dos convicciones? "Señor mío y Dios mío", dice Tomás. Lo que podían verificar las manos es que ese Jesús estaba vivo, pero que ahí estuviera de modo singular y total, la presencia de Dios; que Dios mismo se estuviera manifestando en el Cristo glorioso.

Esto no lo podían dar las manos de Tomás, pero sí lo pueden dar las manos de Dios. Tomás quería tocar a Dios y Dios quería tocar a Tomás. Tomás quería tocar a Jesús para comprobar su pregunta. Dios quiere tocar a Tomás para darle respuesta a esa pregunta y a todas sus preguntas. Para abrirle, en fin, una verdad sin límites. Nosotros hemos recibido por la gracia de Dios, un acto de fe semejante. Jesús termina en este pasaje diciendo: "Dichosos los que crean sin haber visto". Bueno, como nuestra metodología es preguntarle a la Escritura, preguntarle con fe, con humildad y con amor, entonces hagámosle esa pregunta.

Preguntémonos: ¿qué quiere decir esa frase? ¿Por qué? ¿Por qué se llama Dichosos a los que creen sin haber visto? Entre otras cosas, somos nosotros. ¿Por qué nosotros somos dichosos? ¿Por qué? Si estoy entendiendo bien, nos pone como en una condición mejor que la de Tomás. Porque parece que es más perfecto el acto de fe sin haber visto que el acto de fe habiendo visto.

Cuando nosotros, nos apoyamos solamente en ese acto de fe, como dice el apóstol Pedro: "A Él no le habéis visto y le amáis". Cuando nosotros nos apoyamos en ese acto de fe, sin haber tenido lo que tuvo Tomás, estamos en una condición mejor. Porque las manos de Dios nos han tocado. Si esa es nuestra única certeza. Si a esa certeza que en sí misma es perfecta, se le añaden otras pruebas, como por ejemplo lo que tuvo Tomás, esas pruebas no vienen a perfeccionar lo que ya es perfecto. Sino más bien en esa ocasión posterior de duda, como parecen sugerir algunos textos de la Escritura. Me explico: Cuando Jesús, por ejemplo, iba a ascender a los cielos, dice el evangelista, se postraron y adoraron, pero algunos todavía dudaban.

No siempre verlas ayuda a creer más. Otro ejemplo: cuando Pedro fue liberado de la cárcel. ¿Qué nos dice Lucas? El salió, creyendo que lo que hacía el ángel era un sueño, era una visión, lo estaba viendo, lo estaba viviendo. Pero precisamente por ser un género de experiencia, lo que tuvo Tomás en este pasaje, lo que tuvo Pedro al ser liberado de la cárcel, lo que tuvieron aquellos apóstoles cuando Jesús fue ascendido al cielo -por ser experiencias que contrastan tan dramáticamente con nuestras experiencias normales-, a veces se convierten más en ocasión de vida, en ocasión de creer. Si Tomás creyó aquí, no fue por el agujero de los clavos, ni fue por la herida del costado. creyó aquí, porque este Jesús glorioso reflejo en él la fe; por eso le reconoció como Dios. De manera que la certeza del acto de fe es en esta tierra tan perfecta como puede ser, y superior a esa certeza y ese conocimiento; solo está la visión de los cielos y si añaden otras experiencias a ese acto de fe. No necesariamente colaboran a él, porque pueden ser experiencias tan dramáticamente distintas de nuestras experiencias normales que más bien lleven a dudar, que más bien engendren duda o que causen la impresión de que el acto de fe depende de ellas.

Y el acto de la fe no depende de nada de esto. Y así sucede también en la vida personal. Cuando Dios regala el acto de fe acompañado de algo sensible. Por ejemplo, la dulzura de sentirse amado. Para uno. En principio, eso es más deleitable. Pero a largo plazo se puede engendrar confusión. Porque cuando haya que ejercer la fe, sin esa dulzura, sin ese consuelo, entonces la persona va a dudar. Es más perfecto el acto venido de la fe; sin nada sensible, es mucho más perfecto, porque eso es indestructible, porque eso no puede ser derrumbado por ninguna experiencia, contradicción, persecución, desierto, tentación o imaginación. Es más perfecto que el acto de la fe esté desnudo, Porque si nosotros estamos acostumbrados a ligarlo con experiencias sensibles, puede pasar que dudemos por el tamaño de la experiencia sensible, o que nos agarremos más a esa experiencia sensible que al mismo acto de la fe. Y en este caso, cuando llega la dificultad, fácilmente preferimos la experiencia sensible, deleitable, amable y dejamos de lado el acto de la fe.

De manera que nosotros estamos en una condición mejor que estos apóstoles, particularmente que el apóstol Tomás. Porque el acto de fe nuestro, en cierto modo, es más despojado. En cuanto más despojado es ese acto de fe. De alguna manera es más seguro para nosotros: es más firme, más indestructible, si la fe no depende de ese tipo de experiencias. Y así vemos que cuando Dios alimenta, educa, conduce con amor a las personas, de algún modo les va haciendo experimentar la desnudez de la fe.

Lo que pasa es que Dios es infinitamente misericordioso y Él sabe con qué pedagogía trata a cada persona. Si el primer día de nuestra conversión Dios retirara de nosotros todo consuelo, si retirará de nosotros, todo argumento, toda imaginación, toda compañía y todo apoyo humano para dejarnos solo colgando de la fe. Probablemente no resistiríamos. Aunque es más perfecto eso. Por eso Dios nos va llevando con misericordia y con sabiduría; y además Él, no suele quitar todo al tiempo. Entonces a veces nos quita la dulzura, el apoyo de alguna amistad. Pero mientras tanto nos sentimos bien de salud y nos sentimos coherentes en nuestra opción. otras veces nos caen las diez, porque no fueron siete-. No caen las diez plagas de Egipto. Sentimos que estamos enfermos de cuerpo y alma, deprimidos. Estamos mal, pero en ese momento Él nos permite experimentar con fuerza y muy sensiblemente algún sacramento: la Eucaristía, la confesión, la unción de los enfermos y así sucesivamente.

Sin embargo, si el camino sigue avanzando, es posible que luego vengan experiencias más fuertes de las cuales nos hablan los que han transitado esos senderos. Entonces, por ejemplo, nuestro amigo Juan de la Cruz dice: "Que hay un cierto tiempo que es la noche de los sentidos", que es casi como la desaparición, diríamos, de todo aquello sensible al acto de fe. Es una purificación fuerte para la cual Dios, desde luego, da generosamente su presencia y la eficacia de su amor. Y todo esto nos lleva al límite porque es necesario también que incluso aquellos argumentos que harían como razonable el creer también esa parte Imaginativa e intelectual, pero ya más propiamente intelectual. Que quede como entre paréntesis.

Y a esto se le llama a veces una noche oscura, "la noche oscura del alma". Esas personas despojadas y solas, que avanzan por esa noche con un solo lucero de fe, se convierten como en imágenes del despojo de Cristo desnudo sobre la cruz. Así como Cristo en el acto mismo de la redención está despojado incluso de sus vestidos, y nos presenta entonces con toda su fuerza el drama de la miseria humana y también toda la bondad de la misericordia divina. Así también estas personas conducidas por el Espíritu con un solo lucero, con una sola fe, con una esperanza en el último horizonte. Sin más linterna, que el fuego del amor que arde en sus corazones. Estas personas, así no tengan estigmas en sus manos, así no tengan señales sensibles como sangre que brote de heridas. Son imágenes de Cristo crucificado. Y van avanzando por esa noche oscura. Y aunque nosotros sintamos lástima de ellos, aunque no los podamos comprender. Esas personas son los verdaderos bienaventurados. Son aquellos a los que se ajusta plenamente la Palabra del Señor. Experiencia sublime en la cual la persona de algún modo se siente sola de toda la creación para estar a solas con el Creador.

¿Y cómo se sabe que se trata de eso precisamente? Se sabe por los actos propios de las otras virtudes: no cesan. Si la persona se vuelve intocable, no se meta conmigo porque estoy en noche oscura; si se vuelve insoportable, neurótica, muerta de miedo, autocompasiva o cualquier otro tipo de cosas. Eso no es por ahí. Eso no es por ahí. Y seguramente lo que necesita es, entre otras cosas, un poco de comprensión, una palmadita en la espalda y que se le diga sí yo también he pasado por las noches oscuras. A veces con una llamada de la mamá se corrigen.

Pero si se trata verdaderamente de la noche oscura, es un don muy alto. Es un don muy profundo que deja de manera imborrable en el corazón la certeza de la victoria de Dios. Bueno, que el Señor, en este día de Tomas acreciente nuestra fe; si Él nos pide que seamos creyentes, que Él mismo nos haga creyentes.

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