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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Nuestros cimientos: Cristo, los Apóstoles y los Profetas.
Homilía stom002a, predicada en 19970703, con 12 min. y 9 seg. 
Transcripción:
Nos dice el apóstol San Pablo: ?Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular?. Que Cristo sea la piedra angular es comprensible, porque en Él y sólo en Él encuentra verdadera firmeza la vida. La vida no encontrará su cimiento mientras esté parada sobre mentiras, sobre engaños, sobre ignorancias, sobre oscuridades. Pero todo esto es vencido por Jesucristo. Y Él, con su divina luz, manifiesta la verdad de Dios y la verdad del hombre. Y como nosotros somos criaturas, cuando aparece la verdad de nuestro Padre Creador, su infinito amor, su providencia, entonces nuestra vida encuentra cimiento. El que vive en el pecado no puede encontrar cimiento, porque aunque sea pecador, no deja de ser criatura, no deja de ser obra de Dios. Y por consiguiente, el que vive en pecado, cuando intenta, cuando procura entrar en sí mismo, lo único que haya es confusión y tinieblas, porque en el fondo de su corazón, en el fondo de su existencia, sigue dependiendo de Dios. Es que la dependencia de Dios nunca, nunca cesa, porque Dios nunca deja de ser el Señor. Dios es el Señor de todos, y a su voz, a su imperio todo obedece. también lo más tenebroso de los infiernos. Dios no deja de ser el Señor. Y por consiguiente, cuando una persona vive en pecado e intenta entrar en sí misma, lo que encuentra es que su cimiento va por otro lado, porque la raíz y el cimiento de todas las cosas solo está en el designio creador de Dios, que, como dice San Pablo, "todo lo creó por Cristo y para Cristo, para la gloria de su divino Hijo, para la gloria de Cristo?. Y por Cristo, en razón de Cristo, y a través de Cristo han sido hechas todas las cosas; mientras Cristo, no es el dueño de nuestra voluntad, hay una espesa zona de tinieblas que se cierne sobre lo profundo del alma, y mientras tal cosa sucede, es imposible que la vida adquiera firmeza, porque es como si los pies fueran por un camino, y la cabeza quisiera ir por otro camino. Mal le va a ir a ese caminante, si los pies le caminan por un lado y la cabeza va por el otro. Lo menos que le va a pasar es que pronto dará con sus huesos contra el piso. Pues bien, solo en Cristo encuentra firmeza nuestra vida. Esto parece lo podemos comprender mejor ahora. Pero lo maravilloso de la afirmación de San Pablo no está en este hecho. Es decir, además de estar en este fundamento que es Cristo, tiene otra cosa que ofrecernos: está edificado sobre el cimiento de los apóstoles y profetas. El mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Ya lo hemos comentado. Pero que estemos cimentados sobre los apóstoles y los profetas. Está bien que en el fondo último está Cristo, pero que nosotros dependamos de hombres pecadores como nosotros. Decía San Agustín que: "una de las pruebas de la verdad de la Escritura es que no quiso callar los pecados, las mediocridades, las debilidades de los apóstoles?. Ahí aparece Pedro, con toda su traición a cuestas, claro, con todo su arrepentimiento y con toda la gracia de Dios que lo levanta. Pero ahí está con su traición. Y ahí está Pablo, que cuando escribe tiene que decir: "Indigno soy del nombre de apóstol, porque fui furioso, perseguidor de la Iglesia de Dios". Ahí está Pablo, con toda su persecución y su celo mal encaminado. Y ahí está Tomás con toda su incredulidad a cuestas. Él creía ser más crítico, más maduro. Él creía ser más escéptico, más adulto. Y tuvo que bajarse de su incredulidad para postrarse a decir: ?Señor mío y Dios mío?. Entonces la pregunta que uno se hace es: ?si estos son hombres con esos defectos y con tantos otros?. Por no mencionar también a las santas mujeres. Magdalena, María la de Magdala que tuvo que ser arrancada del poder de las tinieblas. Y sin embargo, aparece como el primer testigo de la resurrección. Ya ha habido quien la llame la Apóstol de los Apóstoles. Si están a la vista las grietas de esas vidas. ¿Cómo pueden ser cimiento para nosotros? Que nos apoyemos en la piedra angular que es Cristo; uno lo entiende porque ahí no hay fragilidad, porque ahí no hay debilidad, porque eso se sostiene. Pero, ¿que nosotros nos vamos a apoyar en el cimiento de los Apóstoles? ¿Que nos vamos a apoyar en vidas agrietadas como las nuestras? Uno piensa, por ejemplo, en lo que uno es: tantas incoherencias, tantas rupturas, tantas debilidades que tiene la vida de uno. ¿Serviría uno de cimiento para alguien? ¿Es que puede una vida apoyarse encima de mi vida si a veces no puedo conmigo? ¿Es que puede realmente crearse algo sobre las grietas, sobre las fracturas que tiene la existencia humana? Sabemos y reconocemos que en Cristo no hay pecado, pero en todos estos hombres indudablemente lo hay. ¿Cómo podemos estar cimentados sobre apóstoles y profetas? Hay personas que se escandalizan tanto con eso de estar cimentados sobre otros hombres, sobre la fe de otros hombres, que entonces prefieren prescindir de toda tradición y presentarse como si solo ellos y Cristo dieran testimonio del Evangelio; en buena parte la reforma protestante es una especie de escándalo. Es la obra del escándalo que ha causado en muchas personas ese sentir: "yo no voy a apoyar la fe, ni las palabras de otros". Y por eso el típico predicador protestante se presenta como si solo existieran Cristo y él. Como si la fe le hubiera llegado en helicóptero desde Galilea hasta su corazón. Eso no tocó a nadie. Nadie tuvo que ver con esa fe. Esa fe le llegó directamente y no tuvo que arrastrarse. Por eso llegó limpia y no sucia. Una parte de verdad hay en eso. Porque la fe, efectivamente, no proviene de hombres. No es la carne ni la sangre la que da la fe. Es un don del Espíritu Santo. Pero este es el misterio del anonadamiento de Cristo, que de alguna manera se prolonga en la historia de la Iglesia, empezando por la historia de los apóstoles. Uno quisiera que toda la fe le llegara en gotero desde las nubes del alto cielo, sin tocar a nadie. Pero resulta que la misma fe, que es un don del Espíritu Santo, es la misma fe que está en la boca de estos apóstoles. ¿Y por qué esa humillación? Pregúntaselo al que se humilló. Pregúntale al que nació en un establo y al que murió en una cruz. ¿Por qué? ¿Por qué eso? Entre otras razones, quizá nos diría Él: "Porque así, con la predicación de los apóstoles, así, con esa fe que se arrastra por los siglos y que atraviesa a todas las culturas y cada frontera de la humanidad, porque a través de esa fe, así propagada por hombres como nosotros y también por nosotros mismos, porque a través de esa fe, es humillada toda soberbia humana". cuando es un hombre como Pedro, un traidor, el que me confirma a mí en la fe. Todo mi orgullo, toda mi suficiencia cae por tierra; cuando es un perseguidor el que se convierte en el gran Apóstol de Cristo. Mis mediocridades me hacen enrojecer, cuando es un incrédulo como Tomás, el que llega a ser ese gran testigo del amor de Dios. Entonces todos mis racionalismos y desconfianzas ruedan por tierra. ¿Por qué quiso Cristo que la fe llegara al mismo tiempo y sin separación del Espíritu Santo y de los apóstoles? Porque nosotros tenemos carne es una respuesta; porque nosotros no somos puros espíritus, y porque nosotros, en segundo lugar, a través de esa predicación que llega por seres humanos como nosotros. Somos así convictos, somos así tesoro, trofeo de Cristo; y todo lo nuestro, toda nuestra humanidad, al verse ganada por la palabra de hombres débiles como nosotros, agrietados como nosotros, tiene que reconocer que solo la gloria es para Dios. Estos son los truquitos del amor de Dios. Este es el estilo de la providencia del Señor que se las arregla para darle vida a todos, para vencer a todos, y para que la gloria sea completamente suya. Venciéndonos nos restaura en nuestra dignidad, triunfando sobre nosotros, nos hace vencedores, ganándonos, hace que nuestra vida llegue realmente a realizarse y alcance su plenitud.

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