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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Santiago, Apóstol

Homilía stom001a, predicada en 19960703, con 8 min. y 15 seg.

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Transcripción:

En las celebraciones del Espíritu Santo. En las celebraciones de los apóstoles. En las celebraciones de los mártires. Y en las celebraciones de la sangre de Cristo. La Iglesia se viste de rojo. Debe haber entonces una relación íntima y profunda entre la sangre de Cristo, el Espíritu Santo, el testimonio de los mártires y la vida de los apóstoles. O quizá no hay una relación profunda, sino muchas relaciones profundas; porque, por ejemplo, la sangre de Cristo llega hasta nuestro altar por el ministerio de los apóstoles. ¿De dónde aprendimos nosotros a celebrar la Eucaristía?

De ellos, de los apóstoles. ¿Y a través de quiénes recibimos por esa sucesión ya bien llamada apostólica. ¿El ministerio para precisamente consagrar el vino como sangre de Cristo? De los apóstoles, sobre quienes vino en primer lugar esa gracia del Espíritu Santo. Si no fue sobre los apóstoles, ¿y no es ese divino Espíritu de amor que hace capaz hasta del martirio al cristiano?

Por esa razón o por estas razones, mejor dicho. Debemos explorar ese nexo profundo que hay entre la sangre del Señor, el Espíritu Santo, el testimonio de los apóstoles y la victoria de los mártires. Mire usted, dice San Pablo en alguna de sus cartas: "El pan que compartimos, ¿no es comunión en el cuerpo de Cristo?, y la copa de bendición que repartimos, ¿no es comunión en el Espíritu del Señor?". Debería decir: "El cáliz que compartimos no es comunión en la sangre del Señor". Pero dice: "comunión en el Espíritu del Señor".

Podemos decir que la sangre de Cristo y el Espíritu de Cristo en el fondo se refieren, en el fondo, apuntan a una misma realidad, al amor de Dios que da vida. La sangre para los pueblos orientales y especialmente para el pueblo hebreo, era la señal por excelencia de la vida. Cuando nosotros compartimos la sangre de Cristo, compartimos la vida del Señor. Por eso, al beber de la sangre de Cristo, estamos también comulgando en el Espíritu de Jesucristo. Es hermosa esa relación entre sangre y espíritu.

Por otra parte, Cristo había estado forjando, esculpiendo a estos apóstoles a base de sus palabras. Les había dado muchísimas veces esa predicación. No alcanzó su resultado final, sino con la palabra interior del Espíritu Santo. Es decir, la Palabra, el testimonio de Cristo. Queda afuera, a menos que llegue el testimonio interior del Espíritu, que es el que interioriza la Palabra. Solo el don del Espíritu logra abrir las últimas compuertas del corazón para que entre la palabra. Solo el don del Espíritu permite que nosotros comprendamos las Escrituras.

Fíjate lo que dice el Evangelio de Juan cuando estos se quedan atónitos viendo al Resucitado: "Jesús exhala el Espíritu sobre ellos, sopla sobre ellos, les da espíritu". Y dice el evangelista: "Les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras". Hasta ese momento no habían comprendido que Cristo tenía que morir y resucitar. De manera que sólo el Espíritu hace que la Palabra de Cristo entre a reinar en lo profundo del corazón. Solo la Palabra de Cristo hace.

Solo el Espíritu de Jesucristo hace que la Palabra de Cristo se convierta en palabra nuestra. Cuando tal cosa sucede, cuando la Palabra de Cristo es la palabra nuestra, ese es el apóstol. Solo el Espíritu de Jesucristo hace apóstoles, porque solo ese espíritu hace que nuestras palabras sean palabras de Cristo. No es difícil tampoco encontrar la relación con el testimonio de los mártires. Mártir literalmente significa: "testigo".

La muerte del mártir es como un sacramento de la muerte de Cristo. La muerte del mártir es como una actualización de la muerte de Jesucristo en la muerte del mártir. Precisamente lo que sucede es esto: que para la Iglesia, por ejemplo, hoy sucede lo mismo que sucedió en aquel momento allá en el Calvario. La muerte del mártir es como una Eucaristía en la vida, La muerte del mártir es como una nueva efusión del Espíritu.

Y por eso, bien decía San Cipriano: "La muerte de los mártires, la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos". Demos gracias a Dios en la celebración de este apóstol. ¿Cuál es el bien grande que nos han dado estos apóstoles? Que nos han comunicado la gracia del Espíritu Santo. Nos han instruido en la Palabra de salvación, nos han predicado el Evangelio, han sido precisamente las columnas de la Iglesia y nosotros nos apoyamos en la fe de ellos. Estamos soportados por la gracia del Espíritu, pero estamos soportados también por el testimonio de estos hombres. Sin ellos no sabríamos de la resurrección del Señor.

Eso brilla especialmente en el caso de Tomás, porque su resistencia a creer vencida finalmente por el amor de Dios, se convierte en ocasión de que nuestras dificultades en creer sean también vencidas por el mismo amor. Bien dijo aquel padre de la Iglesia: "Que más provechosa resultó para nuestra fe. La incredulidad de Tomás que la fe de los demás apóstoles". Porque esta incredulidad vencida, esta incredulidad doblegada, ayuda también a que se dobleguen nuestras dudas en la fe. ¡Bendito sea Dios!

En la fiesta de Tomás, el Apóstol. Bendita sea su sangre, su Espíritu, su Palabra y su Iglesia. Que esta Palabra, este Espíritu, esta iglesia, lleguen hasta lo íntimo de nuestros corazones, y allí se reúnan, y allí den sus frutos. Quiera Dios también por medio de Cristo, soplar fuerte, fuerte, para que nuestro entendimiento se abra, para que comprendamos las Escrituras, para que: "gustemos y veamos lo bueno que es el Señor".

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