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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El mismo y único Evangelio es capaz de iluminar a todas las culturas en todos los tiempos.

Homilía ssyj015a, predicada en 20191028, con 7 min. y 15 seg.

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Transcripción:

El 28 de octubre nuestra Iglesia Católica recuerda a los santos apóstoles Simón y Judas Tadeo. Son apóstoles de los que sabemos muy poco y como hemos comentado en otras oportunidades, esta ignorancia nuestra no es, en realidad, un problema, sino es una oportunidad, una oportunidad sobre lo que significa el don de los apóstoles y el don del apostolado en la Iglesia. Simón y Judas son, pues, dos apóstoles de los cuales prácticamente solo sabemos con certeza que fueron apóstoles de Cristo.

Las lecturas de la Misa de hoy, consiguientemente, tienen también un carácter muy general. Y hoy quisiera fijarme especialmente en el salmo. El salmo hace una comparación entre la belleza del sol que todo lo ilumina y la belleza del Evangelio que debe llegar hasta el último rincón de la tierra. No se nos olvide que el Señor Jesús mandó a los apóstoles, así aparece en San Mateo y así aparece en San Marcos, les mandó que fueran a todas las naciones. Dice en el texto de San Mateo: «Id y enseñad a todas las naciones». Y en San Marcos parece que fuera un encargo, incluso mayor: «Id y proclamad el Evangelio en toda la creación». En Mateo el mandato, esta gran comisión, se encuentra en el capítulo 28 y en el caso de Marcos, en el capítulo 16.

Pues el salmo que nos ofrece la Iglesia y que quiere que meditemos en esta fiesta de los apóstoles Simón y Judas, es el Salmo número 18 en la numeración de la liturgia, que es el Salmo 18B, en la numeración usual de las Biblias. Este salmo hace esa comparación entre el sol que lo ilumina y el Evangelio que llega a todas partes. ¿Qué significa esto? Significa que el mensaje de los apóstoles es un mensaje para todas las culturas, para todas las lenguas y para todos los tiempos. Y yo no puedo mencionar esto sin acordarme del Sínodo de la Amazonía y especialmente de la insistencia, a mi juicio, un poco unilateral, en el tema de la inculturación. Se llama inculturación a esa expresión del Evangelio en una determinada cultura. Bien entendida, la inculturación es algo realmente bello, inculturación ha existido siempre.

Cuando el apóstol San Pablo va a predicar en el mundo latino o en el mundo griego, es decir, lo que era la cuenca del Mediterráneo en aquel siglo I, evidentemente él hace un proceso de inculturación. En los primeros concilios, grandes concilios ecuménicos de la Iglesia, hay un proceso de inculturación. Sabemos que es así porque la Iglesia aprende a expresar el misterio único e inmutable del Evangelio en nuevos lenguajes, en nuevas categorías. Pero es ahí donde está el cuidado que debemos tener, hay que tener gran precaución, no vaya a suceder que al expresar el mismo Evangelio en nuevas categorías o en nuevos lenguajes, terminemos cambiando el Evangelio. Ese es el cuidado que hay que tener, y ese es el mensaje que creo que nos está dando el salmo de la Misa de hoy.

El mensaje de los apóstoles es un mensaje realmente para todas las culturas. Y esto significa que no tenemos que cambiarlo. Por ejemplo, cambiar el mensaje es suponer que hay culturas, culturas que sí pueden vivir una parte del Evangelio. Y hay culturas que no pueden vivir una parte del Evangelio. Cuando nosotros empezamos a creer que el pertenecer a esta cultura o a esta cultura, depende si vamos a vivir todo el Evangelio o una parte, o vamos a cambiar. Ahí, ahí estamos negando el gran mensaje de la fiesta de hoy, porque la fiesta de hoy nos está diciendo que el mismo y único Evangelio es capaz de iluminar a todas las culturas. Veamos un ejemplo típico, nosotros sabemos que el Evangelio tiene unos sacramentos, los sacramentos.

Supongamos que alguien dijera: La concepción que la Iglesia Católica tiene del matrimonio no se puede aplicar en las culturas de Asia o en las culturas de África. No se puede aplicar. ¿Qué estaría diciendo esa persona? Estaría diciendo que el Evangelio sí se puede vivir en Europa o en Norteamérica o en Sudamérica, pero que no se puede vivir en esas partes de Asia o de África. Y ese no sería el Evangelio del que nos hablan las lecturas de hoy. Porque las lecturas de hoy dicen que a toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje. Es posible que algunos aspectos del Evangelio sean más difíciles de vivir en unas partes que en otras. Es posible que, por ejemplo, el tema de la monogamia y la fidelidad matrimonial sean más difíciles en unos países que en otros, eso es natural. Es muy probable que la sobriedad o la generosidad o la alegría se puedan vivir más o menos fácilmente en una parte o en otra. Pero una cosa es la facilidad o dificultad para vivir una parte del Evangelio y otra cosa es que empecemos a creer que ese Evangelio no se puede vivir en otras partes.

Qué bueno recordar esto, qué bueno recordar la fuerza que tiene el Evangelio es que lo que nos ha dado Cristo derramando su sangre en la cruz es demasiado, demasiado es demasiado amor, es demasiada fuerza, es demasiada eficacia del amor divino en nuestras vidas. Y cometeríamos un gran error si pensamos que ese Evangelio toca cambiarlo simplemente porque llegamos a la Amazonía o ese Evangelio toca cambiarlo porque ahora llegamos a África o toca cambiarlo porque llegamos a Japón. Es un delicado balance, pero hay que estar muy despiertos y estar despiertos en estas circunstancias es tarea de todos.

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