Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Los apóstoles son los cimientos del Nuevo Israel, y su porción no es tierra: somos nosotros.

Homilía ssyj007a, predicada en 20131028, con 9 min. y 19 seg.

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Transcripción:

Hermanos, meditemos unos momentos en esta palabra que acabamos de escuchar del Evangelio de Lucas. El evangelista Lucas es el único que nos cuenta que Jesús, antes de elegir a los apóstoles, hizo oración, pasó la noche en oración. Cristo hace oración para descubrir con mayor claridad y para amar con mayor intensidad, y para unirse con mayor firmeza a la voluntad de su Padre Dios. Hay otra noche de oración que nos describe el evangelista Lucas, es aquella que sucede en el huerto de Getsemaní, también ahí vamos a encontrar a Cristo orando, también ahí su corazón y su mente se elevan hacia Papá Dios para descubrir con mayor claridad, con mayor intensidad, con mayor amor y obediencia, la voluntad de Dios Padre. Esto quiere decir que Cristo, al elegir a los apóstoles, no está eligiendo su propia voluntad, sino que está eligiendo a aquellos que el Padre ha querido que lo acompañen, el llamado viene de Dios, el llamado viene de Dios Padre.

Llama la atención que Cristo se aparte para orar, siendo tan grandes las necesidades de tantas personas, alguien podría pensar que ese tiempo es malgastado, habiendo tantos ciegos a los que hay que dar luz, tantos sordos a los que hay que abrirles el oído, tantos paralíticos que no pueden moverse. Y Jesús, en vez de dedicarse a sanar a estas personas, se va por allá solo a una montaña a orar. Pero por supuesto, es irracional criticar a Cristo, lo que tenemos que hacer es aprender de Él. Y lo que hay que aprender en este caso, es que no importa qué tan graves sean las urgencias del apostolado, hay algo que es todavía más urgente y es la oración.

La oración es la primera urgencia en la evangelización, la oración es la primera urgencia en la misericordia, la oración es la primera urgencia en la misión, porque el misionero sin oración será, según la expresión de San Pablo, como una campana que resuena y que se extingue luego en su propio eco. El que hace obras de misericordia sin oración, será un benefactor que alivia por un corto tiempo a aquellos que sufren en su cuerpo, pero que ni puede remediar del todo las necesidades de esos cuerpos, ni les da el consuelo profundo, verdadero y durable, que es el que se lleva en el alma. La oración es la clave para la evangelización, para la misericordia, para la vida misma de la Iglesia. Y la norma nos la da el mismo Cristo, Jesucristo se pone a orar.

Ya hay un grupo numeroso que le acompaña, es un grupo de discípulos, la palabra discípulo significa aquel que está aprendiendo, aquel que recibe la enseñanza del Maestro, claramente el Maestro es Jesús. Y esta multitud, en donde hay hombres y mujeres, sin duda es la multitud de aquellos que están aprendiendo de Él, que le escuchan con atención, con avidez y que están esperando esa fuerza bendita, esa gracia, ese don que solamente Él tiene. Ahora, el problema que tiene que resolver Cristo es cómo escoger de entre ese grupo de personas, a quiénes elegir. Realmente la pregunta, como Él se la plantea, es más bien: ¿A quiénes has elegido tú, Padre Celestial? Y con esa pregunta Cristo se sumerge en la oración, con esa pregunta Cristo se adentra en el misterio de Dios.

Y llegó la claridad, la claridad a la mente de Cristo y la claridad de la mañana, las dos claridades llegaron juntas. Sin titubear, con esa nueva luz que ha recibido en la plegaria, Cristo llama a un grupo de doce. ¿Por qué 12, por qué no 10 o 20, por qué no 25 o 7? ¿Por qué 12? Claramente Jesús se da cuenta que con esa elección está empezando el nuevo Israel. El pueblo de Israel salió de las entrañas del patriarca Jacob, las 12 tribus de Israel tienen a Jacob por Padre. Y esas 12 tribus que constituyen el pueblo de Israel, el pueblo de la antigua Alianza, miran hacia su padre Jacob, como hacia su propia raíz. Pues ahora Jesús toma el lugar de Jacob, ahora Jesús está inaugurando el nuevo Israel.

Pero hay una diferencia, el amor que lleva a Jacob a engendrar es el amor del deseo carnal, es el amor de la carne y de la sangre, es el amor que lleva al varón hacia la mujer, ese es el amor que produjo las 12 tribus de Israel. También el amor obra en Jesucristo. Y seguramente, Jacob engendró a sus hijos en la noche, así como Jesús engendró a sus apóstoles en la noche. Pero el amor de Jacob fue el amor de la carne y la sangre, el amor de Cristo es el amor perdurable, el amor victorioso y eterno, participación del amor eterno del cielo, es el amor del Espíritu Santo. Por eso Jacob tiene esos 12 hijos, y Jesús tiene estos 12 apóstoles, porque con esta elección empieza el nuevo Israel.

Cada una de las tribus de Jacob recibió su propia herencia, esa herencia era una porción de la tierra prometida. Cada uno de los 12 apóstoles recibe también una herencia, pero esa herencia no se expresa en términos de tierra, esa herencia se expresa en términos de aquellos a los que tendrá que evangelizar. Porque la porción que reciben los apóstoles no es una hacienda, no son unos kilómetros cuadrados, la porción que reciben los apóstoles son corazones en donde tendrá que reinar el mismísimo Hijo de Dios.

Hermanos, alegrémonos en esta escena que nos presenta el Evangelio. Alegrémonos, porque nosotros somos fruto de ese amor, el amor que no muere. Alegrémonos, hermanos, porque en esa noche de amor, en esa noche de plegaria, también nosotros fuimos asignados como porción para esos que vienen a ser el nuevo Israel, la fuente del Nuevo Israel, las columnas de la ciudad de Dios. Alegrémonos, porque ese es el amor que a nosotros nos sostiene. Alegrémonos, porque esa es la vida que nosotros hemos recibido.

Y eso fue lo que escuchamos en la primera lectura, oigan esto: No son extranjeros, ustedes no son advenedizos, ustedes son conciudadanos de los santos, ustedes pertenecen a la familia de Dios, porque el mismo amor que engendró a los apóstoles, es el mismo amor de Espíritu por el que nosotros somos engendrados. En el bautismo estamos edificados sobre el cimiento de los apóstoles, como que somos la porción que ellos han recibido, así como en el antiguo Israel, los 12 hijos de Jacob recibieron cada uno una porción de tierra. Alabemos a Dios cada vez que celebramos las fiestas de los apóstoles y miremos en ellos a nuestros padres espirituales, a través de los cuales nos ha llegado el amor de Cristo, ese amor que fue tan abundante en esa noche de oración.

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