|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
¿Qué es ser un buen apóstol de Jesucristo?
Homilía ssyj003a, predicada en 19991028, con 38 min. y 8 seg. 
Transcripción:
Mis queridos hermanos, celebramos hoy, con toda la Iglesia, a dos apóstoles que nos resultan muy poco conocidos. Simón, pero no es Simón Pedro, sino Simón el Zelote. Y otro Judas, que no es Judas Iscariote, sino Judas, el de Santiago, también conocido como Judas Tadeo. Simón y Judas aparecen siempre hacia el último lugar en las listas de los apóstoles. Mientras que Pedro sobresale cada rato por sus respuestas, buenas o malas, por su temperamento primario explosivo, mientras que Juan destaca por su penetración en el misterio de Jesucristo, estos dos santos de hoy casi que lo único que sabemos es que existieron y que fueron llamados por Cristo y que no, y que no se alejaron de Cristo ni de la oración de los discípulos, sino que estaban allí en Pentecostés.
Podemos decir que estos son santos que no hacen ruido, santos que no sobresalen, santos que no tienen nada de particular. Eso hace que, para un predicador, como en este caso, me corresponde a mí, sea difícil predicar de esta gente que no hizo nada especial. De Judas sabemos una cantidad de cosas, de Pedro, de Andrés, de Santiago y de Juan sabemos muchas cosas, de Pablo sabemos muchísimas cosas. Pero de estos santos de hoy casi no sabemos nada, son santos casi anónimos, casi lo único que sabemos son sus nombres. Pero, aunque eso haga difícil la predicación, eso también tiene su parte buena porque si todos los santos estuvieran repletos de anécdotas e historias, muchos de nosotros que no tenemos nada de particular y nada de sobresaliente, sentiríamos que no estamos llamados a la santidad.
Esta gente que no tuvo nada de especial, por lo menos nada digno de ser reseñado en la Sagrada Escritura, estos santos Simón y Judas Tadeo podrían ser algo así como los patronos de esa santidad que sucede en medio de la masa, que sucede en lo cotidiano, que sucede en lo normal. Santos dentro de la normalidad, santos de los cuales no se cuentan ni grandes milagros, ni grandes exorcismos, ni grandes traiciones, santos que estuvieron ahí y su grandeza estuvo en ser llamados por Cristo, ser bendecidos por Cristo, ser amados por Cristo y, estamos seguros, dar testimonio de Cristo, un testimonio, sin embargo, tan natural como la vida que ellos llevaron.
Es bueno que nosotros sepamos que los santos en la Iglesia Católica no son algo así como los premios Oscar en el cine, donde todos son celebridades, todos son protagonistas, todos son estrellas y todos son extraordinarios. Es bueno saber que hay santos como estos, santos casi anónimos, en los cuales podemos encontrar testimonio y podemos encontrar la ayuda de una oración oportuna. Ese es el primer pensamiento que quería compartir con ustedes hoy.
En segundo lugar, como decía en alguna otra ocasión, cuando uno medita en la santidad de Andrés, de Juan o de Pedro, las cosas que hicieron estos santos atraen poderosamente nuestra atención y hacen que nosotros casi no meditemos en una pequeña palabra, que, sin embargo, es la columna vertebral de la santidad que Dios les dio, la palabra apóstol. Por ejemplo, Pablo fue apóstol, pero también fue predicador. Lo que sucede es que es tan grande la predicación de San Pablo que, cuando uno medita en San Pablo, piensa mucho en Pablo como predicador y muy poquito en Pablo como apóstol. De Pedro sabemos una cantidad de cosas, por ejemplo, sus negaciones, o por ejemplo, esa frase: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna». Esa expresión de San Pedro hace de Pedro un testigo privilegiado. Pedro es apóstol y Pedro es un testigo privilegiado. Pero cuando meditamos en San Pedro, nos quedamos en Pedro, testigo privilegiado, y no pensamos en lo que significa ser apóstol.
En cambio, cuando llegamos a estos santos del día de hoy, a Simón y Judas, son santos de los que no podemos decir nada, sino que fueron apóstoles. Y por eso podemos decir que la liturgia de hoy nos obliga, nos fuerza a meditar en lo que significa ser apóstol, en lo que significa esa vocación particular, en lo que significa esa elección y esa gracia singular. Y eso es lo que vamos a hacer en esta segunda parte de la predicación. Por lo pronto, notemos que las dos lecturas que hemos escuchado se refieren precisamente al hecho de ser apóstol. La primera está tomada de la carta a los Efesios. Éfeso es una ciudad que queda en lo que entonces se llamaba Asia Menor y que hoy corresponde a Turquía. Los efesios, pues, no pertenecían al pueblo de la alianza con Moisés, los efesios venían del paganismo, Éfeso era una ciudad fundamentalmente pagana. Y resulta que allí llegó el Evangelio y allí se propagó el Evangelio y allí nació una comunidad, precisamente la comunidad de los Efesios, a la que Pablo dirigió una de sus cartas.
Estos efesios venían del paganismo y a ellos les escribe Pablo para básicamente contarles que todos los bienes que fueron prometidos al pueblo de Moisés, al pueblo de la alianza con Moisés, todos esos bienes son también para ellos, para los que han tenido fe, para los que ejercen fe en Jesucristo. Y por eso les dice: «Ya no sois extranjeros ni forasteros, sino que sois ciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios». Antes no podían considerarse familia de Dios, no pertenecían al pueblo elegido, estaban ajenos a las promesas de los patriarcas, ni siquiera sabían del pacto con Moisés. Pero ahora que les ha sido predicada la fe, ahora que han acogido la fe, ahora ya no son extranjeros.
Y ¿cómo se dio ese paso maravilloso entre el que se siente extranjero, ajeno, lejano y el que se siente cercano, unido, familiar de Dios? ¿Cómo se pudo haber dado ese paso? ¿Cómo pasaron ellos de ser extranjeros y ajenos a ser ciudadanos y cercanos y familiares de Dios? Ese paso se dio a través de la predicación, a través del testimonio de los apóstoles. Por eso les dice San Pablo: «Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular». Si nosotros leemos en el Apocalipsis, nos encontramos con que la ciudad santa, donde Dios vive con su pueblo, tiene 12 puertas, y esas 12 puertas llevan los nombres de los apóstoles. El apóstol ha recibido la gracia de ser puerta de entrada para la gracia, para la vida, para ser familiar de Dios.
Podemos decir que un apóstol es algo así como el puente que hay entre sentir que la historia de Dios no tiene nada que ver conmigo y sentir que yo tengo todo que ver con Dios. La gracia particular que han recibido los apóstoles es esa, la gracia de familiarizar a las personas con Dios, de hacer que las personas sientan a Dios de su familia y se sientan familia de Dios. Esta es una gracia inmensa, esta es una gracia maravillosa y conviene que nos detengamos un momento ahí. Es lo mismo que le sucede a un predicador, realmente uno de los oficios importantes de los apóstoles es precisamente ese, la predicación. El apóstol Pedro en los Hechos de los Apóstoles dice: Nosotros nos vamos a dedicar a la oración y al ministerio de la Palabra. O sea que el ministerio de los predicadores está muy cercano al ministerio de los apóstoles.
Yo planteo la cosa de esta manera, es como lo que le toca hacer a un predicador o lo que le toca hacer a un vendedor, porque en eso nos parecemos los vendedores y los predicadores. El oficio de un vendedor es familiarizarlo a usted, inmiscuirlo a usted con un producto. El buen vendedor hace un planteamiento, cuenta un rollo, tiene una historia tal, que usted, cuando el vendedor termina de hablar, usted dice: Oiga, ¿pero yo cómo había podido vivir sin ese producto? Pero si es que lo que yo más necesito es eso. Ese producto era ajeno, el típico vendedor puerta a puerta que se iba acabando por los problemas de la inseguridad y por los conjuntos residenciales, el típico vendedor puerta a puerta tiene que hacer ese trabajo.
Cuando él llega y timbra, llama a la puerta, es un ajeno, es un alienígena, es un extranjero, probablemente un enemigo. ¿Usted qué? Esa es la primera actitud del ser humano: ¿Usted qué, usted qué pretende, qué quiere de mí? Esa es la actitud nuestra. Nosotros lo primero que intentamos es aferrarnos a nuestras seguridades, sentimos una especie de natural desconfianza por todo lo que venga de fuera. Responde el vendedor: Mi señora, permítame un momentico, un momentico. Es solo una palabrita que tengo que ver con usted y que estoy seguro a usted le va a interesar. No, no, no hay comida, no hay. Señora, yo no vengo a pedirle, yo no vengo a pedirle que me regale comida. Vengo a explicarle que tengo un producto que hará que su vida sea distinta. Usted seguramente, mire, es temprano, mi señora, es muy temprano y usted ya está cansada, se le ve en su rostro. Si usted conociera lo que yo le estoy ofreciendo, usted no estaría tan cansada.
En ese momento, la dueña de casa vacila un poco, efectivamente, está cansada, 10 y 45 de la mañana y ya está cansada. En el momento en el que ella vacila y se vuelve sobre sí misma, el vendedor sigue: Yo sé por qué usted está cansada. Usted está cansada porque, le puedo asegurar que, desde las 7:30 de la mañana está haciendo oficio. Usted no tiene empleada. ¿Usted no considera que esa labor mecánica y repetitiva podría ser mucho más sencilla? Nueva vacilación de la señora. Sí, tiene tienes razón, claro, claro, claro. Esto tendría que ser mucho más sencillo. Uno no tendría que repetir lo mismo siempre.
Piense usted, piense usted, mi señora. Piense por un momento, usted hace una pequeña inversión. No es un gasto lo que usted va a hacer, usted va a hacer una inversión. Usted va a hacer una inversión y con esa inversión usted cada día se va a acordar de mí. Yo entiendo que usted sienta desconfianza de mí, mi señora. Yo también sentiría desconfianza si alguien llegara a mi casa, yo también sentiría desconfianza. Pero mire, yo vengo debidamente acreditado, pertenezco a la compañía ACME, vendo productos certificados. Estamos en una campaña, en una promoción y tenga en cuenta que, en este solo barrio, ya hemos vendido trece productos de los nuestros, imposible que usted no vaya a adquirir lo que ya tienen todas sus vecinas.
En ese momento la señora vacila nuevamente, quita la actitud de agresividad y se atreve a hacer una pregunta: Y ¿qué es lo que usted ofrece? Es un poco difícil explicárselo aquí en la calle, pero tranquila, tranquila, usted no tiene que abrir su reja, estese tranquila. Simplemente quiero que mire esta cajita. ¿Qué cree usted que puede haber en esta caja? Ya a esa altura, entre la curiosidad, la conversación, la simpatía, el certificado de las compras que hicieron las vecinas y todo lo demás, ya la señora está dispuesta a oír.
¿Qué está haciendo el vendedor? Está venciendo los prejuicios de la persona ¿cómo los vence? Mostrándole básicamente cinco cosas, estas cinco cosas son cinco leyes que sirven para los vendedores y que sirven para los predicadores y que las hemos recibido de los apóstoles. Cinco pequeñas cosas que en este momento yo estoy vendiéndoles a ustedes, porque me interesa que a ustedes les importen esas cinco estrategias, son cinco estrategias que tienen que ver precisamente con vencer las barreras de las personas. Los apóstoles han recibido la gracia particular de Dios de abrir los cerrojos de las puertas humanas, abrir los cerrojos de los corazones de los seres humanos.
La diferencia, desde luego, está en que el vendedor quiere el bien de su empresa y quiere su lucro, al fin y al cabo, vive de eso. Nosotros, en cambio, como predicadores y como apóstoles, tenemos una función distinta. A nosotros no nos interesa, dice el apóstol San Pedro, no nos interese la ganancia mezquina ni el dominar como dueños del rebaño, son otros intereses los que nos mueven. Pero la estrategia, la estrategia, podemos decir que es básicamente la misma, que es fundamentalmente la misma y tiene un alcance inmenso, porque no se refiere solamente a lo que se puede hacer en términos de religión, sino tiene que ver con casi todos los escenarios en los que uno se ve llamado a convencer a una persona de algo.
Dicen unos que son expertos en el comercio en todo el mundo, nuestros queridos amigos nativos de Norteamérica, dicen los expertos en comercio en Norteamérica: El negocio empieza cuando el cliente dice no. Ahí es cuando empieza el negocio, ahí es cuando empieza la estrategia. Es decir, lo primero que tiene que saber el apóstol es que la primera respuesta que va a recibir es no. Es impresionante la preparación que se les da a estos vendedores puerta a puerta, no sé si ustedes hayan estado en algo así, pero yo quiero contarles que hay que recibir toda una preparación psicológica. ¿Por qué? Porque todo vendedor puerta a puerta, si llega y le tiran la puerta en la cara y se deprime, va el otro y no le abren y se deprime peor, y va al otro y no le compran y termina de deprimirse, ese no va a hacer nada.
Por eso, lo primero que tiene que saber el apóstol es que el medio en el que se desenvuelve es adverso y que la primera respuesta va a ser: No, no me interesa. Empiece usted si usted quiere ser apóstol a la manera de los apóstoles, siga por favor estas instrucciones. Y la primera es, tenga clara conciencia de que las personas no están esperando su esfuerzo, no están esperando su producto. Cuando se le dan instrucciones a estos vendedores ambulantes, lo primero que se les dice es o no sé si lo primero, pero una cosa que siempre se les dice es, la gente no está esperando a que usted llegue, no está esperando. Esa señora que está trabajando allá en su casa, que está muerta de cansancio y de aburrimiento, aunque esté como esté, no está esperando que nadie le toque la puerta. Más bien ese timbrazo para ella es una incomodidad: Encima de todo, la puerta. Bueno, vamos a ver quién es. Es decir, la persona va a ir mal dispuesta.
Empiece por ahí porque, así como la primera condición para ser buen apóstol es saber que el mercado está en contra, que la plaza está en contra, el primer error que cometería un apóstol es imaginarse que la gente va a estar a favor, ese sería el peor error. Usted tiene que, desde el principio, saber y tener cierta resistencia psicológica, porque la gente le va a hacer mala cara. ¿Cuáles son las malas caras? Son las caras de aburrimiento, las caras de sueño, las caras de desaprobación, las caras de burla, las caras de agresividad. Un buen vendedor y un buen predicador tiene que saber que, durante la mayor parte de sus palabras, las caras que va a recibir no son las caras correspondientes al producto que está ofreciendo, sino las caras correspondientes a los problemas que la gente trae.
Por ejemplo, ustedes no es que tengan muy bonita cara ahora, pero si yo me voy a desanimar por eso, no sirvo para predicar. Yo tengo que ser consciente de que la cara que ustedes tienen en este momento no es la cara correspondiente a lo que yo estoy predicando, sino la cara correspondiente al día tan terrible que han tenido, al cansancio que tienen, al frío, a la lluvia, a la incomodidad, esas son las caras que ustedes tienen. Todo predicador, lo mismo que todo vendedor, tiene que tener eso en cuenta, la plaza está indispuesta, la gente no está esperando que yo llegue y, por consiguiente, muchas personas me van a mostrar desaprobación. Ahí es donde se sabe quién es vendedor y quien no. El vendedor sabe mantener la actitud positiva, la sonrisa, la paz y la paciencia.
El que no es vendedor llega allá: Señora, le traigo este producto. Váyase. Pues púdrase, yo me voy. Es decir, el buen vendedor sabe pagar con una moneda distinta porque le están dando la moneda de la desaprobación y él sigue sonriente, impecable, feliz. Él está tranquilo, él está bien. En términos de preparación comercial, a los vendedores lo que les dicen es: Usted mantenga su meta de ese ánimo, mírese al espejo, sonría y diga, hoy sí vas a lograrlo. Nosotros, en cambio, sabemos que la raíz de nuestra alegría no está solamente en nuestra automotivación, sino, sobre todo, en el poder del amor grande que nos ha amado, que es más fuerte que el amor que yo mismo me dé. Por lo tanto, la primera recomendación para todo apóstol es la plaza está en contra, el mercado está al revés y la gente no está esperando que usted llegue con su buena noticia, nadie está esperando eso. Esa es la primera recomendación.
La segunda, la segunda recomendación aparece ejemplificada en la parábola del vendedor que les acabo de contar. Si el vendedor le dice a la señora que está en un segundo piso, seguramente es una señora fea con cara de revolver montado, fea como un camión por debajo y seria como una boleta de captura. Si este señor se pone a decirle a esa señora: Señora, figúrese que yo estoy pasando por una crisis económica terrible, necesito que. La señora va a decir: Mire, mi crisis económica es peor, de manera que si quiere, más bien espéreme, yo le ayudo y salimos los dos. El vendedor o el apóstol, porque en esto se parecen ¿qué tiene que hacer? Tiene que empatar con los intereses del cliente potencial. Por eso, todo vendedor tiene que tener abnegación, abnegación, a veces es una abnegación dramática.
Piense usted, por ejemplo, en el pobre vendedor que tiene enfermo el colon, esos dolores de colon que hacen que la gente sienta que se deshacen y, en eso, llega la potencial cliente al almacén, este hombre que se deshace de su dolor, pero llegó, llegó la señora que va a salvar el día. Pues el tipo tiene que olvidarse de su dolor de colon y empezar por mostrarle la nevera esplendorosa y maravillosa. Mire esta nevera, señora, esta nevera ¿qué es lo que no hace esta nevera? Esta nevera es grande, esta nevera es amplia. Ahí está, esta nevera. Pero él pasa por encima de su dolor. Por eso el buen vendedor tiene que ponerse en los intereses, prima más el capricho y la muequita que haga la señora compradora, que todo el dolor de colon que pueda tener el vendedor. Tiene que tener la respuesta para todo: Y esta es de las que, es desde las neveras, esas que acumulan escarcha. No, señora, esta es una tecnología completamente superior. Usted jamás verá escarcha en esta nevera, no verá escarcha usted en esta nevera.
Todo predicador que quiera ganar algo para el Evangelio tiene que saber poner a un lado y atrás sus propias preocupaciones, y tiene que centrarse en los intereses de la persona a la que le está hablando. En esto también se nota el verdadero vendedor y el que no lo es. El que no es vendedor pronto se enreda en sí mismo. ¿Qué será, qué será? ¿Qué hice mal, qué me pasa? ¿Quién soy yo? ¿Para qué he venido al mundo, por qué existo yo? Ese no va a vender nada, en cuanto vendedor así no va a hacer nada, así no va a hacer nada. Si quiere ser filósofo, le toca ser filósofo por las noches o en las madrugadas, pero a la hora de las ventas no puede enredarse consigo mismo, no puede enredarse.
Vamos con la tercera característica de este vendedor, o de este apóstol, o de este predicador, según se mire. A la larga, mis amigos, los verdaderos vendedores, siempre tienen claridad sobre qué va a perder y qué va a ganar su cliente. La claridad en la expresión, el sentir que la situación está controlada, es algo que todo cliente quiere. Y ¿yo qué voy a perder en esto? Puesto que todo cliente es egoísta, lo mismo que toda persona a la que usted vaya a evangelizar. La persona a la que usted va a evangelizar está girando en torno a sí misma. Es posible que luego, cuando Dios haya obrado en esa persona, ella salga de sí misma, pero por ahora no le interesa sino su vida, si está triste, su tristeza, si está enferma, su enfermedad, no le interesa sino ella misma.
El buen apóstol, el buen evangelizador, tiene la capacidad de describirle a la persona que gana y qué pierde. Es decir, tiene la capacidad de mostrarle la situación controlada. Usted va a hacer una inversión que va a pagar de esta manera y usted va a obtener un producto que le va a sacar de esto y de esto. Esa característica, esa característica es muy importante, especialmente para los predicadores es muy importante, porque el mensaje que nosotros traemos, el mensaje de Jesucristo, supone que la persona se suelte de una cantidad de seguridades. Si nosotros no podemos afirmar la solidez de la propuesta que tenemos, difícilmente lograremos nada. La situación, la situación va para adelante, la situación está controlada, sabemos qué es lo que va a pasar. Ese dar el cuadro, ese dar el marco de la situación, es necesario para todo vendedor y también es necesario para todo predicador.
¿Cuántas características llevamos? Vamos para la cuarta característica, tal vez la más obvia de todas, no se puede vender, sino aquello que se ha probado. Solo la convicción personal llega a convencer al otro. Decían los antiguos romanos con respecto a la oratoria: Si tú quieres que yo llore, empieza tú. Si quieres infundir un sentimiento, una certeza en el otro, tiene que ser primero certeza tuya. Cuando yo estaba en el bachillerato me ofrecieron muchos cursos de inglés, pero la gente que los ofrecía no hablaba inglés. Es un curso buenísimo, uno puede aprender a cualquier hora, es baratísimo, se obtienen unos resultados magníficos. Y ¿usted lo ha probado? No me ha quedado tiempo porque estoy que vendo, no he podido, no he podido. Pero yo sé que el curso como tal, el curso como tal es magnífico, es que lo dice todo el mundo, todo el mundo lo dice.
Todo apóstol y todo vendedor tiene que tener primero esa certeza interior, esa convicción interior, ese gozo interior del producto que tiene. En el mundo del comercio esto falla porque resulta que hay una cantidad de productos que se los venden a uno y la persona sabe en su interior, en su conciencia, sabe que está representando un papelón. Así, por ejemplo, sucedió en tiempos de mi abuelo materno que de Dios goce, apareció un señor que era un gran vendedor. Mejor dicho, ese señor sí que vendía, pero qué tipo para vendedor. Y empezó a ofrecer unos carros nunca vistos, mostraba los catálogos, mostraba, pero no mostraba los carros, y mostraba y mostraba y mostraba y recogió cuotas iniciales aquí, aquí, allá y se desapareció ese hombre. Ese fue el chiste que hubo en Barranquilla durante mucho tiempo. Claro, los carros nunca vistos, eso sí, nunca se vieron, eran unos carros nunca vistos. En el fondo el vendedor era honrado, él dijo que eran carros nunca vistos. A un vendedor de esos le toca ser actor, le toca ser actor, histrión.
Un buen predicador no es un actor, no es un actor, porque finalmente la comedia termina, el telón cae y se ve la verdad y aparece la verdad. Eso lo dijo Jesucristo a sus apóstoles, dijo: «Lo que yo les he dicho en secreto, ustedes tendrán que publicarlo en las azoteas. Nada hay oculto que no llegue a saberse». Un buen predicador no es un actor. Un buen predicador es alguien que le presta todo su ser a un mensaje que es más grande que él, pero es un mensaje, no es un papel, esta es la cuarta característica que debe tener un apóstol.
Y la quinta característica del apóstol es la misma que todo el mundo reclama y cada vez más reclama. Un momento, está bien, señor vendedor, usted trae aquí un aparato y quiere que yo le pague su aparato. Y si esto falla, ¿ustedes tienen página en Internet, tienen servicio online? Que cree mi señora. No, no le compro a usted, tiene que ser alguien que tenga servicio. Cada vez más el comercio depende del servicio que se le dé al cliente, lo que se llama el servicio post-venta, de ahí depende, porque si usted tiene mal servicio, usted vende un ítem, un objeto, un plan, si usted tiene buen servicio, usted tiene un cliente y otro cliente y otro cliente, por eso, el servicio.
Y el servicio ¿a qué equivale en términos de los apóstoles? Equivale a saber que nadie se convierte totalmente y una vez para siempre, y no tiene problemas y no tiene dudas. La persona que le acepte el negocio a usted es una persona que va a necesitar algún acompañamiento, va a necesitar alimento y el alimento, en el caso de los apóstoles, ¿cuál es? Es la oración, es la predicación, es el solucionar dudas, es el acompañar procesos. Un buen vendedor y un buen predicador, un buen apóstol tiene que tener la capacidad de descubrir las dificultades que están pasando sus clientes y saber, de algún modo, proveer a esas necesidades, por los caminos, por los recursos que estén a la mano.
Dice el apóstol San Pablo: «Ya no sois extranjeros, ahora sois ciudadanos». Y da una razón: «Estáis cimentados sobre los apóstoles y los profetas». La labor maravillosa de los apóstoles, en primer lugar de los apóstoles de Cristo, pero después de todos los testigos del Evangelio, la labor maravillosa es lograr que las personas sientan familiar a Dios. Y ¿cómo se logra eso? Se logra sabiendo que la plaza está en contra, que hay que ponerse en los intereses de la persona, que hay que saber presentar el mapa, que es necesario estar convencido interiormente y con sinceridad y que, después de la conversión, ojo, después de la conversión, hay que tener ese acompañamiento que lleve a la persona a matricularse, a quedarse con Jesucristo.
Por qué insisto en eso de que después de la conversión, porque todo vendedor sabe que si le llegan dos personas al almacén, supongamos que ya no es venta a domicilio. Le llegan dos personas al almacén. Una persona desde el primer momento saca su tarjeta de crédito y dice: ¿A dónde es que tengo que marcar mi clave? La otra persona, en cambio, mascando chicle en la puerta, empieza a preguntar cosas ridículas, como por ejemplo: Bueno, ¿y los productos de Taiwán pasan siempre por Indonesia? No es que esté mal que haga esas preguntas, pero cuando hay clientes para atender, hay que saber limitar también la atención a los que nunca compran.
Y eso lo dijo San Pablo, hay un pasaje en la segunda carta a Timoteo donde Pablo le dice: Mire usted, no pierda tiempo en los siguientes casos, como quien dice, mientras esta gente no de tales señas de ser verdadero cliente, no les pierda tiempo, concretamente se refería a Pablo, a aquellos judaizantes de ese tiempo, que se envolvían en discusiones sobre genealogías y sobre cosas propias de la religión judía. Por eso, un último consejo es hay que saber valorar el caso, hay que saber qué se le invierte a cada persona y hay que tener el realismo de reconocer que no siempre es uno el que va a hacer esa venta. Uno tiene que saber que, ante una asamblea inmensa, ante un grupo muy grande, tal vez se le puede hacer bien a muchas personas, pero seguramente no todas las personas en el mismo lugar, a la misma hora y en el mismo momento se van a convencer de lo mismo. Ese realismo del verdadero vendedor hace que él administre sus fuerzas, su tiempo y sus recursos del mejor modo para obtener el máximo provecho.
Lo mismo tenemos que hacer nosotros como predicadores, nosotros como apóstoles, tenemos que orientar nuestros recursos, reconocer cada caso, qué pretende cada persona y tener la humildad de saber que hay casos que no los vamos a resolver nosotros, vendrá otra persona, vendrá otro predicador, Dios da muchas oportunidades en la vida y no todos los casos son necesariamente para uno. Bien mis amigos, esta es una sencilla reflexión en el lenguaje de cada día, sobre lo que significa ser apóstol. Reflexiona la que nos han conducido los santos Simón y Judas, de los cuales lo único que podemos decir es precisamente eso, que fueron apóstoles, que propagaron, que regaron el nombre de Jesucristo.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|